Historia y tradición
Iglesia de Iruya
Iglesia de Iruya
Para los integrantes del equipo de Fenomenología de la Religión, de la Universidad Nacional de Tucumán, Iruya se convirtió, en un momento dado, en una especie de objeto numinoso. Sabíamos de la existencia de un lugar alejado, fuera de todas las rutas turísticas, donde se celebraba un antiguo ritual y se mantenían estilos de vida arcaicos.

También sabíamos que llegar a ese lugar fascinante no era demasiado fácil, y que, a los riesgos del camino, podían añadirse dificultades prácticas derivadas de las condiciones del lugar. Pero la atracción triunfó y, en el momento de la partida, estábamos todos, incluyendo los acompañantes.

Iruya está situada en el noroeste de Salta, pero se llega por Jujuy, atravesando la Quebrada de Humahuaca; luego, un desvío conduce a Iturbe desde donde, siguiendo el cauce de un río seco, se arriba a un abra, a cuatro mil metros de altura, donde se encuentra la primera indicación sobre Iruya.

Desde allí, 19 kilómetros en zigzag (los más difíciles de recorrer) nos conducen a las puertas de la ciudad. Porque Iruya, construida en la ladera de la montaña, tiene el aspecto de una pequeña ciudad amurallada: las paredes rocosas y los muros de contención demarcan perfectamente el recinto donde se desarrolla la vida del hombre. Afuera, la naturaleza pétrea, grandiosa, alucinante.

A la entrada la Iglesia y frente a ella, una explanada donde se celebran las fiestas y se celebran las danzas rituales. Cuando llegamos nos impresionó el silencio. Mientras recorríamos las estrechas calles de piedra, comenzamos a percibir la secreta vida del pueblo: detrás de las puertas entornadas escuchábamos cuchicheos, llantos de niños, algunas risas, ningún canto. Quizá éramos mirados.

El recogimiento de las vigilias, la callada expectación que precede a las fiestas, parecían signar la atmósfera del lugar. Quizá en este momento comenzó a actuar, en muchos de nosotros, la “magia” de Iruya, estado espiritual que vuelve con e1 recuerdo, con el sonido de los erkes, con la rugosidad de las cucharas de madera, con el colorido de las flores de papel.

Después de muchos estudios teóricos sentíamos ansias de acercarnos a un fenómeno vivo, a una fiesta real. Estábamos dispuestos a observar, a documentar, a interpretar, pero sobre todo queríamos comprender y, si era posible, participar.

La increíble pureza del aire, la presencia majestuosa de las altas montañas, la dignidad humilde de los habitantes, 1a solemnidad secreta del lugar, todo contribuía para que los que queríamos comprender nos sintiéramos comprendidos viviendo momentos que estaban fuera del tiempo cotidiano en una dimensión sagrada. Eso fue Iruya para muchos de nosotros.

Misachico
Misachico
En la Iglesia, reluciente y pobre, bri1lante de tarlatanes y abigarradas flores de papel, se veneran las imágenes de la Virgen del Rosario y de San Roque; también encontramos otras imágenes, entre ellas la de San Santiago, que habían sido traídas por los fieles en “misachicos” con motivo de la fiesta.

Respecto de la imagen de la Virgen del Rosario, patrona del pueblo, el intendente de Iruya nos contó la siguiente tradición: el antiguo pueblo estaba situado a algunos kilómetros del actual cuando se descubrió la imagen de la Virgen en medio de un iros (especie de pajonales) y se la llevó al Pueblo Viejo, pero la Virgen volvía siempre al mismo lugar. Entonces se resolvió construir una Iglesia en el sitio elegido por la Virgen y poco a poco todo el pueblo empezó a hacer sus casas alrededor de la Iglesia.

Este relato de fundación, muy común en el Norte argentino, ha sido interpretado por Mircea Eliade, entre otros, que tampoco citan estas versiones locales, como la voluntad del hombre de no determinar conscientemente los sitios sagrados, sino de referirlos a los designios que se originan en otro dominio. También la imagen de San Roque se beneficia de una tradición menor: su gran sombrero de plata, al estilo de los cow-boys, apareció un día milagrosamente en su cabeza.

Al caer la tarde empezaron a llegar los peregrinos y en la noche, desde los muros del pueblo, podían verse las innumerables fogatas en la “playa”. Cada familia que viene a la fiesta, año tras año, ocupa el mismo lugar a las orillas del río Iruya. Allí se realiza una feria, donde el trueque es todavía común, donde se exponen las artesanías regionales y los cultivos de las tierras bajas, donde se muestran los picotes, las bateas de madera, las chafalonías de cobre. Sólo en el momento de la fiesta las familias suben al pueblo; el resto del tiempo come y duermen en el campo.

Pero en el pueblo mismo hay otra feria: en la “Tablada” especie de centro comercial, se establecen los mercaderes que vienen de Bolivia, que venden desde los mantos de bellísimos colores que usan las coyas, hasta horrendas prendas de nylon; donde se establecen los puestos de comidas con tamales y riquísimas empanadas, donde están los lugares aparentemente deshabitados en 1os que se puede beber chicha hasta el amanecer, los puestos donde mujeres herméticas ofrecen los co1lares de “contras”.

El sábado a las doce del día suenan los erkes, aparecen los “cachis” y comienza el ritual festivo. Los “cachis” son los integrantes de una especie de ballet sagrado; son promesantes porque cada uno de ellos hace una promesa a la Virgen del Rosario de interpretar durante tres años un papel determinado en 1a ceremonia.

Son todos hombres aunque algunos de ellos aparecen disfrazados de mujeres. Su danza, siempre la misma, se realiza frente a la Iglesia, y comienza y termina con un saludo, que se repite tres veces, a la Virgen. El acompañamiento sonoro proviene de erkes (o cornetas), cajas, flautillas y los cascabeles que completan el atuendo de algunos bailarines.

Esquema de la Fiesta por Leonor Navamuel de Figueroa
Esquema de la Fiesta por Leonor Navamuel de Figueroa
Los personajes que integran el ballet representan dos caballeros, un toro, un negro y tres parejas de distintas edades que encarnan al conjunto del pueblo. Los caballeros (o “caballitos”) tienen en la cintura una ancha faja de cuero con las iniciales de la Virgen del Rosario. Esta faja termina en la parte de adelante con la cabeza de un caballo y sujeta una amplia falda de lienzo que llega hasta los pies. Llevan, además, grandes sombreros, pañuelo al cuello y espadas que simulan estar ensangrentadas.

El personaje que encarna al toro lleva sobre su cabeza , sin cubrirle la cara, una gran máscara de un torito completo, sentado, con una larga cola de crin blanca que cae hacia atrás y una guirnalda de flores entre las astas. Los "cachis" propiamente dichos son las tres parejas, vestidas con los tradicionales trajes de los coyas.

Van enmascarados y llevan un pequeño látigo en la mano. Las máscaras, muy bellas, son blancas y están hechas con lana prensada. Por último, el negro (a quien llaman irónicamente el rubio) simula ser un individuo deforme, jorobado; su vestimenta denuncia al extranjero: polainas, breeches blancos, sweater de lana; en su cabeza, un sombrero que recuerda vagamente al yelmo de los conquistadores, y termina en un penacho de cintas de papeles de distintos colores en su mano, un bastón con un penacho similar al del sombrero. La máscara negra que cubre su rostro tiene rasgos muy pronunciados de tipo africano.

Durante la danza, el negro es siempre el personaje excéntrico; los caballeros y el toro le impiden constantemente acercarse al pueblo. Cuando los “cachis” bailan en ronda, el negro quiere entrar; entonces se simula una lucha en la que el negro es vencido. Por otra parte, es el único personaje que improvisa; su papel le permite lucir dotes de histrión: salta, hace piruetas, dice chistes de subido tono sexual; cuando los caballeros lo corren, empieza a perseguir a las mujeres que asisten a la fiesta. Esta representación se repite por la noche y al día siguiente y acompaña las procesiones.

Mientras tanto ha cambiado la fisonomía del pueblo. Las casas de piedra con sus techos de paja y adobe parecían fundirse con el paisaje en una gama infinita de ocres y de grises. Ahora, en cambio, estalla el color en el azul violento, los rosas intensos, los vio1etas de los vestidos de las coyas y de las flores, suenan las cornetas, las cajas, el pinquillo, se cantan coplas y se bebe chicha y vino.

En las procesiones las dos imágenes, la Virgen del Rosario y San Roque, cubiertas de flores, son llevadas en andas y recorren todo el contorno del pueblo. Preside el desfile el sacerdote, un franciscano joven que llega a Iruya una vez al año con, motivo de la “fiesta grande" y que no parecía sentirse muy cómodo en esta atmósfera que le es extraña.

A la cabeza de la columna van los “cachis" que, en una especie de proeza atlética, hacen todo el recorrido bailando; detrás, viene todo el pueblo entero rezando y cantando en alta voz. Quizá uno de los recuerdos más intensos de Iruya sea el de la música que acompaña las procesiones, tal vez pocas veces un simbolismo sonoro puede hacer tan patente el sentido religioso de una ceremonia como a la que asistimos; el ronco bramido de los erkes, ese gemido desgarrador que surge de la tierra misma viniendo de la prehistoria unido al claro tañido de las campañas y los cánticos que anuncian la buena nueva.

En la noche, al volver las imágenes de la procesión, se encienden grandes hogueras en la plaza de la iglesia. Hay bombas de estruendo y fuegos artificiales. El negro salta las hogueras y baila una danza en la que simula una lucha con la luz. Luego comienza la fiesta popular, de carácter orgiástico, donde el elemento cristiano queda relegado frente al estallido de la ancestral religiosidad primitiva. Se baila y se canta en la Tablada; en las callejuelas estrechas, a pesar del frío, escuchamos a los copleros.

Con el grabador o la botella bajo el poncho; apoyados contra las paredes de piedras, oímos a Germán Bustamante, maravilla de la Quebrada: un hombre de edad indefinida que parece tener la música y el ritmo como forma de su cuerpo, es infinita su memoria para recordar coplas o para improvisarlas. A veces, le responde la voz clara de Marina Viltes Capoc, una maestra de la zona de pura ascendencia incásica.

Antiguo territorio de los ocloyas, la zona de Iruya fue evangelizada primero y en forma breve por los jesuitas, luego por los franciscanos. La evangelización se realizó en un momento en que la devoción mariana era fuertemente difundida por la Iglesia; por otra parte, la devoción por la Virgen es uno de los rasgos más comunes en el catolicismo popular en toda la Argentina.

Pero en estas regiones aisladas, donde la influencia europea es limitada y fuerte el elemento indígena, no es raro que esta devoción se halle insertada y combinada con el antiguo culto a la Pachamama, la Madre Tierra, divinidad benéfica que protege y da la vida. Esta señora, que concede los dones de la fertilidad, es todavía invocada y honrada con libaciones en los ritos de construcción.

Todo un sincretismo religioso preside la fiesta de Iruya: los caballeros y el toro revelan influencia española, pero el sentido general de la ceremonia es probablemente el de un ritual de fecundidad de origen prehistórico. La fecha en que se realiza corresponde al periodo en que comienzan las siembras y las labores agrícolas, al despertar de la primavera en las tierras altas. Estas ceremonias tenían un sentido de recreación del cosmos, de una vuelta al instante original, al punto donde surgió y surge la vida.

Para que el Cosmos sea, es necesario que el Caos sea vencido, debe entablarse la lucha entre la luz y las tinieblas, los personajes oscuros desafiarán el poder de la luz y mostrarán la tentación del desenfreno. El ritual actualiza el combate eterno que culmina con el triunfo de la Divinidad protectora, principio de luz y de bien, que restaura el cosmos, desgastado por el tiempo profano y fortalecido por su lucha contra el caos. En Iruya a la semana siguiente, en “la octava”, el Negro es muerto simbólicamente por los caballeros.

¿Cuál será el destino de esta fiesta? Hace poco he sabido que los mayores del lugar se niegan a realizarla este año y que el maestro intentaría mantenerla con los niños de su escuela. Se habla de profanación. En un pueblo de trescientos habitantes, una delegación de la Universidad de Buenos Aires, algunos fotógrafos profesionales, además de nuestra presencia, puede haber bastado para que se empañara el sentido auténtico y profundo de la fiesta.

Por otra parte, el intendente al describirnos la precariedad de las condiciones materiales de vida, lo exiguo de las tierras cultivables, la necesidad de los hombres de ir a trabajar en los ingenios, nos decía que la solución de Iruya era la construcción de un gran hotel de turismo. Probablemente si ello ocurre progresará el pueblo, decaerá la fiesta y quizá con el tiempo la vida invente nuevas formas de aludir a lo Innombrable.

Publicado originalmente en LA GACETA, Tucumán, 19 de julio de 1970. Página 2.

La autora era entonces titular de la Cátedra de Historia y Fenomenología de las Religiones en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán.
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