Historia y tradición
Martín Miguel de Güemes
Martín Miguel de Güemes
Los padres de la mayoría de los principales líderes de la lucha para lograr la independencia de América habían nacido en España, donde comenzaron sus carreras ocupando cargos administrativos de designación real. A su buen desempeño se añadió la ambición de ascender dentro de la burocracia de ultramar y, por esa vía, poder incorporarse a las elites locales.

En las últimas décadas del siglo XVIII, por haber acumulado méritos, y por la necesidad de modernizar el aparato administrativo para mejorar los ingresos o reforzar la defensa de los territorios, algunos de esos funcionarios reales fueron trasladados a las posesiones españolas en América. Aquí formaron familias, se incorporaron a las elites locales como miembros de una “aristocracia de los servicios públicos”.

El origen español de esos padres, el clima político de Madrid, las ideas reformistas, la pertenencia al aparato administrativo y la ubicación social dentro de las elites americanas influyeron de modo decisivo en la mentalidad y las ideas de sus hijos criollos. Ellos profundizaron el reformismo de sus padres al pedir autonomía para América dentro del sistema político español, primero, y al promover la ruptura de los vínculos con España, más tarde.

Entre otros casos, ese fue el de Gabriel de Güemes Montero, padre de Martín Miguel Güemes. Inició su carrera en España como funcionario real cuando tenía 22 años. Por su eficiencia fue designado en la Tesorería General del Reino con sede en Madrid, en la que se desempeñó desde 1770 hasta 1777.

El padre de Güemes dijo en un escrito que sirvió al Rey en esas tareas “sin sueldo alguno” pues solo así “se aprenden las obligaciones de cada Ministerio”.“Sin trabajar con constancia no puede haber adelantamiento”, señaló en uno de sus escritos en los que sintetiza su labor durante 14 años percibiendo y administrando los impuestos de Alcabala y Sisa en la Intendencia de Salta del Tucumán.

En marzo de 1777 el rey Carlos III firmó su designación como Tesorero Oficial Real de las Cajas y Aduana en Jujuy en reemplazo de Manuel Espejo. Al año siguiente, a esas funciones añadió, otras no menos importante: la de Administrador de Correos, Estafetas y Postas en Jujuy, designado por Manuel de Basavilbaso, administrador en el Río de la Plata de la Real Renta de Correos, Postas y Estafetas.

Revueltas y reformas

Meses después a poco de cumplir 29 años, Güemes Montero se embarcó en el puerto de Cádiz rumbo a Buenos Aires. En esa ciudad, recién designada como sede del Virreinato del Río de la Plata, hizo escala para proseguir hacia Jujuy donde llegó los primeros días de enero de 1778.

En 1776, un año antes de su designación, Carlos III había dispuesto la creación del Virreinato del Río de la Plata para contener la presión de los portugueses desde el Brasil. Esta medida afianzó a Buenos Aires y debilitó a Lima. La restitución de la Audiencia de Buenos Aires recortó la jurisdicción y la influencia de la Audiencia de Charcas.

Las reformas de la monarquía española se fueron ampliando y extendiendo en el territorio americano. El mismo año que Güemes Montero se estableció en Jujuy, la corona se autorizó la apertura del puerto de Buenos Aires. Esa medida y el Reglamento de Libre Comercio afectaron el monopolio comercial que hasta entonces habían mantenido Cádiz y Sevilla, en España, y Lima en América.

También en 1778 estallaron sublevaciones y levantamientos indígenas en el Alto Perú. Los estallidos se extendieron a Chichas, Charcas, Potosí, Oruro, La Paz, Cochabamba. Una de las causas de esta rebelión fue la suba de impuestos, las medidas aduaneras y los abusos de funcionarios españoles con los indios. El movimiento alcanzó su punto de mayor violencia entre 1780 a 1782, cuando se produce el levantamiento de Tupac Amaru que culminó con la derrota y muerte de éste.

En 1782 Carlos III adoptó dos importantes medidas: suprimió el repartimiento de indios y estableció el sistema de Intendencias. En reconocimiento a su creciente importancia, Salta fue elegida sede de la Intendencia de Salta del Tucumán, unidad administrativa que abarcaba los territorios de las actuales provincias de Jujuy, Tucumán, Santiago del Estero, Catamarca, Tarija y parte de la Puna.

El 3 de enero de 1784 las Cajas Reales, que funcionaron hasta entonces en Jujuy, fueron trasladadas a Salta. Con ellas, se trasladó el tesorero Güemes Montero quien se instaló en Salta acompañado de Magdalena Goyechea, su joven esposa, criolla y cuarta nieta del fundador de Jujuy y de Juan Manuel, el primero de sus hijos, por entonces, único.

De profesión tesoreros

Gabriel Güemes Montero nació en Abionzo (obispado de Santander) el 21 de mayo de 1748. Sus padres fueron Manuel Güemes, que fue Tesorero del Monte Pío del Ministerio y Francisca Bárcena. Aunque labradores, los antepasados de Güemes “fueron hidalgos notorios de sangre”. En antiguos expedientes, fechados en 1643 y 1657, se lee: “La familia ilustrísima del apellido de Güemes es una de las más antiguas y nobles de los reinos de España”.

Abionzo es una pequeña aldea perteneciente al municipio de Villacarriedo, del cuyo centro está distante a dos kilómetros. Está situado en el Valle de Carriedo, “de las montañas de Burgos”, en la región de Cantabria. Güemes Montero debe haber sentido nostalgia de ese paisaje montañoso cuando residió en Jujuy y en Salta. Ubicado a 394 metros sobre el nivel del mar, Abionzo es hoy una aldea despoblada que en el año 2008 tenía sólo 177 habitantes.

Esta aldea es también el solar originario de la familia Fernández Campero, que en la segunda mitad del siglo XVIII se estableció en México, el Río de la Plata y el Alto Perú. Aquí nació Juan José Fernández Campero de Herrera, caballero de la Orden de Calatrava, luego Marqués del Valle de Tojo (Marquesado de Yavi), que primero apoyó a las fuerzas realistas durante las guerras de la Independencia y luego se sumó a las patriotas.

También nacieron en Abionzo Juan Manuel Fernández Campero, militar, que fue gobernador del Tucumán en el siglo XVIII quien, en 1765, ejecutó la orden de expulsar a los jesuitas de esa región. Otra rama de esta familia se estableció en México. A una tercera pertenece el padre de Martín Miguel de Güemes.

Casamiento en Jujuy

Cinco meses fueron suficientes para que Gabriel de Güemes Montero conociera, se enamorara y se casara en Jujuy con Magdalena Goyechea y Corte, que tenía entonces 15 años. La boda se celebró el 31 de mayo de 1778 en San Salvador de Jujuy. Magdalena nació en Jujuy en 1763. Descendía de fundador de Jujuy, Francisco de Argañaraz y Murguía, de quien era descendente directa.

Además de joven la esposa de Güemes Montero pertenecía a la principal y más acaudalada familia jujeña. Sus padres, Martín Miguel de Goyechea y María Ignacia de la Corte, tenían un importante patrimonio: estancias en El Bordo y El Paraíso en Salta y otras en Jujuy. También fincas, ganado, joyas, esclavos y diez personas en el servicio doméstico. Aunque Güemes Montero no era rico, era uno de los funcionarios más importantes y más cultos de la Intendencia de Salta del Tucumán.

Por la cantidad de miembros que tenía, a los Goyechea se los llamaba “los infinitos”. En aquella época más de 90 personas tenían ese apellido. Güemes Montero dijo que él “sólo había metido (aportado) al matrimonio la precisa decencia de mi persona”, además de “lo bien rentado de su cargo”. En 1788 Güemes Montero percibió un sueldo anual de $2.000.

En 1807 al dictar su testamento, tres días antes de su muerte, años después, a la hora de dictar su testamento dijo: “Cuando me casé sólo metí (aporté) al matrimonio la precisa decencia de mi persona”. A lo que añadió, “lo bien rentado de su cargo” de Tesorero.

Del matrimonio Güemes Montero-Goyechea y Corte nacieron nueve hijos, siete varones y dos mujeres. Juan de Dios Tomás Manuel; Martín Miguel; Gabriel José; Magdalena Damasia; Francisca Josefa; José Francisco; Juan Clímaco Benjamín; Manuel Antonio Isaac y Napoleón Quintín José, nacido bajo la estrella en ascenso de Napoleón y bautizado con su nombre.

Mejorar la recaudación

La caída de los ingresos, impuso a la corona española la necesidad de mejorar la recaudación en América. Aumentar la presión fiscal, como se hizo a partir de 1750, no era suficiente. Se necesitaba estimular el comercio quitando las trabas que lo afectaban, hacer más eficiente y transparente la recaudación y sacar su cobro de manos contratistas privados que no merecían confianza por la creciente corrupción que había en ella.

Por esas razones la corona decidió poner en mano de funcionarios reales el cobro de impuestos a manos de funcionarios reales. A partir de 1765 se fue acentuando la resistencia a la Alcabala, impuesto que se consideró excesivo y paralizador de la actividad económica.

La Alcabala fue el impuesto más importante en la España del Antiguo Régimen y se transplantó a América. Era un impuesto a las transacciones comerciales y compraventas de bienes muebles e inmuebles, dotes, herencias, etc. Era el que mayores ingresos daba a la Real Hacienda. Como resultado de las reformas los ingresos por el cobro de Alcabala pasaron del 4% al 6%.

Eficiente y honesto

Aunque importante, Güemes Montero no era un simple funcionario de la Tesorería. Aunque no descuidó la atención de esas tareas, tomó a su cargo otras que no estaban directamente relacionadas con aquéllas. Entre otras, estudiar la situación de las reducciones de indios en el Chaco salteño. En 1797 redactó un detallado sobre este tema al que añadió una serie de recomendaciones referida al trato y al trabajo de los indios cuyo tono y contenido social son avanzados.

Güemes Montero no fue un funcionario sedentario, encerrado en su oficina. Durante la sublevación de Tupac Amaru, que llegó a las puertas de Jujuy, colaboró “con prontitud” en las tareas del Destacamento de Veteranos y Milicianos que llegaron a Salta para sofocar esa rebelión. En esa ocasión el padre de Güemes se alistó y estuvo en una trinchera.

De su cultura y de su condición de hombre próximo al movimiento de ideas de la ilustración española da cuenta su condición de suscriptor y de lector del periódico “El Telégrafo Mercantil” el primero en expresar las ideas reformistas. En ese periódico, dirigido por Cabello y Mesa, y en otros de la época, expusieron sus ideas favorables a la libertad de comercio, Manuel Belgrano, el Dean Gregorio Funes, Hipólito Vieytes y José Manuel de Albarden.

Del interés de Güemes Montero por las ideas también dan cuenta los libros de su biblioteca. En esa época, y con ese espíritu ilustrado se publicaron o difundieron obras de Vicente Cañete de la importancia de la “Historia de Potosí” (1786-1789); “Real Ordenanza de Minas” (1794) y el “Reglamento Económico” (1785) O la obra de Arzans de Orsúa y Vela “Historia de la Villa Imperial de Potosí” que su autor comenzó a escribir en las primeras décadas del siglo XVIII.

La biblioteca del padre de Güemes incluía obras que no eran comunes en las pocas colecciones de libros de esa época en la que persistía la censura y la prohibición de importar los libros incluidos en las listas negras. En esos estantes había ediciones antiguas de “El Quijote” de Cervantes; “Cartas” de Sócrates; la “Recopilación de las Leyes de Indias”; la “Geografía” de Estrabón, además de textos sobre economía, religión, cronistas de Indias y textos militares sobre defensa y fortificaciones.

Desorden y corrupción

Durante los seis años que, con tesón, eficiencia y honradez, Güemes Montero trabajó en las Cajas Reales, puso “en cuenta los nuevos métodos de cuenta y razón”. En 1792 redactó un Informe de la Tesorería de Salta. En esas páginas no se limita a rendir cuenta del estado de la Tesorería pues también incluye preceptos éticos y principios generales que reflejan la personalidad del padre de Güemes.

En 1786, luego de un viaje de inspección a Tucumán, Güemes Montero presenta un extenso informe al Gobernador Intendente, Andrés de Mestre. En ese texto están expuestas algunas de las ideas reformistas del Tesorero Real. Para Güemes Montero “la decadencia o el aumento” de la recaudación dependía de la atención y cuidado de los funcionarios responsables de cobrarlos.

Güemes Montero estaba convencido que esa buena administración no era posible si seguía en manos de funcionarios con fuertes vinculaciones de parentesco, de amistad o de intereses en el lugar que se desempeñaban. “Nada hace más indulgente al hombre que las inmediatas conexiones, compadrazgos y parentescos”.

Advirtió que esos factores mucho tenían que ver con la escasa recaudación de impuestos en Tucumán, cuyos reducidos montos no reflejaba el importante comercio de vacas, caballos, mulas, yeguas, además de las ventas de comerciantes de vino, aguardiente, ropa, azúcar, chocolate, coca y “otros efectos mercantiles”. Cuando el Tesorero ordenó el cobro de esos impuestos, ganaderos y comerciantes se sorprendieron y fastidiaron.

Evasión y contrabando

Dos tercios de la población de Tucumán, añadió, subsisten con la venta de pellones, ponchos, frazadas, suelas y carretas. Casi todos “viven en varios trajines propios de aquel clima y terreno”, pero casi ninguno paga impuestos y cuando se les reclama que lo hagan, todos se resisten. “El contrabando de aguardiente es continuo”, advirtió. Güemes Montero sostuvo que había “que desterrar el contrabando”.

La falta de guardias en los caminos y la apertura de atajos clandestinos alentaban el comercio ilícito. Los libros de la Tesorería estaban en completo desorden y los asientos no prolijos, atrasados e incompletos. Güemes Montero los ordena introduciendo “el nuevo método de razón y partida doble”.

Cuando el recaudador es una persona “activa y vigilante”, éste cosecha el “odio general” de los vecinos. Cuando ese funcionario se ocupa más de proteger los intereses de parientes y amigos, perjudica los del Rey, añadió. También era cierto que el sistema administrativo alentaba esos fraudes porque los recaudadores no cobraban sus sueldos dejando a sus familias desprotegidas.

Los controles eran imposibles porque los tenientes recaudadores y los subdelegados se encubrían mutuamente y estaban de acuerdo en ocultar a los superiores el verdadero estado de las cuentas. Si alguno se arriesgaba a denunciar esas irregularidades, la sospecha y el castigo caían sobre él.

Valores no metálicos

El Informe de la Tesorería que Güemes Montero presentó en 1792 es un compendio de principios contables pero, además, es una síntesis de preceptos éticos a los que ajustó la administración de los caudales públicos y de propiedades de particulares que le confiaban el cuidado de sus bienes. El Informe al Gobernador Intendente está impregnado de los valores españoles tradicionales y de nuevos conceptos del honor.

“Lo más apreciable, lo más noble, lo más exquisito del hombre es el honor. Para conservarlo ileso en la corta o larga carrera de la vida es inevitable vigilancia, entereza y constante estudio”, anotó en el primer párrafo de este texto. “Por la reputación todo debe aventurarse y en su defensa ni aún la vida se reserva”, añadió.

Güemes Montero advierte que los funcionarios públicos reales son siempre el blanco preferido de los halagos pero también de las sospechas, las acusaciones y los insultos. Esto es así porque “porque es imposible complacer a todos” y eso resulta incompatible con las obligaciones.

Los ataques a los funcionarios suelen estar alimentados por odio, sed de venganza y sinrazón. “No hay carrera más expuesta a conciliarse el odio común que la Real Hacienda”, porque ello afecta intereses. La charlatanería es uno de los frutos “de la miseria humana”.

Güemes Montero defendió la transparencia y a ella ajustó su conducta de funcionario real. “Nuestros procedimientos sin siempre públicos (…) En nuestras intenciones no han cabido ni los sobornos, ni los cohechos, ni los disimulos…”.

Las murmuraciones se nutren de falsedad y porque están cargadas de mentira no se atreven a volcarse en un escrito acompañado de pruebas para someterlas a la justicia. No caben sospechas en el cobro y manejo de los impuestos de Sisa, destinado a sostener los fuertes de la Frontera.

“No hay atrevido como el ignorante. Ninguna razón le conviene, todo su interior se convierte en sospechas y comúnmente cuenta como positivo lo que en su caletre se le figuró”, escribió el Tesorero Güemes Montero en ese extenso Informe de 23 puntos presentado al Gobernador Intendente.

Contra el abuso a los indios

Su condición de administrador del Ramo de Sisa, impuesto que se recaudaba para sostener las redacciones de indios y fuertes en la Frontera de Salta, permitieron que Güemes Montero conociera de cerca la situación de los indios de las Reducciones de la Intendencia.

Estas Reducciones fueron administradas por los jesuitas hasta su expulsión en 1767. Posteriormente, bajo el nombre de Temporalidades, todos los bienes de los jesuitas quedaron a cargo de funcionarios reales.

En 1797 Güemes Montero redacta un extenso escrito, de 34 puntos, que tituló “Instrucciones para el gobierno de las temporalidades de todas las reducciones de la Provincia”. En el primer párrafo el Tesorero reafirma un principio: “No hay manejo bueno sin cuenta y razón clara e inteligible…”.

Para ello es necesario hacer prolijos inventarios en libros foliados y rubricados en los que se detallen cada uno de los bienes: alhajas religiosas, muebles, ropas, semillas, granos, ganados, instrumentos de labranza, etcétera.

Las “Instrucciones” van más allá de los temas contables. Güemes Montero señala la necesidad de disponer de telares y de algodonales en esas Reducciones de modo que las mujeres pudieran hacer camisas, ponchos, picotes, frazadas y otras ropas para vestidos de sus pobladores. El Tesorero señala la necesidad de hacer rodeos semanales de vacas, ovejas y caballos “para facilitar la precaución de gusanera”. Recuerda la importancia de esquilar las ovejas en primavera y hacer yerras de ganado anotando su cantidad en el Libro Mayor. Destaca la necesidad de criar vacas y cabras y tener curtiembre y fábrica de cordobanes.

Luego de establecer un criterio para entregar cada semana raciones de carnes a los indios, dice: “Los individuos de cada pueblo que no vivan sujetos al trabajo y en sociedad, no tendrán acción (derecho) a ración de ninguna especie…”. Pero, añade, el cura administrador, “con sagacidad y dulzura”, deberá enseñarle la importancia del trabajo de labranza y cría de ganado “para su propio sustento y felicidad temporal”.

“Una prudente economía en todo manejo produce maravillosos efectos y considerables ventajas”, recordó Güemes Montero a propósito de la necesidad de no faenar vacas hembras, salvo en casos de extrema necesidad. La matanza desordenada provoca daños irreparables a las estancias de rodeo.

Trabajo y educación

El Tesorero incluye en sus “Instrucciones” criterios para educar a los indios en los principios religiosos, en el trabajo, en los oficios mecánicos, en los conocimientos, en la música y la enseñanza en la lengua castellana.

El buen trato a los indios y las pautas para organizar por edades y por sexo, para retribuir su trabajo en los cañaverales y en otras ocupaciones, son temas que preocuparon a Güemes Montero. La retribución por el trabajo debe ser justa y cuando los patrones pagaran parte del trabajo en mercadería u otros productos, debían hacerlo al precio que los compraron.

Dirigiéndose a hacendados y mayordomos, anotó: “sean todos los indios e indias tratados con moderación y prudencia, mantenidos en las acostumbradas raciones de maíz y carne con puntualidad y sin falencia...”

Güemes Montero comprobó el desorden y la decadencia de esas Reducciones, entre otras, la de Miraflores. Había abusos de algún cura doctrinero en el manejo de los arriendos porque tenía “contemplación” o favoritismo hacia algún pariente o amigo, desvirtuando las leyes españolas. Algunos doctrineros incurrían en “granjerías”, en retención del dinero obtenido con la venta de frutos, lo que estaba prohibido, además por el Derecho Canónico.

Elogios al Tesorero

Los reconocimientos a Güemes Montero fueron numerosos. El Gobernador Intendente y la mayoría de los vecinos destacaron los méritos que éste “acumuló desde su infancia”. El Gobernador Intendente, Andrés de Mestre, destacó que en trece años no había recibido quejas contra el Tesorero: “Su instrucción, su sumo desinterés, su vida ejemplar, su honor y demás bellas calidades que le adornan”. “Celo prudencia y desinterés”, son rasgos que destacó el fundador de Orán Ramón García de León y Pizarro, quien añadió que fue “un buen vasallo cuando la sublevación de la plebe en Jujuy”.

“Su desinterés, dice un documento de 1782, ha sido tan constante y fijo que no sólo no (ha) admitido obsequios y regalos de los comerciantes, transeúntes, ni vecinos” ni usó los legítimos derechos del porcentaje que le correspondían por arancel.

“A sus desvelos, eficacia y continuado trabajo se debe el considerable aumento que en estas Cajas ha tenido la Real Hacienda”, como demuestran los libros contables. “Que es público y notorio su desinterés, ingenuidad y buena conducta”.

Aceptado por todos los vecinos “por su afable trato y persuasión para exigir los Reales y Municipales derechos”, con ese trato mejoró el ingreso del Erario Real. En 1956 el historiador Martín Figueroa Güemes destacó la importancia de las ideas y de la acción de Güemes Montero respecto al trato, el trabajo y la educación de los indios de las Reducciones.

Aquellas “Instrucciones” de 1797, afirmó este historiador, “contenía principios tan avanzados que recién en nuestros días (1956) se incorporan a las reglamentaciones del trabajo”. Joven ayudante suyo en las tareas de la Tesorería, su hijo Martín Miguel no ignoró ni fue indiferente a la conducta y a las ideas de su padre.

Esa conducta, esas ideas y esas acciones marcaron a Martín Miguel Güemes. A ellas recurrió cuando la dureza de la lucha la hacía insoportable.
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