Historia y tradición
Fiesta de Sumalao
Fiesta de Sumalao
Sumalao es un paraje escondido, casi arrinconado junto al ángulo sudoriental del valle de Lerma, muy cerca de la turbulenta confluencia del tranquilo río Arias con el impetuoso río Rosario. A este lugar acuden todos los años, en peregrinación, miles de salteños y personas venidas de otros lugares, en lo que constituye una de las manifestaciones de fe popular más importantes de todo el norte argentino.

La sumaleña es, probablemente, una de las fiestas populares que conserva toda su autenticidad y que ha sabido resistir no sólo el paso del tiempo sino también un cierto declive de la religiosidad y las tentaciones de una modernidad mal entendida.

Los siguientes párrafos han sido extraídos de la obra "Salta", escrita por Gregorio Caro Figueroa y publicada en Salta a comienzos de 2006.

El Señor de Sumalao

Todos los años, desde finales del siglo XVIII, algunos de estos misachicos convergen desde distintos puntos al santuario de Sumalao, sitio ubicado en el corazón del Valle de Lerma, a 30 kilómetros de la capital salteña. En cada una de las celebraciones concurren cerca de 50 "misachicos". Mucho antes de que la terca mula que transportaba desde Puno a La Rioja la pintura del Señor de Vilque decidiera no moverse de Sumalao, se celebraban allí las famosas y una de las más grandes ferias de mulas de la América española. En 1984 dos investigadores determinaron que Felipe de Rivera es el autor de este óleo en tela, de uno ochenta por un metro. La obra, que pudo ser pintada hacia 1764, reproduce la imagen del Cristo venerado en las ferias peruanas de Vilque, e incluye de medio cuerpo a la Virgen de los Dolores y a San Juan Evangelista. La feria abrió paso a la festividad religiosa que, desde entonces, comienza el séptimo viernes después de Pascua.

Que aquella mula quedara inmóvil como una estaca fue interpretado como una clara señal de que el Señor de Vilque quería quedarse en aquel sitio. Tan pronto como los fieles captaron tal deseo, erigen una capilla al lado del algarrobo donde se echó la empecinada mula.

Aquel Cristo convertido en Señor de Sumalao, al ser destinatario de oraciones y ofrendas, comenzó a conceder gracias; en particular, curaciones que extendieron su devoción a todo el Noroeste. Los fieles vieron irradiados esos poderes curativos a las aguas cristalinas de una vertiente que riega esos fértiles campos y al cebo de los miles de velas que los peregrinos encienden desde entonces a su alrededor. En busca del milagro, miles de fieles caminaban y siguen caminando un día entero para adorar a este Cristo de la Salud, se mojan en esas aguas y untan sus cuerpos con aquel cebo.

Llegan de todos lados. Los artesanos catamarqueños de Santa María levantan sus carpas en una de las improvisadas calles. En otro callejón de tierra se ordenan humeantes y olorosas fondas de comidas que jamás cierran ni apagan la leña que calienta panzonas ollas de hierro. Esas improvisadas casas de comida ofrecen empanadas, tamales, humitas, locro, asado, chanfaina, arrollado de cerdo, picante de panza, pan casero, dulces regionales, además de vino patero, chicha y aloja. Los vendedores de hierbas recetan yuyos de olores y colores múltiples. Muchos acampan y duermen envueltos en sus ponchos. Sumalao es la más importante, más típica y más auténtica de las romerías salteñas. Excepto las bombillas de luz y algún otro detalle de progreso, la fiesta de Sumalao no ha cambiado demasiado. Cualquier descripción de hace cien años puede pasar por boceto reciente.

Una de las más logradas es la que ha dejado Ciro Torres López en su libro "Miñur en Sumalao", recordando imágenes de la década de 1920. Con los primeros fríos del otoño una multitud se concentra en aquel paraje casi despoblado y solitario. Durante esos días todo es movimiento. La gente entra y sale del templo; se apiña en el "velero" de mil luces que tiemblan durante toda la noche. Se escucha "el grito del pregón de los buhoneros, los quejidos del acordeón camarada del bombo, los alaridos de los gauchos ebrios y dichosos, todos los ruidos enmarañados, flotantes, poliformes, de las fiestas se hacen más claros y distintos". Van a cumplir promesas muy distintas: por la salud de un familiar, por la curación de un buey, por el fin de la plaga que amenaza las plantaciones de tabaco o de poroto, para lograr una buena cosecha.

"Pero los más acuden a mercar sus caballos, sus telas, sus granos y las mil pequeñas industrias lugareñas que en esta oportunidad tienen fácil salida; porque estas son las fiestas o ferias de Sumalao, a las cuales durante el coloniaje, acudían los rudos traperos, grandes magnates y célebres tahures de las más apartadas lejanías del virreinato, desde Chile, Bolivia y aún del Perú. Estas son las ferias en las que se mercaban hasta veinticinco mil caballos en ocho días; yendo a revenderse las mulas y asnos comprados en ellas, a Huari, a Vilque y hasta en Lima, la suspirada, la remota", añade Torres López.
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