Colaboraciones
Diego Maradona
Diego Maradona
En muy mal momento ha estallado la polémica futbolística en torno al llamado Bidón de Branco. Nos referimos a la supuesta trampa en que habría incurrido la dirección técnica de la Selección Argentina de fútbol al enfrentar a Brasil por los cuartos de final de la Copa del Mundo de 1990. En mal momento para la Argentina, que nunca ha necesitado de ''picardías'' de semejante gravedad para inscribir su nombre bien alto en el firmamento del fútbol. Y en mal momento también para Brasil, desde luego, no sólo porque es el vigente campeón del mundo sino porque a sus intereses deportivos y económicos en nada favorecería la ''reapertura'' de lo ocurrido en Mundial del Italia.

Los aficionados al fútbol, en todo el mundo, dudan muy poco acerca de que el fútbol brasileño jamás ha necesitado de "ayudas" extradeportivas para coronar la cima, en las cinco ocasiones en que lo ha logrado. En cambio, casi todo el mundo sabe que la dirigencia deportiva del Brasil, su prensa y su opinión pública, no han escatimado ningún esfuerzo para minimizar idénticas conquistas de sus competidores. Esfuerzos que rozan la desesperación cuando de su vecino y gran rival se trata.

De acuerdo con esta estrategia deslegitimadora (que hoy, por interés y conveniencia, olvidan Branco, Lazaroni, Pelé y todos los que se rasgan las vestiduras por una estupidez de partido de patio de colegio) la Selección Argentina ganó el Mundial de 1978 goleando sospechosamente a Perú en Rosario y amenazando a los jugadores de la selección holandesa con arrojarlos -también dopados- desde un avión militar al Río de la Plata. ¡Qué decir del mundial de 1986!, al que Brasil había enviado el mejor scratch de su historia. La conquista argentina de aquella copa estuvo influida por el gol de Maradona con la mano en el partido con Inglaterra y por los trucos de Bilardo en el partido final con la poderosa selección de Alemania.

De haber alcanzado Argentina el cetro mundial en 1990, hubiera igualado en conquistas a Brasil, primer tricampeón de la historia. Ello probablemente habría conducido a una humillación nacional, intolerable para un país que, además, presidía por entonces la FIFA. Brasil no ganó aquel Mundial, ya que fue apeado legítimamente por la Argentina, en un partido vibrante que el equipo brasileño creyó controlar en todo momento a base de soberbia y superioridad técnica. Pero sólo una intoxicación masiva hubiera impedido que un genial Maradona se llevara la pelota entre dos líneas de cuatro y habilitara a Claudio Caniggia para que sentenciara el partido, con un gol que el fútbol brasileño no sólo que no olvida todavía, sino que ni digiere ni, menos, perdona. Aquella eliminación era, a la sazón, la primera eliminación directa del Brasil a manos de la Argentina, ya que en 1978 la selección amarilla se quedó afuera de la final porque la Argentina le arrebató el primer puesto de la liguillas, tras empatar el encuentro directo que disputaron.

Joao Havelange
Joao Havelange
Argentina no debía ganar aquel mundial, y era más que probable que los hombres dirigidos por Beckenbauer no pudieran contener ni siquiera al maltrecho grupo de suplentes y lesionados con que contaba Bilardo para aquel partido, ya que entre los inexpertos y los golpeados había un tal Maradona, que si era capaz de insultar a los aficionados italianos que abucheaban el himno argentino en Roma, era capaz ya de cualquier cosa.

El señor Havelange, el waterpolista brasileño que presidía la FIFA, convertido en responsable de evitar a cualquier costa la humillación nacional, decidió que aquel partido fuera arbitrado por el señor Edgardo Codesal, un mexi-uruguayo de inocultable sentimiento antiargentino. Fue aquella la decisiva aportación del presidente de la FIFA a la salvación del honor y el prestigio ecuménico del fútbol brasileño.

Los jugadores alemanes se emplearon en aquella final con lealtad y con una dignidad deportiva a la altura de su historia. Aun así, no pudieron doblegar a la Argentina, que tenía a Maradona metido en la defensa, con los tobillos destrozados. El final es conocido: un penal que pasará a la historia de la vergüenza de México y de Uruguay fue la obediente respuesta de Codesal a los designios de Havelange. Probablemente Argentina no mereció ganar aquella Copa del Mundo, si se comparan sus méritos con los de otras ediciones. Pero lo que fue de estricta justicia fue que Maradona, el jugador más importante del mundo en aquel momento, desairara a mismísimo Havelange, evitando estrecharle la mano durante la entrega de premios. "Códigos de tramposos" dirán algunos.

El fútbol brasileño es grandioso en la victoria hasta la apoteosis, pero no lo es tanto cuando la victoria cae, o amenaza caer, del lado de sus ancestrales adversarios. Juicio a Grondona reclaman ahora por el mareo de Branco. Lo tendrán, pero a condición de sentar en el banquillo a ese otro Pinochet que tuvieron sentado en la FIFA durante décadas, para desdicha del fútbol brasileño y para vergüenza del sentimiento deportivo universal.
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