Historia y tradición
El teniente coronel Tejero en el Congreso
El teniente coronel Tejero en el Congreso
En febrero de 1991, el insoportable calor porteño, acompañado por una humedad cercana a los niveles de saturación, hacía más tediosa y larga la cuenta atrás de mi baja del servicio militar. Como muchos otros compañeros, no deseaba otra cosa que rescatar mi documento de identidad de manos de la autoridad militar y de ver en sus páginas estampado el tan ansiado sello de la baja. También esperaba aquel momento para armar mis valijas y regresar a Cerrillos, junto a mis padres, a continuar con mis estudios y a disfrutar de mis amigos.

Pero no sólo la espera de la baja me tenía anclado en Buenos Aires: anhelaba silenciosamente poder plantarme en el césped de la cancha de Vélez y presenciar el recital de Queen, anunciado para el 28 de febrero de aquel año. Pero la fecha se acercaba y a medida que ascendían peligrosamente la temperatura y humedad ciudadanas, mis arcas se iban desinflando. Al final, creo que tuve que enfrentarme a uno de esos dilemas duros que caracterizan la vida de todo soldado conscripto a punto de ser licenciado: o Freddie Mercury o un choripán. Y el hambre pudo más que la melomanía, aunque aquel concierto estuvo a punto de suspenderse por la inusitada ola de calor que se abatió sobre Buenos Aires y luego por una monumental tormenta que cayó justo en el momento en que el finado Freddie lanzaba al viento los primeros versos de "Bycicle race".

Una semana antes, exactamente, mientras contaba inútilmente las monedas para una entrada al concierto que nunca pude comprar, sonó el teléfono en casa de mi hermano Ramiro. Era Gori, mi hermano periodista, entonces exiliado político, que nos llamaba desde una cabina telefónica del centro de Madrid. Su respiración jadeante nos hizo temer lo peor. Y la noticia no era buena: un grupo de guardias civiles armados había irrumpido en el hemiciclo del Congreso de los Diputados español. Se había oído disparos de armas cortas y ráfagas de ametralladoras, que hacían suponer una masacre. A Gori se le había encomendado la cobertura periodística del debate de investidura de Calvo Sotelo, inesperado sucesor del dimitido presidente Adolfo Suárez, pero lo que debía ser la sosegada crónica de un recambio democrático más o menos normal, se convirtió en el dramático relato en directo de un golpe de Estado. El cronista, que había afilado su lápiz para seguir los discursos parlamentarios, nos relataba en directo el tiroteo y la tensión de aquellos confusos momentos.

Hoy se cumplen 25 años de aquel intento frustrado de golpe contra la democracia española y las televisiones nos acercan una y otra vez la imagen del teniente coronel Tejero Molina subiendo a la tribuna del congreso, armado con pistola y gritando aquello de "¡Quieto todo el mundo!". La voz cerril y cavernaria de aquel hombre armado, tocado con el tradicional tricornio (que parecía una Olivetti sobre su cabeza), consiguió acallar a la de casi cuatrocientos parlamentarios que rápidamente se ocultaron bajo sus escaños.

Prácticamente todos, menos dos: el todavía presidente Suárez, que permaneció imperturbable, y el teniente general Manuel Gutiérrez Mellado, entonces vicepresidente primero para Asuntos de la Defensa y la Seguridad Nacional, un hombre enjuto de setenta años que no sólo no se escondió sino que salió a enfrentar, inerme, a los guardias civiles. La imagen de un Gutiérrez Mellado irreductible frente a la prepotencia de las armas, es todavía conmovedora. Una defensa de la dignidad personal y del honor y la disciplina militares como pocas veces se ha visto.

Aquel vídeo histórico muestras cómo unos instantes después, el presidente Adolfo Suárez convence a su leal vicepresidente para que regrese a su banca. La actitud de ambos dentro del hemiciclo y la del Jefe del Estado fuera de él, fueron la clave del fracaso de aquel intento de golpe de Estado. Al volver a ver aquellas escenas, no puedo evitar emocionarme con el gesto de Gutiérrez Mellado y recordar que mi servicio como soldado conscripto del Ejército Argentino se desenvolvió bajo la guía y el estímulo de un militar democrático con mayúsculas, como lo era mi tío el general Carlos Augusto Caro, a quien la historia recuerda como el único comandante del ejército que prestó su apoyo al débil gobierno de don Arturo Illia, intentando evitar el golpe de Estado consumado en 1966 por el general Onganía.

En Gutiérrez Mellado y en su actitud digna y valiente, sigo viendo la gigante figura de mi tío Carlos y la de muchos otros hombres ejemplares que con gran coraje cívico se opusieron al avasallamiento de la libertades. Por qué no recordar también a aquellos altos oficiales a los que conocí durante mi servicio militar, que dejaron grabada en mi la imagen del hedonismo y la ineficiencia. Afortunadamente la historia les ha condenado al olvido y yo, haciendo mía una frase del expresidente Calvo Sotelo, les reservo "el menor de mis desprecios".
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