Historia y tradición
Pero aquella decencia que refiere y exalta Frías tiene sus signos exteriores que la hacen visible, casi inconfundible: el color de la piel. La blancura de piel constituye casi por sí misma una presunción de decencia. En la América española, observó Humboldt, "el verdadero timbre de nobleza es el color de piel". La piel aparece como un criterio central para la atribución de jerarquías dentro de nuestro orden estamental. Frías recoge y enfatiza esa obsesión que está presente en su obra donde muchos de los personajes comienzan a ser retratados a partir de definir su color de piel.

En las primeras líneas de "La casa de los Frías", su autor pone cuidado en situar a sus antepasados en el rango que les corresponde. Los Frías, puntualiza, son "gente blanca y rubia". Describe a su padre como un hombre "alto, rubio de ojos azules". De Juana Mollinedo, su madre, recuerda sus "cejas tan rubias". De otras mujeres de la familia dice que "todas eran bellas, rubias, blancas y solteras". De otra admira que fuera "rubia, blanca de tez encendida".

Pero el color de piel no era un elemento concluyente pues había mestizos o cholos blancos, fruto de "ilícitos y ligeros amores", del mismo modo que, a través de matrimonios de entre españoles europeos y españoles americanos, la blancura de la piel podía mudar en un abanico donde se mezclaban tonos donde unos se "aclaraban" y otros se "oscurecían". Sin embargo, habían "cobrizos así en España como en América". Todavía a finales del siglo XIX regían las clasificaciones por el color de piel.

La partida del casamiento de Domingo Güemes Castro, nieto del general, celebrado el 27 de mayo de 1893 con Francisca Torino Solá, describía al contrayente con la extraña, pero explicable, categoría de "blanco oscurito". El escribiente debió verse en apuros al momento de describir el color de piel de un miembro de la gente decente en el que veía socialmente a un blanco pero en el que no podía disimular el color de su piel.

Este fue el caso de José Félix Arias, de la familia de los Arias Rengel, "de los rubios y blancos porque la mayor parte de los otros por la mezcla que tuvieron con los de Saravia oscureciéndosele la tez y cambiaron de pelo". Por su color de piel, a uno de los personajes de la familia se lo conocía como "el chocolate Saravia". Aunque no todos los miembros de esa numerosa familia lo eran. Feliciana Saravia, "blanca tenía la tez y rubia la cabellera".

Al coronel salteño Juan Francisco Castro, casado con Manuela Antonia Castellanos, que combatió en el bando realista, lo llama "coya" y anota: "siendo el color propio suyo y el de todos los de su casa, el cobrizo americano, y no poco cargado". En "La casa de Frías" insiste: "oscura su piel como un cobre". Blancas y rubias, "de alabastro y oro", eran las hermanas Juana y Manuela Cornejo casada con los hermanos Alejandro y Felipe Heredia, cuyo color de piel "de tinte cobrizo" contrastaba con el de sus esposas, pues los Heredia, dice Frías, tenían "una fisonomía tan del gusto del salvaje de los Chacos", tanto que el menor de ellos, Felipe, mereció el apodo de "el mataco".

El color de piel como signo de decencia no es un invento local y, menos aún, una ocurrencia de los historiadores y cronistas salteños. "Se reputará decente toda persona blanca que se presente vestida de fraque o de levita", definió Mariano Moreno. Decencia y blancura se equiparan e implican mutuamente. Al color de piel señalado por Moreno, años después, José María Paz añadirá otro rasgo: el de constituir "la parte pensadora" de la sociedad.

En aquel orden estamental, añade Frías, no había "gente de medio pelo". En ese tiempo, explica, "existían dos clases entre nosotros: la gente decente y la plebe. Aún para los huesos se conservan el son y el no son. La gente decente enterraba los suyos en el sitio más santo y más decente, que era la iglesia misma". Los incluidos en el son tenían no sólo "buena sangre" sino también familia, bienes materiales, virtudes y memoria.

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