Costumbres
Hotel por horas
Hotel por horas
La pacatería diurna es una de las características de nuestra Salta. Y digo diurna, porque por las noches, todos los gatos son pardos. Muchos los que al alba se muestran púdicos, muchos de los que en los cafés del centro o en los cócteles vespertinos expresan su recato y su rechazo a ciertas costumbres (presuntamente nuevas), por las noches caen presa de uno o de varios de los pecados capitales.

Ciertos políticos, sabedores de los réditos electorales que da la hipocresía, se muestran como pulcros padres de familia, otros proponen penalizar la prostitución.

No faltan quienes reaccionan virilmente cuando se trata de la diversidad de género.

Los visires, califas y taifas que usan de su poder para acosar a damas y caballeros enfatizan el discurso propio de la moral de la vieja Castilla.

Pienso dedicar alguna próxima columna a esbozar una suerte de retrato robot del enano fascista vallisto (y conste que en Salta hay varios valles), de aquel peligroso actor político que exalta las bajas pasiones humanas, que se aprovecha de la ignorancia, que miente a sabiendas, que averigua qué quiere oír el público y se lo dice, que compra votos y favores, que se siente o sueña emperador de todos los ríos, valles y montañas.

Esta pacatería no es de ahora. Ya en los años 30 (por no ir más atrás) muchos ricos y famosos se desmelenaban de noche. El Globo, el 1514, el Tabaris, y otros templos del amor al paso y del puro sexo, solían albergar a grandes personajes; hay quién, desde la literatura, llegó a imaginar reuniones de gabinete o acuerdos parlamentarios tutelados por doña María.

Los salteños, deseosos de conservar las apariencias por encima de todo, dejamos caer con más pena que gloria los que fueron elegantes locales del extinto bajo fondo.

Y ahora oscilamos entre la tolerancia y la piqueta en el caso de los antiguos hoteles por hora cuyo funcionamiento se ha convertido, con toda justicia, en una preocupación del vecindario.

Habrán de caer, por imperio de las necesidades urbanas. Pero me atrevo a recordar aquí al histórico Don Juan, antiguo hotel alojamiento (también le caben los nombres genéricos de "telo", albergue transitorio, "mueble"), con sus camas precarias, sus braseros, su indiscreción, y, por qué no, su generosidad con los que recurrían al fiado.

¿Cuántos romances encendidos hasta el delirio se desarrollaron entre sus paredes? ¿Cuántas familias bien avenidas nacieron allí? ¿Cuántos desengaños y juramentos?

Fue la vocación de servicio, más que el afán de lucro, lo que llevó a Don Juan a abrir su local durante las fiestas de fin de año, para que las afortunadas 24 parejas que lograban acceder se juraran amor eterno y brindaran por el año nuevo.
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