Historia y tradición
José Ortega y Gasset
José Ortega y Gasset
A la divulgación de conocimientos se le adhirió, como una rémora, esa marca despectiva que, desde antaño, acompaña a lo vulgar. Con ligereza, se tendió a equiparar el trabajo de divulgación con falta de rigor, tosquedad de estilo, lugar común y ordinariez. La divulgación no sólo se percibe aún como lo opuesto a especialización y refinamiento: se presenta, además, como una degradación y una de sus más burdas negaciones.

Definida de este modo, la divulgación es rebajada a la condición de hija bastarda de la especialización. Según esta prejuiciosa visión, las únicas reglas que rigen la divulgación serían la superficialidad, la simplificación, la trivialidad y la ramplonería. En el mejor de los casos, se puede llegar a admitir que la divulgación aporta claridad expositiva pero, a renglón seguido, se afirma que lo hace a costa de sacrificar el rigor en el altar pagano de lo claro y ameno.

Por el contrario, la aridez, el lenguaje críptico de los especialistas y la prosa plomiza serían señales distintivas del conocimiento serio y riguroso. El científico y el divulgador no tendrían ningún punto de contacto y, además, sus intereses resultarían contrapuestos y antagónicos. El científico estaría arropado de autoridad y prestigio académico de los que carecería el divulgador, cuya tarea se limitaría a usufructuar el esfuerzo de aquél, traduciéndolo para ampliar su difusión.

Semejante divisoria de aguas se apoya en la simplificación y en la ignorancia. Ciencia y divulgación de la ciencia fueron consideradas como dos regiones colindantes, complementarias y cooperantes antes que territorios amurallados, incomunicados y enemistados. El biólogo Jean Rostand, al defender la divulgación, señaló que su función es “hacer participar al mayor número de personas de la dignidad soberana del conocimiento”.

De cierto modo el divulgador asume una importante función social que puede definirse como la democratización del conocimiento. El mismo Rostand añadió que la tarea de divulgación puede garantizar que el mayor número de ciudadanos no especializados “reciba un poco de lo que constituye el honor del espíritu humano y no se mantenga al margen de la aventura de la especie”. Su tarea consiste, además, en “acercar a los hombres entre sí” en la lucha por reducir la ignorancia y en proporcionar a cada uno “una ración mínima de calorías espirituales”.

La brecha en el acceso a los conocimientos profundiza, y tiende a perpetuar, la brecha social. Así como la riqueza material se concentra en unos pocos que tienen cada vez más, también una minoría especializada es la que acapara la mayor cantidad de conocimientos y de información. Esto crea una dualidad entre aquellos pocos que conocen cada vez más y aquellos que ignoran. Éstos son, como dice Edgard Morin, el conjunto de los ciudadanos.

En ambos casos, los fosos que cavan estas desigualdades, debilitan la capacidad de los ciudadanos y se erigen como la principal amenaza a los sistemas democráticos. La divulgación de conocimientos puede contribuir positivamente no sólo a la democratización del acceso a los mismos, sino también a la democratización de nuestras sociedades, demasiado expuestas al poder omnímodo del dinero, de la fuerza y de expertos que capturan conocimientos e información.

La obra de numerosos científicos, filósofos, sociólogos e historiadores desmiente la supuesta incompatibilidad entre conocimientos rigurosos y de calidad, y divulgación. Ortega y Gasset advirtió que en la España de comienzos del siglo XX, cuya sociedad no admitía lo solemne, “ni la cátedra ni el libro tenían eficiencia social”. Quien quiera crear algo, “tiene que aceptar a ser aristócrata en la plazuela”. Por tal motivo decidió que su obra brotara y se mostrara “en la plazuela intelectual que es el periódico”.

Criticado por cierto puritanismo elitista, en 1931, Ortega defendió su decisión de haber llevado “la filosofía al periódico”. Hacerlo, admitió, debió ser un acierto pues de esos artículos en periódicos salieron sus libros editados fuera de España. Fue Ortega quien, parafraseando el viejo dicho según el cual “la puntualidad es la cortesía de los reyes”, postuló que la claridad debe ser “la cortesía del filósofo”. Buen modo que se esmeró en practicar en sus escritos en los que inteligencia y agudeza se dieron la mano con lo legible y lo comprensible.

Ortega retomó y pulió la tradición del artículo de calidad en periódicos, cultivada por alguno de los mejores los escritores españoles y llegada al Río de la Plata a partir de 1833. No es una casualidad que Alberdi y Sarmiento fueran dos grades lectores de Mariano José de Larra, paradigma del articulista de prosa clara, sencilla, amena, rica en matices y “carente de frivolidad”.

Como bien recordó nuestro director Félix Luna en “La historia y su divulgación”, texto leído en 1993 al incorporarse como miembro de número de la Academia Nacional de la Historia, tampoco es casual que la erudita Historia de San Martín de Bartolomé Mitre se publicara por primera vez como folletín por entregas en el diario “La Nación”. Mitre eligió las páginas del periódico como “plazuela intelectual” para difundir aquella investigación.

El problema no es pues la divulgación sino la calidad o la mala calidad de sus productos. Detractores elitistas y defensores populistas de la divulgación se equivocan por igual cuando, por razones opuestas, la reducen a una operación de abaratamiento del producto cultural. La divulgación sería entonces una manufactura de segunda calidad, confeccionada con material residual y apto para módicas pretensiones y limitadas inteligencias.

La lista de divulgadores de calidad es extensa. Dentro de esa galería de divulgadores, quizás sea Stefan Zweig una de sus figuras ejemplares. “Zweig tuvo la modestia y la generosidad de aceptar su talento de divulgador”, anota Jean-Jacques Lafaye, uno de sus más recientes biógrafos. Pero lo que Zweig no hizo fue confundir divulgación con vulgaridad. “No se rebajó al nivel de las grandes audiencias, que es lo que se propone ahora, sino que intentó subir ese nivel”, explica Lafaye.

El buen divulgador no es el que se empeña en poner a baja altura la valla del salto en alto, sino el que se exige batir su propia marca. No es el que se coloca detrás de los avances de la investigación erudita, sino el que se nutre honestamente de ella e incluso se propone no sólo hacerla accesible sino también incrementarla.

Quien se plantea divulgar lo hace pensando en mejorar la “eficacia social” de los conocimientos, como dijo Ortega; en responder a una “demanda social”, como dice Robert Castel al referirse a la divulgación sociológica, o en acrecentar la “utilidad social” como señaló Georges Duby aludiendo al trabajo de divulgación histórica.

Del mismo modo que en nombre del puritanismo científico no se puede negar el valor de la divulgación de los conocimientos en los medios, tampoco en nombre del exhibicionismo y los índices de audiencia o ventas se puede confundir historia escrita amarilla o de propaganda ideológica, con divulgación de calidad. Más que un lugar físico, el punto de equilibrio es producto de una laboriosa búsqueda.

La cerrazón y la endogamia no garantizan la calidad de los productos culturales. El uso desaprensivo y la trasmisión trivial de ellos no es sinónimo de divulgación, sino el peor modo de malversar las virtudes del género. El historiador A. J. P. Taylor solía decir a su discípulo Paul Johnson: “Puedes ser la persona más culta del mundo, pero toda tu cultura se perderá si no puedes comunicarla a los demás”.

La frase de Taylor es reversible. “Puedes tener aptitudes para la divulgación pero si no tienes una sólida base cultural, esas cualidades se malograrán porque no podrás comunicar nada importante a los demás”. Implacable, Karl Kraus acuñó un feroz aforismo contra los periodistas: “No tener una idea y poder expresarla: eso hace al periodista”.

La buena divulgación no reposa sobre la trivialidad, el vacío de ideas, el simple anecdotario, la mera recolección de datos. La buena divulgación, de algún modo, es la buena historia bien escrita. “Doy gran valor a la expresión, a la manera de escribir; en este caso, de escribir la historia”, ha dicho George Duby. Para él, la historia es, en primer lugar, “un arte literario”. Forma y estilo resultan ser tan importantes como el contenido. “No soy indiferente a los ritmos, a la música de la escritura”, confesó.

“Cuidemos de no quitarle a nuestra ciencia su parte de poesía”, reclamó Marc Bloch. Esa advertencia no era un mero reconocimiento al buen modo de escribir los textos de historia. Era también una apelación a no encerrar la disciplina tras las rejas de unos cánones corporativos que acentuaban su aislamiento amenazando con esterilizarla.

“Creo que la historia no debe ser consumida principalmente por los que las producen”, advirtió Duby. Sin abandonar por un instante las exigencias de su trabajo erudito, a riesgo de ser cuestionado por ceder a la tentación mediática, el historiador francés asomó a las pantallas de televisión para explicar la historia. Dijo haber luchado para que el lugar de la historia no se redujera, sino para que se ampliara.

Ese combate por la buena divulgación es inseparable de la batalla por la buena historia. Esta es la tarea que inició en la Argentina, hace casi cuarenta años, nuestra revista. Faltan ocho meses para que “Todo es Historia” cumpla cuatro décadas de esfuerzo constante y renovado tratando de contribuir, como dijo Félix Luna en aquel discurso en la Academia, a “equivocarnos menos” para hacer un país de todos y, también, un país mejor.

El presente artículo ha sido publicado como editorial de la revista Todo es Historia, y se reproduce aquí con expresa autorización de su autor
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