Cultura
Eduardo Falú
Eduardo Falú
“Mi relación con la guitarra es muy armónica y afectuosa. En los casi setenta años que estamos juntos, ella y yo aprendimos a tenernos paciencia. Presiento que el nuestro es un vínculo que seguirá hasta que la muerte nos separe”, nos explica Eduardo Yamil Falú, que cumplirá 83 años el próximo 7 de julio de 2006.

Desde los once años, cuando comenzó a acariciar las rústicas guitarras que su padre vendía en un almacén de ramos generales, Falú ciñe la cintura del sensual instrumento. La guitarra lo hizo crecer, es cierto. No lo es menos que su espíritu y talento otorgaron a la guitarra argentina mayoría de edad y blasones clásicos.

Su metro ochenta y pico de altura están abrigados del frío por pulóver cuello alto y pantalón de pana, que combina con una boina verde musgo, que no descubren su condición de hijo de inmigrantes sirios. La boina le da, más bien, apariencia de aldeano vasco escapado de las pinturas de Zuloaga o Zubiaurre.

Desde 1945 vive en Buenos Aires, ciudad a la que llegó entonces con su amigo César Perdiguero, con quien compartió sueños y formó el dúo “Falú-Perdiguero”. Esta larga estadía no alcanzó a borrar inconfundibles matices y aquella tonada salteña de sus mocedades que aflora, casi intacta, cuando evoca los días en la finca de los Marrupe en La Candelaria, escenario de interminables guitarreadas.

Dos hijos, miles de los antiguos discos simples de pasta, más de medio centenar de long-play grabados en la Argentina, decenas de ediciones y reediciones en CD en varios países, centenares de composiciones, miles de conciertos y de kilómetros recorridos por todo el mundo, obras en colaboración con Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato y numerosos premios, constituyen el haber de Falú.

Contabilizar su obra es aproximarse a la epidermis de uno de los pocos fenómenos de proyección universal que produjo la cultura de Salta. Un repaso centrado en lo cuantitativo, lo histórico o lo actual corre el riesgo de desatender su resonancia y trascendencia, dejando de lado la calidad de esa madera especial del que están hechos Falú y su guitarra.

“No, no quiero dejar la guitarra. A los setenta años, Andrés Segovia pensó dejarla, pero no pudo. Pienso seguir mientras duren los dedos. Dicen que lo último que envejecen son las manos”. Sus manos están ahí, encima del escritorio, moviéndose o apenas quietas. Son largas, como su cuerpo. Tienen las manchas del tiempo. Las uñas despuntan firmes y, como la mano toda, parecen barnizadas, levemente brillantes.

* Versión actualizada de la entrevista realizada a Falú por el autor a mediados del año 1987. Se publicó con la firma de Rodrigo Alcorta, uno de los seudónimos del autor consignado en el registro oficial.

Comienzos

Eduardo Falú y Jaime Dávalos
Eduardo Falú y Jaime Dávalos
“No, no les doy cuidados especiales. Soy descuidado. Siempre hice muchas cosas con ellas. Si rompía una uña, me embromaba. No podía tocar. Utilicé yema y uña. La cuerda pisa ahí y resbala por la uña: ése es el sonido más redondo; el sonido de una sola uña es muy flaco. Si fuera de yema sola es muy débil. Bonito, pero débil”. Los callos están durmiendo sobre las yemas, sin ellos no podría tocar. Segovia los mimaba.

Esas manos tienen alma. Parecen concentrar e irradiar sensibilidad. Guardan la memoria de años. En 1934, Eduardo Falú rasgó por primera vez una guitarra. Le atraía tocarla. A escondidas de sus padres, pulsaba una fabricada en la Antigua Casa Núñez. Era su hermano Alfredo, quien introdujo la música en aquella casa en Metán donde también resonaban versos que recitaba don Juan, su padre. Profesor de Alfredo era el joven Nicolás Lamadrid, El Burro.

Alfredo dejó la música y se inclinó luego por la abogacía. Eduardo fue el artista de una familia de cinco hermanos: tres varones y dos mujeres. “Nací el 7 de julio de 1923 en la localidad de El Galpón, pequeño poblado que todavía no tenía el rango de municipio. Pocos años después nos trasladamos a Metán, donde mi padre administró la finca “Las Juntas”, en Yatasto. Allí me crié y fui a la escuela”.

La memoria de Falú está poblada de imágenes: de pantalones cortos yendo al río con su hermano Ricardo, político y magistrado judicial que acaba de cumplir 85 años. Aquellas aguas cantarinas, que lamían las formas caprichosas de las piedras, tenían la claridad y frescura de una infancia que transcurría en una frontera tapizada de lujuriosa vegetación y de cerros voluptuosos.

“Íbamos allá para que tomaran agua los caballos de mi tata. El viejo andaba siempre viajando por Anta, Joaquín V. González y por todos esos escenarios tan bien descriptos por Federico Gauffin en Los dos nidos. Era una tierra dura, de hombres ásperos y tiempos difíciles. Aunque mi padre no era pendenciero, recuerdo que cuando emprendía esos viajes, siempre llevaba pistola al cinto y tenía a mano un Winchester”, recuerda.

La pequeñez no dejó a esos poblados al costado de la crisis de 1930. Con crisis o sin ellas, con vacas flacas o gordas, en ellos no había lujo. “Aunque se tuviera dinero, no podía haber lujos como ahora. Todo era muy rudimentario, casi elemental. No había heladeras. Los que podían, compraban barras de hielo”. Quizás el único lujo era el paisaje y esa libertad de chicos que se prolongó, aunque menos expansiva, en la ciudad de Salta.


* Versión actualizada de la entrevista realizada a Falú por el autor a mediados del año 1987. Se publicó con la firma de Rodrigo Alcorta, uno de los seudónimos del autor consignado en el registro oficial.

Músicos y poetas

“Cuando cumplí 14 años mis padres decidieron trasladarse a la ciudad de Salta. Allí ingresé a la Escuela Normal. En 1944 hice el servicio militar en el Regimiento Quinto de Caballería. En esos años mi interés por la guitarra se transformó en una vocación que comenzó a sentir la necesidad de pulirse, de profesionalizarse”, explica Falú.

“En ese tiempo los peluqueros solían tener guitarras. Entre corte y corte, la tocaban. Recuerdo a don Odilón Isidoro Rasguido, que en los últimos años de su vida tenía una mimbrería en calle Deán Funes al 300. Me acuerdo de Corvalán, que tocaba el mandolín; del maestro Díaz, pintor de brocha gorda. El Payo Solá y el Dúo Gauna García eran estrellas, entonces”.

Por esos años Falú conoce a los hermanos Arturo y Jaime Dávalos, hijos del poeta y escritor Juan Carlos Dávalos. Luego, en torno a la hospitalidad de los Marrupe, se sumaron los poetas Manuel J. Castilla, José Ríos y Roberto Albeza. Es posible que ninguno de ellos imaginara que, con los años, esa amistad sellaría una alianza entre música y poesía con la que el folclore de Salta se abrió paso en Buenos Aires, conquistando el país, desde escenarios, radios y empresas discográficas.

La palabra guitarra procede directamente del árabe. Tiene impronta morisca. Si este arabismo, como explica Joan Corominas, entró a Europa por la puerta de España, fue por los puertos españoles que salió a América. ¿Alguna cuerda íntima, secreta, de viejísimos ancestros, no se habrá movido en Falú cuando abrazó ese instrumento de por vida?

El misterio va más lejos de tales orígenes y coincidencias. Un día, aquellas guitarras colgadas en el almacén de su padre, entre serruchos y otras mercancías, comenzaron a vibrar por un movimiento telúrico. Cerca de allí, pero lejos en el tiempo, estaba el recuerdo de Esteco. Falú cree que la impresión que le produjo aquel sonido marcó su vocación. “Mi padre no quería que tocara. Por entonces, ser músico era el mejor pasaporte para la farra y la vagancia”, dice ahora.

Un singular reloj, menos rígido y más permisivo, marcaba las lentas horas de la vida provinciana. En Salta, sesenta años atrás, la embriaguez del paisaje y la abundancia de tiempo compensaban la estrechez de recursos materiales. A las amplias y hospitalarias galerías de la “sala” de la finca La Candelaria de los Marrupe, se añadían las de César Pereyra Rosas en Tres Cerritos o “lo de Baitití”.


* Versión actualizada de la entrevista realizada a Falú por el autor a mediados del año 1987. Se publicó con la firma de Rodrigo Alcorta, uno de los seudónimos del autor consignado en el registro oficial.

De la bohemia a la disciplina

“Todo eso era muy lindo. No había avidez por hacer negocios. Predominaban el lirismo y la amistad. Nos juntábamos sin pensar que había que trabajar al día siguiente. Era un tiempo de músico y de poetas”, recuerda. Un tiempo donde apenas se percibía el paso de anocheceres a amaneceres a los que cantó el poeta Jaime Dávalos en “Zamba de La Candelaria”, que Falú musicalizó en 1948.

“Nació esta zamba en la tarde
cerrando ya la oración,
cuando la luna lloraba,
astillas de plata, la muerte del sol”.

Pronto Falú comprendió que ese mismo clima de bohemia que inspiraba y arropaba a poetas, guitarristas y cantores podía dispersar energías creadoras y frustrar vocaciones. Inspiración sin esfuerzo y esfuerzo sin talento creador, resultaban igualmente esterilizantes. La fórmula salvadora era de enunciado simple y de ejecución difícil: inspiración más transpiración.

Sin menospreciar las enseñanzas que recibió de viejos guitarristas aficionados o de buenos profesores, se puede decir que Falú fue maestro y discípulo de sí mismo, producto combinado de autoexigencia y autocrítica. “Años después estudié armonía con Carlos Guastavino. Pero más que otros elementos, fue mi intuición la que me llevó a hacer lo que hice”. Lo primero que compuso fue un trémolo La fuga del sol, tema de aire incaico.

La relación con Guastavino fue más importante. En 1977 Falú dijo que Guastavino había sido “su gran maestro de conducta y quien me ha aportado los conocimientos de armonía que inicialmente había estudiado con el profesor Pedro Sofía. Guastavino, hombre de gran modestia, fue quien me enseñó a evitar el yuyerío en el que uno incurre cuando compone y no conoce bien la teoría musical”.

Una de sus primeras guitarras fue la que mandó a comprar don Gualberto Barbieri en la Antigua Casa Núñez. Falú propuso a Barbieri, entonces director de la cárcel de Salta, dar clases de guitarra a los presos. El funcionario aceptó la propuesta. “Me tocó enseñar en la época de Santos Ramírez, que había puesto en jaque a la policía. Era correntino, hombre duro pero macanudo fuera de sus andanzas. Actuaba a dúo con Doroteo Hernández. Por enseñarle a los presos conseguí mi primera guitarra. Aún no había luthiers en Salta”.

Leyó mucho sobre guitarrística española: Sor, Aguado, Domingo Prats. “Comencé a tejer lo popular con lo clásico, a dar otra dimensión a lo folclórico. Algunos dicen que hice un puente entre ambas cosas. Esa fue la tarea de toda mi vida”. Antes de largarse a Buenos Aires, Falú había actuado en un programa diario en Radio LV9 de Salta junto al Burro Lamadrid y al maestro José Lo Guidice.


* Versión actualizada de la entrevista realizada a Falú por el autor a mediados del año 1987. Se publicó con la firma de Rodrigo Alcorta, uno de los seudónimos del autor consignado en el registro oficial.

Buenos Aires

Dispuesto abrirse paso en radios y discográficas, Falú llegó a Buenos Aires acompañado de César Perdiguero, “gran muchacho, ingenioso y con talento creador”. Llevaban en los bolsillos unos pocos pesos y algunas direcciones. Meses antes de viajar a Buenos Aires, gente de “Radio El Mundo”, de visita en Salta, escuchó al dúo “Falú-Perdiguero” y ofreció los micrófonos de esa emisora.

Temas e intérpretes salteños aún no ocupaban un lugar relevante en el folclore argentino. En la década de los ’40 descollaban, entre otros, Andrés Chazarreta, Marta de los Ríos, Hilario Cuadros, Edmundo Zaldívar o conjunto como los Hermanos Abrodos, la Tropilla de Huachi Pampa, los Hermanos Abalos, Julio Argentino Jerez y Atahualpa Yupanqui.

Aquel camino no resultó fácil. Perdiguero pronto regresó a Salta. Para los provincianos Buenos Aires era un gigante de dos caras. Una ofrecía seductoras posibilidades. Otra un incierto futuro que atemorizaba. En 1948 las actuaciones en Radio Splendid, que tenía una cadena que abarcaba casi todo el país, comienzan a popularizar los temas de Falú.

Con Perdiguero escribieron “La Tabacalera”. Considerada un alegato social, nunca fue incorporada al repertorio de un folclore salteño posterior, dulzón, superficial, desprovisto de sentido crítico y apegado al pintoresquismo.

“¡Qué tristes jornadas son
las de los pobres labriegos!
De cuando en cuando un tizón
de amargo tabaco negro.

Y así sembrando esperanzas
por los tabacales voy.
En esta eterna labranza
otros llevan las ganancias
Y yo cosecho dolor”.

Falú tuvo que aceptar los tributos que los consagrados imponen a los recién llegados talentosos. Al talento joven le está vedado cobrar las actuaciones, aparecer en los programas con su nombre y mostrar su perfil. Mientras se le priva de esos derechos, se le exige demostrar y revalidar, una y otra vez, una excelencia que no se le reconoce ni retribuye.


* Versión actualizada de la entrevista realizada a Falú por el autor a mediados del año 1987. Se publicó con la firma de Rodrigo Alcorta, uno de los seudónimos del autor consignado en el registro oficial.

Viejos y nuevos folcloristas

Falú entreabrió las puertas de aquellos folcloristas de la mano del sanjuanino Buenaventura Luna, casi veinte años mayor que él. Se integró como intérprete de su conjunto “La tropilla de Huachi Pampa”. Compuso para Luna la música del aire puneño “Coquita y alcohol”. En esos años Falú interpretó de “Vidala del Culampajá”, de Manual Acosta Villafañe que grabó en “Discos TK”.

“Aquí trabajé en Sagaró, en calle Lavalle, donde pasaron los hermanos Abalos, Ariel Ramírez y Atahualpa Yupanqui”. El folclore recién estaba calando en la gente. Era para un público muy selecto. Sólo se escuchaba tango, bolero y música extranjera. Falú dice que su primer éxito fue “La artillera”. En 1950 grabó “La vidala del nombrador”, tema que compuso con Jaime Dávalos y que fue su primer disco simple en el sello TK.

Falú comprendió que no bastaba estilizar la música folclórica. Había, además, que dotarla de calidad poética. Tuvo oído para escuchar a los poetas y sensibilidad para sintonizar con ellos. Con Perdiguero y Dávalos comenzaron a superar las notorias limitaciones de un folclore pintoresco, de fingida raíz pura y popular y de sabor fiestero.

“Pensamos que no podía subestimarse a la gente. Pusimos poemas dentro de las canciones. Esas letras eran como cantos rodados: andaban de boca en boca, se prendían al recuerdo y al corazón del pueblo. Jaime Dávalos se tomó algunas licencias poéticas bastante audaces para la época”, nos dice.

Después vino “Soñando con la cosecha”, con letra de Jaime Dávalos. Más tarde, también con él, “Canto al sueño americano”:

“Despierta juventud americana,
realiza la unidad continental
rompiendo las fronteras provincianas,
herencia del sistema colonial”.

“No esperamos que sucediera lo de Malvinas para descubrir que la unidad latinoamericana era fundamental para nuestros pueblos”, explica Falú. Aquel repertorio no se redujo a lo local. Abierto a temas universales incluyó al amor, la nostalgia, los paisajes y los personajes tallados en ellos. Tuvieron que pasar años hasta que el nombre de Falú brillara con luz propia en programas radiales, peñas y en carteleras teatrales.


* Versión actualizada de la entrevista realizada a Falú por el autor a mediados del año 1987. Se publicó con la firma de Rodrigo Alcorta, uno de los seudónimos del autor consignado en el registro oficial.

Salteño universal

Luego se le abrió el mundo. La consagración en Buenos Aires, donde cada primera edición de sus discos tenía un mínimo de veinte mil ejemplares, abrió esas puertas. De pronto, en 1953 se encontró en los Estados Unidos, en1958 en la Unión Soviética, en 1959 en París y, a partir de allí, en varias capitales europeas. En 1963, cuando su fama como solista está en su punto más alto en la Argentina, visita Japón donde en cinco años ofrece más de doscientos recitales.

“Después querían que en seis meses diera otros doscientos recitales. Alcancé a dar 80 y quedé agotado”, confiesa. No hay ciudad japonesa importante donde su guitarra no haya tocado la fibra de los nipones. En 1964 en los Estados Unidos lo ovacionaron de pie. La prensa de San Francisco dijo que en los últimos sesenta años, la ciudad no recordaba un suceso guitarrístico como aquél.

Falú actuó en varios de los teatros más importantes del mundo. Incluido nuestro Teatro Colón. Cree que el Colón es símbolo de consagración para un concertista de guitarra y sitio apto para ópera y ballet, antes que un escenario ideal para la guitarra. “Micrófono y guitarra no van juntos. Todo se desvirtúa si se pone sonido artificial. De cierto modo se prostituye, dijo Andrés Segovia. En el mundo se prefiere el sonido natural”.

Los vínculos entre la música de Falú y la literatura se ensancharon. Al nombre de los poetas salteños, se añadió el del escritor Ernesto Sábato. En1964, Falú propuso a Sábato hacer una cantata romance con el “Romance a la muerte de Juan Lavalle”, sobre la base del texto que cruza su novela “Sobre héroes y tumbas”.

Allí tuvo una de sus primeras actuaciones Mercedes Sosa, obra que editó “Philips” en dos discos de larga duración, varias veces reeditado en ese soporte y en CD. Con Borges hizo “El Gaucho”: “cuando se lo hice escuchar se la cayeron las lágrimas”. Una de sus composiciones favoritas es “La suite para guitarra y orquesta de cuerdas”, que grabó con la Camerata Bariloche.


* Versión actualizada de la entrevista realizada a Falú por el autor a mediados del año 1987. Se publicó con la firma de Rodrigo Alcorta, uno de los seudónimos del autor consignado en el registro oficial.

Gritones y rascatripas

Cauteloso, Falú elude dar opiniones contundentes sobre el folclore actual. En uno de sus últimas presentaciones en Salta, el público comenzó a impacientarse con su recital. Falú no fue entonces, como correspondía a su calidad, el artista central de ese espectáculo. El cierre estuvo reservado a un guitarrista y cantante menor, hoy considerado como el solista folclórico más popular de la Argentina. La época, los aires, la calidad de los intérpretes y las exigencias del público habían cambiado, aunque no para mejorar.

Cuando Falú terminó aquella actuación, el animador del festival, para aplacar la impaciencia del público, con gritos casi irreverentes anunció: “Señoras y señores: el cantor popular que estaban esperando ha llegado”. A partir de ahora, enfatizó, todo será una fiesta. La presencia del “nuevo ídolo de la canción popular provocará un vértigo folclórico”, sentenció, en indirecto elogio a gritones y rascatripas.

Un año antes Falú había cosechado aplausos y elogios de la crítica europea más exigente durante su gira. “Creo que la gente ahora quiere solamente revolear el poncho”, se limitó a comentar. Aunque no lo diga, sabe que la alta poesía de Castilla y las sensuales letras de Jaime Dávalos han sido sustituidas por la vulgaridad y un mal gusto rayanos en la procacidad.


* Versión actualizada de la entrevista realizada a Falú por el autor a mediados del año 1987. Se publicó con la firma de Rodrigo Alcorta, uno de los seudónimos del autor consignado en el registro oficial.

Guitarra adentro

Con Falú se puede hablar horas de música y de guitarras. De las suyas. De algunas de las muchas que tuvo. “Una guitarra no tiene una vida longeva. A los veinte años comienzan a ceder las maderas. Sufren por el cambio de clima. Siempre hay que probar guitarras. La que prefiero es La Fleta. Se fabrica en Barcelona. Tiene un sonido humano, pastoso”.

La madera de la guitarra, añade, debe ser estacionada, de gran nobleza. Sobre ella debe poner su arte las manos del luthier. “Los japoneses hacen excelentes guitarras. En mis primeros viajes observé que tenían gran curiosidad por mis guitarras. Las miraban, las tocaban, las medían, pedían información. Al poco tiempo, comenzaron a fabricar excelentes guitarras”. Hace veinte años en Japón había dos millones de estudiantes de guitarra clásica.

En 1945 las cuerdas de nylon reemplazaron a las cuerdas que se hacían de tripa. “Los guitarristas hacemos de tripas corazón”, bromeó alguna vez Andrés Segovia. Falú las recuerda: “Sonaban muy bonito. Distinto. Parece ser que todo lo que tiene que ver con la vida está poseído de algo especial. Madera, cuerdas, tienen resonancia singular”.

“La mía es una profesión agradable. Jaime Dávalos decía que servía para ponerle música y palabras al silencio del pueblo. A lo largo de mi vida coseché muchos premios. Pero el mejor de los premios es el que me dio la gente con su aplauso. Nunca me quedé con el aplauso para disfrutarlo con egoísmo. Cuando me aplaudían a mí, sentía que era un aplauso para mi país y mi provincia. El hombre es tierra que anda. Todo lo que uno tiene adentro y lo que entrega en arte, es lo que la tierra nos dio para nutrirnos. Tocar me llena de alegría y de felicidad. Me ayuda a vivir”.


* Versión actualizada de la entrevista realizada a Falú por el autor a mediados del año 1987. Se publicó con la firma de Rodrigo Alcorta, uno de los seudónimos del autor consignado en el registro oficial.
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