Colaboraciones
Ciudad de Salta
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Es cosa poca sabida que el primer libro de memorias escrito en la Argentina fue redactado en 1788, siete años antes de su muerte, por don Miguel de Learte y Ladrón de Zegama. Ciento treinta y ocho años más tarde, el historiador jesuita Pedro Grenón lo editó en Córdoba con el título "Las aventuras de Learte", modificando el colocado en el pórtico del manuscrito por su autor: "Fracasos de la fortuna".

Menos conocido aún es el hecho de que gran parte de la vida de Learte transcurre en la jurisdicción de Salta donde lo encuentra la llegada de la orden de expulsión de los jesuitas, ejecutada aquí los primeros días de agosto de 1767.

Que yo sepa, nadie se ha ocupado de la obra de Learte. Si lo han hecho, desde la crítica literaria, Alfonso Sola González en Mendoza en 1959 y Javier de Navascués en Barcelona en 1992, textos que conocí gracias a la generosidad de las profesoras Elena Altuna y Alicia Chibán. La impresión oficial de poco más de doscientos ejemplares y el hecho de editarse en una provincia, pueden ayudar a explicar que este texto siga siendo una rareza.

Personaje "apicarado"

Nacido en Sanguesa, Navarra, el 24 de setiembre de 1733, Learte era uno de los ocho hijos de una familia relativamente acomodada de la que se separó, siendo aún niño, siguiendo su irrefrenable impulso aventurero. Si bien Learte comparte algunos de los rasgos del pícaro español, no puede decirse que estrictamente lo sea. Es, más bien, un personaje "apicarado" que comparte con el pícaro puro su espíritu andariego, cierto temperamento pendenciero, su inclinación a los múltiples oficios y su deseo de encontrar en tierras de Indias lo que la propia le retaceaba.

Tenía trece años cuando intentó por primera vez embarcarse hacia Indias. Un abordaje inglés y un naufragio que acaba con casi todos los viajeros postergan, más no hacen desaparecer, sus expectativas respecto de América. Luego de mil peripecias, Learte puede embarcar hacia el Río de la Plata, desde el puerto de Cádiz. "Fue nuestra salida el día 13 de Junio de 1750; de mi edad 17 años, 8 meses 19 días, como nacido el 24 de Setiembre primero de la Nanita (alude a la hambruna que diezmó las aldeas españolas en 1733); mi estatura 2 varas 4 dedos, correspondiente grosor y singular fuerza y agilidad", escribe.

La seducción del contrabando

El 12 de marzo de 1751 desembarca en el puerto de Buenos Aires. Su encuentro casual con Pedro Otero, comerciante con intereses en el Perú, orientan su alocada brújula hacia el norte. Atraviesa las pampas, infestadas de indios y peligros. Pasa por Córdoba y por Tucumán. Está en Jujuy camino a Potosí desde donde emprende el regreso en setiembre de 1753. Ha conocido el camino del contrabando y el tráfico de negros esclavos en los que ganó "muchos pesos". Parece dispuesto a transitar esos senderos, una y mil veces, para hacer fortuna.

Pronto aprendió que "los contrabandos de la Colonia ofrecían conveniencia, aunque con conocido riesgo, me di a ellos; en dos viajes ya tuve conocimiento y muchos compañeros", refiere Learte. Cuando las coimas no alcanzaban para comprar la voluntad de los Guardas que vigilaban los caminos, lo que se acostumbraba era "darles pasaportes de plomada", enviándolos a la otra vida. Pero pronto también se encontró "resuelto a dejar el ejercicio del contrabando, por los peligros que traía consigo". Aquella proclamada renuncia al comercio ilícito podría traducirse, más bien, como su deseo de continuar ejerciéndolo por vías más discretas y rentables.

Estando en Salta en 1764, aunque cae enfermo y entre delirios ve asomar la sombra de la muerte, comienza a cambiar su suerte "mayormente con la comunicación con los Jesuitas y el aprecio de los del Comercio". Más no parece que allí haya comenzado su relación con la Compañía de Jesús, al estar por el nivel de sus contactos y de las responsabilidades ya asumidas con el Colegio de Córdoba, bajo cuya administración estaban las estancias que los jesuitas poseían allí y de donde salía, al menos, "una décima parte de las 500.000 mulas enviadas anualmente al Perú (...)". En estos negocios, como señala Mörner, los jesuitas estaban vinculados con comerciantes amigos con los que entablaban alianzas y negocios ventajosos.

Entre la fe y los negocios

Así como los jesuitas actuaban como banca de depósito para muchos seglares, no pocos comerciantes particulares actuaban como testaferros de los intereses de la Compañía que, en América, se resistían "a pagar a la Corona diezmos sobre la producción agrícola e industrial de sus propias propiedades". Situación grave pues, como bien explica Mörner, "implicaba negar al rey un derecho o una regalía de la Corona y esto era un crimen muy grave desde el punto de vista del regalismo". Los indios en manos de los jesuitas tampoco pagaban tributo alguno, denunciaban los funcionarios reales.

Los jesuitas aspiran a convertirse en los únicos evangelizadores del Chaco, además de monopolizar la enseñanza religiosa, escribe Abad Illana. Es más, según el obispo -resume Acevedo- "pretendían reformar las milicias españolas de la provincia y poner, en su reemplazo, otras compuestas de sus "indios" a cuyo frente estarían ellos". Lejos de ser bondadosos, los jesuitas "tenían un absoluto despotismo sobre los pueblos", añade el obispo en su Relación a Carlos III.

Decidido a hacer fortuna, emulando a aquellos indianos que le habían referido, siendo niño, de sus progresos en Cádiz, Learte se convirtió en una pieza de la vasta organización económica montada por los jesuitas que superaba en eficacia a los oxidados engranajes de la Corona. Aquel entusiasmo por Indias no está en Learte despojado de un realismo que se expresa cuando, antes de embarcarse, piensa: "Oh! Indias, Indias, que si a unos das ser, a muchos más arruinas". Entre 1765 y 1767 los negocios dieron a Learte una efímera opulencia.

En poco tiempo acumuló un dinero frente al cual empalidecían las mejores recaudaciones del impuesto de Sisa. En 1766 administra una compañía de mulas que integraban un cordobés que las compraba allí, un salteño que las invernaba aquí y un potosino que las vendía en el Cuzco. En un año podía ganar 2.000 pesos.

Lo protegen los jesuitas Pronto los jesuitas le ofrecen abrirle un crédito por 5.000 pesos y asignarle una retribución anual de 500 pesos para ordenar sus libros de cuentas. Es así, recuerda, como "entré a servir al oficio". "En 8 años practiqué 7 viajes con toda felicidad: siendo en Córdoba el sujeto de más manejo y confianza, porque no sólo negociaba en géneros de Castilla, sino que hice una especie de compañía con Don Juan Antonio Aráoz, vecino de Chile (...)". Además de emprender el negocio de compra de mulas, "por tener el Potrero del Bañado en Salta" -propiedad de los jesuitas-, donde tenía su propia marca. En vísperas de la expulsión de los jesuitas Learte contaba con un caudal de mas "de 48.000 (pesos) sin incluir las dependencias perdidosas y dudosas. A ese estado de felicidad llegué y con los créditos y estimaciones del mundo, porque me las ampliaron los Jesuitas hasta lo sumo, lo que se conocía por lo que hicieron el año de 64 (1764)".

Los éxitos de Learte corren de la mano que le otorgan los jesuitas quienes, según él, desean confiarle el manejo de sus intereses de los Colegios, las Misiones y las Reducciones. Los hombres de la Compañía depositaban en él una "confianza sin igual (...) pues ponían en mis manos toda su subsistencia y que, a haber tenido efecto, en los 6 años o quedaba poderoso y con el crédito mayor del mundo o pobre y perdido (...)". Aunque aquella confianza le deparó fortuna también, reconoce, "me metió en un caos" del que pensó en salir abandonando a sus protectores, regresando a España para "a vivir como labrador mejor que seguir el comercio".

Tanta era la confianza que Learte despertó en los jesuitas, que éstos comenzaron a influir sobre don Pedro de Cevallos, gobernador de Buenos Aires, para hacerlo designar gobernador del Tucumán en reemplazo de Campero. No fueron sus "pocas luces y ninguna experiencia ni actitud para tal empleo" lo que le cerraron el acceso al cargo sino los acontecimientos que comenzaron a precipitarse no más comenzar el año 1767 y que culminaron con la expulsión de los jesuitas, la confiscación de sus propiedades, la ocupación de pueblos y reducciones y, también, con su propia ruina personal.

De la opulencia a la ruina

Si la cambiante suerte en Indias le había arrancado una expresión de realismo, el derrumbe del poderío jesuítico le haría decir luego: "Oh! Temporalidades, y a cuántos has cuarteado las eternidades del Infierno". Porque, a partir de allí y hasta su muerte acaecida en febrero de 1795, la vida de Learte fue un largo padecer a las puertas del infierno cuyas llamas alimentaba Campero, gobernador despótico y nepótico y una justicia que jamás llegó y que dejó su causa inconclusa por la muerte natural de todos los jueces que la atendían, dejándolo en una "ruina total".

El 27 de febrero de 1767, el mismo día que, dentro de los mayores cuidados, se firma en Madrid la orden de expulsión de los jesuitas, Learte sale de Jujuy camino a Salta. En junio está atendiendo sus negocios en Córdoba y el 29 de julio está de regreso en Jujuy donde recibe una carta enviada desde Córdoba por el empleado de su confianza. Los padres están presos, sus propiedades embargadas, su Colegio cercado por hombres armados. Al día siguiente, preocupado, parte a Salta en busca de más detalles de los hechos. Ignacio de Gorriti le refiere rumores de la detención de jesuitas en Salta y de su expulsión de las Temporalidades y su ocupación por hombres de Campero. El 5 de agosto la versión de confirma: "el Colegio está con guardias".

Su preocupación crece. Su negocio en Córdoba ha sido ocupado, como si se tratara de uno de los tantos bienes de los expulsos. Pero la medida lo afecta aún más pues, según Learte, los jesuitas le debían "muchos miles". El 8 de agosto el gobernador Campero lo manda a comparecer. Del gobernador no tenía buena opinión del virrey Amat del Perú quien lo consideraba poco celoso, íntegro y nada desinteresado. Para decirlo sin rodeos, Amat creía que Campero era un hombre de "mala conducta". Learte diría de él que era un sujeto que había abusado de su poder, aprovechando el mando para sus intereses personales, quitando la vida de unos y enloqueciendo la de otros.

Los famosos tesoros robados

¿De qué acusaba Campero a Learte? En carta a López Lisperguer del 5 de agosto de 1767, el propio Campero explica que, según referencias que tenía, fue don Miguel de Learte quien, por sus relaciones con los jesuitas de Córdoba, "había comunicado a los de este Colegio (de Salta) el cumplimiento de las reales órdenes que en dicha ciudad de ejecutaban". Campero suponía que el supuesto adelanto de la información referida a la expulsión y apropiación de los bienes de la Compañía, había dado tiempo para que los jesuitas ocultaran sus cuantiosos caudales de la codicia no ya de la Corona sino del propio gobernador, cuya foja de servicios estaba tachonada de graves acusaciones de robo de las recaudaciones de impuestos, cohechos, fraudes y abuso de vecinos condenados a trasladarle su equipaje. En virtud de ese aviso, tales caudales "se disiparon", dando lugar al tejido de leyendas desmesuradas por obra del tiempo y de la imaginación.

Las primeras declaraciones de los vecinos de Jujuy sobre la actuación de Campero al momento de producirse la expulsión estaban plagadas de cargos: unos habían visto u oído como desvalijaban el Colegio de Salta. Mercancías de Castilla salían ocultas bajo las capas de los funcionarios de Campero y de la suya propia. El inventario de los bienes los habría hecho a solas y a puertas cerradas el propio Campero. Un testigo dice haber visto sacar "por la puerta falsa del Colegio...cinco carretas abarrotadas que, se dice, se descargaron en casa del gobernador (...)". Otros dijeron haber visto como se cargaban carretillas con zurrones, plata y efectos de Castilla. Gorriti dice haber oído "que cuanto había de bueno en el colegio de los jesuitas lo había robado dicho señor gobernador".

Según Gorriti, el propio Learte habría oído al jesuita Miguel Tarriba que, en el convento de San Francisco de Salta, el padre Luis Toledo, "tenía apuntes de todos los bienes, alhajas y haciendas que quedaban en el colegio, para entregar al gobernador de Buenos Aires, pero que una madrugada cuando estaba en cama el padre Toledo, y sus compañeros en San Miguel de Tucumán, fueron despojados de los papeles que llevaban" (Acevedo, página 54). Si esto sucedió los cargos que Campero hacía a Learte eran falsos. Esto mismo y el odio hacia Learte, más que la veracidad de las acusaciones, llevaron a Campero a ordenar su detención bajo el cargo de traición al Rey. Cuando Learte va a aclararle la situación a Campero, éste ordena apresarlo. Cuatro hombres armados lo maniatan y conducen a la cárcel, frente a la plaza. Por las callejuelas de Salta rueda un rumor lanzado por el propio Campero: Learte sería ahorcado por su relación y trato comercial con los jesuitas.

Una mazmorra en Salta

El encierro que padece durante cuatro meses es un castigo más doloroso que la horca. Aunque siempre lamentando no tener la pluma de Cicerón, Learte describe aquella mazmorra de la plaza mayor de Salta. "Un subterráneo calabozo, que, por tan horrible hacía muchos años que no servía, ni para los más facinerosos, y en el que no había otro traste que un temerario cepo, muchas telas de araña, tan espesas y gruesas, con el polvo de que parecían de otra cosa, ratas monstruosas que parecían tropillas de conejos según lo grande y el número; el piso, un barrial porque dejaban la señal del pie los que entraban, como yo que formé el molde de mi cuerpo la primera vez que me tendí en el suelo para descansar y dormir; con una hediondez intolerable y sin más luz que la que daba una corta abertura en la puerta, que era tan escasa que ni pegado a ella se podía leer en ninguna hora del día. Este fue el cuarto que, con tantas órdenes, mandó preparar el Gobernador con sillas, mesa, cama, etc."

Días antes de que concluyera aquel convulsionado año de 1767, Learte sale de prisión, luego de fingirse moribundo. Sucio, flaco, demacrado, con larga barba que le caía por el pecho, comido por los piojos, al ver la luz de la calle Learte despierta la lástima de unos y la curiosidad de otros. Ningún juez lo escuchó. "Más, lo que me asombra, es que habiéndolo hecho constar el que ningún juez ni tribunal superior se haya dado por entendido de inhumanidad tan cruel y tan ajena del cristianismo". Mientras Learte sale por una puerta de aquella horrenda mazmorra, Campero se empeña en prender en Jujuy y mete por la otra puerta de la cárcel a otros dos notables enemigos suyos: Zamalloa y de la Bárcena. Para cumplir tal empresa arrastra a 200 soldados de las reducciones, con lo que desprotege la frontera y deja entreabierta la puerta para el acoso indígena.

Mientras Campero se encontraba en Jujuy en esos menesteres, dispuestos a tomar por asalto la ciudad, sus oponentes en Salta se lanzan a la calle, ponen sitio a su casa, derriban la puerta a hachazos y sacan a su mujer, la temible Gobernadora. Fue tal el escándalo y el miedo que aquel día se apoderó del vecindario que, según Learte, una mujer estuvo a punto de morir, otras cinco fallecieron "otras malparieron y muchas se enfermaron". Olvidando los agravios inferidos por Campero, Learte decide visitar a la Gobernadora, "porque al fin era mujer y merecía toda atención". Cuando Learte intentó refutar los cargos en su contra delante de un funcionario de Campero, enfureció la Gobernadora, lo insultó, tratándolo "peor que un esclavo". Learte no se quedó corto y replicó a gritos que "a no ser mujer, le había de sacar la lengua por el cogote, para que no fuese tan libre ni tratase a un hombre de bien de esa manera".

28 años pleiteando

La vida y el relato de la vida de Learte transcurre, como las exageraciones narrativas atribuidas a La Monja Alférez, en medio de interminables pendencias y violencias. El indiano infortunado no conoce el sosiego ni la paz. Agotado, consumido por el chucho, empobrecido, sin otra ropa que ponerse que una camisa inmunda y raída, Learte debe elegir otra vez entre morir ahorcado o morir de hambre en su huida. Elige esto último y decide marcharse hacia el Perú en agosto de 1768, cuando había transcurrido un año del comienzo de sus desventuras.

"Salí de Rodeo, sin otro viático que la ropa que tenía puesta y ésta sucia y rota con los dedos de los pies al aire sin más guía que mi destino", anota. Cualquiera lo hubiera confundido con Don Quijote por su "altor, flacura, barba larga y todo de mal talante, era verdadero retrato del manchego caballero". Recién cuando llega a Potosí, luego de tres meses de largo camino donde la muerte le pisa los talones, Learte puede tener ropa nueva, comer bien, afeitarse y dar reposo a sus molidos huesos. Su peregrinar no se detendrá allí. Los círculos del infierno burocrático le tienen reservado un largo recorrido en que dejara hasta el último aliento de vida. Durante casi los veintiocho años que van de la expulsión de los jesuitas hasta su muerte, son interminables sus idas y venidas, desde Jujuy a Buenos Aires, desde Salta a Córdoba, para reconstruir la documentación que le permitiera recuperar parte de sus bienes.

El pantano donde se pierden sus pasos en busca de justicia contrasta con la rapidez con que la burocracia colonial encuentra los papeles que lo sindican como deudor. El hombre que había acumulado riquezas y atesorado más de 50.000 pesos y ayudado a no pocos, no encontraba quien le prestara 200 pesos. "Fueron estas repulsas espadas que atravesaron mi corazón (...)".

"Aquí entraba en un caos, que, porque sentía tanto y no lloraba, me parecía haberme vuelto insensible; ¿Cómo no había de llorar si todo mi cuidado era disimular mi congoja que abrigaba mi corazón que aumentaba más mi aflicción porque ‘el mal comunicado, dicen que sirve de alivio’; yo ni este alivio tenía por (...)?" Así concluye el testimonio de Learte.

Perdurable el mal a las mudanzas políticas, otras injusticias y corrupciones se gestarán en las entrañas de la causa republicana. "Así es el mundo, así son los hombres! Y no escarmentamos por más ejemplares que veamos!", escribió Learte en unas sencilla y parcial refutación de aquella optimista creencia que quiere ver en la Historia a una maestra de la vida.
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