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Durante los oscuros años de la llamada Revolución Argentina (1966-1973), presidida entonces por un también oscuro militar, el general Onganía, solía aparecer en algunos programas de televisión un silencioso imitador de Perón, al que llamaban Pochito Riganti. Si bien aquel personaje no alcanzó entonces la popularidad que podría haber alcanzado hoy, el falso Perón se había hecho con cierto cartel, gracias, fundamentalmente, a su parecido con el que algunos llamaban -todavía- "el tirano prófugo".

Cuenta la leyenda que después del regreso de Perón en 1973, alguno de sus numerosos aduladores tuvo la feliz iniciativa de propiciar un encuentro mediático entre Perón y su orondo imitador. Sin embargo, el anciano militar, recién reelecto presidente, se negó rotundamente a recibir a "Pochito", argumentando -según los que allí estuvieron presentes- que el Presidente de la Nación no tenía nada que tratar con "farsantes".

Casi treinta años después, y en un gesto desesperado por borrar la mala imagen que un programa "humorístico" de televisión le había creado como un traje a medida, el presidente Fernando de la Rúa, se allanó infelizmente a dar carta de ciudadanía a un farsante que lo imitaba, con escaso arte pero con gran convicción, y de este modo cayó en la trampa que le había tendido otro farsante -menos artístico pero infinitamente más cínico- que no era otro que el conductor de aquel abyecto espacio televisivo.

En idéntica torpeza acaba de incurrir el presidente Néstor Kirchner, arropado por los mismos farsantes que desataron aquella antidemocrática cacería del hombre en los años 2000 y 2001. El error de Kirchner fue, incluso, más allá al prestarse a la farsa con el único propósito de ridiculizar aún más (sin razón, sin motivo) al dimitido y ya inocuo presidente de la Rúa. Millones de argentinos aún no alcanzan a comprender la necesidad de este gesto de histrionismo destemplado del primer mandatario, que no puede alcanzar el calificativo de infame porque este adjetivo ha quedado atado y reservado para las indisputablemente estúpidas apreciaciones de su jefe de Gabinete y de su ministro del Interior (el cómico dúo 'Los Fernández') que celebraron con obediencia y sincero regocijo la ocurrencia del presidente.

Aquel arrebato de dignidad de un general que rechazó la gracia de un farsante, que se negó a fotografiarse en el balcón de la Casa Rosada con su sosías, marcó un antes y un después en la política argentina. Después de aquel incidente, la política asistió inerme al desembarco de los farsantes, con tanto éxito, que incluso aquellos ajenos a la política -como el señor Tinelli han hecho del ridículo una profesión rentable- se animan ahora a tumbar presidentes para luego rematarles con aquello de "fue una jodita de Tinelli". Si al fin y al cabo, somos -como dicen los Fernández- un país serio, no sería mala idea, en términos de rating, que el presidente Kirchner exhumara al seguramente finado Pochito Riganti y le cortara las manos en pleno ShowMatch para acercar al farsante a la realidad peronista que tanto deseó en vida.
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