Colaboraciones
b_220_0_16777215_00_images_articulos_colaboraciones_envoltorio_ser.jpgEl ser humano, y gracias a los límites de su conocimiento cada vez más enraizado en los avances científicos, elogiables sin duda alguna, deshecha, parejamente, toda cuestión que pretenda escurrirlo fuera de su cápsula donde se desempeña con fluidez haciendo la vida serena y lentamente, cuando las contingencias se lo permiten. Lucha contra la adversidad y cuando la destruye, vuelve velozmente a un “estar” placentero que ante la ausencia de problemas se lo puede permitir. Nadie está obligado a dedicar parte de su serena soledad a pensar; siempre habrá alguien que lo haga.

Esta vez quiero reflexionar acerca de tres aspectos visibles del ser humano, encerrado en su visión corta de lo que está al alcance de su conocimiento, y lo que para la inmensa mayoría no deja de ser una pérdida de tiempo y una agitación insensata de la relajación de su espiritualidad, y consiste nada más que conocer más allá de lo que las evidencias sensuales se ponen de manifiesto frente a nuestros sentidos y que forman parte de algunos aspectos de la vida humana.

La realidad

Seguramente fue Platón el primer pensador que se atrevió a introducir en el conocimiento la teoría de la relatividad de la realidad en la que desarrolla su vida el ser humano. Porque en definitiva, la teoría del tiempo y la eternidad (la vida que muere y el alma inmortal que algunas religiones sustentan), no introducen como dicotomía la idea de dos realidades emergentes de un solo y mismo punto de partida. Y ello es así porque se trata de dos dimensiones esencialmente diferentes, aunque Heidegger creyó válido derivar desde el tiempo, el rostro de la eternidad. No parece aceptable admitir que existe una senda que transcurra de lo mortal a lo inmortal.

Platón encaró la cuestión desde un punto de partida único aportando la idea de un reflejo de nuestra realidad de la auténtica o fuente primigenia que es la de las esferas celestiales. Así las cosas, nuestra realidad tiene un grado de relatividad que nadie capta.

Sirviéndonos de este punto de partida; es decir, que la realidad humana no es más que una realidad emergente de las condiciones físicas y psíquicas del ser humano, que está adecuada a su conocimiento y a su firme raíz clavada en la tierra que pisamos, se puede colegir que es ésa la realidad y es, por definición, nuestra verdadera realidad. Naturalmente y descartando al día de hoy el conocimiento de la vida estelar que, con seguridad será descubierta alguna vez, y centrándonos en la tierra que pisamos, desechamos la realidad vivida por las especies animales e incluso, sin siquiera instinto, la realidad de los metales que aunque carecen de vida en el sentido más estricto, con el correr del tiempo, enfrentados a las inclemencias que deben soportar, envejecen y con la vejez pierden propiedades. Ocurre con el acero, el hierro y demás metales que, quiérase o no, a lo largo de los años se pudren y dejan de prestar el servicio que sus propiedades alguna vez sirvieron al hombre mientras deslizaban dentro del tiempo su silencioso estar.

No es lo mismo lo que pregonan las religiones que, nada más que por vivir el ser se agota y muere y que tras la muerte vive otra realidad de la que nadie puede informar en qué consiste, no es lo mismo, decíamos, que afirmar sin anular el quantum de verosimilitud de esta realidad relativa del hombre, que existen otras también relativas que se adecuan a las condiciones propias de las especies animales que también se agotan y mueren a causa del agotamiento de sus cuerpos, que no por el transcurso del tiempo, según veremos más adelante.

No se desvirtúa la realidad relativa del ser humano por ser apropiada a su condición, lo que le permite conocer e investigar incesantemente acerca de sus límites cualitativos y cuánticos, así como aprovechables para un mayor y creciente bienestar de su especie. Por ello, se puede afirmar que ninguna realidad, siquiera en nuestro planeta tierra, es verdadera, ni superior o inferior a cualquiera otra, sin perjuicio de un aspecto de esa realidad que está vinculado a la determinación de la especie dominante. Desaparecidos los dinosaurios, el hombre precisó muchísimo tiempo para convertirse en el dominador del planeta, sometiendo a las demás especies en esclavas aprovechables, sea para devorarlas (vacunos, aves de corral y de caza…), sea para servirse de ellas (animales de tiro o de transporte, de vigilancia, o de entretenimiento circense). Es curioso advertir lo que luchan las buenas personas contra la esclavitud, que aún perdura como trata de seres humanos, y los que luchan contra los maltratos, y que sin embargo lo practican sobre especies menores que deben soportar con estoicismo, al menos aparente, la vida cruel que les ha tocado vivir bajo el dominio planetario de los seres humanos, como los asnos dando vueltas sin fin a la rueca de los molinos. Esa realidad, la de los animales, no es asunto de interés para los anti-esclavistas.

Para no entrar en cuestiones morales que suelen ponerse al servicio de extensas e infructuosas discusiones, sirva lo dicho hasta aquí, para sostener que nadie tiene interés en cambiar lo que se vive como realidad humana, porque presta el inmejorable servicio de mantenernos con los pies en la tierra, y sin complicaciones esotéricas.

El tiempo

Aunque acerca de este tema tengo algo escrito, conviene reiterar aquí algunas ideas para completar el propósito de este desarrollo.

Bien visto el tema, se podría decir que el tiempo en su transcurso es un invento del hombre. Nuestro planeta y el Universo en su totalidad carecen de tiempo. Lo más cercano a la idea de tiempo son las estaciones. En primer lugar porque se suceden sin interrupción, y en segundo lugar, porque tienen aspectos físicos distintos: frío y calor con intermedios templados. Las estaciones anuales permiten crear la primera idea del tiempo dividiendo sus secuencias en cuatro sectores más o menos distintivos, con duraciones no muy precisas, pero ciertas.

Y aun hay otra manera de distinguir cualidades planetarias que permiten crear mediciones temporales: el sol y la luna que se corresponde a lo que se ha denominado día y noche, también con sectores más o menos cuantificables, aunque no es el mismo tiempo del día y la noche el tiempo medido conforme las exigencias naturales de los solsticios y los equinoccios. De lo que resulta que tampoco todos los días tienen la misma duración en sus días y sus noches. Ello ha debido ser advertido y corregido por el ser humano en la cuantificación de “su” tiempo vital.

Es decir: el ser humano ha descubierto en el movimiento continuo de la naturaleza que se manifiesta como cambios de temperaturas, cambios de luz y sombras, y a partir del ahí, las mediciones anuales dentro de las manifestaciones naturales del movimiento del planeta en sus movimientos de traslación y rotación.

Con el almanaque en la mano, podemos medir la cantidad de veces que cada cual recorre la anualidad medida en 365 jornadas y cada cuatro años un día más que recibe el mes de febrero. De esta manera podemos contar las veces que dimos vuelta alrededor del sol pisando este planeta tierra y de ese modo calcular sin error lo que se ha dado en llamar “la edad”.

Conocemos nuestra edad vivida en nuestra realidad relativa que consideramos absoluta y absolutamente verdadera. Y ello nos lleva a afirmar que es el transcurso del tiempo, el de las anualidades, lo que nos va llevando inexorablemente a la muerte que no es otra cosa que la cesación de la vida, su pérdida total. Se suele decir que habiendo vivido tantos años, va llegando la hora de la muerte. Y no es así.

No es el tiempo lo que nos va llevando a la muerte, sino el uso continuado día a día de todos los órganos de nuestro cuerpo, que a veces sufre también por alguna dolorosa experiencia psíquica. La sucesión de las jornadas y de las estaciones no nos mata. Lo que nos mata es el uso de lo que hacemos. Por ello, muere joven aquel que llevó una vida desordenada, descuidando los hábitos decentes que ayudan al cuerpo a sufrir en menor grado la exigencia de tener que soportar los embistes externos y las crueldades que internamente interactúan, como que una afección grave de los riñones afectan a otros órganos que deben recibir los efectos de una actividad correcta de ellos. ¿Qué tuvo que ver el transcurso del tiempo con la muerte prematura de niños o adolescentes afectados por cánceres incurables? No influyó el tiempo en el cruel desenlace, sino el estado del cuerpo en relación con factores externos (sitios afectados de elementos perjudiciales para la salud) e internos (genéticos o creaciones espontáneas de células mortíferas).

Así, pues, lo que nos mata es nuestra vida, que para mantener la existencia precisa del sacrificio cotidiano de nuestros órganos vitales.

El conocimiento

Lo que distingue al hombre histórico del hombre original es el descubrimiento de la capacidad de conocer.

Lejos está la idea de que el hombre en sus orígenes formaba parte del paisaje, como un animal más, como los árboles que se mecen con el viento sin otra participación como seres vivos de la creación. El día que el hombre primitivo advirtió que no formaba parte del paisaje como respuesta a su condición natural, nació la idea tan poderosa de que estaba fuera del paisaje y que estándolo, con ello dio comienzo a la existencia del peligro, puesto que al no formar parte del paisaje, se enfrentó a él como algo distinto, algo que estaba fuera del él y que sus actos no respondían ya a los movimientos del instinto que movía sus actos del mismos modo que los demás seres vivos.

Fue el momento en que nació la historia pues ya no se trataba de conocer las actitudes básicas y permanentes de una conducta

instintiva, sino de actitudes distintas, reacciones proteicas de un ser que se escapaba de los ritos incontrolables de la naturaleza. Diríase que advertido el hombre de su soledad después de despegarse del paisaje, con su conocimiento nació un ser vivo que se rebeló contra la naturaleza y como Lucifer encarando a Dios, se encaró contra su espacio vital y luchó sin denuedo para establecer sus propias leyes sin ajustarse a las de la naturaleza. Y lo hizo con tanta convicción y esmero, que la sometió a sus designios al punto de poner en peligro nada menos que la totalidad del mundo en cuanto tal, sin importarle la destrucción que incluirá a la especie humana y a todas las demás que tienen la cualidad de vivientes.

Y una de sus reglas inviolables es la del poder absoluto del dinero que no es más que un concepto recalado en lo que se ha dado en llamar primeramente “la moneda” para concluir en “las divisas” que se sustentan en el vigor de la productividad. Las divisas de mayor enjundia en nuestro mundo son aquellas que se consolidan en el pronóstico de la productividad. No es el país que tiene más lingotes el que domina el mundo, sino aquel que produce más y que su existencia está basada en la fe de una producción permanente y creciente. El dólar, por ejemplo, no vale por lo que pueda valer el papel donde está impreso, sino por la seguridad de la continua productividad de un país que crea toda clase de bienes de consumo para vivir y vender, y más que otra cosa, la capacidad de crear tecnologías que lo encumbran a la categoría de primera potencia mundial.

La destrucción del planeta o al menos de la vida de las especies que en él conviven, está basada en la necesidad de no perder poder frente a otras potencias, de manera que el hombre consciente ya no lucha contra las especies animales para sobrevivir, sino contra otros hombres unidos por la fe de su tribu, de suerte que la regla del poder del dinero obliga al hombre a mantener sin pausa la maquinaria de la productividad que está destruyendo paso a paso la frescura de la salvaje naturaleza de la que el hombre se sirvió en los comienzos de su soledad frente a esa naturaleza inerme.

La cuestión no tiene solución porque todo depende de las reglas que se dio el hombre cuando abandonó las de la naturaleza creando las propias, y las leyes humanas son leyes y por lo tanto, de obligado cumplimiento. No cabe otra decisión que seguir adelante con la destrucción del planeta y desaparecer en el holocausto del poder buscado, encontrado y sometido por él hasta la muerte.

Es su realidad relativa, encapsulada y suicida.

eXTReMe Tracker