Crítica social
Imagen ilustrativa
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Salta está enferma de orgullo. Los delirios de grandeza de una generación entera de dirigentes nos impiden progresar y abrazar el futuro con esperanza y optimismo razonable.

Los mensajes que transmiten los medios de comunicación de nuestra provincia, los discursos de los políticos y hasta las opiniones de gente muy corriente revelan la existencia de esta peligrosa enfermedad colectiva. Un mal deformante que hace que la sociedad se vea a sí misma a través de un lente que colorea y distorsiona la realidad.

El orgullo infecta nuestra visión hasta tal punto que nos hace ver los errores y las faltas propias como algo hermoso y digno de elogio. El orgullo descubre en nosotros cualidades imaginarias, potencias arrolladoras y paraísos futuros. Nos hunde en una perpetua satisfacción por haber nacido y por vivir en esta tierra, algo que al mismo tiempo nos impide asumir nuestros problemas y reconocer nuestras equivocaciones, y nos empuja a asignarnos un lugar en el mundo que no nos corresponde.

Más veces de las que desearía, compruebo que hay numerosas personas que experimentan un orgullo particularmente intenso por el solo hecho de ser salteño. Debo confesar que me asalta una gran perplejidad cada vez que alguien dice aquello de «yo estoy orgulloso de ser salteño».

Mi caso es muy diferente, pues no estoy en absoluto orgulloso de ser salteño. Desde luego que no me avergüenzo de serlo (ni aun cuando mis comprovincianos saltan a la prensa mundial por algunas barbaridades que cometen), pero decididamente estoy muy lejos de experimentar orgullo.

Y no puedo experimentarlo por la sencilla razón de que ser salteño (lo mismo que tucumano, correntino, barcelonés o napolitano) es un hecho que no depende de nuestro propio mérito y casi nunca de nuestra elección.

Como ha escrito Javier Marías, decir que uno está orgulloso por haber nacido en un lugar determinado vendría a ser lo mismo que exclamar: «Estoy orgulloso de ser varón, o mujer, o niño, o anciano, o de apellidarme Gómez, o de llamarme Jenaro». Parafraseando al novelista, se podría decir que sólo pueden estar orgullosos de ser salteños quienes en realidad no están muy convencidos de serlo.

Cada vez que me enfrento a este asunto, pienso en las enseñanzas de San Agustín, que alguna vez dijo «de nada hay que precaverse tanto como de la enfermedad del orgullo». Y en la brutal sentencia del profeta Mahoma: «Todo aquel que tenga en su corazón aunque sea un átomo de orgullo no entrará en el paraíso».

Salta, como sociedad orgullosa, es muy tolerante con sus propios defectos. Esa especie de borrachera de autosatisfacción colectiva nos empuja a disculpar, explicar o negar nuestros peores defectos. Y nos disuade también de trabajar con ahínco para superar nuestras dificultades. El orgulloso vive tan cómodo y satisfecho consigo mismo, que normalmente no encuentra razones para superarse. El orgulloso siempre tiene también una razón para justificarse, al tiempo que es muy poco indulgente con las faltas y las limitaciones de los demás. El orgullo, en general, tiene hambre de atención, respeto y adoración en todas sus formas.

En mi opinión, Salta no llegará muy lejos si no es capaz de bajarse de la nube y empezar a construir su futuro con humildad, desde bien abajo; con plena conciencia de que nos faltan siglos para alcanzar las cotas de civilización y de bienestar de que gozan otros países del mundo; con plena convicción de que nuestras carencias son mucho más graves y acuciantes de lo que imaginamos, así como infinitamente más abundantes que nuestras mejores cualidades.

Debemos admitir -porque no ocurrirá un cataclismo si lo hacemos- que nuestra cultura es débil, que los productos de nuestra creación artística, científica e intelectual son pobres y escasamente competitivos; que nuestra historia es en cierto modo vulgar y que de esa vulgaridad (de la escasez de luchas relevantes, de hombres prominentes y de sucesos memorables) deriva la aguda debilidad institucional que nos caracteriza. Nuestra arquitectura y nuestro urbanismo (tercermundistas ambos) constituyen la prueba más acabada de estas limitaciones, carencias y debilidades.

Mientras no adquiramos una clara conciencia de ellas, mientras no seamos capaces de obrar de acuerdo con este conocimiento, mientras sigamos alimentando de forma irresponsable la espiral del orgullo aldeano, mientras nos engañemos pensando que la evolución de la opería nos ha convertido en sabios, agudos y eruditos, y mientras nos sigamos atribuyendo méritos y potencias que en verdad no existen, Salta seguirá hundida en el atraso.

No quisiera terminar estas líneas sin decir que el síntoma más preocupante del «orgullo salteño» es que el Gobernador de la Provincia -un hombre que debería avergonzarse por la mala calidad de su trabajo- se ofrezca como candidato para presidir el país. Si él practicara la humildad, como la predicó San Agustín, sería el primero en reconocer y corregir nuestros principales defectos colectivos; cosa que haría, lógicamente, mucho antes de pretender trascender a otros ámbitos políticos.

Si el Gobernador no fuera, como realmente lo es, el espécimen más gravemente afectado por la malvada enfermedad del orgullo, se abstendría de proyectarse a nivel nacional. No solo porque a ojos vista de todo el mundo ha convertido a Salta en un circo, sino también porque los principales indicadores de nuestra Provincia (desastrosos, casi todos ellos) constituyen un motivo poderoso para bajar la voz y para rebajar esa autosuficiencia tan arrolladora.

Tal vez si entre todos hiciésemos un poco de fuerza, conseguiríamos que el Gobernador aplacase la terrible tentación del orgulloso que consiste en evitar la obra del Espíritu en su corazón. Si lo lográramos, tal vez nos lo agradecerían esos cientos de miles de salteños jóvenes que sueñan con un futuro razonablemente digno y que desconfían de los paraísos veniales que irresponsablemente prometen los políticos.
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