Cultura
Maureen McGovern
Maureen McGovern
El cine dejó de interesarme hace ya varios años. De vez en cuando me gusta jugar con el tiempo que ha pasado desde que no voy a al “biógrafo”, así que cuando tengo la ocasión de contárselo a alguien me divierto inflando un poco las cifras y exagerando las circunstancias. Les digo: “la última película que ví fue 'Las campanas de Teresa', protagonizada por la bella actriz nacional Laura Hidalgo”.

Esta historia es real, aunque pertenece en propiedad a mi madre. Ella siempre nos cuenta -no sin cierto orgullo- que no volvió a pisar una sala de cine desde que, en 1957, se estrenara aquella recordada película argentina. Y fue a verla sólo para salir de dudas, ya que alguien le había dicho que era “igualita” a Laura Hidalgo.

En mi caso, el abandono del cine se produjo casi veinte años después y no antes de haberme convertido, en compañía de mi hermano Alejo, en un experto conocedor de todos los vericuetos cinematográficos de las porteñas calles Lavalle y Corrientes. Eran días de yuta y gloria en los que ambos nos corríamos auténticas maratones cinematográficas, entrando y saliendo de las salas porteñas, con alguna que otra parada para masticar un pebete en los desaliñados bares de las galerías del subte. Probablemente abandoné el cine por saturación, aburrimiento o gastroenteritis.

Fue precisamente Alejo el que, allá por 1975, me comentó apasionadamente que había visto a una “rubia espectacular” cantando como ángeles en la película “Infierno en la Torre” (The Towering Inferno, John Guillermin, Irvin Allen, 1974).

Alejo no sólo conocía mi debilidad por las voces femeninas sino también de mi admiración por las bellezas rubias, así que no dudó un solo instante en recomendarme que viera aquella película.

Y me tocó verla durante el lluvioso verano de 1975 a 1976, en un cine Victoria casi vacío que, a pesar de ser la mejor sala de cine de Salta, llevaba con bastante dificultad su adaptación al auge del llamado cine catástrofe. Este inquietante género cinematográfico alcanzó una extraordinaria popularidad entre mediados y finales de los setenta hasta el punto de que las salas se vieron obligadas a instalar dispositivos locales de “efectos especiales” como el llamado “sensorround” (que algunos profanos todavía confunden con el “Dolby Sorround”), y que se estrenó en películas como “Terremoto”. Me tocó disfrutar de uno de estos efectos en una sala de la calle Esmeralda en donde se proyectaba "La Aventura del Poseidón", aunque me desilusioné mucho cuando, al encenderse las luces, comprobé que el agua que había en la platea y que nos salpicaba en las butacas, no era producto de una máquina de efectos sino de una tremenda gotera abierta en el altísimo techo de la sala.


Lo cierto es que con estos antecedentes, la proyección de "Infierno en la Torre" era todo un desafío. Sin embargo, el antiguo cine salteño no me defraudó, porque la voz de aquella rubia de mirada melancólica sonó increíblemente dulce y armoniosa por sus viejos altavoces. El tacaño director de la película apenas si regaló a la cantante un plano lejano, pero al cabo suficiente para verla con claridad. Allí estaba, micrófono en mano, en un salón enorme, sobre una especie de plataforma móvil, con sus cabellos dorados que parecían las finas cuerdas del arpa que envuelve la introducción de “We may never love like this again”, la canción de Al Kasha y Joel Hirschhorn que también se conoció como “el tema de Infierno en la Torre”.

Pero ¿Quién era aquella rubia de la voz prodigiosa? ¿Qué nombre podría tener aquella criatura de ojos tristes que hizo enmudecer a toda la sala mientras cantaba?

Ella era Maureen McGovern y su canción poco después sería galardonada con el Oscar de la Academia de Hollywood. Sólo duraba un par de minutos y en el contexto de la trama de la película, la interpretación de Maureen estaba intercalada en un momento en que las llamas del “pavoroso” incendio que da pie al argumento central de la película estaban a punto de alcanzar al repleto salón en que se desarrollaba la actuación. De hecho, nuestra intérprete canta la coda de la canción (“we love again, we love again”) casi huyendo de un escenario en pánico.

A partir de la canción se hizo difícil encajar el resto de la película ("un tostón", que dirían los hispanos). Nunca tanta tragedia fue precedida de tanta dulzura. De hecho, salvo los protagonistas centrales (Paul Newman y Steve McQueen), todos los demás perecieron achicharrados en la trampa del rascacielos californiano, incluido un maduro Fred Astaire, que purgó así su intento de timar a una acaudalada viuda. Por suerte, no se vio en ningún momento que “la rubia de la voz de oro” hubiera sufrido otro percance que el ver interrumpida su maravillosa interpretación.

Así como aquella película marcó el final de mi relación con el cine, abrió las puertas a otro mundo tanto o más fascinante: el de la voz de Maureen McGovern. Un mundo esquivo donde los haya, porque a Salta llegaban con cuentagotas los discos de esta intérprete. Gracias a mi madre -que aportaba los billetes- y a un comedido empleado de la vieja casa Moschetti, fui haciéndome de una colección básica que incluía un irrepetible recopilatorio de canciones que habían ganado los Oscars de la Academia.

Pero algo muy extraño y muy perfecto rodeaba la voz de aquella mujer, porque sus registros y su colloratura cristalina hacían imposible cualquier intento de categorización. Con el tiempo, me enteré que Maureen McGovern (Youngstown, Ohio, 1949), es conocida con el acertadísimo sobrenombre de “la Voz Stradivarius”.

Un repaso a su biografía oficial nos recuerda que su carrera como cantante y actriz abarca más de 30 años e incluye grabaciones de discos, conciertos, teatro en Broadway, cine, televisión y radio. Pero, especialmente, son sus actuaciones con las más prestigiosas orquestas sinfónicas de los Estados Unidos las que han hecho destacar extraordinariamente aquellas cualidades. Son memorables los duetos con miembros de la orquesta en los que la voz de Maureen se ajusta perfectamente a la cualidad tonal y la destreza de varios instrumentos.

Ha dicho de ella Mel Tormé: “Maureen McGovern posee uno de los instrumentos vocales más finos del mundo, con un rango que no ha sido igualado desde que Yma Sumac nos sorprendió hace ya décadas y con una capacidad de respirar suavemente en los versos o de leer las palabras con una voz potente, clara y perfectamente afinada. A ello se le suma el hecho de que es la más adorable de todas en cuerpo y alma, de modo que es fácil de entender por qué es una intérprete de clase mundial”.

Sin dudas, un exquisito resumen de las cualidades de la voz Stradivarius hecho por alguien como Mel Tormé, que, en su día, también fue llamado con un sobrenombre extraordinario: The velvet fog.

Continúa...
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