Cultura
Salteños, bajo el objetivo de Florencia Blanco
Salteños, bajo el objetivo de Florencia Blanco
Los seres humanos están ausentes en la mayoría de las imágenes de la ciudad de Salta captadas entre finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, y reproducidas en antiguas tarjetas postales. Protagonistas solitarios de aquellas fotografías son edificios, sitios públicos, media docena de calles, algunos monumentos y unos pocos flecos de naturaleza. Esas miradas del paisaje urbano no incluían el paisaje humano.

Excepto la imagen de un puñado de hombres públicos, los rostros de personas asomaban, puertas adentro de las casas principales, en trabajos de retratistas a pluma o pincel, o de estudios fotográficos. Difusión de la fotografía, abaratamiento de costos e incorporación de fotograbados en periódicos, democratizaron el retrato fotográfico, extendiendo, simultáneamente, su acceso público y su uso personal.

Aquellos retratos comenzaron no sólo a estar en álbumes nacarados o colgados en dorados marcos en unas pocas salas de casas solariegas: se fueron incorporando a aquéllas donde residían las familias de una incipiente clase media, interesada en conservar la memoria, unidad y continuidad familiar en el papel de retratos que, en marcos ovalados y con cristales bombeados, eran sucedáneos de árboles genealógicos. En ambos casos prevalecía el estereotipo, la cuidada y estudiada pose que el fotógrafo captaba, con mirada de profesionalismo neutro.

Al arquetipo de salteño, construido en lo social, lo literario y lo histórico, debía corresponder una imagen que, condensando los rasgos del salteñismo, entendido como identidad local, fuera capaz de elevarse a la categoría de icono y, también, suscitar admiración a propios y extraños. Aquel despoblado paisaje urbano se humanizó, pero a expensas de excluir los fuertes rasgos de una diversidad que asoma en nuestros rasgos físicos y nuestro color de piel.

No son estas tierras aptas para buscar limpiezas étnicas ni en una mal definida aristocracia de modestos orígenes peninsulares, pero tampoco en los ahora llamados pueblos originarios. La genealogía científica y la antropología biológica corren hoy en apoyo de la historia rigurosa y le dan sólidos fundamentos para negar tales pretensiones, confirmando aquella diversidad sometida a una visibilidad dificultada.

Mixtura, mestizaje, mezcla, combinación o fusión, son palabras que aproximan a un fenómeno que está en la base diversa, no homogénea, siempre activa y no petrificada de nuestra sociedad. “La población de esta ciudad trae su origen de la mezcla de los conquistadores españoles y los indígenas que habitaron este suelo”, anotó Manuel Solá (1896) Recorriendo las calles de la Salta del 1900, el vasco Ciro Bayo, escritor viajero, asemejó aquellos rostros con “las monedas de plata que tienen aleación de cobre”.

Es esta imagen más real y más humana la que, cuestionando aquellos estereotipos, aporta la sensibilidad, la mirada y la lente de Florencia Blanco en Salteños. Si hace años los sin voz comenzaron a tener voz; si los que no tenían historia, van siendo incorporados a ella; si los iletrados accedieron a la lectura y la escritura; ahora los que no formaban parte de la imagen del prototipo del salteño esculpido con criterios de for-export, están irrumpiendo a ese espacio, no para desplazar a nadie ni para imponer un racismo o clasismo al revés, sino para ratificar en la imagen su presencia real, difuminada.

Al salteño cartón piedra, tallado para cartel y folletos de turismo, vestido para adornar la puerta de caros hoteles, restoranes y peñas del decorado del circuito convencional convertido en escaparate de lo salteño, Florencia Blanco contrapone el salteño de carne y hueso, el que camina por las calles del Mercado San Miguel, come en sus fondas, se refresca en los ríos, anda en bicicleta o se apretuja en el transporte público, celebra los cumpleaños, bosteza en los bancos de una plaza.

En Salteños, Florencia Blanco personaliza lo social y socializa lo personal. En ese doble movimiento de distancia crítica y aproximación, lo salteño se humaniza. Los seres humanos disecados para servir de decorado adquieren rango de protagonistas. Su captación de lo real lleva el sutil sello del matiz de lo real y ambos nos permiten acceder a un mundo que está más allá de unas apariencias, a veces descarnadamente realistas y que rozan el límite de lo grotesco. Lo que parecen instantes insignificantes y fugaces de la vida cotidiana, son una puerta de acceso a un tiempo más largo en el que se fue produciendo esta aleación de orígenes que marca, si no una identidad local cerrada, si su estilo y rasgos peculiares, abiertos, cambiantes, permeables y plásticos.

En Salteños no hay sólo instantes, fragmentos, rostros, entornos, paisajes, objetos. Salteños no sólo debe mirarse como un documento vigoroso y de calidad, como una puesta deliberadamente revulsiva. Debe leerse, además, como texto de historia social. Texto que pone en tela de juicio esos clichés, respetuosamente, sin golpes bajos. Aunque nuestra primera y superficial impresión sea la de estar ante una reducción de lo social a una estética de lo kitsch. Por definición lo kitsch es lo inauténtico, lo abaratado, el costado de mal gusto de lo convencional, precisamente lo que no es la mirada de Florencia Blanco.

Ella escapa a dos riesgos: el de reflejar o reproducir literalmente la realidad, y aquel otro que implica eludirla. No sólo rescata una imagen, necesaria y felizmente fragmentaria, de los sin imagen. Las recrea bajo una sensibilidad, una mirada, una magia y una luz distintas. Esto es, propiamente su arte, en pleno proceso de interrogación y de maduración.

La muestra fotográfica "Los salteños" de Florencia Blanco puede visitarse en Galería de Arte "El Mamoré", calle Los Carolinos 407, Tres Cerritos, Ciudad de Salta, de lunes a viernes de 9 a 13 y de 17 a 21 horas. Los días sábado la Galería está abierta de 9 a 13. La muestra permacerá abierta hasta el próximo sábado 16 de septiembre.
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