Colaboraciones
Ciro Bayo
Ciro Bayo
Por distintas razones y pretextos la historia centrada en el gran hombre olvidó no sólo al hombre común sino también a aquella otra especie de ejemplar extraordinario, aunque distante del procerato y el poder. Por motivos no demasiados diferentes, la historia articulada sobre grandes estructuras, los dejó también de lado. Quizás de puro olvidadiza o de celosa de su rico perfil, la narrativa del realismo fantástico no reparó en ellos. Este tipo de personaje extraordinario, al no ser ni héroe, ni santo, ni prócer, termina convirtiéndose en un sujeto incómodo por lo díscolo e inclasificable y por ello también, muchas veces, innombrable.

A veces son solitarios, errabundos, no sujetos a ninguna atadura. Carecen del interés que anima a quienes consagran sus vidas a construir un pedestal destinado a perpetuar la memoria de su trajín por la vida, ensalzando sus propias obras. Fatigados en la vida terrena, pero golosos de ella, esos raros seres parecen haber puesto empeño en labrar su propio olvido, un modo de intentar encontrar la paz en la otra. No pertenecieron a cofradía ninguna ni formaron discípulos que engordaran su fama a través de biografías y evocaciones de calendario. Algunos, como don Ciro Bayo y Segurola, evitaron retratarse y, cuando se le pidió uno, para ilustrar su semblanza en la enciclopedia Espasa Calpe, mandó a poner uno de su padre, lo que le ahorraba unas pesetas y le ocultaba de la posteridad.

Mil viajes y treinta libros

Uno de esos personajes extraordinarios fue don Ciro Bayo y Segurola, vasco de cuna, hidalgo de condición, indiano sin riqueza por elección propia, viajero impenitente y escritor prolífico, agudo y elegante. Pese a que varios de sus treinta libros tienen que ver con la historia de la Argentina y del Alto Perú, ¿quién se acuerda de él?. Sus principales obras, editadas en Madrid en 1910 y 1915, son una rareza bibliográfica. Más lo mencionan los estudiosos del idioma por su "Vocabulario criollo-español" (1910) que los historiadores y los críticos literarios por sus otros veintinueve libros. Llegado a Buenos Aires en vísperas de la revolución de 1890, don Ciro pronto se convirtió, "sobre el terreno y oyendo a viejos guerreros del siglo XIX" en un estudioso del pasado, las costumbres y el cancionero argentino.

Nacido en 1859 fue hijo natural de un banquero y comerciante vasco y de una dama guipuzcoana que luego se casó con un hombre que no era su padre. "Se consideraba más Segurola que Bayo. Los Segurolas eran de Pasajes de Guipúzcoa, y los Bayo creo que de Yepes, en la provincia de Toledo", anotó Pío Baroja, uno de sus pocos y más fieles y cercanos amigos. A los quince años comenzó estudios universitarios. Unos dicen que jamás los completó pero que le permitieron en 1875 estudiar Medicina en Barcelona. Otros aseguran que cursó Derecho en la misma universidad, de la que habría egresado en 1885. Aquel paso por la vida universitaria debió ser largo pues hasta 1884 su nombre figura como estudiante.

Don Ciro no estaba hecho para llevar una vida programada y sedentaria. Siendo un adolescente "se escapó de Valencia" y se ofreció como voluntario en las tropas carlistas, a raíz de lo cual fue a parar a la cárcel por unos pocos días. En 1885 inicia su viaje por Francia, Alemania e Italia. "Apuntaba ya, dice Julio Caro Baroja, el genio errabundo que le había de tener en movimiento continuo casi hasta cerca de la cincuentena y que, en suma, es el que fundamentó su vocación de escritor, vocación permanente pero con expresiones públicas muy tardías, pues no le editaron lo que se llama un libro, un libro entero, hasta 1910".

Retrato de un aventurero

A falta de retrato suyo, tanto Pío Baroja como su sobrino Julio Caro Baroja, lo pintaron a pluma en épocas distintas. "Era alto, flaco, esbelto. Era un solitario que no necesitaba de nadie, según decía él", escribe Pío en noviembre de 1942 para "La Nación" de Buenos Aires. Treinta años después, Caro Baroja al recordar a ese "escritor aventurero", traza un bosquejo de don Ciro cuando este tenía más de sesenta años y menos de setenta. Lugo de recordar aquella descripción de su tío, añade: "La cara correcta e inexpresiva, recordaba la de algunos coroneles retirados de la época, con su bigote blanco recortado y cierta sequedad de líneas. Los ojos, tiernos y marchitos, anunciaban por algo de lagrimeo un principio de cataratas, que al fin le dejaron sumido en la ceguera".

Supuestamente truncada su carrera universitaria y fracasada su brevísima experiencia como soldado carlista, dicen que "dando tumbos y de modo oscuro", vivió en España hasta 1889, año en que decide viajar a la Argentina. Don Ciro emprende esta nueva aventura más movido por su apetito de ilustrado tardío de viajar y conocer, que por ese apetito de riqueza que dominaba a los españoles que aún soñaban con "hacer la América". Aunque sus libros están repletos de referencias a La Condamine, Humboldt, D’Orbigny o De Moussy. Baroja bromeara ante él un día llamándole "el Humboldt de los colegios de primera enseñanza", el propio don Ciro prefiere definirse no como sabio sino como un artista viajero. Con toda justicia se le puede llamar el último cronista de Indias. El mismo no habría negado serlo pues en 1911 el título de uno de sus libros, "Peregrino de Indias" dio cuenta no sólo de su vocación andariega y artística sino de sus aptitudes como geógrafo, etnólogo e historiador.

Llegado a Buenos Aires, se presentó en la Dirección general de Escuelas de la Provincia pidiendo un puesto de maestro rural, solicitud que pronto se resolvió siendo destinado a Bragado a los campos de un estanciero de apellido Medina. "Mi escuela gauchesca estaba despoblada. Allí enseñaba yo a hacer palotes y a silabear a los hijos de los gauchos, y éstos me enseñaron a su vez a ser jinete de la pampa y a gustar la soledad e independencia del desierto". Estando allí conoció al cacique Catriel y a su mujer, María López, una artista cómica aragonesa cautiva desde los veinte años cuando el destino quiso que un fuerte viento empujara el barco en donde viajaba hacia las costas dominadas por Catriel.

Al cabo de casi dos años en Tapalqué "desasnando hijos de gauchos" y perfeccionando su condición de jinete, se instaló en su cabeza otro alocado proyecto. Faltaba poco más de un año para los actos celebratorios del Cuarto Centenario del Descubrimiento de América. Sabía que la ciudad de Chicago tiraría la casa por la ventana organizando una exposición internacional: "¿por qué no ir a caballo hasta la gran ciudad de los Estados Unidos desde el fondo de la pampa?", anota uno de sus escasos biógrafos.

De Salta a Chuquisaca

De Buenos Aires pasó a Córdoba y de allí a Tucumán donde describió la vida de los "troperos" y alabó las fortalezas de las carretas tucumanas. Permaneció unos meses en Tucumán donde trabajó como maestro en un colegio que dirigía allí otro español, Bernardo Rodriguez Serra quien retornado a Madrid, hacia el año 1900, se convirtió en el editor de escritores españoles jóvenes y en cuya casa Pío Baroja conoció a don Ciro. También allí escribió en "El Orden", periódico cuyo jefe de redacción era Luis Ruiz de Velasco, otro compatriota suyo.

De Tucumán pasó a Salta, de la que deja una interesante descripción de su actitud y sus gentes, además de un colorido cuadro sobre los reñideros y las fiestas populares. Después de dejar atrás tierras tucumanas, don Ciro se topa con las termas de Rosario de la Frontera, las que describe y pondera. "La situación topográfica del establecimiento es espléndida (...). aunque no sea más que por admirar la Naturaleza, es digno visitarse Rosario de la Frontera". Al trasponer el portezuelo, se despliega ante su vista y ante sus pies el pequeño caserío que era entonces la ciudad de Salta.

Lo mejor de ella "es la posición que ocupa en el magnífico Valle de Lerma". Observa en ella "poca animación", a pesar de estar unida al resto de la República por el Ferrocarril Central y de las relaciones comerciales que mantiene con Bolivia y con Jujuy. No hay en sus calles el gentío y los rodados que en Tucumán, pero sí el colorido local indígena que tanto interesa al extranjero y que ya no cesa de verse hasta el istmo de Panamá. Me refiero a los indios, cuyas arrias o parias de asnos cargados de leña pululan en la ciudad". En Salta se quedan tres días para conocer la ciudad, concurrir al reñidero, cuya sesión dominguera describe con detalles. Describe también el juego "de las cinchadas" y el "juego del cabrito".

Redescubridor de América

Su llegada a la Argentina, su viaje desde Buenos Aires a Jujuy y de allí a Potosí y Chuquisaca, a donde llega el 11 de enero de 1892 y donde se instala varios años, sus posteriores experiencias en las costas del Pacífico, en Santa Cruz de la Sierra y, más tarde en Riberalta en 1897 durante el auge del caucho y en el Amazonas, están recogidas en su libro "Por la América desconocida", publicado en 1927 por el editor Caro Raggio. El paso del tiempo y las dificultades económicas terminan por desvanecer el sueño de llegar a Chicago en octubre de 1892. En enero de ese año su caballo no entraba a esa ciudad sino a Potosí, aquella otra de eclipsada grandeza.

Con algo de sus paisanos lanzados a la aventura indiana y con un espíritu mitad siglo XVII y mitad siglo XVIII, don Ciro Bayo se propuso un redescubrimiento de la América española cuando la fiebre de la modernidad republicana tenía prisa por terminar de barrer los penúltimos vestigios de la vida colonial. Don Ciro es, para Caro Baroja, "el último de los exploradores de Indias y el bohemio más digno de Madrid del novecientos". Aunque con sello propio, pertenece a la raza de Lope de Aguirre, de la mítica monja Alférez, cuya sombra aún campea en la imaginación de estas tierras y de esa otra peregrina que fue Flora Tristán. "No puedo echar raíces en ninguna parte", reconoce en el prólogo de su libro "El peregrino en Indias" (1911).

Ciro Bayo es un lúcido notario de los últimos días del coloniaje, aún fresco en ese Sucre que también pinta en su libro "Chuquisaca o la plata perulera", editado en Madrid por Victoriano Suárez en 1912. ¿Quién era este extraño personaje que se instalaba en esa ciudad, escenario de las encarnizadas disputas entre bandos de españoles enfrentados? El mismo dirá: "el recién llegado era un viajero errante por la altiplanicie andina". Es quizás el último de los viajeros-cronistas. ¿Que oficio tenía, qué buscaba aquí?. Las embarazosas preguntas no tardaron en asomar en la boca de frailes, doctores, comerciantes y damas. "¿Y a qué se dedica usted? ¿para qué sirve?", disparó un cura barcelonés. "Padre, no sirvo para nada, y sirvo para muchas cosas. Soy lo que llamamos por allá un pobre de levita".

Final de sus dos peregrinajes

No pertenece pues a la raza de los pícaros, ni a la de los "logreros" o aquellos que trabajan con las manos o, aún analfabetos, hacen buenos negocios. Caro Baroja le define como "un hidalgo aventurero". Usted es un intelectual, le define ese Fray Santiago barcelonés. Llega "en caballo flaco y sin una blanca", según le dice Almenara, comerciante mallorquín que le anima en los inicios. Así comenzamos todos nosotros, le dice. "Aquí, más que en ninguna parte de América los hombres se improvisan", explica Almenara.

Alentado por los frailes y comerciantes, abrió un colegio para niños de familias encumbradas. Le iba pero pronto se cansó de enseñar "porque lo que quería era recorrer tierras, bajar los Andes y lanzarme a las costas del Pacífico o a las esplendorosas regiones del oriente boliviano". Pero antes cambió de oficio y de maestro idóneo aunque sin título, en 1895 pasó a taquígrafo sin título y sin idoneidad en la legislatura de Sucre. En vez de taquigrafía, hacía palotes y para escapar de aquella dificultad se hizo ascender a corrector de estilo, lo que era un decir, pues más que corregir los floridos discursos de los parlamentarios de los chuquisaqueños, los "adornaba con toda clase de reglas literarias". El derrumbe en 1898 de los últimos restos del imperio español con la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, lo encontró trabajando de cauchero en el Noroeste de Bolivia y escribiendo "La Colombiada" y "El vellocino de oro", dos largos poemas cuyos manuscritos devoraron las llamas provocadas por una incursión de indios a las barracas gomeras.

Vuelto a España, don Ciro siguió viajando y escribiendo. Entre otras obras editó "Alcalifú", sobre la Argentina en la época de Rosas. Editó también "La Colombiada", "El vellocino de oro", "Los césares en la Patagonia", "La leyenda del estrecho de Magallanes", "El peregrino entretenido", "El romancerillo del Plata"y "Lazarillo español, guía de vagos en tierras de España por un peregrino industrioso". En 1935 apareció su última obra, "La reina del Chaco". Despreocupado por la vida material, jamás reclamó un centavo a los editores por sus libros, don Ciro tuvo una vejez pobrísima, dura y solitaria. "Para cenar le bastaba un poco de pan y una pequeña lata de sardinas". En 1927 ingresó al internado para desvalidos del Instituto Cervantes. Ciego ya y a causa de un coma diabético, murió en el Hospital General de Madrid el 4 de julio de 1939.

Al recordarlo en 1972 Julio Caro Baroja dijo: "Tu has sido el último español a la antigua de verdad, sin pelendengues ni caireles, duro para ti, generoso para los demás, estoico, resignado en tu pobreza absoluta, un poco impermeable a lo exterior... Pero fuiste verídico en lo esencial: en vivir de cara a ti mismo, en la soledad."
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