Historia y tradición
Como todas las familias del grupo, la de Frías tiene sus raíces en España. Más precisamente en la Villa de Haro (La Rioja, Reino de Castilla la Vieja), donde tenían un mayorazgo, que el Frías indiano reivindicó sin éxito: el Frías de Salta se quedó con los papeles del mayorazgo y los de España con las tierras, anota el historiador.

Las familias constituidas a partir del siglo XVII, como la mayoría de las más antiguas, se entrelazaron con los nuevos españoles europeos llegados a estas tierras a lo largo del siglo XVIII, entre los que predominaron los vasco-navarros y, en menor medida, asturianos, castellanos, andaluces y gallegos.

Estas uniones se producen dentro de la familia Frías. Su fundador en Salta fue Tomás Manuel que se radicó en esta ciudad en 1717, cuando tenía 21 años. Poco después se casó con Valeriana Escobar Castellanos. Una de sus hijas se casó con el vizcaíno José de Aramburu, que tenía importantes propiedades en Cachi. Mientras que otro de los hijos de ese matrimonio, Manuel, lo hizo con María Bernarda Aramburu, hija de otro Aramburu, don Nicolás.

Esos matrimonios no borraban, antes bien evidenciaban, "la profunda diferencia de carácter entre el aristócrata español y el aristócrata americano", escribe Frías. Por un fenómeno inexplicable, prosigue, "los hijos de los españoles habidos en América, no se parecían a sus padres más que en el tipo físico pero muy distintos resultaban en su carácter". El español americano representaba "un tipo moral diferente, despojado de toda aquella moral inclinación al despotismo y al esclavismo ibérico, que fue la peculiaridad más característica del español europeo".

Para este español europeo "España no se había rendido, no se rendía y no se rendiría jamás". En tanto que para el español americano "podía haberse rendido ayer y podía rendirse así hoy como mañana, como cualquier otra nación de la tierra". No más pisar tierra americana el español europeo se sentía "superior en dignidad, poder y excelencia al español americano, por más hijo puro de español que fuera". Por venir de España se mostraban arrogantes y miraban por encima del hombro a los españoles americanos y, más aún, a los nativos.

El movimiento autonomista iniciado en mayo de 1810 repercutió de forma directa e inmediata en aquellas familias que no sólo comenzaron a enrolarse abiertamente en cada uno de los bandos enfrentados sino también, alternativamente, colocaron sus fichas ora en el bando realista, ora en el bando patriota. "Algunas familias tenían individuos que indistintamente servían a uno u otro partido, y esto les servía de garantía, porque las alternadas invasiones de españoles y americanos siempre contaban con un protector", refiere el general Tomás de Iriarte en sus "Memorias".

Uno de esos realistas netos fue el coronel Fernando de Aramburu, poderoso propietario en los Valles Calchaquíes, quien permaneció fiel al Rey de España y "puso en pie de guerra todo su hermoso escuadrón de caballería formado de gauchos de la región, gente firme, leal y valerosa con el que se presentó al general Pezuela", incorporando al ejército realista el Escuadrón de San Carlos, que combatió hasta rendirse en la batalla de Ayacucho.

Otro realista notorio fue don Tomás Sánchez, de quien dice Frías que "No sólo era su casa nido de realistas, sino que realistas debían ser todos los vinculados a ella". También lo fueron los miembros de la familia de Francisco Costas y las distintas ramas de los Aramburu que repartía sus simpatías y sus esfuerzos en uno y otro bando. "Tal era como estaban divididas las familias, unos hijos campeaban por una causa y otros por la contraria, tirándose no piedras sino balas: todo a la inversa de hoy donde va un pariente allá van todos: fenómeno debido acaso a cuantos iban a sacrificarse por el Rey y por la Patria y hoy sólo a medrar de ella", explica Frías.

La fractura provocada por la guerra de la independencia no fue reparada por su finalización. Las heridas y los rencores quedaron abiertos. Los daños provocados por la guerra excedían los agravios morales: afectaban el patrimonio de aquellos españoles europeos que ejercían el comercio y tenían propiedades y privaba de sus trabajos a aquellos que lo habían tenido. Cuando, terminada la guerra, uno de estos españoles europeos regresa a Salta y se reencuentra con sus tíos, advierte que unos le mostraban "la cara de derrotados y vencidos; otros de triunfadores. Con rabia y vergüenza los primeros; los segundos con gloria y satisfacción". A los vencidos se los conocía como los gallegos rendidos o los realistas vencidos. El poderoso hacendado Felipe Aramburu regresó a Salta vencido y rendido pero sin abjurar de su adhesión al Rey. Lo hizo "adivinando la interior rechifla con que los recibirían sus conciudadanos victoriosos y libres".

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