Historia y tradición
Bernardo González Arrili
Bernardo González Arrili
La Escuela de Manualidades de Salta fue creada por el gobernador Joaquín Castellanos, sobre la base de la ya existente Escuela de Tejidos, establecida por el mismo gobernador por decreto el 6 de septiembre de 1920.

Esta Escuela “fue obra personal del gobernador Castellanos”, según el escritor porteño Bernardo González Arrili, que fue secretario privado de Castellanos.

Castellanos fue elegido gobernador de la Provincia de Salta a finales de 1918. Asumió sus funciones el 7 de enero de 1919 pero no pudo concluir su mandato, ya que el mismo fue interrumpido el 25 de octubre de 1921 por la intervención federal a Salta decretada por el presidente de la República, Hipólito Irigoyen.

Según Castellanos uno de los deberes del gobierno era “proteger e impulsar las industrias locales”. Esa tarea debía extenderse a una promoción y venta, dentro y fuera de la provincia, de esos productos locales. Durante su gobierno, la provincia de Salta firmó un acuerdo con el de Jujuy destinado a hacer una promoción conjunta de sus productos artesanales en una exposición y feria permanente a instalarse en la ciudad de Buenos Aires.

De ese modo, decía Castellanos, se crean las bases para un mercado más amplio, necesario para colocar “la rica producción del Norte de la República favoreciendo, al propio tiempo, a los pequeños industriales y a las industrias originariamente regionales, que como la de tejidos, tienen una vida reducida por falta de demanda”.

El Estado provincial se hacía cargo de la Escuela de Tejidos en la que “se podrá estudiar y perfeccionar el método criollo de nuestras hilanderas y tejedoras, dirigiéndolas por sistemas adecuados a la mayor producción y bondad del artículo”. La Escuela estaba destinada a dar enseñanza gratuita en esa industria; estaba a cargo de una directora ad honorem, con el apoyo de una secretaria y una auxiliar dactilógrafa, con sueldos de $130 y $100, respectivamente.

El decreto de creación establecía que el personal técnico sería provisto en su número, de acuerdo a los grados que se instalasen. Una comisión de tres personas, también ad honorem, sería la encargada de elaborar los programas de estudios y diseñar su implementación. El gobierno se hacía cargo de los gastos, aclarando que lo haría hasta tanto la Escuela pueda afrontar esos gastos con recursos propios generados por la venta de sus productos.

La Escuela de Manualidades “se inauguró con una sencilla ceremonia, un discurso del director de la casa y algunas muestras de telas, canastas y olla”. Según González Arrili, su primer director, el objetivo de la Escuela trascendía el de confeccionar tejidos u objetos para “el comercio turístico y el fomento folklórico complementario del pintoresco recreo nacido en las coplas y el baile con respaldo musical”.

Desde sus orígenes como ciudad centro de un vasto territorio, el trabajo artesanal fue una de las principales actividades de los salteños. La creatividad, la destreza, la intuición artística, la trasmisión de habilidades de padres a hijos, conformó una actividad económica doméstica que enfrentaba serias limitaciones: la lejanía de los mercados consumidores, la precariedad de sus recursos técnicos y el aislamiento.

Una importante cantidad de artesanos, hombres y mujeres, producían ollas y todo tipo de enseres de barro, otros eran orfebres, fabricantes de canastos, herreros. Estaban aquellos que trabajaban “los telares, la pañería, la lencería, el aprovechamiento de las lanas de ovejas, de guanaco o de llama”. Las elegían, lavaban, secaban, peinaban e hilaban. De allí salían “ponchos, mantas, puyos, barracanes, chalinas, pañoletas”.

Los que viajaban hasta Salta y Jujuy deseaban llevar a Buenos Aires y a las provincias del Litoral “un puyo, una chalina, cuanto más un poncho; lo hacían con la misma simpática obsequiosidad del que pasa por Córdoba preguntando por los dulces característicos, por los alfajores ausentes. Pudo pensarse en algo más”.

¿Qué era ese “algo más”? Castellanos y quienes le asesoraban en el tema pensaron la Escuela como un embrión y motor impulsor de industria textil local. Se hicieron estudios de costos y de mercado. “Las telas de Flandes se exportaban hace quince siglos. Las telas, los paños, los barracanes de Salta se exportarían triunfales”. De la pequeña artesanía local debía surgir la industria textil. “El barracán sería el sustituto del casimir”.

Los conflictos políticos afectaron la marcha de los primeros años de la Escuela. Su primer director era un “hombre orquesta”: se desempeñaba como secretario privado del gobernador Castellanos; dirigía un periódico y era legislador provincial. La sobrecarga de tareas lo obligó a renunciar al cargo de director de la Escuela de Manualidades.

Cristóbal Lanza Colombres
Cristóbal Lanza Colombres
Se designó en su reemplazo a un especialista en lencería, contratado en Tucumán: Cristóbal Lanza Colombres, que ejerció la dirección de la Escuela hasta su muerte, durante casi cuarenta años. En el año 1987, en una entrevista realizada por Gregorio Caro Figueroa, González Arrili recordó que “todo lo relacionado con la fundación de la Escuela no se conservó. Su archivo era muy deficiente y desapareció”.

“Sólo queda el recurso de recordar, fiar en la memoria para reconstruir aquellos primeros pasos con prisa y sin dinero. Entre las muchas dificultades hay que anotar la busca de la casa para que funcionara, la improvisación de los muebles: una mesa prestada. Unas sillas compradas a crédito, el contrato de los profesores, la gente práctica, las viejecitas tejedoras con las manos de marfil oscuro, una canastera, un imaginero, de paso por la ciudad, con sus troncos de árboles a medio pulido, los olleros, y las planillas y el acto inaugural, 7 de julio de 1921”, añadió González Arrili en esa entrevista.

En 1928 una publicación salteña dedica un artículo a la Escuela y a su entonces director, Lanza Colombres. Teníamos curiosidad por conocer esa Escuela tan elogiada “con justa razón”, dice el periodista. Acompañados por el director, recorre “todas las aulas de la gran escuela” donde a esa hora se están dictando clases que el cronista escucha. En ese año la Escuela tenía 650 alumnas inscriptas.

Los tejidos que salen de las manos de estas mujeres “no tienen competidores en el país”, afirmaba la revista “Nativa” que dirigía el escritor Julio Díaz Usandivaras. Entre 1921 y 1928 el crecimiento de la Escuela había sido notable, aunque sus recursos no evolucionaron en la misma proporción. “El personal con que cuenta es la mejor garantía de su éxito”, añadió esa publicación.

“El espectáculo de la labor es pintoresco e interesante, particularmente en la sección telares. Allí laboran todas las alumnas en santa comunión, sin distinción de clases. La distinguida señora de la alta sociedad, trabaja humildemente, allí, al lado de la modesta proletaria. Excelente organización, mucho espíritu de laboriosidad y dedicación”.

En aquellos años, si bien la Escuela no logró financiarse totalmente con recursos propios, si pudo pagar con la venta de sus productos, la mitad de los gastos que demandaba su funcionamiento. En el año 1929, la Escuela recibió Medalla de Oro y Diploma de Honor en la Exposición Ibero Americana de Sevilla por un conjunto de “Huasos” en arcilla quemada realizados por uno de sus profesores de dibujo y arte decorativa, Juan B. Valle.

A partir del año 1922 la Escuela incorporó una sede en Cafayate, a iniciativa del entonces ministro de Hacienda, ingeniero Rafael P. Sosa. La idea de Sosa, secundado por Lanza Colombres, era la de extender la enseñanza de las técnicas a uno de los núcleos urbanos que organizaba el espacio geográfico del Valle Calchaquí de Salta, asiento las antiguas culturas de los pueblos originarios. En aquella Exposición de Sevilla, los tejidos vallistos obtuvieron el Gran Premio, siendo la única alta distinción obtenida por un país de América del Sur.

“El derecho al trabajo artesanal no ha de quitárselo nadie a Salta”, dijo González Arrili. Habría que añadir dentro de ese derecho, el de la educación y el de la justa retribución de los productos que salen de las manos de las mujeres artesanas y de los hombres artesanos. Al cumplirse 60 años de la creación de la Escuela su primer director se lamentó que “lo principal, lo soñado, no se ha hecho. Aún se está a tiempo de realizarlo”.
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