Homenajes
Dr. Atilio Cornejo Mollinedo
Dr. Atilio Cornejo Mollinedo
Cornejo, junto con su maestro Bernardo Frías, puede ser considerado como uno de los precursores de la investigación histórica en Salta. Muerto a los 86 años, el 3 de abril de 1985, el doctor Cornejo consagró 70 años de su vida a una pasión casi excluyente: el pasado de Salta como parte inseparable de la historia de la Argentina y el Alto Perú.

Fruto de esa pasión son sus 17 libros, decenas de textos y miles de artículos escritos entre 1915 y 1985. Diputado y senador provincial entre 1927 y 1934, Cornejo fue autor de muchas de las leyes y códigos sobre los que se reposa nuestra armazón institucional. En su paso por la política sembró pero no cosechó prebendas: jamás aceptó cobrar un centavo en concepto de dietas o sueldos. Declinó muchos más cargos de los que ejerció, entre ellos renunció a su candidatura a gobernador de Salta. A su muerte donó su casa, sus libros y sus documentos a la provincia de Salta para que ella los conserve, los incremente y los ponga al alcance de los investigadores.

Investigador probo y honesto, erudito sin pedantería, bibliófilo conocedor de los libros por dentro, generoso y afable, lucía una natural modestia que le protegía de vanidades y jactancias. No soy ni he pretendido ser un historiador, decía. "únicamente soy un aficionado de las cosas de nuestro pasado". "Sólo soy un sembrador", añadía. Opinión distinta tuvieron de él las numerosas academias que, comenzando por nuestra Nacional de la Historia, lo incorporaron como miembro de número o correspondiente.

Sería un tremendo error creer que Cornejo fue un anticuario que hacía de la historia un pasatiempo para desempolvar glorias familiares y locales. Los estantes de su rica biblioteca dan cuenta de un interés por devorar todo lo que se publicaba sobre historia: los aportes de las nuevas corrientes historiográficas argentinas influidas por la revista "Annales" e, incluso, aquellos textos demasiado ideologizados cuyas opiniones no compartía. Cornejo era un conservador culto y, por eso mismo, amplio y tolerante.

Cornejo sabía que el historiador tenía entre sus manos ese material tan sensible como frágil que es la memoria humana. Joven aún comprobó que los llamados "intelectuales de tierra adentro" habían sido devorados por es implacable planta carnívora del olvido. La memoria de esos hombres "se ha extinguido cual la luz de un cirio", constató. Años después, las primeras palabras de su excelente libro sobre Roberto Levillier retoma el tema. Cuando aludimos a la ingratitud de la gente hacia sus contemporáneos vivientes decimos: "La historia hará justicia". Pero cuando ellos mueren, la justicia tarda en llegar o no llega nunca de mano de la historia. Se da, entonces, una extraña paradoja. Los mismos hombres que consagraron sus vidas a escribir la historia, rescatando del olvido otras vidas, suelen ser condenados al olvido.

Creía que los éxitos son fugaces anticipos de borrascas. Ningún éxito lo hizo engreído. "La vida es como la montaña, a la que se sube y se desciende". "Lo único eterno es la producción del espíritu", anotó. Hoy quisiera poder ver que su trabajo no fue en vano. Ver también a una Salta capaz de aprender esta simple lección: que las desmemorias no son síntomas de progreso sino señales de decadencia. Con cuerpo y alma, Atilio Cornejo se entregó al cultivo de la historia de Salta, simplemente porque era un fervoroso creyente de su mejor porvenir.
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