Historia y tradición
Libro de Sara Mata
Libro de Sara Mata
“Tierra y poder en Salta” (1), el libro de Sara Mata de López marca una ruptura con cierta historiografía local excesivamente ensimismada, demasiado expuesta a diluirse en la crónica pintoresca o en el anecdotario simplista. Más predispuesta a la contemplación narcisista que al esfuerzo comprensivo; más interesada en producir biografías laudatorias que en abrir interrogantes y más dada a cultivar certezas que a usar las herramientas críticas, esa historiografía languidece aunque resistiéndose a abandonar la escena.

Pero no se trata sólo de rupturas. Es de justicia señalar también una continuidad con otra rica e intermitente tradición: la que aportó una visión espacialmente más abarcadora, temáticamente más amplia y mentalmente más extrovertida. De ella bebieron, y a ella también acrecentaron, historiadores como Bernardo Frías o Atilio Cornejo, para mencionar sólo a quienes Sara Mata reconoce como precursores del estudio de la historia de los complejos procesos económicos y sociales del ámbito rural salteño.

Es pertinente recordar que hacia 1940 y entre otros, Carlos Romero Sosa o Carlos Reyes Gajardo, dentro de Salta, y Julio V. González, Juan Canter o David Efron, fuera de nuestra provincia, produjeron las primeras recusaciones a la producción de este tipo de historia “de puertas adentro”, resistente a los criterios comparativos, acotada a un puñado de familias - antes que social -, reducida a un pequeño repertorio de personajes y cuestiones y construida con rudimentarias herramientas. Que ese tardío intento de sentar las bases de una “nueva escuela histórica” se truncara, no se explica tanto por la falta de decisión de sus impulsores como por la no maduración de ciertas condiciones.

Sometida a constantes amenazas, con retrocesos y altibajos, con muchas imperfecciones y notorias insuficiencias, algunas de esas condiciones fueron madurando en los últimos sesenta años, en el país y en Salta. Sin quitar una pizca al mérito personal que tiene, primeros frutos de esta maduración son este libro de Sara Mata, su labor como investigadora y la que viene realizando el equipo que dirige en el Centro Promocional de las Investigaciones en Historia y Antropología (CEPIHA) dentro la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Salta, además de la continuidad, bajo su dirección, de la revista “Andes”, producto de excelente calidad.

Nuevos caminos y enfoques

La combinación de esos factores retrasó la recepción de los cambios que hace más de tres décadas se estaban produciendo dentro de la historiografía de América latina. La lenta, y todavía insuficiente, construcción de la democracia permitió que se instalaran dudas allí donde antes se habían impuesto las certezas. Se abrieron o reabrieron las posibilidades para “explotar nuevas rutas temáticas e interpretativas”. Junto con la mejora en la formación profesional, se emprendió la “fatigosa búsqueda de nuevas claves interpretativas”. Esto dio lugar a la aparición de maestros que intentan “enseñar antes que deslumbrar”, como señala Halperín Donghi.

Un campo donde ese cambio se hizo más visible es el de la historia andina, “una de las áreas más activas de producción historiográfica”. Dentro de esa corriente debe situarse a este excepcional trabajo de Sara Mata, tan bien estructurado y documentado como sobriamente escrito. En los últimos treinta años, desde México al Perú, “la investigación histórica puso de manifiesto la complejidad del mundo rural americano”, señala la autora al iniciar su libro. Si no exclusiva, la pertenencia y la vinculación de Salta con el mundo andino, no sólo dibuja un espacio: define, además, un enfoque que permite avanzar en esta búsqueda de una historia inteligible e inteligente.

No es éste el único párrafo donde la autora alude a la complejidad. Son las “complejas relaciones” sociales, económicas y políticas las que contribuyen a modelar y a definir los rasgos peculiares de la sociedad que estudia. También lo es nuestro espacio rural, que no se agota en enormes e inmóviles latifundios que unos pocos señores manejaban con un puño, dejando crecer un conjunto de medianos y pequeños propietarios al calor de un incipiente mercado donde la tierra podía comprarse y venderse.

Era compleja la actividad mercantil que, aunque tenía su centro en él, trascendía el comercio de mulas. Había también comerciantes que invertían su capital en la adquisición de tierras o hacendados que extendían sus negocios a la actividad comercial. O estancieros que tomaban préstamos a comerciantes. Compleja es esa sociedad de rígidos estamentos (aunque también elemental), cuya cerrazón no impedía que se abrieran intersticios para el ascenso de algunos individuos. Pese a los prejuicios respecto al color de piel y a las barreras formales, la multiplicación de mestizos demuestra que las severas diferencias étnicas también eran eludidas.

Una y otra vez Sara Mata vuelve sobre la complejidad, no para utilizar esta palabra como mera descripción del objeto de estudio. Y, menos aún, como coartada o modo de escapar a esquemas simplistas y reductores. La emplea como un conjunto de llaves que ayudan a comprender aquello que aparece poco claro y, por eso mismo, turba y confunde. En sus diferentes versiones, las vulgatas ideológicas proporcionaban la seguridad de certezas basadas en la simplificación. Pero el investigador exigente no capitula ante lo simple. Como dice Edgard Morin, afronta lo complejo como un desafío. En un notable texto, publicado en la edición especial de “La Nación” el 25 de mayo de 1910, Moisés Oliva ya apuntaba en esa misma correcta dirección: “La población de Salta está lejos de ser homogénea, ni lo será; los habitantes de las montañas no se confundirán con los de la llanura; su origen, su organización física, sus sentimientos, su carácter, su imaginación, son distintos”.

Como otras, los caracteres específicos de la sociedad salteña se fueron gestando, a lo largo del tiempo, a través del peculiar modo en que se combinaron sus condiciones físicas, su ubicación espacial, su capacidad de conexión (nexo entre el relieve andino y la llanura), su vastedad y heterogeneidad territorial, la diversidad de sus recursos naturales y el contraste de ambos con el escaso número de habitantes. También de los modos en que el hombre se adaptó, transformó el medio, se relacionó con su entorno, con otros espacios y se vinculó formal o informalmente con otros hombres, próximos o distantes, semejantes o diferentes. Esos rasgos no son el resultado de un ensamble físico sino de una “combinación química”.

Pero la autora no se propone observar esa realidad a través del gran angular al que se recurre para elaborar visiones más generales y abarcadoras. A lo que apunta Mata es a “un estudio micro analítico restringido a la economía y a la sociedad agraria en la jurisdicción de Salta”. Su campo de observación está limitado en el tiempo: las dos últimas décadas del siglo XVIII y la primera del XIX. También está acotado en el espacio: no la totalidad del actual territorio salteño sino sólo el Valle de Lerma, el Valle Calchaquí y la Frontera.

Valles de Lerma, Calchaquí y Frontera

Cada uno de estos ámbitos presenta diferentes condiciones ecológicas, distintos procesos de ocupación y vías de acceso a la propiedad de la tierra. Primero en ser ocupado y poblado, el Valle de Lerma tiene población y recursos naturales más variados, junto a mayores posibilidades de riego de sus tierras repartidas mediante mercedes reales pero luego parceladas por la inexistencia de mayorazgos “y por las leyes de herencia” que condujeron a su fragmentación.

Aquí predominaron las chacras, propiedades que podían tener de una a 300 hectáreas; en ellas crecían los pastos donde engordaban las mulas o en las que sus dueños y peones conchabados cultivaban, para la subsistencia y un pequeño mercado, frutas y verduras. En sólo una década (1776-1786), y como producto de la inmigración de altoperuanos, la población indígena del Valle de Lerma creció un 63 por ciento. Fue este el espacio que ocupó la mayor parte de esa elite que, frente a los sucesos de 1810, se vio sometida a la tensión entre la fidelidad al Rey y sus inclinaciones hacia la autonomía.

En contraste, el Valle Calchaquí tiene su suelo fragmentado, es árido, de clima seco. Allí escasea el agua y las pasturas no abundan. Su ocupación, iniciada en 1630 y concluida en 1670, demandó ingentes esfuerzos y se selló con el extrañamiento de gran parte de su población indígena. Pese a ello, en la segunda mitad del siglo XVIII la mayoría de sus habitantes eran indígenas y la mitad de ellos estaba encomendada. Condiciones naturales, aislamiento y tipo de conquista influyeron en la modalidad latifundista que asumió la tenencia de la tierra. Aquí las transacciones de tierras, concentradas en enormes haciendas con cierta diversificación como lo fue la de Molinos, fueron menor en número. Fue éste el último bastión de los realistas en Salta. El conservadurismo vallisto, hunde sus raíces en estos factores.

Por último, la Frontera oriental: espacio de más reciente, lenta y ardua ocupación, iniciada con mayor decisión en 1750 con las entradas al Chaco. Esta línea dibujada por fortines actúa como barrera protectora de la ciudad de Salta y es escenario de una “intensa interacción social”, donde conviven gentes sin tierra, españoles pobres, gauchos mestizos, indios, esclavos. Aquí “la propiedad de la tierra adquirió un papel decisivo en el control de los indígenas” y ofreció mayores oportunidades de acceso a ella no sólo a “beneméritos” sino a individuos de “dudoso origen étnico”. Una parte de este suelo, la serranía montuosa, es apta para el pastoreo de ganado. En otra, el terreno se ofrece a una actividad agrícola a la que los pobladores siguen siendo reacios. Aquí todo es más laxo y más precario: reglas de juego, leyes, relaciones personales, diferencias sociales, obligaciones. Faltan escrituras, mensuras y catastros. Sus estancieros y sus gauchos no vacilaron en acompañar a Güemes.

De la no homogeneidad de esos territorios y espacios económicos derivarán diferencias en los procesos de ocupación, las formas de apropiación y de acceso a la tierra, de las unidades de producción, de los sistemas de trabajo y de retribución. Como así también las diferencias de origen étnico y en los vínculos entre los diferentes estamentos sociales.

Lo que dentro de este marco se propone Sara Mata, es analizar “las consecuencias que tuvo el desarrollo mercantil de la ciudad de Salta y del espacio surandino a fines de la colonia en las formas de tenencia de la tierra, en las características de las diferentes unidades de producción existente en la campaña salteña y en la producción agraria y sus mercados”.

Este propósito incluye, además, el impacto que ese crecimiento, estimulado por la demanda de los centros de la minería del Alto Perú, tuvo en la demografía local y en la transformación de la sociedad; en la ocupación efectiva, la valorización y la tendencia a la parcelación de la tierra; en la consolidación de Salta como “ciudad mercantil”; en la producción de alimentos y en los conflictos y alianzas entre antiguos hacendados y nuevos comerciantes por el reparto no sólo de la riqueza, el prestigio y el poder, sino también de los símbolos y de los honores.

Fortaleza y debilidad de una elite

Aunque los grandes propietarios de tierras mantuvieron gran parte de su poder, la consolidación de los comerciantes recién llegados, y por eso no “beneméritos de Salta”, como grupo hegemónico, “conlleva la preeminencia de la riqueza sobre el linaje y la construcción de un nuevo orden social vinculado a la modernidad”, dice Mata. Que esa modernidad resultara tan tenue como ambigua lo prueba que tanto el linaje familiar como la posesión de tierras continuaran “siendo parámetros importantes para el reclutamiento de los miembros de la élite (…)”, añade.

Habrá que recoger y desarrollar los interrogantes que, al presentar el libro de Sara Mata, dejó planteados Daniel Santamaría respecto a la importancia, organización y cohesión del núcleo de familias “principales” comparado con las debilidades, no ya de un Estado, sino de un aparato administrativo que actuaba por delegación. Ese aparato no aparece dotado de demasiada capacidad como para imponer esos estrictos “controles sociales” que algunos creen descubrir en nuestro pasado, empeñados en transplantar categorías de análisis elaboradas para otra época y realidad y subestimando datos de la realidad local, a partir de los cuales deben buscarse nuestras peculiaridades.

Muchos de esos datos permiten conjeturar que era ese núcleo de familias, dentro del cual matrimonio y propiedad anudaron fuertes lazos, el que decidía sobre el poder político y no a la inversa. Hasta comienzos del siglo XX, el veto y el voto emitidos por ciertas familias (y, dentro de ellas, por su miembro más prominente), poseía más fuerza que los pronunciamientos de una débil, poco crítica y escasamente ilustrada opinión pública. Importa recordar que, al comenzar el siglo XIX, la mayoría de los miembros de tal núcleo conformaba ese escaso 10 por ciento de la población dotada de capacidad de leer y escribir.

De ello no se debería derivar otra conclusión también errónea, según la cual esa elite estaba dotada de la fortaleza de la que carecía el endeble aparato administrativo. Podría suscribirse aquella afirmación de Jacques Heers que, aunque aplicada a otra realidad y otra época, define la cuestión: “La fuerza social del grupo compensa la debilidad del Estado”. En nuestro caso es también válido decir que, a partir del siglo XIX, el aparato administrativo compensó la precariedad económica del segmento empobrecido del grupo principal mediante el reparto de cargos y el otorgamiento de beneficios. En un medio en el cual la debilidad y fragilidad lo impregnaba todo, ese grupo de familias propietarias tenía suficiente poder para mostrarse fuerte frente a los débiles del medio local, pero sólo podía comportarse como débil frente a los fuertes de afuera.

Algunos datos de esa realidad permiten ir más lejos: entre esa elite y la “plebe” no sólo hubo distancia, sino también proximidad. Las relaciones entre ambas no estuvieron regidas sólo por la prepotencia del señor, sino también por el paternalismo clientelar y en algunos casos, afectivo. “Una vez en la angosta senda que atraviesa el monte, con el lazo en la mano, el patrón se confundía con el peón, desaparecía la desigualdad de condiciones (…)”, observó Moisés Oliva.

¿Se aprende de la Historia?

Afirma Pierre Gourou que una civilización es el tejido de las relaciones entre elementos físicos y humanos. Es, también, la suma de las técnicas de producción (de explotación de la naturaleza, de subsistencia y de la materia) y las técnicas de encuadramiento (reglas de juego, sistemas de propiedad, de explotación, de sucesiones y comunicaciones). Es la diferente y desigual combinación de esas técnicas, y sus cambios, lo que confiere carácter peculiar a una sociedad.

¿Cuál fue el nivel que alcanzaron en Salta, en ese período, esas técnicas de producción y esas técnicas de encuadramiento? Sin duda que, como prueba Mata, ellas mejoraron de manera importante al calor de la reactivación de la demanda altoperuana (1760-1810), la mayor rentabilidad de los invernadores de mulas, la intensificación del tráfico mercantil (legal y contrabando), el crecimiento demográfico y las reformas administrativas.

Habrá que convenir, empero, que ese ciclo de relativa prosperidad resultó insuficiente para superar las múltiples debilidades “orgánicas” (como la distancia de los mercados) y vencer también la vulnerabilidad estructural que aquejaron, y en parte aquejan, a esta sociedad desde sus orígenes. Prolongadas en el tiempo, tales debilidades amenazan con devenir en esclerosis.

En Salta, afirma Sara Mata, “perviven aún prácticas sociales y formas de producción que sólo pueden comprenderse desde el pasado colonial”. Quizá de la ignorancia, la idealización o la reconstrucción arbitraria y para uso político de ese pasado, se derive esa clamorosa incomprensión del presente que hoy exhibe sin pudor nuestra cada vez más pueblerina, ciega y ensoberbecida dirigencia.

Dice Reinhart Koselleck que quien crea que puede deducir su expectativa (lo que espera, la historia aún por hacer) totalmente a partir de su experiencia (lo que se ya experimentó, la historia ya hecha), se equivoca. “Pero quien no basa su expectativa en la experiencia, también se equivoca”. Si algún magisterio puede ejercer la Historia es el enseñarnos a reducir los márgenes de nuestros humanos errores, aunque sea lentamente, y en muy pequeña medida.

Notas (1) “Tierra y poder en Salta. El Noroeste argentino en vísperas de la Independencia”. Sara Mata de López. Prólogo de Carlos Mayo. Primera edición. Diputación de Sevilla, España, 2000. 367 páginas. Segunda edición, CEPHIA-Universidad Nacional de Salta, 2005.
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