Crítica social
Carmen Miranda
Carmen Miranda
"Latinos", según el Diccionario, son los naturales de algún pueblo en que se hable una lengua derivada del latín. Por tanto, el empleo de la palabra es correcto cuando con ella se alude a los nacionales de países en los que se habla italiano, francés, castellano, portugués y rumano, y a las particularidades culturales de los pueblos que usan estas lenguas para comunicarse. Es dudoso, en cambio, que la palabra "latino" sea, como algunas definiciones sugieren, acertada para referirse a las particularidades étnicas de aquellos pueblos.

Esta aclaración conceptual, por discutible que sea, sirve como introducción para poner de relieve una de las inconsecuencias más graves e inexplicables del fenómeno de globalización de las comunicaciones audiovisuales: la del empleo indiscriminado y horizontal del adjetivo "latino" para designar a todo aquello que de algún modo se relacione con los nacionales de los países de la América Central, la del Sur, el Caribe y México, excluyendo del mismo concepto a españoles, portugueses, italianos, franceses y rumanos.

Y no parece que, así empleada, la palabra "latino" sea producto de la conocida y no menos detestable debilidad norteamericana por la economía verbal y los eufemismos. Esta tendencia del inglés estadounidense, cuyo dinamismo y adaptabilidad no puede discutirse, es responsable sin embargo del forzado desembarco en el castellano, entre muchas otras, de las malsonantes palabras "info" y "promo" y de la difusión, afortunadamente aún no emulada por nuestra lengua, de adjetivos y sustantivos piadosos usados para calificar y designar a sus minorías más desfavorecidas ("afro-americans", "asian americans", "vertically challenged", "over eating patient" o "visually impaired" , son formas elegantes de referirse a los negros, chinos, enanos, gordos o ciegos, en lo que Antonio Muñoz Molina califica como un verdadero "Lourdes verbal").

Latino no es, pues, una abreviatura piadosa de "Latin American" ensayada por los norteamericanos para caracterizar a una de sus minorías más conspicuas, sino una alusión directa y simplificadora -muchas veces hecha por nosotros mismos- a todo aquello que, proveniente de allende el Río Grande, huela a caña, tabaco y brea (como cantaba Mocedades de la pluma de Juan Carlos Calderón).

Para la nueva asignación de roles culturales en el nuevo mundo audiovisual globalizado, la palabra latino no solamente sirve para designar a las gentes de estas tierras dejadas de la mano de Dios, sino que también es útil para identificar y homogeneizar a toda una raza, la raza latina, a la que de este modo no le queda ni una remota chance de reivindicar su pluralidad étnica y cultural, mucho más profunda, variada y milenaria que la del propio pueblo norteamericano. El mismo Antonio Muñoz Molina, español, andaluz y jienense, confiesa haberse enterado de que no pertenecía a la raza blanca, a los cuarenta años, cuando el servicio de inmigración estadounidense le observó una tarjeta que había rellenado a bordo de un avión, en la que había tildado, convencido, el casillero equivocado. ¿Qué dirían de esto los miles de polacos, alemanes, suizos, ucranianos dispersos en los pueblos que salpican las praderas del litoral argentino?

Pero si la globalización amenaza, como se dice por ahí, a las llamadas identidades culturales nacionales e insinúa con reemplazarlas por una cultura única, inspirada, en el mejor de los casos, en los valores anglosajones y dictada, en el peor, por los poderosos de los países más poderosos, la misma globalización lanza hacia el mundo iberoamericano un reto mucho más serio y preocupante. En efecto, las tentaciones uniformizantes que se proyectan desde la nueva cultura digital, se combinan peligrosamente hoy con la personalización de la información, de los gustos y de las costumbres, un perverso fenómeno que propician las tecnologías de la información a bajísimos costes y que provoca en el receptor del mensaje la sensación de que la comunicación masificada le es dirigida personalmente. Lo paradójico, en lo que se refiere al mundo iberoamericano, es que esta globalización personalizada no está ni siquiera impulsada por los miembros de la comunidad anglosajona, ni participa de sus valores, sino que es motorizada por las comunidades hispanas de Miami, especialmente por la cubana, cuyo mérito es el de haber convertido a aquella ciudad en la capital financiera y cultural de una imaginaria nación que, incluso en Internet, ya se ha bautizado a sí misma como Latinia.

Esta particular versión del sueño bolivariano nos ataca con saña a través de diferentes canales de comunicación, mucho de los cuales son versiones descafeinadas, meros clones en spanglish, de los grandes medios y los megasitios de sus matrices anglosajonas, que se distinguen de estos por llevar por delante o por detrás las letras "LA", "LATAM", "LATIN", "OLÉ", o "ENESPANOL", que -afortunadamente para nosotros- sirven para prevenirnos de que se trata de sitios y de contenidos de segunda división "B".

Sitios webs y televisiones, espoleados por el transitorio auge la música y de la cultura caribeña en los circuitos más cultos y opulentos de la sociedad norteamericana, transmiten hacia adentro y fuera la idea de un mundo latino monolítico y uniforme, culturalmente monovalente y étnicamente homogéneo, que produce artistas, atletas y políticos, cuyos logros merecen destacarse por el solo hecho de ser latinos, sin importar el país al que pertenezcan y sin reparar en que muchas veces éstos compiten entre sí.

El imparable avance de la comunidad latina de los Estados Unidos de América ha conseguido ya tener sus propios Grammy, sus propias grandes ligas deportivas y pronto seguramente conseguirán que en el Dorothy Chandler Pavillion de Los Ángeles se entreguen también los Martín Fierro, y que hayan un Halloween latino y un Thanksgiving Day con pollo cochabambino en lugar de pavo californiano. Pero mientras esta mezcolanza de tradiciones, a pesar del mal gusto de sus productos, es valorada como una conquista por quienes miran al mundo anglosajón con ojos de deseo, desde el confín sur del continente, la latinización de la hispanidad no parece hacer otra cosa que confirmar la creciente dualización de la sociedad norteamericana y la perpetuación de la marginación de sus minorías.

Que las falsas contorsiones de Ricky Martin o la exótica belleza de Jennifer López (cuyo acierto consiste en haber alejado el estereotipo de la belleza latina de la imagen de una Carmen Miranda, aquella que llevaba una frutería en la cabeza) hayan encandilado a las mayorías anglosajonas, que los candidatos Gore y Bush rivalicen en quién balbucea mejor el castellano para repartirse en proporciones favorables unos treinta millones de votos, no significa que la comunidad hispanoparlante de los Estados Unidos haya conseguido romper con su aislamiento, que haya logrado dejar de ser considerada por la mayoría como un grupo de baja educación, escasa autoestima y alta propensión a situarse al margen de la ley.

Es sin embargo en el terreno de la música en donde se advierten con mayor nitidez algunas de estas inconsecuencias. Es en el mundo de la música y en sus mercados donde los intereses de los grandes grupos económicos han jugado más fuerte para hacer que lo que hoy se denomina imprecisamente "música latina" se identifique, sin más, con la salsa, el son, el merengue, la rumba y cuanto caliente ritmo caribeño ande suelto. El fado, el tango, la bossanova, a causa de su carácter melancólico, culto y urbano, no gozan en cambio de la bendición de aquellos grandes grupos, lo que de algún modo ha salvado a sus cultores de caer en los tentáculos de la gran familia de Emilio Estefan, convertido en el zar y juez de la música latina y en el artífice de la sospechosa y aburrida uniformidad de su sonido, sin importar que se trate de salsa, de cumbia, de marinera o de chacarera.

La unidad de los pueblos de Iberoamérica sin una afirmación honesta y transparente de sus particularidades y de sus hechos diferenciales es una utopía que ni Bolívar fue capaz de concebir, pero que sus epígonos contemporáneos y admiradores, como el presidente Chávez Frías, son capaces de proponer. El presidente venezolano, al hablar de la necesidad de crear un "polo latino" frente a la amenaza de un mundo multipolar, recuerda mucho a los clamorosos errores estratégicos del Perón de los últimos años sesenta. Pero el rescate de la idea bolivariana no tiene a Chávez ni a ningún estadista americano como protagonista e impulsor: está siendo llevada a la práctica por los mismos grandes intereses económicos transnacionales que han hecho de Miami la capital de la latinidad, sólo que olvidando que el ilustre Libertador había soñado con una América del Sur unida, no tanto por convicción en los destinos comunes de nuestros pueblos como por la necesidad de oponer una cierta fuerza a la vocación expansionista de los Estados Unidos.

Ser latino es hoy sinónimo de adoración por Gloria Estefan y por el sonido Miami Sound Machine, es también ser profundamente anticastrista, al estilo de aquella impresentable Marisleisis (la que pretendió ocultar al niño balsero de las metralletas de Janet Reno); es la orgullosa pasión por hablar un castellano que ni los millones del Instituto Cervantes van a poder salvar, es creer que las enfermedades como el SIDA y los desastres naturales que azotan a nuestros pueblos tienen un sesgo profundamente étnico que justifica cumbres y seminarios latinos para tratar de sus efectos, como si éstos fuesen diferentes que en otras áreas del planeta castigada por los mismos males.

Por este motivo, quien esto escribe, nacido en Salta, al norte de la Argentina, en el corazón de la América más profunda y postergada, no puede sentirse latino ni pretender ser parte de un pueblo que, como afirma Eduardo Galeano, "sólo es noticia cuando surgen huracanes, inundaciones o masacres entre los que luchan por sobrevivir" Y además ¿qué de latino puede tener cuando la mayoría de sus antepasados no hablaban latín sino quechua y aymara? ¡Vaya por favor! Que si la personalización de la globalización supone un cierto margen para elegir entre los diferentes globos, pues prefiero los de Britney Spears a los de Jennifer López.

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