Crítica social
Salta
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Las fiestas populares son lo que las gentes del pueblo quieren que sean y no lo que los gobernantes dictan. Las tradiciones se cultivan y mantienen generalmente a fuerza de adhesión popular, más que de grandes o pequeñas operaciones presupuestarias o de intervenciones promocionales del poder público. La interferencia del Estado en las costumbres populares y en las manifestaciones festivas, como diría el padre Bonete, no es mala de suyo. El problema radica en que cuando el Estado carece de instrumentos adecuados, su implicación en estas materias suele ser incalculablemente destructiva.

El carnaval cerrillano se apresta a celebrar su centenario entre las tensiones que genera la inseguridad ciudadana y las pretensiones de sus organizadores de devolverle el encanto y la mística que hizo de esta fiesta una de las más famosas del país. Pero mientras las autoridades, municipales y provinciales, parecen extraordinariamente preocupadas por lo segundo, los habitantes de Cerrillos esperan que su intendente y sus concejales se ocupen de su seguridad, de su tranquilidad y de su derecho al descanso, más que de las carrozas, las murgas y las reinas del carnaval.

A muchos cerrillanos, por no decir a todos, les gustaría rescatar la esencia del viejo carnaval, con su corso de flores, sus carpas, sus fondas, sus bailes populares y sus juegos. Pero quién más quién menos sabe que aun siendo la tendencia al retroceso una de las señas de identidad del pueblo, en esta materia, concretamente, la vuelta atrás resulta poco menos que imposible.

¿Quién puede hoy civilizar la fiesta? ¿Quién puede devolverle el brillo y la calidad de antaño? Casi todos saben que el tejido urbano está destruido en Cerrillos, que sus servicios son deficientes por donde se quiera mirarlos, que no hay lugares de estacionamiento, servicios de asistencia hospitalaria, baños públicos o lugares de descanso suficientes para dar respuestas a las necesidades que ocasiona la masiva concurrencia de público. Que el centenario carnaval cerrillano pretenda ser relanzado como una "gran fiesta" sólo es una gran irresponsabilidad que se explica por el abrazo, siempre estrecho y cordial, entre el poder de turno y algunos comerciantes y empresarios de la diversión que cada año, para estas fechas, afilan el lápiz sin preocuparse por las carencias que todos conocemos.

Otras fiestas cerrillanas, como la peregrinación y la feria de la localidad de Sumalao mantienen su vigencia a pesar del olvido de los poderes públicos y de la virtual ausencia de intereses comerciales. Por ello, seguramente, Sumalao es todavía un buen ejemplo de una festividad popular en estado puro. El carnaval de Cerrillos iba en la misma dirección hasta que a algún intendente ávido de dinero se le ocurrió autorizar la construcción de galpones bailables de cemento y zinc en reemplazo de las carpas de algarrobo y lona, y otorgar idéntico rango de fiesta a la diversión que al vandalismo. A esa visión de lince la estamos pagando hoy todos los salteños manteniendo una fiesta devaluada cuyo único interés turístico sea, probablemente, el cada vez menos ilustre y noble nombre de Cerrillos.
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