Homenajes
Homenaje póstumo al profesor Dr. Artemio Luis Melo

El título nos entristece. Más aun si recordamos el "Canto a la Argentina", de Rubén Darío, en el centenario de la gesta de mayo. Decía, entonces, el vate inolvidable: "¡Hay en la tierra una Argentina!/ He aquí la región del Dorado,/ he aquí el paraíso,/ he aquí la ventura esperada,...".

Dr. Artemio L. Melo
Dr. Artemio L. Melo
Pero hoy, en los albores del siglo XXI, la decadencia argentina es una manifestación objetiva, comprobada y mensurable con una diversidad de indicadores de nuestra realidad actual. Tanto es así que la situación argentina ha sido tajantemente señalada, desde el plano externo, como "la definición de una sociedad desorganizada". Los índices que más golpean a la sociedad son los de la pobreza y la desocupación que se hacen menos soportables debido a la extendida corrupción estructural. En 1946 la diferencia entre los más ricos y los más pobres era de 7,86. Después de la fuerte devaluación y pesificación asimétrica de Eduardo Duhalde la diferencia ascendió a 38 veces creando una situación de marcada marginación social en una sociedad dual característica de América Latina en la que no existe una clase media que haga posible la movilidad social ascendente en vez de la movilización protestaria permanente fuera de los canales institucionales.

¿Cómo nos sumimos en esta decadencia?. No ha sido un resultado accidental (guerra, cataclismo, crisis económica mundial), sino la culminación de un complejo proceso. Pero cabe puntualizar que toda decadencia individual, institucional o social tiene origen interno aunque puede ser agravada por factores externos. Así históricamente se ha comprobado con la caída del Imperio Romano y con el estado semicolonial en que cayó China a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Sin embargo, los científicos sociales difieren en señalar el comienzo de la decadencia argentina. Para el profesor de la Universidad Complutense de Madrid, Jorge Fonseca: "El gran retroceso de Argentina lo provocó la última dictadura militar entre 1976 y 1983", sin duda ese fue uno de sus momentos culminantes.

Una importante corriente del pensamiento, que abarca autores nacionales y extranjeros, y en la que se destaca el sociólogo Juan Carlos Agulla, ubica su comienzo en la década del cuarenta, como "decadencia relativa del desarrollo social, político, económico y cultural de la sociedad nacional", hasta alcanzar en nuestros días la condición ominosa de decadencia absoluta. Situación que, en el plano de la acción, por sus terribles consecuencias, plantea la urticante cuestión de la responsabilidad, surgida de modo inmediato en el orden político, pero que se proyecta con más largo alcance en la dimensión histórica. Para Agulla, como para muchos otros científicos sociales, "la responsabilidad fundamental recae sobre la acción negativa de una dirigencia política improvisada, poco idónea y, sobre todo, inmoral y corrupta, que ha actuado siempre movida por intereses sectoriales -cuando no personales- sin responder a los auténticos intereses nacionales".

En la politología advertimos un vacío en el tratamiento sistemático de la decadencia. Huntington puede decirse que marca una clara excepción. Su enfoque contrapone el proceso de decadencia con el de institucionalización. Identifica la decadencia como el resultado de la degeneración de las instituciones frente a una rápida y masiva movilización social como consecuencia de la incapacidad de las estructuras políticas para controlar y encauzar las tumultuosas transformaciones económicas y sociales concomitantes con el proceso de modernización. Más apropiado, resulta el tratamiento del profesor de la Universidad de Florencia Leonardo Morlino quien ve en la decadencia el aspecto reversible del proceso de desarrollo político. Mientras éste implica expansión, como en la modernización y el crecimiento; la decadencia, por el contrario, se traduce en contracción que puede ser marginal (decadencia relativa) o fundamental (decadencia absoluta). Por otra parte, la continuidad en el desarrollo permite avanzar hacia un mayor grado de complejidad, resultante precisamente de una progresiva diferenciación. En cambio, la discontinuidad en el desarrollo implica retrogradar hacia la decadencia relativa o absoluta que trasunta un proceso negativo de desdiferenciación. Por eso, por ejemplo, volvimos a formas primitivas como el trueque, por el envilecimiento de nuestra moneda, y a la tesaurización, por la desconfianza extrema en el sistema bancario; pero, también, a formas primitivas de participación política directa (asambleas barriales) o a protestar golpeando cacerolas y movilizar piquetes, por envilecimiento de las instituciones representativas hasta culminar en el hecho inédito y aberrante de la lucha tribal que se dio en la seguidilla de cinco Presidentes de la Nación en menos de dos semanas tras la crisis desatada por la caída del gobierno de la Alianza. Todo ello envuelto en un clima de violencia que es totalmente ajeno a un régimen democrático que se pretende consolidado.

Vemos, entonces, que la decadencia puede asumir una dimensión de continuidad o de discontinuidad. Bajo el aspecto de su continuidad, se opera el tránsito de una decadencia relativa a una decadencia absoluta. Bajo el aspecto de su discontinuidad, los argentinos alentamos la esperanza de salir de la decadencia en que nos sumergimos para retomar el desarrollo sustentable que, en expresión de Jaguaribe, comprende tanto la modernización como la institucionalización.

Carlos Floria y César A. García Belsunce, historiadores y politólogos, señalan que el "drama y psicodrama argentinos podrían alentar una exhortación condensada en esta expresión: estamos constreñidos a revertir la decadencia" (La Argentina política. Una nación puesta a prueba, El Ateneo, 2005, p. 315). Cuando se llega al estado de decadencia absoluta se bordea la situación de anarquía y de vacío de poder. Galbraith caracteriza al vacío de poder: a) por la carencia de recursos, evidente para la Argentina tanto en el plano interno con crónico déficit fiscal, como en el externo con abultada deuda externa y "default" de los que apenas comienza a salirse con la gestión presidencial de Kirchner; b) por la falta de organización. "Argentina es la definición de una sociedad desorganizada", según la cáustica expresión de Paul O´Neall, ex secretario del Tesoro de los Estados Unidos; c) por la ausencia de liderazgo. ¿Puede decirse que en la Argentina existe un liderazgo político firmemente estabilizado después de una seguidilla de cinco Presidentes de la Nación en menos de dos semanas y la disputa despiadada por ocupar la primera magistratura sin respetar las reglas y procedimientos establecidos por la Constitución y las leyes nacionales? (cfr. C. Floria y C.A. García Belsunce, ob. cit. ps. 298-299).

El presidente Duhalde, que no fue elegido por el pueblo soberano sino designado por una Asamblea Legislativa, a pesar de que había sido contundentemente derrotado en la elección presidencial de 1999 por el candidato de la Alianza Fernando De la Rúa, se ha considerado, sin embargo, a sí mismo como el presidente más fuerte de los últimos veinticinco años. Pero, al mismo tiempo, se autodefinió como un "presidente de transición"...que, arbitrariamente, decidió acortar el mandato que le fuera concedido. Y no ha sido tanta su fortaleza desde el momento en que para pronunciar su mensaje ante la Asamblea Legislativa necesitó vallar el Congreso y reunir una plaza de adeptos adocenados para contrarrestar la protesta airada.

¿Por qué estamos en esta situación de decadencia absoluta?. Porque irracionalmente, en medio de una crisis económica y social de magnitud, y no habiendo salido aun del estado de decadencia relativa, la dirigencia política arrojó por la borda los logros de casi dos décadas del proceso de redemocratización argentina con dos alternancias en el mando presidencial en 1989 y en 1999 y hasta podría decirse que una tercera con la elección presidencial del 27 de abril de 2003, aunque esta última haya sido sin legitimidad de origen. Carencia esencial en la legitimidad democrática que inútilmente busca remediar el presidente Kirchner plebiscitando las elecciones legislativas del 23 de octubre de 2005. Aquella ruptura de la sucesión pacífica en el mando presidencial fue la salida irresponsable de la civilización, propia de la cultura democrática, y el regreso demencial a la barbarie. Por eso desapareció el "orden público" democrático y fueron agraviadas todas las instituciones de la República por descrédito e ineptitud de los ocupantes de los roles de autoridad pública. Fue el momento en que la sociedad angustiada reclamó: "Que se vayan todos" y la barbarie descargó la violencia que trajo sangre, muerte y destrucción incontenible pero no la necesaria reforma política que fue nuevamente postergada.

Salir de la decadencia absoluta implica un esfuerzo de reconstrucción desde los cimientos, es decir, desde los valores, en los que se asientan los elementos esenciales tanto del sistema como del régimen político, pero también la convivencia social y política para la reconciliación de lo privado con lo público, ámbitos necesarios para la convivencia pacífica. Desde que lo público no puede absorber la esfera de lo privado porque sería caer en el totalitarismo. Ni lo privado puede prescindir de un ámbito público porque rondaría en la anarquía.

Ahora bien, el nexo permanente entre estas dos esferas corresponde a la función de mediación política que, en los sistemas políticos modernos, fundamentalmente resulta desempeñada por los partidos políticos, la institución más cuestionada por la sociedad según las últimas encuestas de opinión pública.

Por otra parte, la restauración de la confianza social en las instituciones públicas se asienta en el principio de legitimidad política, en este caso, el de la legitimidad democrática, firmemente internalizada por la ciudadanía argentina que le brinda su decidido apoyo al régimen político democrático. Dicho principio de legitimidad puede decirse que es la piedra angular de nuestra Constitución Nacional y está expresado en la forma de gobierno "representativa republicana federal". Su conculcación da la medida exacta de nuestra decadencia absoluta: ni auténticamente representativa, ni cabalmente republicana, ni verdaderamente federal.

Ha dicho de nuestra decadencia el profesor Prudencio García que es "un espectáculo que oscilaría entre la comedia y la más dolorosa tragedia". Podríamos añadir, jamás columbrado, ni por la exuberante imaginación de Rubén Darío.

Hoy estamos sumidos en la tragedia de nuestra decadencia absoluta, muy distantes ¡oh Rubén! de lo que llamaríamos la Divina Comedia de tu "Canto a la Argentina" en 1910. Al punto que podríamos repetir los versos del Dante: "No hay mayor dolor que recordarse del tiempo feliz en la miseria" (La Divina Comedia, cántiga I, El infierno, canto V). Sin embargo, a las puertas del "infierno" en que la Argentina todavía está, según expresión del presidente Néstor Kirchner manifestada el 9 de julio de 2005 en Tucumán, debido a nuestra decadencia absoluta, no cabe decir: "Dejad toda esperanza..." (La Divina Comedia, cántiga I, El infierno, canto III). ¿Por qué?. Porque nuestro principio de legitimidad política es cierto que está conculcado, pero no está abolido. En la recuperación plena de su vigencia está anclada la esperanza de la sociedad argentina.

Entonces ¡oh Rubén!, volverá a ser cierto lo que dijiste de tu amada Argentina: "Te abriste como una granada,/ como una ubre te henchiste,/ como una espiga te erguiste/ a toda raza congojada,/ a toda humanidad triste,/ a los errabundos y parias/ que bajo nubes contrarias/ van en busca del buen trabajo,/ del buen comer, del buen dormir,/ del techo para descansar/ y ver a los niños reír,/ bajo el cual se sueña y bajo/ el cual se piensa morir."

(*) Ex Profesor Titular Ordinario de la Universidad Nacional de Rosario, fallecido el 4 de octubre de 2005. Politólogo. Posgraduado en Derecho Internacional en la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica). Fue Rector de la Universidad Nacional de Rosario, Profesor de Teoría Política, Investigador del Conicet, miembro titular de la Asociasión Argentina de Ciencia Política y autor de más de un centenar de publicaciones sobre Ciencia Política y Relaciones Internacionales entre las que se destaca su Compendio de Ciencia Política.
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