Curiosidades
Carnicería militar
Carnicería militar
Dos ilustres hombres de armas de nuestra Provincia, ambos lamentablemente fallecidos de forma prematura, protagonizaron a comienzos de los años noventa una divertida anécdota en la que se entremezclan algunos elementos del realismo mágico, con otros relacionados con el honor militar y, de modo profundo, con la idiosincrasia de nuestra gente.

Ambos militares, de graduación muy dispar, desempeñaban por entonces funciones críticas en el acuartelamiento local, en donde el mando de la tropa, el cuidado del armamento y el entrenamiento permanente eran responsabilidades que se alternaban con cuestiones más propias de la intendencia militar como el abastecimiento de enseres y de comestibles.

El soldado de inferior graduación servía como ayudante del otro, y entre sus tareas no sólo estaba la de asisitir al superior en todo lo relacionado con el comando de la guarnición, sino también recibir, en nombre de las institución, los envíos de los proveedores que, sin embargo, trataban los negocios relacionados con el avituallamiento directamente con el superior.

Una mañana cualquiera, el oficial ayudante ordenó levantar la barrera, pero no para que pase la farolera enamorada del coronel, sino para permitir que el marcial pórtico fuera franqueado por un gigantesco camión frigorífico que transportaba mantecosas medias reses de inmejorable color rojizo.

Tras descargar la preciosa mercancía en su lugar de destino, el carnicero externo al mando de la operación descendió de la cabina del camión para entregar al oficial ayudante la factura correspondiente.

Al parecer el ayudante no estaba muy al tanto de que la entrega formaba parte de lo que técnicamente se llama una venta con pago diferido -o, más coloquialmente, "al fiado"- por lo que el carnicero entregó la factura al oficial a cargo, sin preocuparse por reclamar el pago inmediato del precio.

Apurado, el ayudante dudó por un momento en aceptar aquel documento mercantil y díjole al carnicero: "No sé si voy a tener para pagarle ahora".

A lo que el carnicero repuso: "No se preocupe mi teniente: ya lo tengo todo arreglado con el coronel".

Estas palabras del carnicero quedaron retumbando en el cerebro del oficial ayudante, que, a las pocas horas de la descarga, cuando el jefe regresó al cuartel y exigió que se le rindiera el parte de novedades, tras hacer sonar sus tacos, dio prolija cuenta de la entrega del abastecimiento cárnico, con precisos detalles de peso, calidad y temperatura de la carga.

La misma puntillosidad castrense le llevó a expresar a continuación: "Aquí tiene la factura, mi coronel. Conste que no he podido pagarla porque no sé yo qué arreglo tiene usted con el carnicero".

La frase, mal interpretada por el jefe, lo puso frenético y supuso un abrupto corte del discurso del ayudante, que para más inri, arrastraba desde la niñez alguna dificultad fonética.

"¡A qué arreglo se refiere!" gritó el coronel, presa de la indignación. El alto oficial pensaba que su subordinado estaba bajo la impresión de que entre el carnicero y el jefe del regimiento había una suerte de entendimiento en los límites de la corrupción administrativa.

"¡Qué arreglo ni qué ocho cuartos! ¡Yo no tengo ningún arreglo con el carnicero! ¡¿Qué se cree usted?!".

En realidad, el pundonoroso militar estaba ofendido no tanto por la sospecha de corrupción sino por el desdoro que podría provocar la falsa creencia de mantener tratos equívocos con alguien de muy diferente condición social a la suya.

El ayudante que había enmudecido al primer grito, enmudeció aún más después, ya que intentó disculparse por el lapsus cometido, pero un inoportuno tartamudeo (producto de sus horas de prácticas con la metralleta reglamentaria) se le atravesó para impedirle articular palabra.

El hombre sólo recuperó el habla cuando salió del calabozo, después de haber purgado un castigo por la insolencia de haberle insinuado al coronel su connivencia con el carnicero.

Durante la larga semana que duró su encierro por un simple malentendido, el oficial ayudante saboreó -mañana, tarde y noche- las costeletas de aquellas rollizas vaquillonas que casi le cuestan la carrera.

Eso sí, nunca más se le permitió tener trato carnal con el proveedor de alimentos, que tras enterarse de lo sucedido, revocó el beneficio de pago diferido y exigió un depósito bancario previo para lo sucesivo.

Menos mal que todo esto sucedió en tiempos de paz, porque si hubiese ocurrido durante la guerra es casi seguro que los salteños hubiéramos tenido alguna víctima del fuego amigo (friendly fire).
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