Crítica social
Clientelismo
Clientelismo
Crítica social y debate

En las primeras líneas de Salta, esplendores y ocasos (1), anterior libro suyo, Luis Adolfo Saravia, confiesa que su pretensión es lograr "que los salteños nos decidamos a debatir sobre nosotros mismos". Si aspiramos comprender el pasado, descifrar el presente e imaginar el futuro, debemos acogernos a su invitación.

¿Qué debate nos propone ahora en Salta, el campo y la ciudad? (2) ¿Qué hipótesis expone a controversia? Para el autor la relación entre lo rural y lo urbano es fundamental para comprender nuestra mentalidad, conducta, cultura e, incluso, la configuración y uso del poder.

La idea del poder en Salta es claramente rural, afirma el autor. En la relación patrón que manda-dueño de finca-señor / peón que obedece-conchabado-arrendatario-, están algunas claves para comprender no sólo nuestro pasado sino también nuestro presente, añade. En el campo, a través de esa relación, nacen las prácticas clientelísticas que "están metidas en las entrañas de la cultura salteña".

El cuerpo, la demografía de Salta son urbanos pero su alma, su cultura, el modelado del poder y el modo de ejercerlo siguen siendo rurales. Ese desdoblamiento obstruye nuestro acceso a la modernidad y dificulta el tejido de redes de racionalidad, explica. Regresemos al tema del pensamiento crítico.

"Una ciudad está compuesta por diferentes clases de hombres; personas similares no pueden crear una ciudad", escribió Aristóteles (3). Ella debe estar compuesta no sólo por hombres que piensen de modo diferente, sino también que sean capaces de discrepar civilizadamente.

Tenemos que preocuparnos más por el vacío de ideas y por nuestra pertinaz resistencia a confrontarlas, que por tener opiniones distintas. Debate y crítica son condiciones necesarias y mínimas de la modernidad. "La modernidad es el reino de la crítica", dice Octavio Paz (4). Sin diversidad de ideas y sin crítica, la modernidad es puro simulacro.

Denominamos coherencia al apego a nuestros errores. Hace 68 años el "sostener y no enmendar" fracturó a España en bandos irreconciliables que dirimieron diferencias en una guerra civil. Cuando las palabras se convierten en armas arrojadizas, se rompe el diálogo y la violencia ocupa ese lugar, imponiendo silencio y muerte a los vencidos.

Tan preocupante como nuestra decadencia es la falta de reflexión crítica sobre su origen y sobre su naturaleza. Lo que debe inquietarnos es la persistencia en mantenernos atrincherados en falsas creencias, sin animarnos a someterlas a examen racional. Creencias heredadas que repetidas por pereza, pueden socavar una sociedad, aseguró Edward Gibbon. Frente a lo cual Friedrich Hayek advierte que "sólo cabe ahuyentar tal amenaza sometiendo nuestros más queridos sueños de un mundo mejor a un despiadado análisis racional" (5).

Ante la crisis buscamos atajos, chivos expiatorios. Confundimos diagnóstico del mal con recopilación de anécdotas o rumores, con encuestas que miden estados de ánimo cambiantes o con lo trivial. A la fiebre ideológica de los años ’60 sucedió la tierra arrasada de los ’70. Al fugaz intento de revalorizar las ideas de los ’80 siguió el vacío y la frivolidad de los ’90, que desembocó en la actual nostalgia por visiones fracasadas y anacrónicas.

En 1898, al derrumbarse los restos del Imperio, un puñado de españoles comenzó a reflexionar sobre las causas del desastre. Entre ellas, los vicios de un sistema político que se nutría del atraso social. Los liberales que llevaron adelante esa empresa político-intelectual se reivindicaban "regeneracionistas". Joaquín Costa, uno de los más lúcidos, denunció que en el fondo de los males españoles anidaban el cacique y el caciquismo (6), versión hispanoamericana del clientelismo.

Estas consideraciones son necesarias para intentar iluminar el núcleo del libro que nos convoca esta noche. Uno de los méritos de esta obra está en el hecho de que su autor transita por la ancha y poco frecuentada avenida del ensayo, "forma crítica por excelencia", género "de fronteras difusas", inquietante y de gran fertilidad (7).

Aunque débil e ignorada, Salta tiene una tradición ensayística en la que debe situarse este aporte. Hasta hace pocos años, el que escribía en Salta, estaba forzado a ser poeta, narrador o periodista. Nuestra corporación letrada no consideraba escritores a pensadores, historiadores y, menos aún, a ensayistas. El persistente tópico para consumo externo insiste en ver a Salta como una sociedad "bien plantada en sus tradiciones" y como "tierra de músicos y poetas" (8).

El ensayo recela de apariencias, ensoñaciones, cepos ideológicos, verdades monolíticas y de afirmaciones dogmáticas. Quien se arriesga al ensayo, no es el que ha encontrado sino el que sale a buscar. No impone la verdad: incita a reflexionar. Huye de la simplificación; aborda la complejidad. No cree poseer de la verdad definitiva: se aproxima con modestia a verdades provisorias. Es el que inicia su incursión con una pregunta y regresa de ella con nuevos interrogantes.

El ensayo es un campo en donde podemos ejercer la independencia crítica y desplegar la libertad. No es el mero ejercicio del descontento y el mal humor social: no ignora ese malestar pero lo somete a exigencias de mayor racionalidad y de rigor. No se conforma con la "razón mítica"; se empeña en salvar "la razón crítica", dice Edgard Morin (9). No se detiene en la descripción superficial; se consagra al análisis profundo.

Joaquín Castellanos y los "caciques blancos"

Para situar este libro y para vincularlo al ensayo en Salta, regresemos al regeneracionismo español, movimiento que influyó en la reforma política argentina de 1916. Por un instante, nos instalaremos cien años atrás, cuando Joaquín Castellanos rescató la agenda de preocupaciones del regeneracionismo español, sembrando ideas en la aridez salteña.

Resumiré ese lúcido ensayo de Castellanos (10), fundador de la crítica social en Salta. "No trato de política sino de sociología", advirtió. Explicó que, si Buenos Aires fue un arquetipo de la vida nacional en el Sur, Salta – con más originalidad- lo fue en el Norte. En Salta, por su doble posición geográfica e histórica, se cruzaban múltiples herencias: indígena, colonial, independista con los primeros brotes de la nueva época. Este cruce es el primer insoslayable dato para definir lo singular de nuestros rasgos.

Para subsistir en medio de peligros, los primeros salteños tuvieron que desplegar aptitudes de emprendedores y pioneros; se vieron forzados a ser guerreros, comerciantes andariegos, a endurecerse psicológica y físicamente. Esos desafíos los llevaron a desarrollar "energías activas", a estar en permanente tensión creativa y de apertura. Las guerras prolongadas, los cambios en los circuitos comerciales que la relegaron a una condición periférica, determinaron que Salta se fuera replegando y los salteños se hicieran precavidos y cerrados.

Más que infundir sus valores a los grupos subalternos, las elites gobernantes comenzaron a adquirir los rasgos negativos de esos grupos. La clase gobernante, señaló Castellanos, se enriqueció materialmente con la misma velocidad con la que se empobreció moralmente. Al cacique indígena sucedió el "cacique blanco" en el que "persiste el viejo espíritu de tribu", agregó. El caciquismo rural se urbanizó y se impuso como instrumento de la política local.

Esos "caciques blancos" formaron parte de lo que, antaño en Salta, se llamó "la indiada" compuesta – dice textualmente- "por muchos de los más distinguidos representantes de la alcurnia" y del dinero. Pero los caciques no están solos: necesitan intermediarios entre ellos y los grupos sometidos y sumisos. Al lado del patrón, propietario de grandes fundos, se coloca el capataz al que Castellanos llama "capitanejo". Caciquismo y paludismo son las dos enfermedades endémicas más graves y persistentes.

Aunque influido por la cuestionada visión positivista entonces en boga, Castellanos profundizó su análisis de las causas de los duraderos efectos que tenía esa relación "entre el terrateniente, el arrendatario" y el peón sometido a un trato desigual y cambiante, que oscilaba entre el paternalismo protector, lubricante del orden social, y la coacción más severa, si era necesario reforzarlo.

Afirmó que en Salta había miedo a lo nuevo y a lo desconocido. "Pero el mayor miedo es el miedo a la verdad". Concluye con una afirmación tan provocativa como estremecedora: el miedo que domina aquí "es uno más generalizado y más terrible que el miedo a la muerte: es el miedo a la vida". Hasta aquí, Castellanos.

Raíces históricas del clientelismo

En el subsuelo del fenómeno del caciquismo está el miedo, está el instinto de conservación. Montaigne habló de "la moral como instinto" vital. Otros aludieron a una "moralidad social fundamental" que rige en las sociedades tradicionales donde la "vida pende de un hilo" (11). Miedo, pero ¿a qué? Al hambre, a las penurias por la falta de alimento. En algunas sociedades y épocas, ese temor es ambivalente y provoca reacciones contradictorias.

Por un lado, la búsqueda de seguridad a cualquier precio: resignación, pasividad, sumisión, servilismo. El miedo "era la parte vergonzosa - y común – y la razón del sometimiento de los villanos", dice Jean Delumeau. Por otro, explosiones de ira y protestas, de esos mismos villanos rebelados (12).

La necesidad del peón de mantenerse él y mantener a su familia por encima del nivel crítico de subsistencia (13), no lo llevaba presionar para obtener una parte justa del ingreso, sino a la resignación, a la pasividad y a la sumisión. El temor da lugar tanto a la solidaridad con el desvalido como a la utilización por los poderosos de su miedo. La ideología del patronazgo inculca la creencia de que los bienes no se adquieren por derecho ni por esfuerzo sino que se reciben como favores, como dádivas.

Algunos antropólogos (14) establecen una relación entre patronazgo y religión. Con sus santos patronos, intermediarios entre Dios y los pobres, el catolicismo ofrece una visión ideológica del mundo que refleja la concepción de una sociedad articulada por relaciones políticas y económicas del tipo patrono-cliente. En una sociedad tradicional donde la cultura y la sensibilidad están fuertemente impregnadas de religiosidad, no es exagerado advertir la existencia de vasos comunicantes entre ambos patronazgos.

Ese patronazgo espiritual y temporal se expresa en la costumbre europea meridional de referirse a ambos tipo de patronos como a "santos". El refrán de que "no se puede ir al cielo sin ayuda de los santos", tiene sentido religioso y sentido político. Del patrono religioso se espera que proteja frente a las iras de la naturaleza. Del patrón propietario, que asegure los mínimos vitales con lo cual éste obtiene legitimidad. En Italia central, el padrone era el superior que solicitaba servicios a los campesinos como si les fueran debidos (15). A cambio de ellos, otorgaba favores en nombre de un ‘afecto’ y de una ‘generosidad’, más simbólicos que reales (16).

En el clientelismo hay dos enormes paradojas. Primera: el sistema se construye manipulando la "moral instintiva" de los más vulnerables, pero se sustenta en una moral "al margen de la oficialmente proclamada" (17) que abre un paraguas protector a la corrupción de los poderosos. Segunda: montado para "proteger" a los débiles, el sistema se erige en realidad para conculcar los derechos de éstos, perpetuando, la desigualdad, el sometimiento, la humillación y la marginación. La supervivencia del sistema resulta de combinar progreso aparente con atraso de fondo y democracia formalmente pluralista con autoritarismo real. Tal sistema no sólo refleja el atraso y el autoritarismo: lo produce y lo reproduce.

Se ha dicho que esta forma de poder y de personalización del poder ofende nuestro igualitarismo (18). El patrón está por encima del cliente, que es el inferior subordinado a aquél. Tal inferioridad es material, legal, social, educativa, ritual y hasta de color de piel. El clientelismo regula relaciones asimétricas y verticales entre individuos (19). Sus prácticas apuntan a la supresión de los lazos horizontales de solidaridad. No sólo no los fomentan sino que no los permiten. En las dos últimas décadas el clientelismo se extendió a expensas de la pasividad ciudadana, la baja participación y la virtual extinción de las asociaciones vecinales.

Entre el paternalismo y la coerción

Estamos frente a unas relaciones personales y estructuradas de desigualdad, más o menos duraderas, estables, previsibles y seguras que tienden a formar un sistema de jerarquías y redes. Esa continuidad da seguridad y otorga carácter tradicional, "piedras de toque" de su legitimidad. Esos lazos van del trato paternalista y la colaboración hasta la imposición, la intimidación y la coacción (20). No es fácil distinguir la protección y falsa deferencia (poder aceptado) de la coerción y la extorsión (poder soportado).

El patrón controla y asigna recursos materiales y simbólicos: recompensas, protección, tierras y servicios que la clientela demanda a cambio de ciertas compensaciones: lealtad, obediencia, sumisión y fidelidad a personas, no a instituciones (21). Esos intercambios son en apariencia recíprocos pero, en realidad, también son asimétricos y desiguales en su valor. Además de simbólica y de rango, esa asimetría preside la distribución de beneficios.

No de modo exclusivo, aunque si preferente, este tipo de relaciones se da en economías cerradas orientadas a la producción para el consumo más que para el intercambio (22). En ellas los clientes viven en el nivel de subsistencia o cerca de él. La escasez de habitantes y su dispersión predisponen a la no asociación y a la pasividad.

Los especialistas no se ponen de acuerdo al momento de establecer las condiciones en las cuales surgen patronazgo y clientelismo. Para unos, este fenómeno se da cuando el Estado es débil y poco centralizado. En teoría, con la expansión del Estado se debilitaría el patronazgo (23).

Ambas afirmaciones son discutibles. La primera: en la España del caciquismo, el sistema administrativo estaba fuertemente centralizado y, dentro de él, los caciques actuaban como intermediarios entre el poder central y el local, en nombre de éste pero en beneficio propio. En otros casos, clientelismo y localismo marchaban de la mano, realimentándose mutuamente pues ello convenía a las elites locales y a su estrategia de lograr mayor autonomía. La segunda: en otros casos, al extenderse el papel social y económico del Estado, el patronazgo aumentó su importancia a través de la canalización de recursos del gobierno central a los patrones locales que consolidaron así "su propio poder y sus ganancias privadas". Tiene razón Marc Bloch cuando advierte que "una sombra acecha a casi todo régimen de protección personal: transformarse en un mecanismo de explotación del débil por el fuerte".

¿Factor de modernidad o de atraso?

Según una discutible opinión, los vínculos patrón-cliente abrieron las vías de transición desde una sociedad "tradicional" a una "de masas". Dice un experto: "el clientelismo no sólo era inevitable sino también funcional". Según este punto de vista, caro a cierta izquierda populista que, atendiendo más a las expresiones urbanas metropolitanas que a históricas prácticas en las áreas rurales de las provincias del Noroeste, "hasta cierto punto el clientelismo funcionaba como un sistema precario, pero efectivo, de distribución del ingreso".

La profundización, sin precedentes, que experimentó en la última década la brecha de ingresos entre la minoría más rica de la población y la enorme mayoría de pobres e indigentes en las provincias del Noroeste argentino, da por tierra y archiva esa afirmación. Ese marco general, punto de partida para un estudio empírico, demuestra que la intensificación de las prácticas de clientelismo, además de no resultar eficaces para atemperar la pobreza, si lo son al momento de agravarla.

Para Javier Auyero se trata de "un mecanismo relevante como medio de articulación entre el estado, el sistema político y la sociedad". Para otros, en cambio, el clientelismo no sólo no conduce a la modernización y la democratización, sino que las bloquea porque estas nuevas formas de clientelismo se proponen mantener a los vulnerables como súbditos, impidiéndoles el ejercicio pleno de la ciudadanía. El clientelismo se está perpetuando y prosperando dentro envolturas "democráticas" y "modernizadoras".

¿En qué situaciones aparece y permanece este fenómeno? El clientelismo surge en situaciones donde el funcionamiento del mercado es defectuoso y los vericuetos de la economía informal tienden a desplazar los canales formales. Prospera donde la burocracia es ineficaz y donde las normas son sustituidas por reglas "ad hoc" impuestas por la voluntad del patrono. El clientelismo aparece en situaciones de anomia, de segmentación y de fragmentación social (24).

Las opiniones también están divididas en este punto. Para unos, el clientelismo puede contribuir a la cohesión social. Los que defendían el caciquismo lo hacían diciendo que cohesionaba (25). Para otros, acentúa la fragmentación y refuerza el control personal y arbitrario del poder.

Algunos expertos afirman que las relaciones de patronazgo no suelen darse en auténticas sociedades de parentesco. Se entablan, incluso, al margen de la comunidad familiar (26). En el clientelismo la confianza de la familia se desplaza hacia los patronos.

Lawrence Stone (27) dice que el Estado moderno es un enemigo de los valores del clan, de la parentela y de los lazos de clientela. Esto es así porque tales vínculos son una amenaza directa a la demanda del Estado de tener prioridad en la lealtad. La lealtad de los parientes y los sistemas de clientes se usaron en Inglaterra para crear centros de poder alternativos y para hacer imposible una justicia independiente "porque el juicio objetivo estaba subordinado a los lazos de sangre o lealtad local".

El clientelismo no desaparece al "emerger la clase social como base de cohesión social". Ambas formas pueden coexistir y complementarse. Tampoco se extingue bajo organizaciones políticas en transición a la modernidad: sobrevive, adaptándose y formando parte central de ellas. El clientelismo de los patrones es sustituido por el del Estado y el del partido. Pero ello no implica la desaparición del patrono, ya que éste procura reforzar su papel controlando recursos del Estado y engranajes del partido (28).

Las relaciones rurales patrono-cliente se trasladan al ámbito urbano y tienden a formar "sistemas de clientelismo político en gran escala", donde compiten clientelas políticas sellando acuerdos inestables. La inestabilidad e incertidumbre tienen su origen en la arbitrariedad, derivada de la asimetría entre patronos y clientes. Se ha dicho que las redes de patronazgo pueden convertirse en partidos políticos vicarios. Para concluir, podemos añadir que también los antiguos caciques y patrones pueden, como en Salta y como bien señala Luis Adolfo Saravia, reciclarse "como nuevos dirigentes políticos lugareños" (29).

No puede haber democracia estable, consolidada y moderna sostenida en el tejido de hierro de un clientelismo empeñado en perpetuar, bajo la máscara populista, la relación patrón, cacique, puntero – peón, cliente, desempleado, votante cautivo. Tampoco puede haberla con el predominio de relaciones de desigualdad, coerción y humillación. La humillación, dice Avishai Margalit, es "cualquier posible disminución de la autonomía personal", "es un daño al propio respeto". El abuso de poder y la pobreza abrumadora son humillantes y, por eso mismo, son incompatibles con una "sociedad decente" y con la democracia (30).

Participar en este panel me pareció un modo positivo de aceptar aquella invitación a la controversia que hace el autor. Este nuevo texto estimula no a sólo a su lectura; requiere un prolijo examen. La importancia del tema puede justificar la extensión de mis comentarios. Hagamos votos para que desafíos como éste abonen el terreno político, influyan en la apertura de debates para la definición de las políticas públicas, contribuyan a dejar atrás las viejas y nuevas formas de humillación, y permitan superar la aridez salteña en materia de ideas y de debate de ideas.

(*) Versión corregida de la expuesta en el panel de presentación de "Salta, el campo y la ciudad". Fundación Salta, 23 de septiembre de 2004. El texto presentado en ese panel omitió las citas bibliográficas que aquí se incluyen.

Este artículo fue publicado en Ricardo N. Alonso (Editor) Salta enfoques y perspectivas. (2004) Salta, Cri Sol Ediciones.

Notas

(1) Luis Adolfo Saravia. Salta, esplendores y ocasos. El progreso económico como racionalización. Prólogo de Julio H.G. Olivera. Gofica Editora. Salta, abril de 2000. Pedro Marcelo Ibarra publicó "Entonces ¿qué esplendores, cuáles ocasos", comentario crítico de esta obra en la revista "Claves", Salta, agosto de 2000.

(2) Luis Adolfo Saravia. Salta, el campo y la ciudad. Notas sobre el clientelismo como dominación. Editorial Milor. Salta, junio de 2004.

(3) Citado por Richard Sennett. Carne y piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilización Occidental. Alianza Editorial. Madrid. Conf. Aristóteles. Política. Traducción y notas: Manuela García Valdés. Volumen 91. Biblioteca Clásica Gredos. Editorial Planeta De Agostini. Madrid 1997.

(4) Octavio Paz. Corriente alterna. Editorial Siglo XXI. México, 1967.

(5) Friedrich A. Hayek. Derecho, legislación y libertad. Volumen II. El espejismo de la justicia social. Unión Editorial S.A. Madrid, 1979. Página 120.

(6) Joaquín Costa. Oligarquía y caciquismo. Como la forma actual de gobierno en España. Urgencia y modo de cambiarla. Dos volúmenes. Introducción y estudio de Alfonso Orti. Ediciones de la Revista de Trabajo. Madrid, 1975. La primera edición de esta obra de Costa la publicó el Ateneo de Madrid en 1901-1902. Costa cita Gil y Robles para quien el caciquismo "puede definirse como el régimen personal que se ejerce en los pueblos, torciendo o corrompiendo por medio de la influencia política las funciones propias del Estado para subordinarlas a los intereses egoístas de parcialidades o individuos determinados". Joaquín Costa, obra. citada. Tomo I. Página 120.

(7) Gregorio Caro Figueroa. "Realidad local y crítica social". Revista "Claves", número 112. Agosto de 2002. Páginas 8-9.

(8) Revista Ñ del diario "Clarín", suplemento especial dedicado a la cultura en Salta. Buenos Aires, 30 de octubre de 2004. Las palabras "poetas" y "poesía" aparecen mencionadas 32 veces; las relacionadas con el folclore 20; con la tierra 19 y con lo tradicional 11.

(9) Edgard Morin. "Intelectuales: crítica del mito y mito de la crítica". Texto incluido en Edgard Morin, Roland Barthes, Martín Heidegger y otros. La cuestión de los intelectuales. Qué fueron? Qué son? Qué quieren? Qué pueden?. Rodolfo Alonso Editor. Buenos Aires 1969. Página 108.

(10) Joaquín Castellanos. "Salta. El territorio y la raza". Incluido en Acción y pensamiento .Buenos Aires, 1917. Página 325.

(11) Jean Fourastié. La moral prospectiva. La moral de ayer, de hoy y de mañana. Colección Esquemas del Futuro. Editorial CID. Madrid, 1968. Página 56.

(12) Jean Delumeau. El miedo en Occidente. Siglos XIV-XVIII. Una ciudad sitiada. Editorial Taurus. Madrid, 1989. páginas 12-16.

(13) James Scott. ¿Patronazgo o explotación". Incluido en Ernest Gellner y otros. Patronos y clientes en las sociedades mediterráneas. Editorial Jucar Universidad. Madrid, 1985. Páginas 47-48.

(14) Jérémy Boussevain. "Reflexiones sobre la decadencia del patronazgo en Malta". Incluido en Ernest Gellner, obra citada. Páginas 115 y 116.

(15) Sydel Silverman. "El patronazgo como mito". Incluido en E. Gellner. Obra citada. Página 24.

(16) Idem. Página 26.

(17) Ernest Gellner. "Patronos y clientes". Obra citada. Página 13.

(18) Ídem.

(19) James Scott, en E. Gellner. Obra citada. Página 37.

(20) Ídem. "El patrocinio puede definirse como un sistema político basado en relaciones personales entre desiguales, entre dirigentes (patrones o patrocinadores) y sus seguidores (o clientes). Cada una de las partes tiene algo que ofrecer a la otra. Los clientes brindan a los patrones su apoyo político, y también su deferencia expresada en una variedad de formas simbólicas (gestos de sumisión, guaje de respeto, regalos, etc); los patrones por su parte, ofrecen a los clientes hospitalidad, empleos y protección. Así es como logran transformar riqueza en poder" y, también el poder en riqueza". Peter Burke. Historia y teoría social. Colección itinerarios. Instituto Mora. México, 1997. Página 88.

(21) Sabri Sayari. "El patronazgo político en Turquía". En Gellner. Obra citada. Páginas 137-151.

(22) Norberto Bobbio y Nicola Matteucci. Diccionario de política. Tomo I. Editorial Siglo XXI. México, 1985. Sobre el término "clientelismo" consultar el texto de Alfio Mastropaolo, páginas 271-274.

(23) Jérémy Boussevain. En Gellner. Obra citada. Página 115.

(24) Norberto Bobbio. Obra citada. Conf. Ayse Günes-Ayata. "Clientelismo: premoderno, moderno, posmoderno". En Javier Auyero compilador. ¿Favores por votos? Estudios sobre el clientelismo contemporáneo. Editorial Losada. Buenos Aires. 1977. Páginas 43-58.

(25) J. Romero Maura. "El caciquismo como sistema político". Incluido en Gellner. Obra citada. Página 79.

(26) Norberto Bobbio. Obra citada.

(27) Lawrence Stone. Familia, sexo y matrimonio en Inglaterra. 1500.1800. Editorial Fondo de Cultura Económica. México, 1990. Página 82.

(28) Sabri Sayari. En Gellner. Obra citada. Página 144-145.

(29) Luis Adolfo Saravia. Salta, el campo y la ciudad. Obra citada. Página 15.

(30) Avishai Margalit. La sociedad decente. Conf. Capítulo I "El concepto de humillación". Colección Paidós Estado y Sociedad. Editorial Paidós. Barcelona, 1997. "Una sociedad decente es una sociedad no humillante", página 45.
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