Cultura

Músicos y poetas

“Cuando cumplí 14 años mis padres decidieron trasladarse a la ciudad de Salta. Allí ingresé a la Escuela Normal. En 1944 hice el servicio militar en el Regimiento Quinto de Caballería. En esos años mi interés por la guitarra se transformó en una vocación que comenzó a sentir la necesidad de pulirse, de profesionalizarse”, explica Falú.

“En ese tiempo los peluqueros solían tener guitarras. Entre corte y corte, la tocaban. Recuerdo a don Odilón Isidoro Rasguido, que en los últimos años de su vida tenía una mimbrería en calle Deán Funes al 300. Me acuerdo de Corvalán, que tocaba el mandolín; del maestro Díaz, pintor de brocha gorda. El Payo Solá y el Dúo Gauna García eran estrellas, entonces”.

Por esos años Falú conoce a los hermanos Arturo y Jaime Dávalos, hijos del poeta y escritor Juan Carlos Dávalos. Luego, en torno a la hospitalidad de los Marrupe, se sumaron los poetas Manuel J. Castilla, José Ríos y Roberto Albeza. Es posible que ninguno de ellos imaginara que, con los años, esa amistad sellaría una alianza entre música y poesía con la que el folclore de Salta se abrió paso en Buenos Aires, conquistando el país, desde escenarios, radios y empresas discográficas.

La palabra guitarra procede directamente del árabe. Tiene impronta morisca. Si este arabismo, como explica Joan Corominas, entró a Europa por la puerta de España, fue por los puertos españoles que salió a América. ¿Alguna cuerda íntima, secreta, de viejísimos ancestros, no se habrá movido en Falú cuando abrazó ese instrumento de por vida?

El misterio va más lejos de tales orígenes y coincidencias. Un día, aquellas guitarras colgadas en el almacén de su padre, entre serruchos y otras mercancías, comenzaron a vibrar por un movimiento telúrico. Cerca de allí, pero lejos en el tiempo, estaba el recuerdo de Esteco. Falú cree que la impresión que le produjo aquel sonido marcó su vocación. “Mi padre no quería que tocara. Por entonces, ser músico era el mejor pasaporte para la farra y la vagancia”, dice ahora.

Un singular reloj, menos rígido y más permisivo, marcaba las lentas horas de la vida provinciana. En Salta, sesenta años atrás, la embriaguez del paisaje y la abundancia de tiempo compensaban la estrechez de recursos materiales. A las amplias y hospitalarias galerías de la “sala” de la finca La Candelaria de los Marrupe, se añadían las de César Pereyra Rosas en Tres Cerritos o “lo de Baitití”.


* Versión actualizada de la entrevista realizada a Falú por el autor a mediados del año 1987. Se publicó con la firma de Rodrigo Alcorta, uno de los seudónimos del autor consignado en el registro oficial.
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