Curiosidades
En el baño con el iPhone
En el baño con el iPhone
Muchas personas sufren de una especie de angustia literaria cuando se enfrentan a la necesidad de utilizar un baño público o el cuarto de baño de una casa ajena, en el que abundan las velas perfumadas, los grifos dorados y los aceites esenciales pero escasea el buen papel impreso. Yo soy uno de ellos.

En alguna ocasión, la desesperada costumbre de clavar la vista (generalmente con los ojos lagrimeantes) en diarios, libros y revistas, me ha llevado a echar mano al bolsillo trasero del pantalón y a leerme los documentos de identidad, los carnets de conducir, las tarjetas de crédito y las estampitas que generalmente llevo bien apretadas en el portadocumentos.

Desde hace algún tiempo, procuro acudir a los baños desconocidos provisto de mi iPhone con conexión 3G.

Parece increíble, pero aquel eufemístico chascarrillo popular de "ir a despachar un telegrama", que servía para enmascarar elegantemente la prosaica necesidad de utilizar el baño, ahora es perfectamente posible, no sólo con un iPhone sino con una amplia variedad de dispositivos móviles.

Algo parecido sucede con las expresiones "estar en la oficina" o "ir a la sala de máquinas", ya que, gracias a la tecnología, quien se lo proponga puede ahora desde redactar demandas y dictámenes hasta controlar una central nuclear, con sólo pasar suavemente los dedos por la pantalla táctil de iPhone.

Cuenta la leyenda que un precursor en materia de decisiones trascendentales adoptadas desde un retrete fue el presidente estadounidense Lyndon Johnson, de quien se dice planeó el bombardeo de Hanoi mientras se hallaba en el baño, rodeado de su gabinete, después de haber ingerido comida tailandesa en mal estado.

Desde luego, el acto fisiológico también puede ser amenizado con sesiones de Twitter, especialmente indicadas para aquellas personas que parecen obsesionadas por contarle a sus followers qué es lo que están haciendo en cada momento. Un buen complemento de este sistema de comunicación es aquella aplicación que permite al iPhone difundir por el mundo tu exacta localización en cada momento.

Por cierto, pienso que sería un excelente negocio venderle a los hoteles alojamiento de Salta un sistema inhibidor de localizadores GPS, para proteger la intimidad de aquellos obsesos por el sexo que, en el apuro, se olvidan de desactivar los dispositivos de localización.

He comprobado en persona que el iPhone (lo siento, no soy usuario de BlackBerry) se comporta maravillosamente bien en el cuarto de baño y sustituye con ventaja a las revistas viejas, a los diarios (que, a pesar de su potencial doble uso en los baños, son por su formato ya inmanejables) y a los documentos personales.

Aunque el iPhone y la conexión 3G (o wi-fi, para los afortunados) permiten nuevos y cada vez más novedosos aprendizajes, en cierto modo echo de menos las cosas buenas que aprendí leyendo en el baño de mi casa.

Extraño por ejemplo aquella vieja revista Somos, que debe de haber prestado servicios durante unos cinco años seguidos sin apenas ajarse, y a través la cual me enteré con pelos y señales de la muerte de Roschmann, el llamado Carnicero de Riga.

También extraño el clásico libro de medicina legal de Nerio Rojas y especialmente aquella aterradora imagen de una cabeza humana con un gigantesco cuchillo clavado en la frente. "Cuchillo de carnicero arrojado desde varios metros", decía el pie de foto del libro.

Hasta hace poco me solazaba con un reportaje sobre los Legionarios de Cristo y las andanzas de Marcial Maciel, pero esto es ya modernidad pura.

Me llevaría bastante tiempo -y no sólo a mí- encontrar estos mismos contenidos echando a andar Safari o una app de Wikipedia para iPhone.

Por eso es que pienso que esa maravillosa aplicación imaginaria que hizo transitoriamente millonario a George Costanza (por lo menos hasta que su fortuna cayó en manos de Bernie Madoff), que se llama iToilet, y que originalmente se desarrolló para guiar a los usuarios de iPhone hasta los baños públicos más limpios y decentes de la ciudad, debería incluir un buen material de lectura para aquellos que necesitan leer para avivar la peristalsis.

El iPhone podría también sustituir a los documentos de identidad, ya que el mismo teléfono es capaz de identificarnos de forma más precisa y segura que esas libretas verdes con que durante décadas nos castigó el Estado argentino, que nacieron para ser carne de lavarropas, olvidadas en vaqueros apretados o en camisas mal revisadas. Es improbable, aunque no imposible, que el iPhone se desintegre en una oscilante solución de jaboncillo. Al menos en esto, el acierto de Steve Jobs es total.

Lamentablemente, el teléfono móvil no podrá sustituir al papel escrito en su "otra" función, es decir, cuando asume el rol de "último recurso" frente al aterrador espectáculo de un cilindro de cartón vacío.

Los diarios y las revistas todavía tienen una vida extra, estrictamente biodegradable, para tranquilidad de las más agudas conciencias medioambientales.

Si no hubiera más remedio que acudir al viejo método, propongo que la gente haga lo mismo que una persona que conocí, que guardaba en su cuarto de baño recortes de diario prolijamente ordenados y clasificados por año, en los que aparecía la imagen de algunos generales argentinos (todos dictadores, claro está) que le daban al dueño de casa la posibilidad de elegir con la imagen de cual de ellos llevar a cabo la infame tarea final.

Es que esto del iPhone es muy bueno, pero para todo no sirve.
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