Historia y tradición
Joaquín V. González
Joaquín V. González
En la Argentina, las ideas, los debates en torno a ellas, y la trayectoria de quienes las elaboraron, las difundieron y las asumieron, no es tema que haya despertado, ni despierte, demasiado interés. No lo es del lado de la oferta de textos de divulgación histórica ni, menos aún, desde la demanda de ese tipo de literatura. El rechazo a las ideas, su brutal simplificación y la subestimación de los personajes que las cultivaron, son rasgos comunes a la mayoría de esas corrientes iconoclastas, más proclives a escribir una contra historia nacional explotando la sospecha y la incredulidad, que a indagar el pasado con rigor y sobriedad.

Ese desprecio por las ideas va de la mano de la exaltación de mitos y creencias que favorecen el culto a individuos carismáticos que cabalgaron sobre ellas, y a quienes ni siquiera roza la severidad crítica que esa contra historia despliega en su afán de invalidar las interpretaciones canónicas del pasado destruyendo sus personajes arquetípicos.

Aunque tal corriente proclamada iconoclasta haga alardes de simpatías por movimientos colectivos adjudicando a las masas el protagonismo de la historia, su verdadero interés reside en la glorificación y culto de grandes hombres alternativos. En ellos ve la personificación de fuerzas sociales con las que los liga una relación mística.

Malestares, crisis y decadencias realimentan el interés por esos grandes hombres, fortalecen la fe en su protección paternalista, heroica y violenta, pues "la esperanza de resolución de una crisis está siempre ligada a la esperanza en la aparición de una conducción fuerte e inteligente, capaz de superar las dificultades y peligros", anota Sidney Hook.

El desinterés por las ideas es el modo en que se manifiestan el antiintelectualismo populista y el desprecio por las normas, las instituciones republicanas y las prácticas democráticas. Las contra elites irrumpen a escena despreciando las ideas, luciendo un estudiado antiintelectualismo y construyendo una contra historia en la que los villanos se convierten en héroes y éstos en villanos.

Maniqueísmo y simplificación fueron auxiliares imprescindibles para realizar esta operación. En la Argentina, desde 1930, el recrudecimiento de las ideologías antidemocráticas de derecha e izquierda se manifestó enunciando una serie de pares opuestos a partir de los cuales se acuñaron consignas de agitación política presentadas como programas políticos.

Se redobló el interés en agudizar el antagonismo entre lo nacional y lo liberal, presentados como conceptos no sólo excluyentes, sino incompatibles y antagónicos. Lo liberal, cargado de sentido peyorativo, se redujo a una dimensión económica y fue sinónimo de conservadurismo e insensibilidad. Lo conservador se equiparó a lo reaccionario, y lo nacional comenzó a certificar lo genuinamente patriótico.

Si se estaba con los intereses nacionales y se tenía sensibilidad social, no se podía ser liberal. Si se era liberal resultaba difícil asumir una posición nacional y, menos aún, tener una preocupación por los problemas sociales, según el populismo que los había monopolizado. Abusando de esos "conceptos contrarios asimétricos" se fueron delimitando los campos nacional y antinacional.

Mommsen afirmó que la historia de los países latinos "es un vasto sistema de incorporación". Por el contrario, nuestro pasado y presente tiende a constituir "un vasto sistema de exclusiones". No sólo de personajes, ideas y corrientes, sino también de determinados períodos a los que se condena en bloque atribuyéndoles carácter diabólico.

La fractura entre lo nacional y lo liberal apareció en la superficie como expresión visible de una grieta en las placas más profundas de la estructura argentina: la que abrió esa concepción según la cual la realización de la patria tenía que hacerse a expensas de libertad, retaceando a los ciudadanos el ejercicio de las libertades concretas y menospreciando el orden republicano capaz de garantizarlas.

Tal fisura había sido advertida por Alberdi en su conferencia sobre "La omnipotencia del Estado", leída en la Facultad de Derecho en mayo de 1880, durante su última visita a Buenos Aires. La raíz más profunda de nuestros desencuentros quizá esté en este antiguo y siempre renovado divorcio entre patriotismo y nación, por un lado y libertad, por otro.

Según esta errónea idea, "la Patria es libre en cuanto absorbe y monopoliza las libertades de todos sus individuos. Pero sus individuos no lo son, porque el Gobierno les tiene todas sus libertades", señaló. Los gobiernos reclaman más poder en nombre de la Patria, pero tras ese pedido ocultan el deseo de lograr su omnipotencia, recortando libertades, energías e iniciativas de las personas y afectando el equilibrio republicano.

"No son las libertades de la Patria las que han engrandecido las naciones modernas, sino las libertades individuales, con que el hombre ha creado y labrado su propia grandeza personal", agregó Alberdi. "La libertad de la Patria es compatible con la más grande tiranía, y pueden coexistir en el mismo país. La libertad del individuo deja de existir por el hecho mismo de asumir la Patria la omnipotencia del país".

Las libertades de la patria y el patriotismo no pueden construirse sobre la negación de las libertades del individuo. Cuando Alberdi afirma que las libertades de la patria son una parte de estas libertades individuales, y que éstas no pueden conculcarse en nombre de aquellas, está defendiendo lo que luego se denominó "patriotismo constitucional".

Es lo que, dos décadas después, Joaquín V. González caracterizó como patriotismo sereno, razonable, abierto, tolerante y ajustado a la ley, en contraposición con sus versiones crispadas, chovinistas, estrechas, fanáticas y basadas en la imposición mediante el uso de la fuerza.

"Las naciones no pueden hacer programas políticos de una preocupación, de un rencor, de una pasión adversa a un pueblo ni a un hombre", advirtió refiriéndose a la necesidad de resolver los litigios limítrofes, fuente inagotable de enconos recíprocos. Para construir la patria era fundamental la paz, la consagración y el respeto de los derechos y libertades que estatuye la Constitución.

Para González el amor a la patria no era incompatible con el amor a la humanidad. Su arraigo a la tierra tampoco lo era respecto de las expresiones culturales nacionales, como éstas no debían serlo de las universales, en donde gran parte de nuestra cultura hundía sus raíces. Antes que oponerlas, pensaba que debíamos asumir tanto la herencia de pueblos originarios como el legado español.

Nuestro primer medio siglo de vida independiente estuvo marcado por el espíritu faccioso y el despotismo personal basados en el uso de la fuerza, en la ausencia de normas, en la inexistencia de límites a los cuales debía ceñirse el poder y en la negación de la justicia. En aquella primera etapa el país demostró una absoluta incapacidad para resolver sus diferencias y para articular la diversidad dentro de la unidad.

En la segunda mitad del siglo XIX asomaron señales de una lenta superación de las manifestaciones más feroces de esos antagonismos. González encontró signos de humanización en las costumbres y en la convivencia, pero advirtió sobre los riesgos del persistente desprecio a la ley, la prolongación de las luchas civiles y de un caudillismo perpetuado por el fraude electoral, la prepotencia y la falta de educación.

Es un error llamar revoluciones a rebeliones, agitaciones violentas y permanentes provocadas por pasiones e intereses facciosos que "nada bueno engendran". Ellas "no pasan de ser delitos colectivos" que amenazan la tranquilidad y la seguridad públicas. Esas convulsiones de superficie encubren un inmovilismo de fondo. El miedo a las reformas suscita el amor a las revueltas.

Las verdaderas revoluciones no pueden ser contrarias a la libertad, dice; se dan a través de movimientos graduales. Estos introducen cambios que "se adelantan a la marcha normal de los sucesos" pero lo hacen imprimiendo más energía a esa marcha. Esas otras revoluciones violentas y traumáticas suponen una quiebra profunda y un cambio radical del derecho. La revolución no es un derecho, "sino lo opuesto al derecho establecido".

La Argentina ignoró estas reflexiones de la tesis que González escribió en 1902: no se puede llamar revolución a un golpe de Estado y no se puede legitimar un golpe porque, yendo más allá del derrocamiento de un gobierno, el golpe es la negación del orden jurídico.

Según González, no hay que confundir liberalismo con conservadorismo fanático. Mientras éste es dogmático, destructivo y cerrado, defiende el statu quo, niega los cambios e impide las reformas, el liberalismo es abierto, creativo e impulsa las transformaciones pacíficas y permanentes. Al clausurar las posibilidades de reformas, ese conservadorismo abre las vías de su propia extinción y los de la revolución violenta. "El gobierno liberal es una revolución pacífica, continua, progresista, fecunda", define.

González escapa a la contraposición maniquea de lo nacional versus lo liberal; de lo regional versus lo nacional y de esto versus lo universal. Tampoco se deja atrapar por esa red que ve en lo liberal a lo conservador adjudicándole sus rasgos al liberalismo. Es un reformista profundo: propone sanear el sistema electoral, suprimiendo el fraude y abogando por la representación de las minorías. Propició un avanzado Código del Trabajo que, de haber sido sancionado, habría colocado a la Argentina "en la avanzada social del mundo civilizado".

Hace treinta años el historiador William Svec se preguntó por qué los argentinos no mostramos interés por Joaquín V. González, cuyas ideas y ejemplo aún tienen mucho que decirnos. ¿Por qué seducen más los personajes violentos, autoritarios y sin apego la ley? Tal vez porque los hombres rectos y de ideas nos colocan frente al desafío de ser más reflexivos, de asumir más responsabilidades y de ser más exigentes con el país y con nosotros mismos.

El presente artículo ha sido originalmente publicado como editorial de la revista Todo es Historia, en su número de noviembre de 2005. Se reproduce aquí bajo expresa autorización de su autor.
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