Crítica social
Salteños en avión
Salteños en avión
Hubo una época, hace ya algunos años, en la que las personas que acudían a esperar viajeros al Aeroparque Metropolitano se veían en figurillas para saber por qué puerta saldrían los viajeros a los que esperaban. A veces no quedaba otro recurso que infiltrarse en la zona de entrega de equipajes para intentar determinar la procedencia del vuelo a partir de los objetos que los viajeros traían consigo en las bodegas del avión.

Así, cuando las cintas transportadoras hacían circular cajas de vino, era seguro que el avión procedía de Mendoza; cuando había chocolate en cantidad, nadie dudaba que venía de Bariloche. Los alfajores distinguían también claramente a Mar del Plata.

Pero ¿cómo distinguir a los aviones que venían de Salta? Un experto conocedor de los entresijos de la aeronáutica comercial nos dijo una vez con mucha soltura: “usted distinguirá el avión que viene de Salta porque en la cinta del equipaje hay más cajas de cartón que valijas”.

¡Qué apuro! Se nos estaba diciendo que los salteños renunciamos a la comodidad de las valijas y preferimos el viejo y seguramente más económico recurso de “hacer paquetes” y facturarlos como equipaje como quien envía una encomienda por “La Veloz del Norte”.

{josquote}A los salteños nos gusta viajar con cajas, no con valijas; así se nos distingue mejor en los aeropuertos...{/josquote} El experto no se equivocaba. Un rápido repaso por la cinta transportadora de los vuelos que despegaban de El Aybal, confirmó que los salteños somos propensos a reciclar el cartón utilizándolo como contenedor flexible de ropas y enseres, pero también de mermeladas caseras, quesillos, quesos de cabra y dulce de cayote, todo ello sin contar el enorme cargamento de milanesas que, en cierta ocasión, un preocupado y diligente padre salteño preparó para sus hijos estudiantes en Buenos Aires.

Otro experto, menos experto y peor intencionado que el anterior, nos dijo que se podía distinguir perfectamente al pasaje arribado de Salta con sólo mirar los zapatos de los viajeros. Los nuestros suelen llegar a la metrópoli con su calzado cubierto por la fina tierra de los feraces campos vallistos. Tampoco se equivocaba, porque si algo caracteriza a cierta clase de aerófilos salteños es su pasión por el look agropecuario (campera de carpincho, camisa escocesa, pañuelo al cuello, mocasines color suela con abundante tierra y cinturón de cuero crudo).

Las anécdotas del “salteñismo en avión” no se detienen aquí, por supuesto. Viajeros y aeronavegantes atesoran una enorme cantidad y variedad de situaciones que ponen de manifiesto una forma muy peculiar de encarar el transporte humano por los cielos de la patria.

En cierta ocasión, un 727 de Aerolíneas que efectuaba su maniobra de aproximación al aeropuerto salteño, en las cercanías de la poderosa finca de Mario Villa, succionó con su reactor izquierdo a un sachaguaipo de regulares dimensiones, provocando la alarma del pasaje. Uno de los aterrados pasajeros, una vez en tierra firme, comentó que al aterrizar la nave se había inundado de un insoportable olor a “pollo asado”. - “Aquello parecía Spiedo Italia”, contaba ya un poco más relajado.

Viajamos con cajas
Viajamos con cajas
Luis Plaza, un salteño famoso, padeció también los rigores de un cúmulo-nimbus en cuya corona al parecer penetró sin quererlo el Boeing que lo transportaba. En ese momento, Luisito disfrutaba de un suculento almuerzo a 20.000 pies cuando, según su relato, “el omelette saltó hasta el techo” y quedó allí pegado, sin que la tripulación pudiera hacer nada por rescatarlo hasta que se apagaron los carteles indicadores.

Pero hay salteños anónimos muy ocurrentes que suelen expresar de viva voz sus sentimientos en medio de la tensión aérea. Ocurrió una vez en que el avión que debía posarse tranquilamente en El Aybal no fue informado a tiempo del feroz temporal de viento zonda que por aquellos momentos se abatía sobre el Valle de Lerma. El piloto, en audaz maniobra, lanzó su nave rompiendo la cortina de viento caliente pero la fuerza del meteoro agitaba el avión y a sus pasajeros de una forma más bien preocupante. El silencio se había apoderado del pasaje, por lo que, advertido de la situación, el comandante de la aeronave tomó su micrófono y comenzó a describir la belleza del paisaje circundante: “los pasajeros sentados a la derecha podrán ver el magnífico espejo de agua del Dique General Belgrano; los sentados a la izquierda los primeros faldeos de la bellísima cordillera de los Andes”.

El hábil piloto no dudó en seguir su discurso a pesar de los rigores de la meteorología, incluso cuando el avión estaba a punto de tocar tierra. Fue precisamente en ese momento, cuando los objetos de tierra se veían cada vez más grandes por las ventanillas del aparato, cuando un salteño -desesperado por seguir oyendo la voz del comandante por los parlantes- desde el fondo de la cabina gritó: “soltá el micrófono y agarrá ahora el volante, carajo”.
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