Crítica social
Disparemos
Disparemos
Semanas atrás denunciábamos desde estas mismas páginas el empleo abusivo, en algunas crónicas periodísticas, de metáforas agonales referidas a los encuentros y desencuentros de nuestros políticos. Cualquier sociedad más o menos seria estaría preocupada al saber que sus políticos, en vez de hablar, "se pegan duro", en vez de confrontar, "salen con los tapones de punta", y que en vez de reproches y acusaciones "se prodigan retos y castigos" los unos a los otros, cual si fuesen maestros regañando a sus alumnos o padres corrigiendo a sus hijos. A nadie, sin embargo, parece importarle que nuestros periodistas vean, sientan e interpreten la realidad política de este modo tan poco constructivo.

Ahora la moda periodística ha dado un peligroso viraje hacia diferentes formas "poéticas" de apostillar las declaraciones públicas de alguna persona. Porque de un tiempo a esta parte, ya no son sólo los políticos el blanco favorito de cierta prensa inculta. En estos días es frecuente leer en los medios nacionales argentinos que las personas, cualquiera sea su oficio o condición, ya no "comentan", "dicen" o "afirman", como solían hacerlo antes, sino que ahora "tiran", "disparan" o "espetan", por no citar algunas otras formas más repugnantes como "escupen" o "vomitan", que también se utilizan por ahí.

"Messi empezará el partido desde el banco, tiró Pekerman...",
"El conflicto por las papeleras se decidirá en La Haya, espetó Busti...",
"Buenos días, abrió el fuego Wayar..."
"Traeme un café, disparó Kirchner... o,"
"Montoya le apuntó a los evasores..."


Podríamos sumar aquí la detestable tendencia a sustituir la apostilla "dijo soriendo" por el monosílabo "je...", en lo que parece ser el no va más de la astucia periodística: "Yo a la gloria la dejo para mis hijos, je..."

Y sigamos pegando
Y sigamos pegando
¿A qué viene todo esto? Pues se trata de formas simples, y por ello mismo muy burdas, de dotar a las declaraciones de un entrevistado o de un compareciente a una rueda de prensa de un cierto efecto llamativo, de un eco o resonancia de la que originalmente carecen. Algunos periodistas acomplejados entienden que la acotación que comenta, interpreta o completa las palabras del personaje público debe de ser contundente y nada mejor para ello que recurrir a metáforas armamentísticas.

Parece que no hay otra forma de llamar la atención del lector que instalarlo en una especie de balacera verbal y dar a entender que la persona que habla, no dice palabras ni expresa ideas sino que las descerraja o las clava del modo más explosivo, doloroso y estruendoso posible.

Y no se trata sólo de un estilo periodístico o de una forma de escribir, pues detrás de la legión de acomplejados marcha un grupo de escribas bastante interesado en que los micrófonos y grabadores se parezcan cada vez más a cañones y metralletas y que las palabras, por muy huecas que suenen o por muy imbéciles que sean quienes las pronuncian, sean consideradas por oyentes y lectores como munición gruesa.
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