Crítica social
Lampaceando hacia la calle
Lampaceando hacia la calle
Salta es una de las ciudades más bellas de Hispanoamérica. Sin embargo, algunos imperdonables lunares de la vida urbana impiden, desde hace tiempo, que pueda alcanzar la indisputada condición de "la más bella de todas".

Hay una cierta clase de problemas ciudadanos que la mayoría de nosotros no consideramos problemas en absoluto, y que, al no incluirlos en nuestra agenda de preocupaciones, persisten en el tiempo sin que apenas reparemos en ellos.

Pero basta encontrarse con algún turista observador para que comencemos a hacernos ciertas preguntas. Por ejemplo: ¿por qué hay tantos charcos de agua en nuestras calles? ¿Es normal que una ciudad tenga un charco en cada esquina? ¿Por qué estos charcos persisten incluso en invierno, cuando prácticamente no llueve en Salta? ¿De dónde sale tanta agua?

Un charco de agua, a veces, no es más que eso: una incomodidad, un espacio que nos invita a no transitarlo, una zona inhóspita. Pero en la mayoría de los casos, los charcos urbanos son verdaderos caldos bacterianos en donde sacian su sed los perros asilvestrados, repostan los mosquitos, se remojan algunas otras especies menores y posan las suelas de su calzado los viandantes menos prevenidos. Todos ellos actúan, aun sin quererlo, como poleas de transmisión de un alto riesgo biológico.

Bien conocida es la normativa que obliga a recoger en los propios fundos las aguas pluviales y las residuales, pero al parecer los modernos aguadores de Salta ya le tienen tomada la medida a esta legislación, que data de la época del autor del código civil, un verdadero precursor del "cut and paste" jurídico.

¡A baldear, que es gratis!

Escenas como la de la foto que ilustra esta página se repiten a diario en Salta. Señoras y señores que armados de baldes acorazados y mangueras de presión, toman por asalto la vía pública para verter en ella las aguas servidas de la limpieza de su casa o sus negocios. Estos aseados destructores del medioambiente parecen olvidar aquella regla de oro con rango de refrán que dice: "la ropa sucia se lava en casa".

En lugar de recoger las aguas en el interior de viviendas y locales, y de reconducirla por las rejillas y resumideros de sus propios domicilios, estas personas deciden que lo más expeditivo e higiénico es despachar a la calle toda el agua de su limpieza y el baboso jaboncillo que suele acompañarla. Allí se convierte en "el agua de todos". A estos ciudadanos parece fascinarles la idea de "socializar su mugre". No hace falta ser el Dr. Freud para darse cuenta de que este tipo de personalidad coincide con la de aquellos que adoran orinarse en las piscinas públicas.

Aunque parezca lo contrario, Salta no es una ciudad más pulcra y aseada porque más gente lave a baldazo limpio sus casas o sus veredas. Mientras se desentiendan del agua, de los detergentes, de los químicos y de la basura que sacan a las calles, la limpieza será una virtud sólo ejercida de puertas hacia adentro.

Pero hasta cierto punto. Sin que sirva de precedente ni de idea para otros, hay que saber que un fast-food de muy mala pinta ubicado en la avenida San Martín, muy cerca de las peatonales, vierte a diario sobre la calle ingentes cantidades de aguas residuales y de porquería, en horas en que esa parte de la ciudad se encuentra abarrotada de personas. A nadie parece importarle.

Sin embargo, desde aquí les invitamos a detenerse un día a ver aquel espectáculo de limpieza, porque junto al agua sucia del "limpio" comedero céntrico salen al exterior huesos de pollo, prepizzas verdosas, naranjas chupadas, vomiteras infantiles y no tan infantiles, acullicos rancios y matas de pelo enmarañado. Antiguamente, por lo menos se gritaba "¡Agua va!".

Por qué no recordar aquella vieja campaña de imagen de la época del proceso que acuñó el eslogan de Salta limpia dos veces linda. Por qué no aplicar aquí la regla inventada por ese gran subversor de refranes llamado Pipo Soler (autor de "lo breve, si bueno, dos veces breve") y proclamar Salta linda dos veces limpia redoblando así nuestra apuesta por la pulcritud. ¡Declaremos la guerra al charco de la esquina!
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