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Capital
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Los porteños dividen el mundo en tres: la capital, el interior y el exterior. Lo más curioso es que han hecho de estas expresiones unas categorías fijas, y las han convertido en una interpretación universal de las relaciones entre los territorios. Así por ejemplo, es imposible que en una mentalidad cuadrada por estos preconceptos quepa el hecho de que ciudades como Madrid o París se encuentren en el "interior" de sus respectivos países.

"Madrid es la capital, loco... ¡Cómo va a ser el interior de España!" Expresiones como ésta revelan que hay una cierta categoría de argentinos que piensan que "interior", en todo el mundo, es todo aquello ajeno a la capital de cualquier país, y no -como lo define el diccionario- la parte central de un país, en oposición a las zonas costeras o fronterizas.

Cierto léxico argentino ha convertido al sustantivo "interior" en un depósito simbólico de atraso, de miseria, de incultura, de provincianismo, en el peor sentido de esta expresión. Por eso, en cierto modo, es reconfortante saber que hay en el mundo otros espacios, que se reconocen a sí mismos, como "el interior" de un país, en los que no existen etiquetas ni estereotipos que dividan a sus ciudadanos en función del territorio en el que viven.

Es todavía más interesante descubrir que hay países que hacen esfuerzos por suprimir fronteras y liberar espacios para la circulación de personas, mientras nuestras autoridades de migraciones interceptan en la frontera a la niñera filipina de un futbolista por no portar un visado de trabajo por tres días.

¡Y después nos quejamos!

Las migraciones, que por un lado parecen reforzar las ideas de ajenidad y de extranjería, están por otro lado abriendo caminos para un mundo sin fronteras nacionales. No nos empeñemos en seguir construyendo fronteras. En el siglo XXI, la nueva desigualdad tiene el rostro de la distinción entre nacionales y extranjeros, entre oriundos y foráneos, entre capital, interior y exterior.
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