Historia y tradición
Güemes
Güemes
Con Güemes la inagotable memoria conquista para el arte todas las formas de un sueño rebelde, haciendo pesar sobre la figura del héroe los infortunios de la creación y, el sentido de una realidad ajena a su estatura mítica. El hombre, Martín Miguel de Güemes, alcanza la dimensión de héroe por el justo grado de irrealidad que alcanza su vida. En la reproducción de su figura se refugia, a cambio, una forma de comprender el misterio de esa vida. A veces, como en el caso del Héroe Gaucho, la exaltación procura la formación de equívocos.

Por cierto, y esto es muy sabido, el héroe de los retratos, no es Güemes. El rostro que vemos reproducido en cada cuadro, es el del señor Carlos Murúa, sobrino nieto del General y de un parecido físico reconocido por todos los familiares.

Carlos Murúa
Carlos Murúa
Que el hombre de los cuadros se parezca o no al héroe, carece de importancia. En cada pintura siempre es más relevante lo que puede manifestarse en relación a Güemes, que su aproximación a la verdad. Cada lienzo refleja una época y, en el caso particular de los retratos de héroes de la independencia, reflejan un estado de las instituciones.

No es necesario aquí detenerse a verificar si las telas coinciden con la literatura o con la tradición oral de los rasgos. Lo que acontece en cada iconografía es siempre un simulacro. La aceptación general del simulacro posee necesidades mucho más profundas que una arqueología elemental no podría registrar. La arqueología, rendida ante los héroes, demuestra su ineficacia y hace sentir otro orden de cosas.

Lo que cada obra viene a confirmar no es la imagen del héroe sino, la imagen posible de lo que acontece en cada época en relación al mito. El otro Güemes, el que ha tomado forma en cada uno como sentimiento, ese Güemes es insondable y perfecto para cada quién.

Güemes documentado

Hay casi tanta buena y mala literatura como buenas y malas pinturas del General. Su literatura es extensa y a esta altura, inabordable; yendo de los prestigiosos trabajos de Bernardo Frías y Atilio Cornejo, a los modestos y anónimos folletines de semblanzas escolares con los que nadie olvida.

Lo que la literatura tiene de fidedigno en cuanto a transmitirnos una impresión del héroe en base a retratos extraídos de memorias y documentos de la época, la pintura lo trastoca; aspirando a la similitud, desvía el curso de la historia devolviéndonos una imagen irreal o falsa. Por lo general, ese es el destino de las obras que son requeridas por instituciones oficiales y de los buenos oficios por artistas de la representación.

Siempre hubo arte oficial por una natural propensión de las instituciones a cristalizar gestos y buenas intenciones.

En el caso del ilustre salteño, es sabido que no existen retratos tomados del natural. Esa es una de las cuestiones centrales en la iconografía institucional alentada por Juan Martín Leguizamón y el polígrafo, Juan María Gutierrez. El primer cuadro dispuesto a llenar ese vacío histórico, es un Güemes de civil del pintor francés Ernest Charton. Se sabe que Leguizamón y Gutierrez fomentaron en el señor Murúa su disposición a posar para distintos atelier’s de Buenos Aires. Murúa posó para el célebre retrato de Schiaffino y para, "La muerte de Güemes", de Antonio Alice. Las claves de la falsificación y su utilidad, aún esperan el trabajo de los historiadores.

La primera noticia escrita y pública conocida de Güemes es el folletín militante y sentido del coronel Dionisio Puch, exiliado en Lima, quién dedica sus escasos ahorros para imprimir las páginas. En ellas no hay una descripción fisonómica, sí una sentida reivindicación ante el único de los generales argentinos muerto durante la guerra de independencia al que acompañaban 26 años de riguroso silencio. Con el tiempo, curiosamente, se ha logrado consignar hasta la reproducción del testamento del escrupuloso padre de Güemes.

La verdad, por supuesto, nunca será ingenua y mucho menos si ha estado revestida totalmente de artificialidad, tal como lo denotan los avatares de las pinturas y las letras en relación al héroe.

Lo que se ha logrado en todo caso, con el forzamiento de la imagen del Héroe Gaucho es la posibilidad de otorgarle cuerpo a una forma que pugna por expresarse. Así es cómo debe ser leído, por ejemplo, ese primer retrato escrito por Puch, que lleva las marcas del exilio, y así debe ser visto el Güemes civil de Charton.

A la demora que tuvo la historiografía oficial por reconocer en Güemes un artífice de la independencia americana, hay que sumar la voz ausente de un pueblo que conservó el culto y la costumbre de reposar los ojos en el fuego elevándose, sin poder agregar para la documentación ni copla ni imagen que lo recuerde.

Juan Alfonso Carrizo confiesa extrañeza de no hallar en el rico cancionero ni un rastro, habiendo sido Güemes el más grande entre los salteños. Dice así: "Es cierto que el temor que inspira un gobernante puede influir en el ánimo de los cantores para hacer callar su lira, pero el caso de Güemes no es ése…". En su "Historia Civil de Jujuy", Joaquín Carrillo dice que Güemes causaba una, "repugnancia irresistible", entre la gente culta. Con el tiempo otros textos no tan severos dan cuenta de un Güemes hijo legítimo de la muy rural y autóctona aristocracia, de correcto desempeño en los salones más elegantes.

El mito para ser tal debe saber dialogar con todos los hombres como si fueran sus iguales, cultos y no instruidos, en este punto, en relación a Güemes, coinciden todos los historiadores. Entre ellas los testimonios orales de los hombres que alucinados alrededor de la noche escuchaban las palabras de su jefe.

La literatura ha conservado todas las señales de la polémica. Se ha extendido hasta alcanzar aspectos ridículos sobre la persona del héroe. En la densa bibliografía güemesiana hay un sordo debate sobre un aspecto tan irrelevante como la afección de una resonancia nasal. Un soneto satírico, forma habitual de la crítica en el siglo XIX, que rescata el jujeño Carrillo, termina diciendo así:

"¿Es el gran Pompeyo? ¿Es el valiente cartaginés Aníbal, o es el bravo desfacedor de entuertos? Cabalmente; el mismísimo es, de punta a cabo; loco, vano, fullero, mentiroso, todo esto junto, y ainda mais gangoso."

Bernardo Frías, por quién la admiración hacia Güemes lo llevó a escribir una biografía monumental tan colosal y bruñida como el bronce que fundiera Victor Garino, describe a Güemes en sus costumbres privadas, "como divertido o calavera.". Pero sabemos que la erudita obra del doctor Frías cuenta con mucho del anecdotario de la época y que todas esas ligeras descripciones obedecen más a la leyenda, a la construcción oral y anónima del mito, que a una realidad o certeza.

J. King, en sus "Memorias", nos presenta un Güemes déspota y rencoroso luego de su fracaso tucumano. El norteamericano se muestra como un valiente protector de mujeres en las azoteas de Tucumán, desde donde presencia la sangrienta invasión. Atilio Cornejo, el biógrafo más notable del héroe, cita el libro de King para alegar que la tan mentada gangosidad no ha sido destacada por el yankee de su entrevista personal con Güemes, algo poco probable tratándose de un puritano que no va a detenerse en detalles físicos; dato que en su ocasión el doctor e historiador salteño seguramente, no hubiera dejado de hacer notar.

Sabemos también por Atilio Cornejo, que existe un cuadro pintado por Thomas J. Page en sus notas de viaje (1853 – 1855), de don Martín Güemes (h), y que "la tradición familiar asegura tuvo extraordinario parecido con el de su padre".

Los cuadros, las pinturas deseadas por las instituciones, esa basta iconografía de Estado nos da el perfil real de un Güemes histórico. Los retratos que llevan el rostro de Murúa coinciden casi con el reconocimiento oficial del valor esencial de Güemes en la Revolución Americana. La imagen producida es manifestación de un requerimiento de la historia pero terminaron pareciéndose más a los requerimientos de la historiografía.

Debe entenderse la producción de este arte como, el de un genuino arte de inspiración militar de características románticas. Un arte que auspicia la celebración, que pretende construir memoria y provocar inspiración. La institución instala la forma, asumiendo el creador el papel de intérprete de un sentimiento de Estado. Si se piensa el arte como una disciplina crítica puede decirse que, el imperio de las formas en nuestro país muchas veces cedió a la necesidad de los cuarteles.

Nuestra historia cobija numerosas pruebas de ese Estado garante de lo mítico. Recordemos aquí que, el cabildo de Buenos Aires ya en 1818 reclama un retrato de San Martín. En el caso de Güemes se debió esperar, primero los efectos del olvido, cuando la historia adquirió forma de epopeya inocultable y el mito una dimensión mayor a la que puede aspirar o poseer el propio Estado, este cedió la forma de un héroe posible. Los retratos de Schaiffino, Gigli, Alice y Usandivaras son, en ese sentido, producto de una necesidad Estatal.

Güemes por Schiaffino

Eduardo Schiaffino, (1858 - 1935), activo fundador del Ateneo, centro que nuclearia a la elite intelectual en los últimos años del siglo XIX, fue el creador del Museo Nacional de Bellas Artes, el cual dirigió hasta 1910. Alejado de su cargo luego de la Exposición Internacional del Centenario, pasó la mayor parte de los años que le quedaban de vida como diplomático con destino en distintas ciudades de Europa. Regresó al país en 1933, año en que publicó su obra: "La pintura y la escultura en la Argentina". Es considerado uno de los forjadores del gusto porteño.

Con Schiaffino urge la necesidad de darle al héroe un carácter mítico a la vez que se precisa construir las instituciones de la joven y auspiciosa Argentina.

De contornos difusos, su cuadro retrata a Güemes tal como si fuera un fantasma adusto, la silueta se confunde con el fondo dándole al gesto soberbio de los brazos cruzados sobre el pecho un realce cargado de vigor, a la vez que expresa dolor y misterio. Es entre los cuadros el de mayor sustancia existencial, nos devuelve una imagen humana y desolada del héroe. Sabemos que Schiaffino adhirió a tendencias espiritualistas y simbolistas de fin de siglo y este cuadro parece confirmar esa propuesta.

Entre sus contemporáneos fue un hombre polémico y su obra pictórica aún no ha sido del todo valorada. En su retrato de Güemes, Schiaffino rescata la importancia de la atmósfera señalando una diferencia con otras realizaciones neoclásicas que daban mayor importancia al dibujo que al tema. Recibió numerosos encargos oficiales y decoró edificios gubernamentales. Sus últimas obras parecen no ser de consideración para los críticos.

En literatura la imagen de Güemes adquiere un relieve romántico, confundiendo al hombre con la naturaleza, así pueden leerse tanto Dávalos como Lugones. En Schiaffino se puede sentir una atmósfera ligeramente nublada, altamente sugestiva que confunde los límites corporales del héroe con el aire negro y espeso de un crimen que lo rodea. Es innegable que esa es la obra de mayor jerarquía entre todas las realizadas a la fecha.

Güemes por Gigli
Güemes por Gigli
Güemes por Gigli
La escena que pinta Gigli tiene un sentimiento grande pero no estremece. La obra de Gigli nos recuerda un Güemes de fantasía. Lo que la pose del héroe alcanza en Schiaffino como un tipo humano soberbio, la pintura de Gigli nos da un Güemes disuelto en un gesto evocativo y algo enmarañado. Es el más estadual de los cuadros, pareciera que fue concebido para sufrir el rigor de los cuarteles y dar testimonio de la burocracia militar. El procedimiento de Gigli, los pormenores del recorrido de esa tela y el gesto que representa, dan cuentan de lo mismo.

La musculatura de los caballos hace de los animales, figuras más prominentes que la de los valerosos gauchos de Güemes. Los rostros disminuidos del coro güemesiano no parecen ser los rostros que han hecho posible la Independencia. Güemes es irreal, es visto casi como un húsar alado a la manera de los que pintaba el polaco Wojciech Kossak, (1857 - 1942), pintor de escenas de caballería. La capa corta al viento revelaría acción y decisión militar(*). Hay que recordar en todo momento ante la obra de Gigli que, aquello que trata de representar, es una época en la que regresar de la batalla con la lanza intacta, era visto como signo de debilidad. Y el esfuerzo de Gigli por evocar esos días es evidente.

El gesto que no convence es el de Güemes proponiendo un avance hacia algo que está fuera de la tela, más allá del borde. El marco impide el movimiento o al menos la idea del movimiento, y hace fracasar toda la escena.

Pudiendo tener una rica posibilidad expresiva, esta suerte de pintura oficial se ha encargado de fosilizar gestos recios, uniformes inalcanzables y monturas de ilusión. Quienes se emocionan fácilmente con las paradas militares han querido ver en esta reproducción una escena emocionante. Es muy curioso pero todas las propuestas pictóricas sobre el héroe, carecen de movimiento. En el cuadro de Gigli la intención parece ser el detenimiento, la captación del aire porvenir; los otros cuadros, aún la muerte de Alice, son retratos que anuncian más una subjetividad que una acción.

Sabemos que Güemes fue un oficial de escuela educado en Buenos Aires y que como tal se distinguió en los combates contra las invasiones inglesas, la suya es una vida rica en acciones destacadas y no parece ser el reposo algo que la caracterizara. Sin embargo casi no existen cuadros que representen sus acciones.

El hecho de que el teniente Martín Güemes, que combatió como oficial de artillería en las calles de Buenos Aires durante las jornadas de la Reconquista, y haya dirigido la singular toma del buque inglés "Justina", aprovechando una bajante del Río de la Plata, produciendo el prodigio criollo de un abordaje a caballo, no ha inspirado entre los artistas más que una viñeta de historieta en una olvidada revista de la Gendarmería Nacional. Esa escena de su intensa vida ha sido gloriosamente rescatada en el poderoso romance de Julio César Luzzatto.

Es probable que la caballería china durante la Guerra del Opio haya producido un hecho semejante contra las naves europeas y ese sea el recuerdo que reproducen por cientos de miles algunos adornos de dudoso gusto en las tiendas de artículos importados; señalo esto sólo para destacar las formas que adquiere el recuerdo en otras culturas.

La literatura, al revés que la pintura, no ha descartado el movimiento y adquirió la forma de polémica para narrar la vida del héroe y reunir opiniones. Pareciera que allí donde se detiene una de las disciplinas, la otra avanza componiendo sucesivamente la sombra de un hombre que parece, en todo momento, querer alcanzar la historia.

La vida del héroe conduce a la acción y está dirigida a realizar un único acto: la independencia americana. Todas las acciones confluyen a ese fin. Y el fin no puede dejar de ser trágico.

"-¡Padre Salteño!, por la espalda herido, huyendo, desangrándote en la oscura senda del Chamical no quiero verte…"(**).

De Manuel J. Castilla es la idea de narrar a Güemes evocando los retratos. Su literatura no necesitó exaltar al héroe pero cuando lo hizo, en una de sus escasas prosas, desgajó la idea de un gaucho que muere. Siente la escena del cuadro de Antonio Alice. Piensa en el brillo del agua enfurecida en los ojos del General moribundo; en el espanto de la tierra, en los hombres que lo siguen, (esos gauchos que se mueven como árboles en las alucinaciones que anuncian la muerte). Va sintiendo la eternidad y su escritura es el trazo que la naturaleza adquiere en ese instante, la muerte en Castilla, como en todos los sanos cultores del naturalismo, no es obstáculo. Güemes ya es y ha sido, el nervio de los caballos, esa gota de rocío que se piensa y la tierra toda.

El cuadro de Alice no es precisamente dramático. Hay en el ambiente una absoluta serenidad dentro del dolor generalizado, hay el gesto siempre imprudente de algún militar, sable en mano; puede sentirse la melancolía de los árboles y el desconcierto de los gauchos, por primera vez desarmados, dolidos. La escena es producto de una narración irresponsable y un pincel candoroso: un historiador de ocasión, inventó el episodio de la muerte de Güemes, debajo de un árbol, acomodando la situación a una escena narrada por Juana Manuela Gorriti, que conocía la historia desde la infancia por su familia.

Como siempre ocurre con los héroes, la escena es verdadera, pero, tratándose de un héroe, no puede alegarse certeza ni ser irrefutable. Los recuerdos literarios de Juana Manuela Gorriti, poseen un retrato del cual cabe destacar más que la exactitud de rasgos y el color de ojos, la inigualable disposición en colocar al héroe persiguiendo el cumplimiento de un mandato supremo. El fervoroso reclamo que hace de historia la ilustre salteña, es la anticipación literaria de un destino igualmente literario y también, si se quiere, del destino de una literatura.

Es tan fuerte la impronta de su hazaña, que su imagen literaria o pictórica parece dejar escaso margen para la ficción entre documento y documento. Hay en Güemes, una forma asignada por la tradición que el arte se esfuerza por alcanzar. Basta para ello ver el fracaso de los gauchos estereotipados en las películas de Leopoldo Torre Nilson.

La degradación es el primer efecto del simulacro. De la historia, siempre más cruel, se puede inferir que, alcanzar al héroe era mortal y que su destino dominado por la pasión es fatal. El espantoso final de Carmen Puch es tan elocuente que duele recordar las desdichas padecidas en los meses de su abúlica agonía en un oscuro rincón de Los Horcones.

Coronado de olvidos y de crímenes, alcanza el héroe su virtud(***).

Güemes por Castellanos

Debemos al poeta Joaquín Castellanos, la consagración oficial del Héroe Gaucho en mártir reconocido institucionalmente como, "el más genuino representante de la raza en sus energías superiores".

Para las celebraciones del centenario de la muerte del héroe, el 17 de junio de 1921, se dispuso el reconocimiento oficial de lo que ya era una devoción. En un solo y lúcido decreto provincial, de abril de ese año, se mandaron a crear escuelas, editar libros, embanderar calles, promulgar leyes, construir ferrocarriles, fundar bibliotecas, hacer desfilar salesianos y socializar los manantiales y vertientes de la provincia, en un homenaje impostergable al, "padre de los pobres".

La ciudad de Salta vivió el centenario de la muerte de Güemes como una verdadera fiesta donde se reunieron para la ocasión gentes venidas de lejanos rincones de la provincia, en un ambiente de algarabía, colmado de indultos y desfiles que llenó la ciudad por diez días. El más célebre de todos los discursos, fue el de Castellanos, quién con sus palabras consagró a Martín Miguel de Güemes como, "Señor de los milagros civiles".

Ese día puede ser considerado el día profundo de un Ulises criollo, mágico y literario. A la vez que Joaquín Castellanos pronuncia el recordatorio del Héroe en la sala del teatro, Juan Carlos Dávalos escribe en La Montaña su, "Muerte de Tata Sarapura", invocando para ello a los manes de la tierra. Ese día transparente, repleto de dicha cívica y alegría socialista, al aire delicado del invierno próximo se le sumo un ángel desecho en nieve sobre la ciudad. Las lámparas del teatro ardieron sanguíneas, resplandeciendo sobre las palabras del poeta, las sombras vacilaron alrededor de un público soliviantado, colmado de emoción religiosa. Cuentan que las campanas ese día sonaron solas y por un momento todos los hombres del valle fueron buenos.

Para Castellanos, al igual que para Dávalos y para Castilla después, Güemes poseía el encanto y la desdicha de ser la tierra misma, y la virtud de reunir en su voz el viento de quebradas y contagiar emociones que para el hombre de hoy ya casi es imposible sentir.

"El alma colectiva de Salta -dice Castellanos- no admite ser dirigida por vulgares corifeos…", y destaca que el héroe no era solemne ni servil, que su mayor pecado fue el haber movilizado y organizado militarmente a su pueblo tras una idea noble.

Es lícito pensar en un Güemes que, en su última cena son los traidores quienes más creen en él, tan convencidos están esa noche de su grandeza que no dudan en señalarlo.

"Trabaje usted por Dios", le había pedido San Martín, y el gaucho había cumplido.

Güemes por Usandivaras

Si el cuadro de Alice es pura emoción poética, la obra de Usandivaras ostenta un vigor más débil del que aparenta. Hay en su tela una exaltación muscular y de color donde el héroe deja de pertenecer a la historia para pertenecer al arte.

En ese sentido el cuadro de Usandivaras es liberador al igual que el discurso de Castellanos, (el decreto y algunos retratos pueden ser considerados literatura y mitos extraordinarios), porque asume ya no la necesidad de establecer un molde moral para los hombres sino la mirada de quién ve en la figura y la historia de aquel valeroso hombre la posibilidad de realizar algo más, llamado arte.

La figura pretendidamente moderna desplaza la visión clásica. El cuadro es producto de una época de rebelión de los sentidos e inaugura una suerte de emoción democrática. Se alcanza este estatuto dentro del arte cuando la historia adquiere forma de epopeya y todo lo que era costumbre se vuelve rito.

La expresión, ausente de retórica, conquista para el arte lo que la historia ya no puede manifestar. Los brazos cruzados sobre el pecho exageran el gesto del héroe haciéndolo más patente. Esta representación enfática, denota algo que las otras telas no comprenden, y es el nervio. No se trata sólo de un matiz, es un aspecto material tanto del héroe como de la propia obra. La pintura salteña no ha propuesto nada que vaya más allá de esa intención artística en relación al héroe.

Los retratos de Osvaldo Juane y Jorge Hugo Román deben verse como síntomas de una modernidad posible, sus cuadros son rostros que adoptan la barba y el ceño fruncido como formas de una severidad irremplazable, a la vez que el trazo parece desdibujar el perfil de un Güemes anónimo, en el caso de Román su obra posee un valor iconográfico por el carácter masivo con que se edito su retrato escolar, al igual que el de Juane que también ha cumplido una función técnica e ilustrativa.

'La comunidad de Los Laureles'

Lo que ha quedado instalado luego de casi doscientos años de intensos discursos oficiales, finalmente es el mito de un orden, que a veces en los días tristes de este valle, se presiente como la vigencia de una traición.

A la horrorosa síntesis de la sombra ecuestre que rubrica las publicidades oficiales, los últimos retratos de Güemes logran un nivel de abstracción que ya no logran producir ningún interés estético. Allí donde la imagen se ha convertido en un trazo, donde la silueta del héroe funciona más como evocación que como modelo; la literatura ha reproducido un Güemes de alegoría, alimentando la ficción histórica con ingeniosas interpretaciones de última necesidad política.

Cuando pensamos en aquella época grande y heroica donde ningún gesto era ajeno a las circunstancias de la vida nacional y la nobleza de espíritu era una cualidad de los gobernantes, el tipo humano en el cual pensamos es el de un tipo emotivo. El tipo humano que predomina en tiempos de decadencia es, apenas, impresionable.

Incapaz de seguir la pasión, el hombre que no vive época heroica sólo puede gozar de la contemplación y ofrecer una vida modesta, sin demasiadas alternativas procurando en lo posible, romper con el goce de la repetición.

Así es cómo los hombres recuerdan a Güemes mirando la inestable luz del fuego.


NOTAS

(*)Sus jinetes parecían personificar el espíritu militar polaco, (una historia llena de orgullo a la manera de nuestros gauchos, con auténtico estilo). Los retratos realizados por Kossak, tuvieron una atracción casi mitológica para las generaciones polacas del siglo XX y un mal recuerdo para la infantería sueca. El detalle logrado en cada una de sus realizaciones las ha hecho una importante fuente de investigación de la historia militar de su país. La última carga de esta caballería alada se realizó contra las divisiones Panzer alemanas, en el tercer día de la Segunda Guerra Mundial.

(**) Juan Carlos Dávalos, de su poema "A Güemes"(ante su monumento).

(***) Manuel J. Castilla, de su poema, "El Gaucho", de su libro, "La tierra de uno".

(****) Leopoldo Lugones de su obra, "La Guerra Gaucha" dice: "Pura luz era lo que se vanagloriaba en su elación. Ideas, no sino grandes y por la patria; recuerdos, todos de proeza; inspiraciones, las del triunfo, prescribiendo a sus rivales en desquite magnánimo, a manera de perdón, la comunidad de los laureles. Inauguraba la libertad allá en su monte, resarciéndose de la adversidad con la victoria. Sólo dos podían gloriarse tanto: él en los Andes del norte; en los del occidente el Otro…"

Bibliografía

Decreto del Poder Ejecutivo de la Provincia de Salta, 29 de abril de 1921.
Discurso pronunciado por el Gobernador Joaquín Castellanos, el 17/6/21, en el Teatro Güemes.
"Biografía del General don Martín Güemes". Coronel Dionisio Puch. Imprenta el Comercio. Lima, 1847.
"Memorias Póstumas I", José M. Paz. Emecé Editores. Argentina, 2000.
"Veinticuatro años en la República Argentina, memorias" Anthony J. King. Buenos Aires 1921.
"Historia de Güemes", Atilio Cornejo. 2ª edición. Salta, 1971.
"Historia del Gral. D. Martín Güemes y de la Provincia de Salta", t. 1, Edic. Salta, 1902; t. 2, Edic. Salta, 1907; t. 3, Edic Salta, 1911.
"Verdades documentadas por la historia de Güemes". Martín. G. Figueroa Güemes. Ed. 1948.
"Güemes ante la Historia", varios. Ediciones del Club Kiwanis de Salta. Salta, 1971.
Revista de la Gendarmería Nacional, "Güemes". Año 7 , número 43. Buenos Aires, 1971.
Diario "La Prensa", "Güemes" por Bernardo González Arrilli. Buenos Aires, 13 de junio de 1971.
"Revista Filatélica "Güemes", Salta, octubre de 1944.
"Wojciech Kossack". Polish Renarssance Wartare – http: forums.delphforums.com/referencias.
Diccionario María Moliner. Ed. Gredos. Madrid, 1999.

Toda la documentación consultada fue cedida gentilmente por la Biblioteca, "J. Armando Caro". Con excepción del libro del Gral. Paz, facilitado por Pedro González y el diccionario María Moliner, cedido por Mariano Pereyra.
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