Historia y tradición
Bernardo Frías Mollinedo
Bernardo Frías Mollinedo
A través de "La casa de los Frías. Tradiciones familiares" (*), uno de los dos libros inéditos del historiador salteño Bernardo Frías (1866-1930), abordaremos aquí algunos aspectos referidos a los valores que, articulados en el conjunto de creencias básicas heredadas de los siglos XVII y XVIII, cohesionaron al grupo principal salteño durante el siglo XIX.

Tenemos que preguntarnos por qué, más de un siglo después de escrito, este texto de Frías permanece sin publicar. En 1983, Atilio Cornejo hizo la misma pregunta sin encontrar respuesta. "La casa de los Frías" encierra las "Memorias" de su autor y éstas, señaló Cornejo, "son ya parte integrante de la historia jurídica de Salta, cualquiera sea el tono con que se despache el autor y cuya crítica correspondería ya al lejano lector desde un terreno objetivo pero junto a la verdad histórica".

Aproximarse a un texto inédito tiene el atractivo que ejerce lo invisible, oculto, lo secreto. Philippe Ariès habla de lo secreto como zona de sombra, de opacidad. "El secreto es por lo tanto un lugar de paso, pues tiende a ser divulgado como lo prohibido a ser transgredido", explica. El secreto no debe ser divulgado y por ello "debe ser rodeado de obstáculos para que esto suceda lo más tarde posible". Por eso se toman precauciones, se imponen comportamientos para que el secreto se mantenga. Estos comportamientos, añade, "son el pudor, la reserva, el honor".

Si Frías se hubiera limitado a idealizar al grupo principal, ocultando sus entresijos, no habría razones para ejercer durante tan largo tiempo tan severo puritanismo sobre esos recuerdos y esas semblanzas de familia. Una mirada apresurada o una visión ideológica se detendrían en las apariencias: por boca de Frías habla la "clase dominante" local y, al hacerlo, toda su visión quedaría invalidada.

Una tensión constante está presente en la obra de Frías: la que procede del conflicto entre españoles europeos, españoles americanos y criollos. Tal conflicto se recorta sobre un telón de fondo más amplio y persistente: el que plantean las tajantes diferencias y las distancias, pero también las relaciones de proximidad entre la gente decente y la plebe, polarización que proporcionaba una imagen simple del orden estamental y que traducía a términos locales la contraposición entre nobilitas et plebs.

Como todas las familias del grupo, la de Frías tiene sus raíces en España. Más precisamente en la Villa de Haro (La Rioja, Reino de Castilla la Vieja), donde tenían un mayorazgo, que el Frías indiano reivindicó sin éxito: el Frías de Salta se quedó con los papeles del mayorazgo y los de España con las tierras, anota el historiador.

Las familias constituidas a partir del siglo XVII, como la mayoría de las más antiguas, se entrelazaron con los nuevos españoles europeos llegados a estas tierras a lo largo del siglo XVIII, entre los que predominaron los vasco-navarros y, en menor medida, asturianos, castellanos, andaluces y gallegos.

Estas uniones se producen dentro de la familia Frías. Su fundador en Salta fue Tomás Manuel que se radicó en esta ciudad en 1717, cuando tenía 21 años. Poco después se casó con Valeriana Escobar Castellanos. Una de sus hijas se casó con el vizcaíno José de Aramburu, que tenía importantes propiedades en Cachi. Mientras que otro de los hijos de ese matrimonio, Manuel, lo hizo con María Bernarda Aramburu, hija de otro Aramburu, don Nicolás.

Esos matrimonios no borraban, antes bien evidenciaban, "la profunda diferencia de carácter entre el aristócrata español y el aristócrata americano", escribe Frías. Por un fenómeno inexplicable, prosigue, "los hijos de los españoles habidos en América, no se parecían a sus padres más que en el tipo físico pero muy distintos resultaban en su carácter". El español americano representaba "un tipo moral diferente, despojado de toda aquella moral inclinación al despotismo y al esclavismo ibérico, que fue la peculiaridad más característica del español europeo".

Para este español europeo "España no se había rendido, no se rendía y no se rendiría jamás". En tanto que para el español americano "podía haberse rendido ayer y podía rendirse así hoy como mañana, como cualquier otra nación de la tierra". No más pisar tierra americana el español europeo se sentía "superior en dignidad, poder y excelencia al español americano, por más hijo puro de español que fuera". Por venir de España se mostraban arrogantes y miraban por encima del hombro a los españoles americanos y, más aún, a los nativos.

El movimiento autonomista iniciado en mayo de 1810 repercutió de forma directa e inmediata en aquellas familias que no sólo comenzaron a enrolarse abiertamente en cada uno de los bandos enfrentados sino también, alternativamente, colocaron sus fichas ora en el bando realista, ora en el bando patriota. "Algunas familias tenían individuos que indistintamente servían a uno u otro partido, y esto les servía de garantía, porque las alternadas invasiones de españoles y americanos siempre contaban con un protector", refiere el general Tomás de Iriarte en sus "Memorias".

Uno de esos realistas netos fue el coronel Fernando de Aramburu, poderoso propietario en los Valles Calchaquíes, quien permaneció fiel al Rey de España y "puso en pie de guerra todo su hermoso escuadrón de caballería formado de gauchos de la región, gente firme, leal y valerosa con el que se presentó al general Pezuela", incorporando al ejército realista el Escuadrón de San Carlos, que combatió hasta rendirse en la batalla de Ayacucho.

Otro realista notorio fue don Tomás Sánchez, de quien dice Frías que "No sólo era su casa nido de realistas, sino que realistas debían ser todos los vinculados a ella". También lo fueron los miembros de la familia de Francisco Costas y las distintas ramas de los Aramburu que repartía sus simpatías y sus esfuerzos en uno y otro bando. "Tal era como estaban divididas las familias, unos hijos campeaban por una causa y otros por la contraria, tirándose no piedras sino balas: todo a la inversa de hoy donde va un pariente allá van todos: fenómeno debido acaso a cuantos iban a sacrificarse por el Rey y por la Patria y hoy sólo a medrar de ella", explica Frías.

La fractura provocada por la guerra de la independencia no fue reparada por su finalización. Las heridas y los rencores quedaron abiertos. Los daños provocados por la guerra excedían los agravios morales: afectaban el patrimonio de aquellos españoles europeos que ejercían el comercio y tenían propiedades y privaba de sus trabajos a aquellos que lo habían tenido. Cuando, terminada la guerra, uno de estos españoles europeos regresa a Salta y se reencuentra con sus tíos, advierte que unos le mostraban "la cara de derrotados y vencidos; otros de triunfadores. Con rabia y vergüenza los primeros; los segundos con gloria y satisfacción". A los vencidos se los conocía como los gallegos rendidos o los realistas vencidos. El poderoso hacendado Felipe Aramburu regresó a Salta vencido y rendido pero sin abjurar de su adhesión al Rey. Lo hizo "adivinando la interior rechifla con que los recibirían sus conciudadanos victoriosos y libres".


En Frías la memoria familiar se entreteje con la historia local y ésta con la nacional. A su vez, esa memoria o "legendario familiar" se presenta no sólo como historia del grupo principal, sino que se integra, moldea y postula como historia local, integrando a ésta como parte relevante de la historia Argentina. La relevancia del grupo social confiere importancia a la historia local dentro de la nacional, y ésta dota de sentido y valor a ambas.

La historia, en parte, se concibe como relato público de esas historias familiares. Frías deja entrever algunos aspectos privados de los hombres públicos, realzando o cuestionando sus trayectorias. Ambas se entretejen y, por momentos, llegan a confundirse. La historia local puede construirse y recorrerse a partir de la historia del grupo y ésta aporta algunos de los elementos más importantes de la macro historia social, erigiéndose en su actor principal.

Rescatar esa memoria del naufragio del olvido no es ejercicio de vanidad personal: es un deber moral e intelectual, señala el autor. Para Frías el "hombre bien criado" tiene que rendir culto a Dios, a la patria y a la familia. Sembrando en sus hijos el amor a Dios, cumplirá con Él. A la patria, dice, "le he levantado un monumento" con las casi cuatro mil páginas, reunidas en los ocho tomos de su "Historia del general Martín Güemes y de la provincia de Salta o sea de la Independencia Argentina" (**). En "La casa de los Frías" honra a sus antepasados, recordando sus virtudes, sus debilidades, sus penurias y sus glorias.

Considero que, por desconocer el contexto en que fue escrita, ciertos reproches que se hicieron a la obra de Frías, resultan excesivos, parciales y también injustos. Frías fue algo más que un "cronista de la villa" prisionero de una visión localista y clasista, consagrado a rescatar las tradiciones de su "patria chica" y refractario a una visión nacional y suramericana más abarcadora. Tampoco puede decirse que se haya limitado a aportar un remedo local –con aversión a lo nacional- de las historias de Vicente Fidel López y de Mitre.

En su "Historia de Güemes", Frías despliega la enorme riqueza de una memoria oral que, sin su labor de rescate, se hubiera perdido irremediablemente. Contra lo que una observación superficial sugiere, esa obra también se sostiene en un amplio manejo de fuentes documentales que incluyen los papeles que, hasta entonces, había recopilado Domingo Güemes y sobre cuyo basamento se construirán los doce volúmenes de "Güemes documentado".

Frías salva fragmentos de esa memoria en el momento justo en que los recuerdos de los salteños viejos parecen condenados a desdibujarse y olvidarse. Cuando Frías tenía 25 años aún vivían algunos salteños que tenían esa misma edad en 1821, año en que murió Güemes. Frías toca el pasado con la yema de los dedos: el pasado que presenta como remoto es cercano. Casi cuarenta años antes que Juan Alfonso Carrizo acometiera su empresa de recopilar el cancionero aún grabado en la memoria norteña, Frías consagró gran parte de su vida a preservar, organizar, comprender y trasmitir nuestra memoria histórica.

Las casi 7.000 páginas que escribió a lo largo de casi cuatro décadas dan cuenta de una obra de largo aliento, que Mitre reconoció como un nuevo aporte "ofrecido a la historia patria", y que Joaquín V. González colocó al lado de las contribuciones del propio Mitre y de Vicente Fidel López. Para Ricardo Rojas, parte del valor de la "Historia de Güemes" proviene de la originalidad de "la perspectiva geográfica en que los hechos han sido contemplados".

Así como no es aconsejable confundir los sesgados y endebles recuerdos personales con la memoria colectiva, ambas con la memoria histórica y ésta con la historia, tampoco es posible trazar una rígida línea divisoria y excluyente entre aquellos caudalosos y no decantados aportes de nuestra primera historiografía, y las exigencias de tamizar, de abordar con rigor crítico y de tender puentes para complementar y articular aquellos aportes. Según Halbwachs, es posible convertir "cada memoria individual (...) en un punto de vista de la memoria colectiva" y someter ambas a la prueba de la crítica.

Para Frías su "Historia de Güemes" se inscribe dentro de un "campo grave" y encierra joyas, mientras que su trabajo de un cuarto de siglo, volcado en las dos mil doscientas páginas y ocho volúmenes, de su serie de "Tradiciones históricas" (1923) estaba destinado a salvar de la indiferencia y el olvido pequeñas historias "de costumbres públicas, sociales y privadas (...) acontecimientos, pasiones y tendencias". "La casa de los Frías" apunta a dejar establecido de dónde vinieron y quienes fueron sus ilustres antepasados.

Toda la obra de Frías es una respuesta a las tareas y desafíos que planteaba, a una sociedad aún regida por pautas estamentales, el tránsito del siglo XIX al XX. El primero de ellos se vinculaba a la necesidad de integrar la historia local a la nacional, considerada demasiado centrada en Buenos Aires. Si bien la jurisdicción de Salta había quedado incorporada territorial y formalmente al mapa de la Argentina, parecía necesario fundar esa pertenencia en indubitables títulos históricos.


A partir de la segunda mitad del siglo XIX, intuyendo esa necesidad de insertar al pasado de Salta como parte del pasado nacional, el grupo principal salteño comenzó a clausurar las querellas contra la figura de Güemes que había atizado en vida de éste. ¿No era acaso un error colocar a Güemes al lado de los caciques anárquicos, demagógicos y disolventes? ¿No resultaba más conveniente y más justo presentarlo como un arquetipo de gaucho decente, hombre de orden, de buenos modales y de buena familia? como se pregunta León Pomer.

Hasta 1880 prevalecieron las críticas del general José María Paz a Güemes y los ataques a éste lanzados por Dámaso Uriburu y por el jujeño Joaquín Carrillo (1877). Cuando Frías comenzó a recopilar datos para su "Historia de Güemes" pudo entrevistar a algunos de los últimos sobrevivientes de aquella época. Uno de ellos fue una tía abuela suya, Francisca Valdez Hoyos ("Pachuca") Hija de un asturiano realista, Francisca murió a los 91 años manteniendo intacto su rechazo a Güemes.

Frías le pidió que le contara sus recuerdos de Güemes y su época. "Güemes no ha hecho nada, nos dijo. No ha hecho más que la guerra de recursos. Y al insistir en que particularizara los datos, sólo obtuvimos esta respuesta: Cállate hijo mío, no me hables más de ese bandido". La elite salteña no podía "regalar una figura surgida de su propia entraña", anota Pomer, quien señala que fue Frías quien introdujo ese viraje. Aunque hay que precisar que, cronológicamente, ese giro estuvo precedido de un gradual ese cambio de opinión que se reflejó en la casi total adhesión de los salteños al homenaje a Güemes organizado en Salta por Ángel Justiniano Carranza en junio del año 1885, y al que adhirieron descendientes de algunos de los más enconados opositores a Güemes.


El segundo reto podría provenir de otra necesidad del grupo: la de compensar los riesgos de la paulatina pérdida de peso social y aquellos derivados del progresivo debilitamiento de su soporte material. Compensación que se intentaba lograr enfatizando en las creencias y valores sobre los que reposaba aquel orden estamental cuya declinación el sector tradicionalista lamentaba pero que sus miembros más lúcidos advertían como inevitable. Esa incipiente debilidad podía atemperarse, sino evitarse, reforzando la memoria del grupo y haciendo de ella un capital simbólico a incrementar y acaparar.

Dice Frías que los individuos tienen delante dos herencias: una herencia material y otra moral, hecha de virtudes domésticas. Reducida y amenazada la herencia en bienes materiales, parece necesario valorar y conservar el legado moral, cuyo núcleo más fuerte es el honor y la decencia. Pero sería un error atribuir un mero valor simbólico al honor pues con ello se dejarían de lado las funciones de integración y de conservación del grupo social, y de la retribución compensatoria (a través del prestigio, la estima, el reconocimiento), señala José Antonio Maravall.

La obsesión por los orígenes apenas encubre una preocupación por la preservación de un lugar social en el presente. "Somos iguales ante la ley, más no ante la sociedad", anota Frías. El igualitarismo moderno y las nuevas leyes no pueden derogar los usos y las pautas que rigieron el orden estamental. Las familias del grupo principal salteño no cargan sobre sus espaldas con aquel estigma del conquistador Francisco Pizarro quien tuvo "la desdicha de no poder saber quien fuera su padre y su madre". Citando la expresión de una dama salteña, Frías dice que "no es lo mismo descender de gente ilustre que salir de la basura".

Es la cuna, el origen, la sangre, lo que determina el lugar social del individuo dentro de una sociedad estamental que se organiza en torno al honor y se apoya en él. En ese tipo de sociedad el honor se hereda, no se adquiere. No saber de dónde se viene es un deshonor, una indignidad, un estigma. No sólo hay que ser hijo de alguien conocido, sino hay que probarlo. No son pocos los miembros del grupo social que buscan en España, para luego atesorar, las pruebas documentales de su origen hidalgo y de su limpieza de sangre.

Cruzado el Atlántico, la "limpieza de sangre" adquiría un carácter distinto: no aludía sólo a la presencia de sangre mora o judía sino, principalmente, a la de sangre de indios, mulatos o negros. Esa limpieza se aseguraba "conservando la sangre sin mezcla de razas viles", dice Frías. Los modestos, pero pretenciosos, hidalgos españoles que llegaron a estas tierras en los siglos XVII y XVIII trajeron en sus petacas esa doctrina tradicional de la nobleza por herencia.

La trajeron para transplantarla en estas tierras, distintas y con una realidad social diferente, pero en las que se empeñaron en arraigar aquella idea de que "sólo la herencia por "buena sangre" de la virtud caballeresca puede fundamentar el status del noble". La honra viene de la "buena sangre". Aunque esos hidalgos y sus descendientes usaron el término aristocracia, e incluso el de nobleza, atribuyéndose tal condición, otros advirtieron que la expresión resultaba hiperbólica.

Es posible que por eso la reemplazaran por la más moderada idea de decencia. Se es decente cuando se proviene de una familia decente, esto es, de una familia constituida como tal. En estas sociedades incipientes y modestas la decencia no reproducía el decoro, la ostentación y las formalidades cortesanas. La decencia hispano criolla se manifestaba como honestidad y dignidad desplegadas en un ambiente austero antes que rumboso. En el Alto Perú, en el siglo XIX, la educación y el observar las reglas de urbanidad era "el signo más determinante de la decencia". Sarmiento dirá que, aunque no tiene estancia tiene "el honor de pertenecer" a esa gente decente de provincias, más educadas que pudientes.

La indecencia alude a la incertidumbre de origen derivada de las relaciones promiscuas o de prácticas poligámicas de la que resultaba un elevado número de hijos habidos fuera del matrimonio. Decencia era sinónimo de legitimidad, de matrimonio estable, de endogamia. Más allá de la importancia que, para el honor personal, la calidad moral y la estimación social, tenía el cumplimiento de esas normas, esa legitimidad de origen tenía efectos concretos pues permitía "asegurar la autenticidad en la trasmisión del patrimonio".


Pero aquella decencia que refiere y exalta Frías tiene sus signos exteriores que la hacen visible, casi inconfundible: el color de la piel. La blancura de piel constituye casi por sí misma una presunción de decencia. En la América española, observó Humboldt, "el verdadero timbre de nobleza es el color de piel". La piel aparece como un criterio central para la atribución de jerarquías dentro de nuestro orden estamental. Frías recoge y enfatiza esa obsesión que está presente en su obra donde muchos de los personajes comienzan a ser retratados a partir de definir su color de piel.

En las primeras líneas de "La casa de los Frías", su autor pone cuidado en situar a sus antepasados en el rango que les corresponde. Los Frías, puntualiza, son "gente blanca y rubia". Describe a su padre como un hombre "alto, rubio de ojos azules". De Juana Mollinedo, su madre, recuerda sus "cejas tan rubias". De otras mujeres de la familia dice que "todas eran bellas, rubias, blancas y solteras". De otra admira que fuera "rubia, blanca de tez encendida".

Pero el color de piel no era un elemento concluyente pues había mestizos o cholos blancos, fruto de "ilícitos y ligeros amores", del mismo modo que, a través de matrimonios de entre españoles europeos y españoles americanos, la blancura de la piel podía mudar en un abanico donde se mezclaban tonos donde unos se "aclaraban" y otros se "oscurecían". Sin embargo, habían "cobrizos así en España como en América". Todavía a finales del siglo XIX regían las clasificaciones por el color de piel.

La partida del casamiento de Domingo Güemes Castro, nieto del general, celebrado el 27 de mayo de 1893 con Francisca Torino Solá, describía al contrayente con la extraña, pero explicable, categoría de "blanco oscurito". El escribiente debió verse en apuros al momento de describir el color de piel de un miembro de la gente decente en el que veía socialmente a un blanco pero en el que no podía disimular el color de su piel.

Este fue el caso de José Félix Arias, de la familia de los Arias Rengel, "de los rubios y blancos porque la mayor parte de los otros por la mezcla que tuvieron con los de Saravia oscureciéndosele la tez y cambiaron de pelo". Por su color de piel, a uno de los personajes de la familia se lo conocía como "el chocolate Saravia". Aunque no todos los miembros de esa numerosa familia lo eran. Feliciana Saravia, "blanca tenía la tez y rubia la cabellera".

Al coronel salteño Juan Francisco Castro, casado con Manuela Antonia Castellanos, que combatió en el bando realista, lo llama "coya" y anota: "siendo el color propio suyo y el de todos los de su casa, el cobrizo americano, y no poco cargado". En "La casa de Frías" insiste: "oscura su piel como un cobre". Blancas y rubias, "de alabastro y oro", eran las hermanas Juana y Manuela Cornejo casada con los hermanos Alejandro y Felipe Heredia, cuyo color de piel "de tinte cobrizo" contrastaba con el de sus esposas, pues los Heredia, dice Frías, tenían "una fisonomía tan del gusto del salvaje de los Chacos", tanto que el menor de ellos, Felipe, mereció el apodo de "el mataco".

El color de piel como signo de decencia no es un invento local y, menos aún, una ocurrencia de los historiadores y cronistas salteños. "Se reputará decente toda persona blanca que se presente vestida de fraque o de levita", definió Mariano Moreno. Decencia y blancura se equiparan e implican mutuamente. Al color de piel señalado por Moreno, años después, José María Paz añadirá otro rasgo: el de constituir "la parte pensadora" de la sociedad.

En aquel orden estamental, añade Frías, no había "gente de medio pelo". En ese tiempo, explica, "existían dos clases entre nosotros: la gente decente y la plebe. Aún para los huesos se conservan el son y el no son. La gente decente enterraba los suyos en el sitio más santo y más decente, que era la iglesia misma". Los incluidos en el son tenían no sólo "buena sangre" sino también familia, bienes materiales, virtudes y memoria.


El grupo principal atesora la memoria como valioso capital simbólico que otorga consistencia, legitima socialmente y permite acrecentar no sólo la honra y el prestigio, sino también el patrimonio tangible. La memoria es un bien que se acumula, se posee, se hereda y se cultiva. Ese son procede del tener. Se trasmite a través de abuelos y de padres. Por el contrario, la "gente sin historia" carece, entre otros de este recurso. Las gentes sin historia, al tener incierto origen, conocen vagamente sus raíces y no pueden establecer con claridad quiénes fueron sus antepasados, y en muchos casos, tampoco pueden determinar quiénes fueron sus padres. Su no son deriva de su no poseer bienes. Esa gente sin historia se coloca bajo las órdenes y la protección de los señores que tienen historia, pueden recordarla, protagonizarla y escribirla. Los que son pueden documentar su historia. Ella está en probanzas, escrituras de propiedad, testamentarias, registros escritos y cartas.

La posesión de ese capital simbólico podía reforzar la posesión del capital material; también podía contribuir a compensar su mengua pero no podía evitar su pérdida. Pero la propiedad por sí sola no da acceso a la decencia. Que algunos indios o miembros de la plebe adinerados hayan adquirido tierras a miembros de familias decentes, no les otorga visado para el reconocimiento social. Parte de las propiedades del padre de Bernardo Frías fue adquirida a $3.000 por "un indio de la región". Pero esa transmisión de la propiedad no incluía la trasmisión del honor.

Por el contrario, que algunos decentes hayan perdido sus propiedades y ventajas, deslizándose hacia la condición de pobres decentes, los aleja del grupo. "La pobreza achola", se decía en Salta. Aunque en ciertos casos actúan los mecanismos de solidaridad dentro del grupo, esta situación provoca una movilidad descendente. Como señaló Maravall "la pobreza destruye hasta la calidad estamental de la sangre y pobreza aquí no es otra cosa que carencia de bienes económicos".

Se perdía el patrimonio por persecuciones políticas, tal como ocurrió a algunos de los españoles europeos o americanos que se mantuvieron fieles al Rey de España. Tal el caso de Andrea y Manuela Zenarruza, hijas del rico comerciante vasco Francisco Zenarruza, que pudieron conservar "la casa solariega, pero en una soledad y pobreza tan profundas, que alcanzadas a limosnas a las veces, no pudieron morir de hambre". La pobreza llegó con la vejez a otras hijas de padres pudientes. Una de ellas sobrevivía cosiendo a mano, pasando penurias porque "tenía que ahorrar de real en real para completar la suma que tenían que entregar por contribución territorial al fisco".

También se perdía en las mesas de juego, como ocurrió al español Navarro casado con una de las hijas de Teresa Fernández y Hoyos, familia con propiedades en los Valles Calchaquíes. Fue por este parentesco que Benigno Frías, padre de Bernardo, trabó relaciones con Navarro a quien pidió apoyo para comprar en Buenos Aires mercaderías ultramarinas en Buenos Aires.

Producida la quiebra de Navarro, Benigno Frías forma una sociedad con dos de sus hermanos, Ricardo y Melesio, para exportar ganado en pie a Chile. Los hermanos Frías dividieron la tarea: Ricardo se instaló en Tinogasta, en cuyos alfalfares engordaban los vacunos que desde Salta le enviaba Benigno; Melesio, encargado de fijar los precios, vender las remesas y cobrar las ventas, fijó su residencia en Chile que ofrecía por entonces un atractivo mercado para el ganado salteño.

"Las ganancias comenzaron a hacerse tan visibles que iban los socios en camino de hacerse ricos como lo fueron sus abuelos; más el menor de ellos, el radicado en Chile, Melesio cayó en las desgracias del jugador, arruinó la sociedad, despilfarrando sus beneficios a tal extremo que se vio en la necesidad de disolverla ya que contra su hermano, los Frías no podían entrar en otra clase de arreglos", anota Bernardo. Pese a sus "calavereadas", Melesio "era bueno y generoso".

Benigno, el padre del historiador, se vio forzado a vender la Estancia El Yeso para que Melesio pudiera reemprender la actividad exportadora hacia el Norte de Chile. Un temporal de viento blanco en plena cordillera frustró el intento de Frías. "La tropa entera pereció". Por segunda vez Benigno sufría un duro revés económico. En tanto que su hermano Melesio se marchó al Chaco salteño donde permaneció más de diez años "sin mostrar la cara" hasta que pudo recuperar parte de su fortuna. En tanto que Ricardo regresó de Catamarca, adquirió campos en Guachipas donde "si no en la opulencia, vivió tranquilo y feliz".

Empujado por sus actividades comerciales el padre Frías debió viajar a Valparaíso, Copiapó y a Lima. En 1845 compró una casa cuya entrada principal daba a la calle de la Victoria (hoy España) a una cuadra y media de la plaza principal de la ciudad de Salta y cuya puerta falsa lo hacía hacia el "tagarete"de Tineo (hoy avenida Belgrano). En 1862 el gobernador Juan Uriburu confió a Benigno Frías el cargo de Colector General de la Provincia. Derrotados el bando de los Uriburu, Frías no sólo perdió sus sueldos sino también su cargo.

Con el apoyo de dos de las personas más acaudaladas de Salta, Benjamín Zorrilla y Juan Galo Navea, don Benigno Frías se dispuso a abrir una tienda de ultramarinos. La buena marcha de sus negocios se vio alterada por la invasión a la ciudad de las fuerzas de Felipe Varela, lo que obligó a Frías a cerrar su tienda y abandonar su casa para salvar la vida. La intervención de un catamarqueño que acompañaba a Varela y que había conocido a Frías en su provincia, evitó el saqueo.

La tienda fue languideciendo hasta extinguirse, por lo cual la sociedad de Frías con Zorrilla llegó a su fin en 1871. "De cosa de seis años en seguida, los recursos para sostener la familia comenzaron a declinar y llegaron a tal extremo la escasez que temporada hubo, llamada por nuestro buen humor, ‘la época de la crisis’, en que nuestro anciano padre se halló materialmente sin pan para la mesa. Sin embargo, de aquellos cuatro varones que Dios le concedió en su hogar, se formaron tres doctores".

Las penurias materiales comprometieron a Benigno en pequeñas deudas. Para cancelar una de ellas de sesenta pesos, el padre de Frías recurre a dos personas conocidas para pedir un préstamo ofreciendo dejar en garantía un reloj de oro. Un canónigo de la Catedral muy allegado a la casa, se lo niega. Otro antiguo y adinerado amigo manda a contestar: "Dile a Benigno que no soy un banco".

"En cambio un extranjero, que ninguna vinculación que tenía con la familia, sino una amistad respetuosa y sólo de conocidos, tendió su mano sin reparo. Era don Miguel Fleming, cuyo nombre se consagra aquí para que su memoria sea venerada, dado que la gratitud por pequeño el favor que sea, no es afecto que deba extinguirse fácilmente en nuestra casa".

Con diferencia de unos pocos años y frente a dos dificultades – la de la amenaza del saqueo de su tienda por los seguidores de Felipe Varela y la necesidad de cancelar una deuda- Frías constata que la solidaridad no proviene de su grupo de pertenencia sino del exterior de ese círculo: de aquel lejano conocido catamarqueño y del boticario irlandés Miguel Fleming quien "sirvió desinteresadamente a los heridos (de la invasión de Varela) con sus remedios".


Si, como se sabe, un grupo social se construye sobre la base de una estructura material, una conciencia colectiva y lazos de solidaridad, habrá que convenir que el último de estos elementos parecía mostrar fisuras en la sociedad salteña de finales del siglo XIX. Es posible que esas fallas de los vínculos comunitarios estuvieran anunciando con más fuerza, no la ruptura sino el paulatino tránsito a una sociedad basada más en vínculos sociales contractuales que en "la voluntad y el espíritu de parentesco" predominantes en los valores de la antigua sociedad estamental. El final del siglo XIX y el comienzo del XX sería el escenario donde aquella vieja sociedad apuraba su retiro, y en el que se abría paso el predominio de relaciones más objetivas y mediatizadas.

Los caminos del comercio próspero dentro del espacio próximo de los tradicionales circuitos andinos y los del comercio local parecen cerrados, al menos para esta rama de los Frías cuya reválida de méritos y futuro depende más del estudio y ejercicio de una profesión liberal como la de abogado que de las rentas de la tierra o del incierto mundo de los negocios. Tres de los hermanos Frías Mollinedo: Daniel J., Bernardo y Juan Tomás obtienen el título de abogados y doctores en jurisprudencia. Todos ellos tienen una actuación destacada no sólo en su profesión sino como estudiosos del derecho.

Daniel será designado interventor en las provincias de Córdoba y La Rioja por el presidente Irigoyen. Bernardo será el fundador de la historiografía salteña y Juan Tomás será gobernador de Salta, ministro del Interior y diputado nacional. Observa Atilio Cornejo que los conocimientos y la valiosa biblioteca de su hermano mayor Juan Tomás, fueron decisivas en la formación y en la obra escrita de Bernardo Frías.

Frías se sintió cómodo y gratificado con el estudio de la historia antes que con el ejercicio de la abogacía y con los pleitos. Como bien observó Roberto García Pinto, el frontal rechazo de Frías al "detestable modernismo" apuntaba a las lacras que se ocultaban en sus entretelas y a la demolición de antiguas virtudes en nombre de un afán de lucro sin normas y sin límites. La descomposición del Poder Judicial que Frías pinta es el fragmento de un cuadro que incluía a los otros poderes del Estado, cuyas palancas eran controladas por clanes familiares que obtenían y retenían el gobierno mediante el fraude y la violencia.

En los párrafos autobiográficos de "La casa de los Frías", el autor de la "Historia de Güemes", refiriéndose a su carrera de abogado, anota: "en ésta, no le caí en gracia a la fortuna. Ningún pleito de importancia vino a mis manos. Y el teatro en el que me tocó en suerte actuar fue el de la depravación de las costumbres y la transformación en mercado de los Tribunales. Yo no había nacido, con ese don de atraer gente, ni para procurarme negocios y, aprovechando la oportunidad, para poner en práctica este aforismo: A la gallina y al cliente desplumarlos haz en caliente. De esta manera que apenas me rendía la profesión para sostenerme con dignidad".

Los valores heredados orientaban los pasos del joven abogado que, habiendo recibido el ofrecimiento de hacerse cargo de un Juzgado, declinó el ofrecimiento no sólo porque no tenía experiencia sino, "lo que era más grave, que la Constitución que debía jurar cumplir y respetar al recibirme del cargo y tomar la vara, exigía sabiamente dos años de práctica, y yo sólo tenía dos meses. No, no podía manchar mi nombre con el primer paso en mi vida pública, y me quedé en mi casa ¿Cómo podía dar comienzo a mi carrera con un perjurio? ¿Y cómo podía ser Juez respetuoso de las leyes que iba enseguida a aplicar, si comenzaba por ultrajar solemnemente la Constitución?".

"No era entonces el foro de Salta como para hacer fortuna, como que nadie hasta entonces se había enriquecido en sus estrados. Y al lado de esta mezquindad del teatro, comenzó a desarrollarse en él la corrupción más espantosa: jueces que eran partícipes con martilleros y procuradores, yendo a medias en las ganancias con aquellos, y recibiendo valiosos obsequios de estos, en cambio de la justicia que vendían. Uno de ellos recibía del procurador de sus amaños, el mueblaje de su sala como obsequio de bodas; otro penetraba en la casa cerrada de una de las partes, abriendo la puerta con llave del dueño, mientras éste preparaba los festejos del pleito, cuyo resultado ya conocía antes de estar sacada en limpio la sentencia.

"Y algunos gobernadores no tenían por malo enviar sus tarjetas de empeños por alguna de las partes que era de su lado, y que los jueces obedecían haciéndose los tontos, con excepción del doctor Pío A. Saravia, que nos mostró indignado una de ellas. Los privilegiados con los favores de los magistrados judiciales, llegaron al extremo de formar gavillas. Todos los cargos lucrativos a que los pleitos daban ocasión, eran repartidos entre ellos, y los honorarios por supuesto que correspondían al amor entre hermanos.

"A tal extremo llegaba la corrupción de las costumbres públicas, que el mismo Tribunal Superior de Justicia aparecía formando a la cabeza del partido político que sostenía al gobierno. El foro, convertido en verdadero mercado, veía algunos abogados quitarse los pleitos, a otros mandando emisarios particulares a solicitar el arreglo judicial de la sucesión de padres de familia, llegando a la desvergüenza y el escándalo a no aguantar siquiera que ocurriera el fallecimiento; mientras otros acompañaban con especial interés los restos del difunto a quien seguramente ni de vista conocían".

Esta denuncia de la corrupción política y las opiniones críticas de Frías quizás expliquen en parte que hayan tenido que transcurrir casi 90 años para que se publique la casi totalidad de su obra. En septiembre de 1912, Alberto Tena, enviado a Salta por la revista porteña "Fray Mocho" entrevista a Bernardo Frías y publica su conversación en la sección "Gentes de tierra adentro".

"Los libros los ha editado el doctor Frías de su peculio particular. En cierta ocasión el editor solicitó del gobierno cuatrocientos pesos para completar los dineros necesarios exigidos por la impresión del segundo volumen.. La respuesta fue muy halagadora para un hombre que ha dedicado 25 años a estudios históricos. Fue una gran respuesta... Se suscribía seis ejemplares que importaban diez y ocho pesos", suma que jamás habría sido pagada por el gobierno. Muy mal pagaba el régimen conservador imperante en Salta a este intelectual cuya obra aún se menosprecia y al que con temeraria ligereza se etiqueta como "historiador de la oligarquía salteña".

(*) El texto consultado es una versión del original, mecanografiada en La Rioja en 1975. Consta de 60 folios tamaño oficio a espacio simple. Concluye con la siguiente observación de quien hizo la trascripción: "El copiar un original tan plagado de errores fue un acto de perseverancia rayano en la testarudez". Se trata de una versión incompleta que no incluye interesantes aspectos autobiográficos del autor, reproducidos por Atilio Cornejo en "Bibliografía jurídica de salteños" (Salta, 1983) Además de "La casa de los Frías", permanece sin publicar "El Congreso de la Independencia", obra dramática en dos actos. Dejó inconclusos otros dos: "Tratado de moral cívica" y "Compendio de historia argentina". Además de estas "Tradiciones familiares", Frías escribió 8 volúmenes de "Tradiciones históricas". El primero se editó en Buenos Aires en 1923; el segundo en 1924; el tercero en 1926; el cuarto en 1929 y el quinto en 1930. Cuarenta y cuatro años después de la muerte de su autor, aparecieron en Salta los volúmenes VI (1974), VII (1978) y VIII (1989). Las "Tradiciones" están reunidas en 2.247 páginas.

(**) La obra más importante de Frías es la "Historia del general Martín Güemes y de la provincia de Salta o sea de la Independencia Argentina" cuyo primer volumen apareció en Salta en 1902. El segundo y el tercero en Buenos Aires en 1907 y 1911. El cuarto y quinto en Salta en 1950 y 1961. La obra completa se terminó de editar en Buenos Aires en 1973, setenta y un años después de aparecido el primer tomo. La edición completa consta de seis volúmenes que recogen los ocho tomos que totalizan 72 capítulos y 3.874 páginas. Se abre con la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776 y se cierra con el asesinato de Facundo Quiroga en 1835.

Bibliografía principal

- Philippe Ariès. Ensayos de la memoria 1943-1983. Prólogo de Roger Chartier. Grupo Editorial Norma. Colombia, 1995.
- Gregorio Caro Figueroa. Historia de la gente decente en el Norte argentino. Ediciones del Mar Dulce. Buenos Aires, 1970.
- Atilio Cornejo. Bibliografía jurídica de salteños. Ediciones Limache. Salta, 1983.
- Roberto García Pinto. Isis o la literatura del Norte argentino. Edición de la Fundación Michel Torino. Salta, 1984.
- Carlos Jáuregui Rueda. Los vascos navarros de Salta. Siglos XVI al XIX. Notas para su estudio.Fundación Vasco Argentina Juan de Garay. Departamento de Estudios Históricos. Buenos Aires, 2003.
- José Antonio Maravall. Poder, honor y elites en el siglo XVII. Editorial Siglo XXI. Madrid, 1979.
- José Antonio Maravall. La literatura picaresca desde la historia social. Siglos XVI y XVII. Editorial Taurus. Madrid, 1986.
- León Pomer. La construcción del imaginario histórico argentino. Editorial Centro Editor de América Latina. Buenos Aires, 1998.
- Paul Ricoeur. La memoria, la historia, el olvido. Editorial Trotta. Madrid, 2003.
- Ferdinand Tönnies. Comunidad y asociación. Prólogo de Lluis Flaquer y Salvador Giner. Homo sociologicus. Ediciones Península. Barcelona, 1979.
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