Economía y sociedad
Hace algo menos de una década atrás, el gran desarrollo de lo que por entonces se llamaría genéricamente las «nuevas tecnologías», condujo a los científicos sociales a anunciar el advenimiento, más o menos inminente, de una revolución social de gran calado que tendría como motores y protagonistas a la información y al conocimiento.

Una visión desde el subdesarrollo

El gran salto prometido se anunciaba entonces también como una oportunidad -quizá única- para modelar un nuevo y más justo patrón de relaciones sociales -incluidas las laborales-, forjado en torno fundamentalmente a la comunicación electrónica multilateral. El nuevo escenario comunicacional abriría las puertas a una sociedad en la que adquirirían un nuevo significado y un nuevo valor social la libertad, la multiculturalidad, el ocio y la productividad, entre otros.

No parece, hasta aquí, que los pronósticos de los científicos sean del todo errados, pues aquellas puertas han comenzado a abrirse, si bien tímidamente por ahora. Aunque es más seguro y, desde luego, más realista, afirmar por el momento que los beneficiosos efectos del nuevo paradigma social sobre la libertad y el bienestar de los individuos son poco más que una promesa que está muy lejos de alcanzar la difusión y la profundidad previstos por sus profetas.

Pero si la revolución tecnológica de finales de milenio no ha conseguido transformar sustantivamente aún las bases sobre las que se estructuran las sociedades contemporáneas y, sobre todo, si no ha conseguido agotar de una vez las numerosas fuentes de las que manan sus desigualdades más clamorosas, sí ha logrado en cambio -¡y de qué modo!- inyectar una importante dosis de optimismo y vitalidad al capital, hasta el punto de convertirle en el primer y más inmediato beneficiario de la aceleración de las comunicaciones globales y de los intercambios transnacionales asociados a las nuevas tecnologías.

El apetito acumulativo del capital, hoy quizá más descontrolado que nunca a causa del masivo retroceso de las fuerzas progresistas y del creciente abstencionismo del Estado, ha determinado la aparición en la escena de lo que con cierto timbre profético se anuncia como la «nueva economía», un concepto al que por el momento no es posible identificar sino exclusivamente con el trivial juego de alzas y bajas de los valores tecnológicos en las bolsas mundiales, con la emergencia de enormes compañías respaldadas por enormes inversiones (aunque no se sepa muy bien qué otra cosa producen mejor que el mero dinero) y con el difuso e incipiente «e-commerce».

Los fulgurantes destellos de la nueva economía han logrado de algún modo opacar el surgimiento, más lento y mucho más sólido, de la sociedad de la información y del conocimiento, cuyos valores (y no me refiero a los bursátiles) se encuentran en los antípodas de aquellos que rigen hoy en el febril universo de los negocios electrónicos.

Y lo que es todavía peor: la inocencia esnobista de los partidarios de la nueva economía (jovencitos que sueñan con hacerse millonarios con un módem y un poco de talento, como en una película de ciencia ficción de comienzos de los ochenta), está promoviendo un extraordinario rechazo social hacia los nuevos negocios, los nuevos millonarios talentosos, los nuevos portales horizontales y la nueva estupidez digital, que termina arrastrando a las nuevas tecnologías al odioso lugar que ocupaban las máquinas en los albores del industrialismo.

Mientras que la nueva economía anda todavía dando palos de ciego en el selecto y acotado club de los países industriales avanzados, es decir, allí donde la vieja economía ha producido resultados (incluidos los sociales) más que aceptables y exhibe aún una envidiable lozanía, ¿cómo valorar y entender que un país como la Argentina, que ni siquiera puede alardear de haber consolidado la vieja economía, ni a la madre de ésta, pretenda dar el salto a la nueva economía?

En efecto, apoyada en la singular capacidad de sus gentes para seguir, adaptar, e incluso mejorar, las innovaciones tecnológicas en materia de comunicaciones, algunos sectores de la sociedad argentina parecen lanzados a una alocada carrera en el mundo de los negocios virtuales, cuya meta no se atisba, por ahora, ni tan segura ni tan edénica como la describen quienes en este país han hecho del marketing una religión laica y del Internet un totem capaz de distribuir los más inverosímiles beneficios a cambio de una adoración sin reservas.

Habría que rastrear profundamente la red para poder siquiera insinuar que el talento informático y comunicacional de los argentinos se ha aplicado con provecho a algo más que el mundo de los titubeantes negocios cibernéticos.

Si es realmente cierto que el 50 por cien de los sitios en español que existen en Internet han sido construidos en Argentina o por argentinos (algo más que improbable, si se tiene en cuenta que sólo el 0,65 de la población argentina tiene acceso a Internet), más cierto es que una enorme mayoría de éstos son webs de negocios o simplemente lúdicas.

Estos datos confirman la existencia en la Argentina de un curioso espíritu «imprenditoriale» propio de sociedades pobres y desiguales que sustituyen la equidad distributiva por la búsqueda frenética de oportunidades, y el crecimiento de una intensa pasión por lo ligero, por lo furtivo, por lo efímero, por lo vulgar.

Lo paradójico es que en un país en donde la economía productiva real padece problemas graves y profundos vinculados a la falta de inversión y a la falta de confianza de los inversores, se produzca una apuesta tan decidida por la nueva moda de los negocios; que en un país con su crecimiento económico estancado, se profese una fe tan irracional en la nueva economía y en su potencial papel de locomotora y redentor de las vieja economía. Parece más razonable pensar que detrás de toda esta vorágine de inversiones en portales horizontales, verticales y circulares, cabalga la voracidad del gran capital financiero, acumulado en los fondos de pensión y en los extraordinarios beneficios de las empresas privatizadas de servicios públicos, que vaga sin rumbo por las cañerías digitales.

Pero mientras esto sucede en la Argentina, dos datos de la realidad exterior parecen confirmar que su opción por los negocios electrónicos es prematura, irreflexiva y riesgosa: uno, que los países avanzados están denunciando a gritos la sobrevaloración del precio de las compañías tecnológicas (incluidas las que explotan grandes sitios web y la especulación irrefrenable que distorsiona el perfil de aquellas compañías y les desconecta arbitrariamente de los indicadores de la economía real; otro, que los especialistas anuncian que el regreso a la realidad de estas megacompañías provocará en los Estados Unidos una recesión probablemente brusca y de consecuencias imprevisibles a nivel global.

Del otro lado, los europeos, tan poco dispuestos como siempre a adoptar sin mayores filtros las modas y los tics norteamericanos, buscan desde hace tiempo evitar que la creciente implantación de Internet entre sus ciudadanos se convierta sólo en pasatiempo o en campo de experimentación para los mercados de diseño, y apuestan por hacer de la Red un instrumento de libertad que promueva una verdadera sociedad multicultural, pero sin desdeñar su potencialidad y utilidad para los negocios. El riesgo de la apuesta europea es, sin embargo, el de una Internet de desarrollo algo menos explosivo, de innovaciones controladas desde su impacto social, de cambios más suaves.

Los europeos dan por hecho que los usuarios de la Red experimentan, como en la vida real, un cierto rechazo por los grandes emprendimientos cibernéticos que pretenden uniformar los gustos y las preferencias de los usuarios bajo la máscara de una personalización que muchas veces es ridícula y otras es el resultado de la violación del derecho a la intimidad. En el viejo continente es clara la opción de los internautas por los sitios amateurs, por los under, por el misterioso mundo de los hackers, y por el de los distribuidores de «warez», que desde cualquier punto de vista le están ganando el pulso a los grandes portales (a los que se identifica con los poderosos) y a los cada vez más grandes y agrupados emporios de la comunicación audiovisual.

La libertad en Internet es, pues, el principal enemigo de quienes hoy se frotan las manos pensando en los grandes negocios que pueden hacer con una base de datos de millones de direcciones de correo electrónico.

Así como no es posible crear una sociedad avanzada de servicios sin antes haber consolidado una sociedad industrial y superado sus desafíos, como lo demuestra la experiencia histórica, tampoco es factible acceder a la nueva economía sin haber aprobado antes las asignaturas del ciclo anterior. Al intentarlo, la Argentina se expone una vez más a importar sin demasiado debate un nuevo modelo de desarrollo, cuyas consecuencias sociales ni siquiera se conocen en los países que lo exportan.

Tan solo se sabe por ahora que detrás de las millonarias cifras que se pierden por los grandes portales que caen uno tras de otro como fichas de dominó, hay decenas de miles de puestos de trabajo que se sacrifican sin remedio en el ara de las nuevas deidades. Pero mientras aquellos países se acercan al pleno empleo o ya lo han alcanzado, el creciente desempleo en la Argentina y la profunda inequidad de sus sistemas laboral y fiscal, anuncian horas difíciles para toda una generación que parece haberlo apostado todo al marketing, a la economía de cuello blanco y los módems, en menoscabo de la formación profesional, de la producción real en el tajo y del esfuerzo creativo.
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