Crítica social
A lo largo de las décadas pasadas, la tradicional imagen de belleza hispánica bien conservada y de calma provinciana casi perfecta de que gozaba la ciudad de Salta, ha servido de consuelo y excusa a toda una generación de salteños, preocupados por disimular la profunda decadencia de sus costumbres individuales y sociales, así como la pérdida silenciosa de los atributos de calidad que hicieron de la salteña, en otras épocas, una sociedad arrogante, pero con motivo.

Si aquella decadencia es producto del retroceso de la economía regional, del pérfido centralismo del puerto, de la destrucción de la política, de la natalidad descontrolada, del prematuro ocaso de la cultura liberal, del estancamiento general de las artes y de la creación intelectual, o de todas estas causas juntas, es cuestión que -al paso que vamos- sólo resolverán los arqueólogos del siglo XXV, en la medida -claro está- en que alguno de ellos acierte a encontrar por estas tierras algún rastro de civilización.

Lo que me preocupa por ahora es detenerme en la doliente contemplación de esta ciudad de Salta. Procuro hacerlo sin sentirme invadido por la tristeza, casi inevitable, que provoca la visión de este paraíso vulnerado, de este espacio sitiado, que se niega coriáceamente -quizá por aquello del indomable espíritu de sus gauchos guardamontanos- a admitir su nueva condición de megaurbe devaluada y conflictiva.

Recuerdo que a comienzos de los años setenta solía aterrorizarme con las predicciones apocalípticas que anunciaban el inminente colapso de las grandes urbes del mundo, amenazadas por la superpoblación, la contaminación y la porquería. Afortunadamente, aquellos oscuros vaticinios sobre el urbanismo de finales de siglo parecían estar reservados sólo para algunas megalópolis de un mundo lejano, en las que se apiñaban millones de gentes, atraídas por los cantos de sirena de un industrialismo ya decadente.

El anunciado apocalipsis urbano parecía muy lejos de la pequeña ciudad en la que yo vivía, que apenas si llegaba a las ciento veinte mil almas, y en donde la contaminación y los desastres urbanísticos eran cuestiones de las que uno sólo podría enterarse hojeando los aterradores libros que de tanto en tanto caían en mis manos.

Tan sólo tres décadas han transcurrido desde aquellas inquietantes lecturas; un tiempo más que suficiente para que las grandes urbes del mundo industrializado, y algunas del tercer mundo también, lograran superar el desafío y aventar la amenaza de la autodestrucción, mediante el control de su crecimiento, el desarrollo de sus servicios y la reducción de las principales fuentes de malestar.

Pero mientras que la responsabilidad ciudadana y el impulso de supervivencia de aquellas ciudades daban al traste con los pronósticos más agoreros, la negra mezquindad de algunos y la indiferencia de otros, han propiciado que la otrora apacible ciudad de Salta haya multiplicado su población casi cinco veces en el mismo periodo, al tiempo que los servicios urbanos y el bienestar de sus ciudadanos decrecían en forma inversamente proporcional.

Al cabo de estas tres décadas, la ciudad ha ido perdiendo todos o casi todos los nobles atributos que alguna vez le ayudaron a sobresalir entre sus pares. Casi nadie encuentra ahora explicación del por qué aquella ciudad que, a pesar de su aislamiento geográfico y de su distancia de los grandes centros del poder económico y político, era capaz de distribuir un cierto nivel de bienestar entre sus ciudadanos, es hoy un espacio en el que malviven -aunque con diferentes grados de resignación- ricos y pobres, privilegiados y marginados, poderosos y oprimidos; por qué aquel rincón salpicado de palacios andaluces, alumbrado por destellos castellanos y con algunas furtivas y frívolas pretensiones parisinas, hoy se encuentra convertido en una catarata de cemento y zinc, debajo de la cual difícilmente se pueda adivinar alguna huella de aquel ilustre pasado; por qué aquella austera villa de siestas largas, extendida sobre un damero casi perfecto, de seguras caminatas por veredas arboladas, se ha transmutado en una ciudad singularmente agresiva, sinuosa y caótica, insegura y peligrosa.

Como a los hijos díscolos, las personas solemos perdonar a nuestra ciudad natal la mayoría de sus grandes defectos y le amamos aunque la ciudad nos maltrate salvajemente. Es precisamente ese amor incondicional -el mismo que impide enderezar a los hijos descarriados- el que no permite ver los problemas urbanos y solucionarlos con la rapidez y eficacia necesarias para evitar que se reproduzcan y se agraven. La ciudad de uno se convierte así en "un sentimiento", como se dice lo son también Boca o Ríver, cuyo embriagador efecto coloca a la racionalidad en un inalcanzable ostracismo.

Resolver los problemas -aunque parezca obvio- supone darse cuenta de que existen, de que hay situaciones sociales o urbanas destempladas, anormales, patológicas, que demandan de la intervención humana concertada para ponerles remedio.

Es verdad que los espacios públicos de la ciudad de Salta constituyen una imperdonable agresión a nuestros sentidos, pero no muchos de los que la padecen son capaces de ver en ella la existencia de un problema. Desde luego, son menos aún los que son capaces de denunciarla, atrapados como están en la farisaica invitación al sentimentalismo que de tanto en tanto lanzan los seudointelectuales costumbristas, los viajeros despistados y los políticos ignorantes.

No hablo de agravios a la sensibilidad de los exquisitos sino más bien de feroces ataques a la civilización, al sentido común de las gentes, a su derecho más elemental de vivir en un espacio sano y equilibrado.

Casi nadie repara en los males de la ciudad, entre otras cosas, porque esa naturaleza endiabladamente bella que la rodea y que aturde con su lujuriosa vitalidad, proporciona siempre un respiro a los que sufren el infierno urbano. La despampanante naturaleza circundante sirve ocasionalmente para tranquilizar las más agudas conciencias medioambientales, pero al mismo tiempo impide que nos demos cuenta de que los problemas de nuestro hábitat más cercano no afectan solamente a la vegetación de los cerros, a las aguas de los arroyos y al aire de las serranías, sino que están visceralmente relacionados con los espacios urbanos y sus abrumadoras miserias.

Como dice el Calígula de Camus, los hombres mueren y no son felices, pero al menos parece que hay lugares en los que el hecho de la ciudadanía protege a quien lo disfruta de los abusos de la sinrazón y la crueldad, y en los que dañar o destruir la vida significa enfrentarse a la persecución y al castigo. Uno de esos lugares es, sin dudas, la ciudad, es decir, allí donde el hecho de la ciudadanía debiera ser normal, como normal y cotidiana debiera ser también la garantía práctica de la convivencia dentro de esa formidable invención humana que llamamos ciudad.

Salta, su capital, es un acabado ejemplo de indefensión ciudadana, de negación y abandono de la garantía de convivencia y de abierta impunidad para quienes cotidianamente se empeñan en destruir la convivencia o hacerla imposible.

Y no me refiero ya a la indefensión del hombre común frente a la violencia física, ni a las amenazas a su derecho de propiedad, cual si fuese esto la Chicago de los años veinte o el Gran Buenos Aires de los noventa, sino a una indefensión paralizante frente a agresiones mucho más sutiles, más solapadas, más encubiertas, pero no por ello menos dañinas y perversas.

Salta es, como he dicho, sinónimo de agresión a todos nuestros sentidos, incluido el sentido común, y terreno de despliegue de casi todas las inseguridades civiles conocidas. Hay en ello, además, un cierto lujo de crueldad, de exacerbación innecesaria de las aristas más duras de la inseguridad e indefensión urbanas, como si nada hubiera que suavice el tono de las sensaciones, como si todo contribuyera a afilarlas.

La mirada, el oído, el olfato, el tacto parecen confabularse en esta ciudad para instalarlo a uno en un peculiar universo de incomodidades, que parece jactarse de exhibir, a cada instante, su desacuerdo con el orden natural de las cosas.

La calle salteña es el espacio predilecto y la excusa perfecta para quienes gustan de poner en entredicho el acuerdo que se supone inscrito en la base de nuestra convivencia. La calle da cuenta de que aquello que con solemne ambición llamamos "sociedad" no es sino una verdadera confederación de individuos, ninguno de los cuales parece dispuesto a ceder un ápice de su autosuficiencia en favor de los demás y en interés del conjunto.

La calle es el escaparate más transparente y luminoso para contemplar los negativos efectos que sobre la igualdad de las personas acarrea la detestable dictadura del éxito, aquella que pretenden imponer sobre las personas normales quienes alardean de haberles ido bien en la vida. La calle es también el circo particular las fieras de personalidad agresiva, competitiva y exhibicionista, de los que tienen una baja percepción del riesgo y desprecian la seguridad propia tanto como la ajena. La calle es el teatro de las vejaciones más sutiles, al amparo de la impunidad que acarrea el anonimato multitudinario. En la calle, en definitiva, es posible presenciar de todo lo peor que uno imagina con sólo un poco de atención y de paciencia.

De la calle salteña me asombra particularmente el valor de algunas personas que utilizan las vías públicas para desplazarse penosamente, sin imaginar quizá que la inseguridad en sus desplazamientos cotidianos es una de las tantas torturas a que la ciudad somete subliminalmente a sus habitantes, ante la fría indiferencia de quienes seguramente podrían hacer algo para evitarla.

No faltará quien sostenga que nuestras calles son seguras y tranquilas, porque no hay por aquí francotiradores en las azoteas disparando a los transeúntes como en el Beirut de los setenta o en el Sarajevo de los noventa.

Pero nadie parece tomar en cuenta las clamorosas bofetadas a la seguridad humana que suponen la alarmante pobreza y suciedad del transporte público, incluidos los coches de alquiler de cualquier color, denominación y estatus legal, la virtual inexistencia de accesos por carretera a la ciudad, la débil línea que separa la vida y la muerte en la arena del tráfico suburbano, el penoso estado de las imposibles calzadas de enormes placas de cemento reventadas y mal remendadas, las tenebrosas aceras de calles iluminadas en cualquier sitio menos por donde camina la gente, y un sinnúmero de absurdidades y de inconsecuencias que nos hacen reflexionar sobre cuán poco hemos aprovechado los salteños estos dos mil años de la llamada civilización occidental.

La peor parte, sin dudas, la llevan quienes deciden aventurarse por la ciudad a pie. Porque la democrática condición pedestre, que debiera ejercerse sin las presiones a que los poderes fácticos urbanos la someten, es en estas tierras poco más que un estatus vil y canalla, sinónimo de marginación, de pobreza, de dignidad injuriada y herida.

Aquí, como en muchos sitios, hay espacios reservados para la circulación de personas a pie, como las aceras, los paseos, las plazas, las calles y cruces peatonales; pero mientras estos espacios son tratados como santuarios en los países civilizados, en Salta -donde las leyes parecen proteger más a los conductores que a los que marchan a pie- estos espacios son perennemente vulnerados ante la resignada mirada de casi todos. Sólo basta para lanzarse contra los viandantes en forma descarada y salvaje cualquier vehículo de ruedas: desde el inútil aunque lujoso 4x4 hasta el proletario carro frutero, cualquier artefacto rodado cuyo peso sea superior al de un ser humano es perfecto para cometer las más variadas tropelías en los lugares donde las personas debieran caminar tranquilas y seguras. Nadie piensa aquí que el espacio que ocupa un ser humano en la calle es parte de esa esfera personalísima que protegen el derecho a la intimidad y la garantía de inviolabilidad de la persona humana.

Aunque lo verdaderamente paradójico es que el peatón salteño no es solamente víctima de los que marchan montados en rodados, sino que también sufre ocasionalmente agresiones de los que ostentan su misma condición pedestre y de quienes ganan la calle para propósitos tan diversos como la venta de fruta o el reparto de volantes y octavillas, sin contar con los que atascan las veredas con pizarrones, muebles, mercaderías o mesas de café, o las inundan de agua o espuma a las horas más concurridas de la mañana.

Si el contacto entre los cuerpos en la calle produjera algún tipo de energía útil, Salta podría exportarla también al norte de Chile. Los salteños gustan de frotarse en la calle al caminar, de tocar al transeúnte que marcha al lado o viene de frente, como si en ello les fuera la vida misma. Bolsas de mercado, carpetones, mochilas, maletines, paraguas, periódicos enrollados, llaves y aun cigarrillos encendidos, son los objetos preferidos a la hora de maltratar al que camina cerca nuestro.

Tocarse en la calle tiene, pues, algo de excitante y de vital, hasta el punto de que uno llega a descubrir que en ese acto están latiendo todos los atributos de salteñidad urbana más genuina. Nadie se salva del cotidiano raspón urbano, ni aquellas solemnes damas que circulan con sus rostros congelados en una mueca de monotonía no inferior al de sus respetables vidas, ni los señores afortunados que marchan satisfechos y con aires omnipotentes levantando la barbilla iracunda del integrismo clerical, ni los otros que suavizan el gesto con una amplia sonrisa de campechanía. Todo ello sin mencionar que por lo menos una de cada cinco mujeres salteñas jóvenes ha padecido algún tocamiento corporal furtivo por parte de ciertos prestidigitadores de encomiable agilidad ciclística.

Pero los riesgos para el transeúnte no sólo son el producto de la perversa conducta de los que se mueven por la ciudad. La amenaza, como he dicho, proviene también de aquellos seres que parecen haber naufragado en la ciudad y viven en una estática deriva, cual si de frío mobiliario urbano se tratara.

Las cosas quietas también aportan lo suyo. Veo a los ciegos andar por las calles de Salta y siento una empatía conmovedora por esos sufridos héroes civiles: las aceras destrozadas, sucias e irregulares son la principal amenaza para quienes sólo se valen de su sentido de la orientación y de su intuición para desplazarse. Pero también les amenaza la miopía municipal que permite, una y otra vez, que las cómodas señoronas del centro y las abusivas y antiestéticas playas de estacionamiento construyan sobre las mismas veredas unas rampas para los coches que castigan los tobillos de cualquiera y hacen perder el equilibrio a videntes y no videntes. Pero pienso en ese hombre o en esa mujer que sólo se guía por el ruido de su bastón blanco y sé que por mucho que lo intente tropezará irremediablemente con las baldosas flojas, con las aguas servidas, con las zanjas de las obras en construcción, con las dichosas rampas, con el manubrio de la bicicleta de algún audaz invasor de la peatonal, con las pizarras de la tómbola y con cuanto objeto inútil nos entorpezca la marcha.

Los peligros de calle son, en fin, incontables, y en ellos me he detenido un instante para intentar retratar sólo una de las muchas caras siniestras del panorama urbano. Tal vez por falta de información adecuada, o por falta de imaginación quizá, no he citado algunos otros padecimientos ciudadanos como la marginalidad de los asentamientos incontrolados de personas, las imposibles condiciones de moralidad y de salubridad que afectan a estos precarios espacios, el déficit ya casi irrecuperable de los servicios públicos esenciales (muchos de los cuales están ya confiados a eficientes manos privadas), la copiosa oferta de sexo callejero y de sensuales paraísos veniales para adolescentes, el caos circulatorio y el virtual imperio de la ley de la selva por sobre las normas de tráfico, los lodazales estivales, la polución estética y el ridículo mobiliario urbano.

He pensado que el retrato de la calle salteña, hostil y agresiva, es más que suficiente para expresar la relación que entabla un colectivo de personas, desvertebrado y falto de cohesión ninguna, con un espacio urbano hecho casi a la medida de su idiosincrasia. He creído leer en los signos de la calle el mejor indicador de nuestra escasa capacidad de acumulación de capital social, de nuestra inveterada falta de confianza y de respeto al prójimo y a las formas institucionales.

Me he convencido de que al número de infamias que los hombres infligen a sus semejantes hay que añadir las que se cometen contra la ciudad y los espacios públicos.

Casi sin proponérmelo, he encontrado también en la calle algunas explicaciones para esta democracia atornillada y jactanciosa que asegura contenernos a todos en paz y progreso; y así, de los comportamientos autoritarios y discriminatorios de que todos hacemos gala en la calle, he deducido que por lo menos dos generaciones de habitantes de esta ciudad somos de alguna forma herederos y portavoces tardíos de una doble tiranía cuartelera y sotanesca que aún nos atenaza y condiciona.

De ese triste legado, la ciudad todavía padece el cotidiano desfile una tropa de autoridades, todas en posesión de un carné de algo, que a cada paso reivindican poderes e influencias que más vale no contradecir y acatar. La ciudad es su teatro de operaciones y sobre ella cabalgan seguros de la perdurabilidad de los efectos inmemoriales de la jerarquía y de la arbitrariedad uniformadas sobre la endeble naturaleza humana.

Detrás de ellos se oculta la casta de los cerebros rectores de la política lugareña, empeñados en ocultar su ineptitud bajo la máscara de la modernidad, de la eficiencia, de la capacitación y de los jóvenes brillantes erigidos en la nueva "reserva moral de la Nación", cuyas tareas y sabidurías están rodeadas -como las de todo buen inútil- por un velo sagrado de hermetismo y misterio.

Imagino así que la erótica del poder ha contribuido también a destruir el entramado urbano, porque en la continua alternancia de picos y valles que describe la onda envolvente de los latidos ciudadanos, en la vidriera irrespetuosa de los contrastes entre miseria y boato que la ciudad propone, se adivina sin esfuerzo la perversa dialéctica de afectos y odios profundos que todavía hoy motoriza a la política de Salta y que es la fuente de tanta discordia y de tanta desigualdad.
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