Colaboraciones
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La capacitación, la actualización y el perfeccionamiento son de vieja data en el ámbito docente y no una invención de la Transformación Educativa. Si lo es, en cambio, la preocupación del gobierno como así también la promesa de hacerse cargo. Esto debiera ser, por consiguiente, motivo de elogio y no de quejas. Sin embargo, la falta de una política clara, genera críticas que no pueden ser desoídas. Cada vez que se propone una acción se inicia con un nuevo diagnóstico sin tener en cuenta los que ya se han realizado en las distintas instituciones educativas y en los que tanto tiempo y esfuerzo se ha invertido.

Diagnósticos que en realidad no han aportado otra cosa que denominaciones técnicas a la frustración, al agotamiento, la confusión, la impotencia de docentes y alumnos.

Diagnósticos que han sido leídos de acuerdo a las posibilidades y conveniencias de cada uno. Así, hemos encontrado culpables alternativos: unas veces el docente, otras el alumno o la familia en su proceso de disolución, por qué no el sistema en abstracto donde desaparecen responsabilidades, sin que se salven la TV, el capitalismo o las ideologías.

Diagnósticos que dicen unánimemente que es necesario superar la visión parcializada o pretendidamente aséptica. Que se requiere una comprensión global de la problemática, que no se deje al margen el conflicto (inevitable, esencial), aunque el aporte a la solución sea parcial, limitado. Por otro lado es necesario el compromiso. Compromiso político, ideológico, ético y académico de los actores. Compromiso que permita elaborar un plan de acción de largo alcance, superando las diferencias coyunturales, en el que prime una visión de grandeza por encima de mezquinos intereses particulares o sectoriales.

Precisamente cuando se trata de poner en marcha un proyecto de gran envergadura, entre las cuestiones más difíciles de tratar se encuentra la de conciliar estos intereses para evitar las resistencias. Allí reside la habilidad política.

En este momento, la Transformación Educativa ha puesto sobre el tapete una serie de temas, que bien pueden resultar prejuicios y que es conveniente examinar.

En general, los funcionarios protestan ante las resistencias docentes pero en realidad parecen alimentarlas.

La explicitación en las políticas educativas (no políticas partidarias), la delimitación de ámbitos para dar coherencia al proceso, la toma de decisiones basadas en criterios discutidos y analizados (aun cuando no fueran compartidos) son algunos de los ingredientes indispensable para poner en marcha un proceso que requiere un esfuerzo sostenido y continuado.

Uno de los temas que no se puede soslayar y resulta paradigmático es el credencialismo. Las críticas de las autoridades a la búsqueda de certificados por parte de los docentes parecen desconocer que el problema está incardinado en el sistema mismo. Sin duda, no siempre encontramos a los docentes interesados en el máximo aprovechamiento de los cursos. Pero, no hay un análisis de la calidad de la oferta, se ponen trabas a las licencias, no destina un tiempo para leer, estudiar. En consecuencia, los docentes corren de la actividad cotidiana a los cursos y familia, tareas domésticas, alumnos y perfeccionamiento, agobian hasta provocar conductas nada elogiables.

Mientras no se modifiquen las condiciones que los sustentan resultan inútiles y hasta contraproducentes las medidas adoptadas como remedio. Por ejemplo, los sistemas de control a los cursos de capacitación pasan por la asistencia, desconociendo el verdadero sentido: la apropiación de un conocimiento que permita revisar su práctica, hacer un alto en el quehacer cotidiano para evaluarse o simplemente discutir criterios con los pares. Pero, a la hora de los ascensos, del reconocimiento, el valor está puesto en la cantidad de asistencias a cursos, con lo que se ha desvirtuado el objetivo enunciado. El discurso oficial se hace mentiroso y se reproduce en la escuela: el alumno que obtiene las mejores calificaciones no es el que más "aprende" sino el que maneja más fácilmente la capacidad de "mostrar" (certificar) lo que la institución y/o el docente exigen. Conviene pues, revisar críticamente los supuestos que sostiene el sistema, y los supuestos que sostienen al sistema.

No es posible tal revisión si no existe una delimitación de ámbitos: el de la conducción política, de las coordinaciones técnicas, el académico y el administrativo. En cada uno deben establecerse, con claridad, funciones y responsabilidades. Si los límites están demarcados la conexión se establece con mayor naturalidad pues no se desgastan fuerzas en la lucha por el poder.

El plan de capacitación de este momento exige ofrecer información completa y adecuada, para eso se necesita centralizar los datos de las ofertas y actualizarlos periódicamente, crear un espacio fijo en los medios de comunicación que llegue a los lugares más distantes, ofrecer la información pertinente y oportunamente permitiendo la discusión y el debate institucional de criterios para la elección de cursos.

Por otro lado, es necesario modificar la acreditación. Se debe equilibrar la exigencia con la organización que permita una auténtica evaluación y acreditación. Para ello se debe ofrecer la posibilidad al docente de trabajar con su perfeccionamiento, no la de salir a buscar certificados. En lugar de exigir largos trámites para la certificación de asistencia promover la transferencia de la institución, en lugar de pedir informes que nadie lee, generar espacios para la discusión y convertir tales informes en el material que permita a los colegas compartir las experiencias realizadas por el que concurrió. Se logrará así un efecto multiplicador.

Asistir implicará entonces, preocuparse por el contenido del curso, no por el certificado.

La disponibilidad real del tiempo y espacio para la ejecución de la tarea es una decisión política que surge de una evaluación hecha de las propuestas académicas. Con las metas seleccionadas en base al proyecto que se propugna, se busca la coherencia de una coordinación técnica.

En síntesis, el sistema educativo exige un plan perfectamente articulado para lograr el cambio propuesto. No puede desconocer las acciones anteriores aún cuando sólo sirvan para desecharlas. La tarea exige la formación de un equipo en el que no es necesario la uniformidad de criterios pero sí una armonía que permita aportar a cada uno lo mejor de sí. La conducción política debe aceptar el desafío de sumar voluntades y conciliar intereses sin perder de vista el proyecto original pero flexibilizándolo de acuerdo a las necesidades.

Justificar la distribución del presupuesto en acciones coordinadas evita los resentimientos de quien vive como injusticias las restricciones que en este momento impone la economía del país.

Compensar la escasa retribución que perciben los docentes con un trato digno de la tarea que se le confía puede contribuir a entablar un diálogo fructífero.

Esto implica:

  • Ofrecer información constante y fidedigna
  • Establecer un cronograma con antelación para permitir las decisiones más convenientes.
  • Considerar un régimen de licencias muy especial para permitir que la docencia pueda cumplir con lo estipulado en la Ley Federal de Educación.
Y sobre todo:

Modificar los criterios de acreditación.
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