Cultura

Comienzos

Eduardo Falú y Jaime Dávalos
Eduardo Falú y Jaime Dávalos
“No, no les doy cuidados especiales. Soy descuidado. Siempre hice muchas cosas con ellas. Si rompía una uña, me embromaba. No podía tocar. Utilicé yema y uña. La cuerda pisa ahí y resbala por la uña: ése es el sonido más redondo; el sonido de una sola uña es muy flaco. Si fuera de yema sola es muy débil. Bonito, pero débil”. Los callos están durmiendo sobre las yemas, sin ellos no podría tocar. Segovia los mimaba.

Esas manos tienen alma. Parecen concentrar e irradiar sensibilidad. Guardan la memoria de años. En 1934, Eduardo Falú rasgó por primera vez una guitarra. Le atraía tocarla. A escondidas de sus padres, pulsaba una fabricada en la Antigua Casa Núñez. Era su hermano Alfredo, quien introdujo la música en aquella casa en Metán donde también resonaban versos que recitaba don Juan, su padre. Profesor de Alfredo era el joven Nicolás Lamadrid, El Burro.

Alfredo dejó la música y se inclinó luego por la abogacía. Eduardo fue el artista de una familia de cinco hermanos: tres varones y dos mujeres. “Nací el 7 de julio de 1923 en la localidad de El Galpón, pequeño poblado que todavía no tenía el rango de municipio. Pocos años después nos trasladamos a Metán, donde mi padre administró la finca “Las Juntas”, en Yatasto. Allí me crié y fui a la escuela”.

La memoria de Falú está poblada de imágenes: de pantalones cortos yendo al río con su hermano Ricardo, político y magistrado judicial que acaba de cumplir 85 años. Aquellas aguas cantarinas, que lamían las formas caprichosas de las piedras, tenían la claridad y frescura de una infancia que transcurría en una frontera tapizada de lujuriosa vegetación y de cerros voluptuosos.

“Íbamos allá para que tomaran agua los caballos de mi tata. El viejo andaba siempre viajando por Anta, Joaquín V. González y por todos esos escenarios tan bien descriptos por Federico Gauffin en Los dos nidos. Era una tierra dura, de hombres ásperos y tiempos difíciles. Aunque mi padre no era pendenciero, recuerdo que cuando emprendía esos viajes, siempre llevaba pistola al cinto y tenía a mano un Winchester”, recuerda.

La pequeñez no dejó a esos poblados al costado de la crisis de 1930. Con crisis o sin ellas, con vacas flacas o gordas, en ellos no había lujo. “Aunque se tuviera dinero, no podía haber lujos como ahora. Todo era muy rudimentario, casi elemental. No había heladeras. Los que podían, compraban barras de hielo”. Quizás el único lujo era el paisaje y esa libertad de chicos que se prolongó, aunque menos expansiva, en la ciudad de Salta.


* Versión actualizada de la entrevista realizada a Falú por el autor a mediados del año 1987. Se publicó con la firma de Rodrigo Alcorta, uno de los seudónimos del autor consignado en el registro oficial.
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