Historia y tradición
Nietzsche
Nietzsche
Una vez más, estamos atrapados en "el laberinto de la memoria". Otra vez nos sumergimos en el "frenesí de la conmemoración". El que está transcurriendo es, para los argentinos, un año cargado de aniversarios señalados en números redondos y referidos a acontecimientos políticos diametralmente opuestos y antagónicos.

Lo que en algunos son celebraciones, en otros son duelos, y viceversa. En nombre de pasados sufrimientos y de un extenso memorial de agravios, estamos asistiendo al resurgimiento de la pretensión de cavar abismos, e incluso trincheras, en las grietas de las querellas históricas derivadas de nuestro pasado traumático.

Entre los sesenta años del 17 de octubre de 1945 y los cincuenta del 16 de septiembre de 1955, se abre un abanico de fechas consideradas históricas que estimulan la oferta y la demanda de una despareja literatura de evocación, ideológicamente sesgada. Hurgar, manipulando, la memoria herida, no cura pero es rentable.

La idealización y sacralización de lo propio adquiere el mismo énfasis que la abominación y demonización de lo ajeno. Idólatras e iconoclastas se codean en un mismo estrecho escenario presidido por esa asimetría de la indulgencia donde los buenos y patriotas somos nosotros. Los villanos vendepatrias siempre son los otros. Al linchamiento callejero, moral y judicial, hoy tan de moda, se está añadiendo el linchamiento histórico.

El pasado concita interés, se reinstala en el presente y pugna por asumir un papel contemporáneo, activo y protagónico. Detrás de ese interés se está intentando "organizar intelectualmente el odio", mediante la recuperación de versiones manipuladoras, rencorosas y maniqueas del pasado. El nuestro aún habita el presente o, como dice Ricoeur, "lo asedia sin tomar distancia, como un fantasma".

Al cargarse de intenciones políticas, no sólo retrospectivas sino también actuales, ese impulso a retroceder al pasado tiende a parecerse al desplegado en los idealizados años '60 y primera mitad de los '70. Aunque no se quiera reconocer, esa misma fuerza está dando por tierra aquel lugar común empeñado en asegurar que hay una "historia oficial" escrita por los vencedores.

La "historia oficial" de hoy es la que, hasta ayer, fue "historia revisionista". Ahora, por primera vez en décadas, desde el poder se bendice explícitamente una versión de la historia argentina, "popular y verdadera" e ideológicamente afín los grupos de izquierda que protagonizaron la violencia de los '70. Con ello se corre el riesgo "de explotar aquel pasado de sufrimientos como una fuente de poder y de privilegios".

¿Otra vez, estamos aquejados de la misma fiebre histórica? ¿Padecemos una recaída en una eruptiva ideológica que era ya anacrónica en los años en que comenzó a tener repercusión en la Argentina? ¿Estamos, acaso, agitando el pasado, sobreactuando y dando brillo a ciertas conmemoraciones y opacando otras, para disimular las sombras de nuestro presente, ocultando las incertidumbres que se ciernen sobre nuestro futuro? ¿La condición de víctima funda hoy la verdad histórica?

Se ha dicho que los abusos de la memoria, la sobresaturación, el exceso de historia y de cultura histórica y, en suma, la fiebre histórica son síntomas de tiempos de crisis, de épocas borrascosas y de las decadencias. En el segundo fragmento de sus "Consideraciones intempestivas" (1872) Federico Nietzsche advirtió que esos excesos son síntomas de un vicio, de un mal, de una enfermedad que hay que prevenir, percatarse y curar.

Nietzsche escribió ese provocativo texto a contrapelo de su época y apostando a un tiempo futuro, cuando la cultura alemana estaba sumergida en lo que una década después se llamará historicismo, en momentos en que la vida parecía "paralizada por el peso de la historia y la imposibilidad de crear algo nuevo". La divisa que arropa tal exceso parece ser aquella que manda "que los muertos sepulten a los vivos".

Así como el hombre necesita de la historia para vivir, el exceso de historia le es perjudicial para vivir y para obrar, afirma. Si el olvido es la muerte del saber, el exceso de memoria es la muerte de la vida. La historia tiene su utilidad pero también sus inconvenientes. Esas relaciones son ambiguas y los problemas que plantea, complejos.

De la historia se podría decir lo que Byron respondió cuando se le preguntó si se sentía feliz con su mujer: "lo horrible de las mujeres consiste en que no se puede vivir con ellas pero tampoco sin ellas". Como dice Nietzsche: "El punto de vista histórico y el no histórico son necesarios para la salud de un individuo, de un pueblo y de una civilización".

La historia es útil y hasta necesaria si sirve a la vida, pero su exceso empobrece y degrada la vida. El cultivo de las virtudes se da junto al cultivo de los vicios, y es tan peligroso un vicio hipertrofiado como una virtud hipertrofiada. El problema no es tanto la historia y la cultura histórica, entendida como afán de mirar atrás, evocar recuerdos o hacer balances. El problema es su hipertrofia.

Ese exceso puede ser un lastre, una rémora. En definitiva, resulta "nocivo para los que viven" cuando "desarraiga los gérmenes vivos del porvenir". Aludiendo a los alemanes de su época, Nietzsche denunció que estaban "corrompidos por los estudios históricos". "Sufrimos de una consunción histórica y deberíamos reconocerlo". La historia no es entonces un remedio, una cura, sino un veneno.

¿Hasta qué punto la vida necesita de los servicios de la historia? ¿Dónde se sitúa el punto de equilibrio entre memoria y olvido? ¿Cuáles son los grados aceptables de historia para que el pasado no se convierta en obsesión y "en un sepulturero del presente"? Para evitar abusos de la memoria y repetición de errores, necesitamos reflexionar críticamente.

¿Por qué es nociva esta fiebre? Nietzsche enuncia cinco motivos. Debilita la personalidad, al engendrar una contradicción entre el ser íntimo y el mundo exterior. Hace nacer la ilusión de que una época tiene la virtud de la justicia, más que cualquier otra. "Perturba los instintos populares" impidiendo llegar a la madurez". "Propaga la tendencia nociva de la caducidad de la especie humana". Desarrolla un espíritu peligroso de escepticismo y de cinismo, que paraliza y destruye la fuerza vital.

Para él, hay tres formas historia: la monumental, la tradicionalista y la crítica. La monumental puede confundirse con la ficción mítica, mira la grandeza pasada y busca en ella modelos a imitar y también a superar. "Lo que es grande debe ser eterno". ¿Puede el pasado ser imitado? La enfermedad histórica "nivela la grandeza hasta la insignificancia". En ella "la admiración sin límites de los grandes y de los poderosos del pasado se convierte en el disfraz bajo el cual se oculta el odio de los grandes y poderosos del presente".

La historia tradicionalista o anticuaria es útil para la vida respecto a conservar y venerar costumbres y tradiciones más que para engendrar otras nuevas. Sus principales riesgos son que mine la vida presente, que paralice al hombre a cualquier acción, que estreche el horizonte y que todo lo antiguo termine por ser considerado intocable, venerable, y que todo lo nuevo sea rechazado y atacado. Este sentido histórico no conserva ya la vida: la momifica. "El hombre se encierra en una atmósfera de vetustez".

La historia crítica expresa la relación de la Historia con la vida, no con el saber. Pone la historia al servicio de la vida. Tiene fuerza para desembarazarse, para ejercer un juicio crítico sobre el pasado y para condenarlo pues "todo pasado es digno de ser condenado". Tiene fuerza, incluso, para olvidarlo, para romperlo y aniquilarlo. La justicia histórica es terrible porque es destructiva, aunque destruir las raíces es peligroso.

Más que ese juzgamiento y condena propugnados por la exaltación nietzscheana y -desde otra perspectiva- por las visiones históricas ideológicamente selectivas, propagandísticas y maniqueas, una historia rigurosa y crítica tiene que empeñarse en comprender y en hacer comprender, como dijo Lucien Febvre y ratificó Ricoeur.

Nietzsche advierte: el hombre se dobla "bajo el peso cada vez mayor de su pasado". Ese pasado, en vez de esclarecer, agobia. Es imposible vivir sin recordar, pero también lo es vivir recordando todo, aferrándose al obsesivo cultivo de la memoria literal, esa "que convierte en insuperable el viejo acontecimiento", como señala Todorov. Este tipo de memoria impermeable a la crítica abre puertas a la repetición de la historia.

La fiebre histórica no sólo posterga la cicatrización de heridas: contribuye a reabrirlas. A la luz de las grandes tragedias del siglo XX y de nuestra propia reciente experiencia, es posible coincidir con Nietzsche en que "demasiada historia mata al hombre".

Un exceso de historia maniquea estimuló el enfrentamiento de unos hombres contra otros. Ese tipo de historia no sólo mata al hombre. También lo empuja a matar, en nombre de una verdad histórica absoluta.

Cerrillos, Salta, julio de 2005.

Este artículo ha sido publicado como editorial en el número de julio de 2005 de la revista Todo es Historia.
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