Historia y tradición
El segundo reto podría provenir de otra necesidad del grupo: la de compensar los riesgos de la paulatina pérdida de peso social y aquellos derivados del progresivo debilitamiento de su soporte material. Compensación que se intentaba lograr enfatizando en las creencias y valores sobre los que reposaba aquel orden estamental cuya declinación el sector tradicionalista lamentaba pero que sus miembros más lúcidos advertían como inevitable. Esa incipiente debilidad podía atemperarse, sino evitarse, reforzando la memoria del grupo y haciendo de ella un capital simbólico a incrementar y acaparar.

Dice Frías que los individuos tienen delante dos herencias: una herencia material y otra moral, hecha de virtudes domésticas. Reducida y amenazada la herencia en bienes materiales, parece necesario valorar y conservar el legado moral, cuyo núcleo más fuerte es el honor y la decencia. Pero sería un error atribuir un mero valor simbólico al honor pues con ello se dejarían de lado las funciones de integración y de conservación del grupo social, y de la retribución compensatoria (a través del prestigio, la estima, el reconocimiento), señala José Antonio Maravall.

La obsesión por los orígenes apenas encubre una preocupación por la preservación de un lugar social en el presente. "Somos iguales ante la ley, más no ante la sociedad", anota Frías. El igualitarismo moderno y las nuevas leyes no pueden derogar los usos y las pautas que rigieron el orden estamental. Las familias del grupo principal salteño no cargan sobre sus espaldas con aquel estigma del conquistador Francisco Pizarro quien tuvo "la desdicha de no poder saber quien fuera su padre y su madre". Citando la expresión de una dama salteña, Frías dice que "no es lo mismo descender de gente ilustre que salir de la basura".

Es la cuna, el origen, la sangre, lo que determina el lugar social del individuo dentro de una sociedad estamental que se organiza en torno al honor y se apoya en él. En ese tipo de sociedad el honor se hereda, no se adquiere. No saber de dónde se viene es un deshonor, una indignidad, un estigma. No sólo hay que ser hijo de alguien conocido, sino hay que probarlo. No son pocos los miembros del grupo social que buscan en España, para luego atesorar, las pruebas documentales de su origen hidalgo y de su limpieza de sangre.

Cruzado el Atlántico, la "limpieza de sangre" adquiría un carácter distinto: no aludía sólo a la presencia de sangre mora o judía sino, principalmente, a la de sangre de indios, mulatos o negros. Esa limpieza se aseguraba "conservando la sangre sin mezcla de razas viles", dice Frías. Los modestos, pero pretenciosos, hidalgos españoles que llegaron a estas tierras en los siglos XVII y XVIII trajeron en sus petacas esa doctrina tradicional de la nobleza por herencia.

La trajeron para transplantarla en estas tierras, distintas y con una realidad social diferente, pero en las que se empeñaron en arraigar aquella idea de que "sólo la herencia por "buena sangre" de la virtud caballeresca puede fundamentar el status del noble". La honra viene de la "buena sangre". Aunque esos hidalgos y sus descendientes usaron el término aristocracia, e incluso el de nobleza, atribuyéndose tal condición, otros advirtieron que la expresión resultaba hiperbólica.

Es posible que por eso la reemplazaran por la más moderada idea de decencia. Se es decente cuando se proviene de una familia decente, esto es, de una familia constituida como tal. En estas sociedades incipientes y modestas la decencia no reproducía el decoro, la ostentación y las formalidades cortesanas. La decencia hispano criolla se manifestaba como honestidad y dignidad desplegadas en un ambiente austero antes que rumboso. En el Alto Perú, en el siglo XIX, la educación y el observar las reglas de urbanidad era "el signo más determinante de la decencia". Sarmiento dirá que, aunque no tiene estancia tiene "el honor de pertenecer" a esa gente decente de provincias, más educadas que pudientes.

La indecencia alude a la incertidumbre de origen derivada de las relaciones promiscuas o de prácticas poligámicas de la que resultaba un elevado número de hijos habidos fuera del matrimonio. Decencia era sinónimo de legitimidad, de matrimonio estable, de endogamia. Más allá de la importancia que, para el honor personal, la calidad moral y la estimación social, tenía el cumplimiento de esas normas, esa legitimidad de origen tenía efectos concretos pues permitía "asegurar la autenticidad en la trasmisión del patrimonio".

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