Colaboraciones
Reencarnación
Reencarnación
Lo que ocurre con los componentes del ser individual tras la muerte o dicho de otro modo, el destino de cada uno de ellos, es un tema vinculado de modo intransigente a los dogmas de las diversas religiones.

El deseo humano de perdurar más allá del tiempo mortal alienta la afirmación de teorías que no siempre son propias de las doctrinas sagradas a las que se atribuyen; es lo que ocurre con la reencarnación. Apartados del fenómeno puramente religioso, nos centraremos en la cuestión metafísica.

En el cap. VI de la 2ª parte de la obra El error espiritista, René Guénon recuerda una frase tradicional china: “Revivirás en tus miles de descendientes”, frase que permite abrir ventanas en todas direcciones, aunque en este caso como en muchos otros, la reencarnación nada tenga que ver con esta frase extremo oriental; más bien, está situada en la explicación metafísica de la transmisión del aspecto psíquico de la herencia genética humana. En todo caso, tiene que ver con “la asimilación por una individualidad humana de otros elementos psíquicos derivados de la desintegración de individualidades humanas anteriores”, según lo explica este mencionado autor. Dejando de lado la continuidad del ser humano a través del campo de la genética, continuidad que se manifiesta no sólo en los aspectos psíquicos sino también en los somáticos, lo que explica las semejanzas físicas y de comportamiento existentes entre padres e hijos y que permite decir con los chinos que se revive en miles de descendientes, dejando de lado la genética decíamos, centraremos la atención en la metafísica no-dual (advaita), que desarrolla con extensión y hondura esta cuestión, con una breve mención de las creencias cristianas y musulmanas.

Algo que debe quedar claro es que con la reencarnación así como con otros aspectos de las doctrinas orientales, sean del cercano, del medio o del lejano Oriente, el error procede por lo general de las traducciones que, llevadas a cabo por expertos lingüistas sin el debido asesoramiento de metafísicos, terminan identificando como sinónimos ciertos vocablos que producen llamativas tergiversaciones cuando, sabido es que ya resulta difícil afrontar el conocimiento de doctrinas exóticas para los occidentales como para suponer que se puedan admitir como vocablos intercambiables voces como reencarnación y trasmigración, por poner un ejemplo cuando, verdaderamente, en la disparidad de estos dos conceptos es donde radica la luz de esta cuestión.

Otro error, quizá el más común, consiste en tomar en su literalidad todas las palabras y explicaciones, no obstante la reiterada advertencia que los expertos formulan en el sentido de que los textos sagrados no pueden ser interpretados con absoluta literalidad, porque ello no demuestra otra cosa que la insuficiencia de la versión exotérica de las escrituras. Así, pues, nosotros nos atendremos a los textos y buscaremos -guiados por los intérpretes consagrados-, el significado esotérico que la Ciencia Tradicional ofrece respecto de las cuestiones que ahora nos conciernen o, para ser más precisos, trataremos de encontrar el sentido exacto de lo que les ocurre a los tres componentes del estado humano en sus individualidades después de la muerte.

Los intérpretes del Vêdânta suelen poner de manifiesto las dos condiciones básicas (léase características esenciales) del estado humano: la vida y la mente. Se podría reconocer que respecto de la vida, se evidencia con las cualidades de origen, continuidad y disgregación, lo que constituye una correspondencia con los atributos de las tres divinidades: Brahma (creador), Vishnu (conservador) y Shiva (destructor, aunque más bien es un Dios transformador porque destruye y reconstruye). Respecto de la mente, concierne a todo lo referido a la razón, la inteligencia, la memoria, los sentimientos, la conciencia sensible y demás cualidades que le son propias y que tengan que ver con la naturaleza sutil de este componente.

Es buen comienzo recordar que ninguna de las tres religiones monoteístas de la actualidad reconocen la reencarnación. Los judíos no la admiten, y de las varias menciones que al respecto se han hecho en el Tanak, valga la del Libro de Samuel en 14, 14, que proclama sin ambages: “Todos tenemos que morir, y seremos como agua derramada que ya no se puede recoger”. Y en el Libro de la Sabiduría 16, 14, se lee: “Un hombre bien puede matar a otro por malicia; pero salido que haya el espíritu, no puede hacerlo volver, ni hará tornar el alma de allí donde ha sido recibida”.

En el Nuevo Testamento tampoco se admite la reencarnación porque se impone como doctrina la resurrección de los cuerpos: Mateo 28, 1-10; Marcos 16, 1-8; Lucas 24, 1-12 y Juan 20, 1-10, pasajes bíblicos que no trascribimos por estar en textos al alcance de todos en cualquier librería.

En el islamismo existen variadas afirmaciones en las que se hace mención a la resurrección; recordaremos una de ellas: “El cuerpo no puede refluir antes de la Resurrección, que es el primer estadio de la reabsorción del cuerpo (y con él todo el orden material) en los estados superiores del ser. En cuanto al alma, debe esperar a la muerte del cuerpo. Hasta ese momento, aunque inmortal, se encuentra prisionera en el mundo mortal” (Martín Lings, ¿Qué es el sufismo?, ed. Taurus, Madrid 1981). Obsérvese la similitud de la doctrina sufí y la cristiana; en ambas, la resurrección reabsorbe el orden material que incluye los cuerpos, y que constituye el primer estadio del ascenso de la materia Torna a los estados superiores del ser. El cuerpo espera la resurrección para ser reabsorbido; el alma, no. Al alma le basta con separarse del cuerpo tras la muerte para llevar a cabo ese “ascenso” a los estados superiores del ser. El contenido de esta cita tiene que ver con la extinción del tiempo y el juicio final. Es el momento en el que Dios reabsorbe Todo en Él y Nada queda fuera de Él.

Por citar sólo dos estudios relativos a lo más característico de la metafísica islámica, incluimos este otro párrafo en el que se lee que “La “Espiración del Misericordioso” (Najas ar-Ramân) yendo de Él a Él, crea y libera lo creado; agita el mar de la existencia y lo calma; produce las apariencias ilusorias de un “otro que Él” para descubrirles que, en realidad, no hay en ellas otro que Él. El “momento” en que todas las “olas” se calman, en que todas las “formas” y “colores” desaparecen, en que todos los modos y todos los actos se borran, es para la inteligencia discursiva una “muerte” y para el conocimiento unitivo la “resurrección”; éste encuentra por último su “objeto” propio: el océano infinito e inmutable de la Esencia” (Leo Schaya, La doctrina sufí de la unidad, Olañeta 2000).

En el párrafo trascrito se aprecia con claridad algo que venimos sosteniendo desde el comienzo: el sentido figurado de los textos sagrados y en este último caso cuando se dice que el conocimiento de la inteligencia discursiva es la muerte, mientras que para la intuitiva es la resurrección, se utiliza un lenguaje figurado para echar luz en cuestiones difíciles de entender a causa de la pobreza del lenguaje para explicar cuestiones propias de la metafísica tras-ontológica. Nada que tenga que ver con un proceso racional o intelectual es apropiado para que se produzca la fusión con lo Uno. Se precisa un conocimiento directo o más bien una experiencia de identidad y asimilación con Dios, lo que en el hinduismo se conoce como Conciencia Pura, diferenciándola de la conciencia sensible. Por lo demás, del mismo modo que la resurrección ha de ser tomada en sentido figurado, la reencarnación atribuida a la doctrina tradicional hindú debe ser interpretada como trasmigración del alma a un estado superior. La pervivencia de Atman (la personalidad) en la Eternidad, su inmutabilidad y singularidad impiden, de cualquiera manera que se lo piense, la admisión de la reencarnación de quien ya ha pasado siendo “él mismo” a un estado superior, y pensar que caprichosamente lo hace adherido, por así decirlo, a otro estado cualquiera de la multiplicidad del ser para volver a ser de modo sucesivo la misma personalidad en otro, incluyendo, obviamente, el estado humano. Atman es el Ser Total y el ser de los estados múltiples del ser, y ello implica que cada estado individual humano se “personaliza” con un cuerpo, una psique y un alma, y es irrepetible.

El fenómeno post mortem de la reencarnación de una “personalidad” en otra individualidad es sencillamente inadmisible en una metafísica tras-ontológica, llamada también pura o completa, porque contiene en su formulación un absurdo y del punto de vista de la Infinitud, un imposible. Pretender que la Posibilidad Total, vinculada a la Infinitud Universal debe admitir cualquier posibilidad incluyendo ésta, es rechazable como principio metafísico ya que la Posibilidad Total no encierra en su potencialidad la admisión de imposibles, entre otras razones, porque lo Infinito no se repite ni como clase o especie ni como individualidad en ningún estado del ser, ni siquiera en el estado humano. A lo sumo, la repetición alcanza a un prototipo que como semejanza puede repetir sus cualidades y condiciones, pero nunca será más que un prototipo de clase o especie, jamás de individualidades. En la Infinitud no existen los gemelos, que ni siquiera existen en la manifestación pues nunca se encontrarán dos seres que en su ultimidad sean absolutamente idénticos. Es el significado preciso de la expresión “la Historia se repite”, dado que los que se repite son arquetipos.

Como se ha visto hasta aquí, ninguna de las religiones más conocidas en Occidente admiten la reencarnación. Tan sólo el cristianismo y el islamismo afirman la resurrección, que difiere de la reencarnación. Si esta última es imposible de un punto de vista metafísico, la resurrección es, aunque muy forzadamente, admisible sólo con reservas pero admisible al fin, ya que la inmortalidad del alma es un fenómeno que se produce dentro del mismo orden dado que el alma no retorna a su fuente (el Absoluto), sino que se mantiene en la no-manifestación a la espera del Juicio Final, cuando se “incorporará” de modo definitivo al “Corazón de Dios”, al “Uno” o sea la Eternidad misma, que la acogerá amorosamente. En este caso, pues, no hay un descenso del alma desde un estado superior a otro inferior para unirse a su propio cuerpo (aunque lo fuera de manera simbólica), sino que se mantiene en la Creación no-manifestada y, sabido es que en toda la no-manifestación hay una constante posibilidad de manifestación.

En la doctrina hindú se recalca repetidamente que los textos sagrados no deben ser interpretados literalmente. Así se lee que “La mención de las Upanishads de la inmersión del lenguaje, etc. en el fuego, es figurado” (Brihadarankaya Upanishad, IV, 4, 2), o también que “Las frases que se refieren a que aquellos que hacen sacrificios se convierten en alimento, tienen un sentido figurado” (Brahma-Sutras, con los comentarios advaita de Shankara, ed. Trotta, Madrid 2000). Es ocioso persistir en la demostración de esa advertencia. Cuando es desoída, surjen las confusiones y las interpretaciones erróneas acerca del destino del alma tras el estado póstumo del ser humano.

Trataremos ahora de lo que se denomina en los textos tradicionales El retorno de los seres individuales, y que los orientalistas occidentales se empeñan en calificar como reencarnación. Las escrituras afirman que los seres individuales de quienes ofrecen sacrificios y toda clase de actos religiosos, tras la muerte ascienden a la esfera de la luna a través del humo y que una vez establecidos allí, experimentan los frutos de sus obras dentro de los límites de su karma, para finalmente retornar por la misma senda por la que han ascendido (Chandogya Upanishad, V, 10, 5). Se debe advertir que cuando se lee “los seres individuales de los que ofrecen sacrificios” se está haciendo referencia a un fenómeno que experimenta el alma pero que lleva a cabo la psique del ser humano activando la voluntad y que se evidencia a través de los movimientos del cuerpo. Porque los seres individuales de aquellos que... etc., son Atman o la personalidad de tales individualidades, y que permanecen en “aquellos que realizan sacrificios”. Da la impresión y parece que es así, que se trata del “Sí Mismo” y el “yo”. Como si con otras palabras se dijera: el Sí Mismo del ego es quien realiza los sacrificios. La cita contiene una doble mención encubierta en el estilo del lenguaje metafísico, a veces muy difícil de descifrar: la del “Sí Mismo” del ser, y la del “yo” de ese mismo ser individual que es el que actúa conforme los condicionamientos de su propio karma.

No debemos extraviarnos en los pasajes que hablan del descenso de los seres que han ascendido a la esfera de la luna, y que luego de experimentar el fruto de sus acciones, descienden “con un cierto residuo causal (karma)” según lo explica Shankara en sus comentarios a Brahma-Sutras. Ese residuo del ser no es un residuo del Sí Mismo, sino del componente sutil pero mortal del ser humano; es decir, de su espíritu, psique o como se lo quiera llamar. Tal residuo es lo que permanece un tiempo en la no-manifestación y puede incorporarse a un ser humano en estado fetal, y desde entonces lo acompañará toda su vida perfilando su personalidad junto a la herencia genética. De ahí que los hermanos suelen tener característica diversas pese a una misma cualidad genética por descender de un mismo padre y una misma madre y de haber recibido la misma educación y formación cultural que sus hermanos.

El ser descendido se convierte en progenitor por la metempsicosis y la metesomatosis, como lo dicen las escrituras: “Porque el ser se hace uno con cualquiera que coma alimento y realice el acto de la generación” (Chandogya Upanishad, V, 10, 6), lo que tiene un sentido figurado, tal como lo explica Shankara en op. cit. p. 452: “En este texto tenemos que admitir necesariamente que se refiere a una conexión del ser con el progenitor. Y de aquí deducimos una vez más que el que el ser individual se convierta en planta sólo significa su conexión con la planta”. O sea, que una cosa es conectar con una planta mediante residuos psíquicos y otra pretender que en esa conexión es en realidad el re-nacimiento del ser que ha muerto, en una planta o animal. Nada más absurdo.

Los residuos pueden ser de tres especies, por decirlo así: los sutiles, que transitan el sendero de los dioses; los activos que transitan el de sus antepasados y se dedican a las oblaciones y demás ceremonias religiosas, y hay un tercer estado que es el de la maldad y perversión. Los dos primeros ascienden a la esfera de la luna; el tercero es conducido a los siete infiernos que gobierna la muerte (Chandogya Upanishad, V, 10, 8). Estos tres senderos y sus consecuencias se corresponden, parece bastante claro, con los tres atributos de la materia: Sattva, Rajas y Tamas (lo sutil, lo activo y lo denso, respectivamente). Y esa correspondencia es evidente ya que los atributos de la materia sensible se adecuan perfectamente a la conducta del ser individual que produce acciones de distinta naturaleza: contemplación, oblaciones y malas obras.

Ahora consideraremos El periodo intermedio del ser. A la pregunta de si ocupa mucho tiempo en retornar el ser transformado en espacio, el vedantín responde que no tarda mucho porque desciende a esta tierra con las gotas de lluvia tras cortos periodos de afinidad con el espacio, el aire (Shankara op. cit., p. 449). El sentido figurado está aquí demostrado con una poética alegoría. Tras la muerte el ser contemplativo y el religioso se elevan por un sendero de humo hasta la esfera lunar donde experimentan el gozo de sus virtuosas acciones, y descienden por el mismo camino luego de permanecer allí un corto lapso transformados en espacio; es decir, en una no-manifestación dado que han perdido las condiciones propias del estado humano, que ha desintegrado su cuerpo en la manifestación y su psique en la no-manifestación. El descenso es con las gotas de lluvia por la senda del humo, y a la pregunta de si regresan para penetrar plantas o animales, la respuesta es que no, puesto que sólo se unen a seres que ya están animados por otros seres. Se trata de una unión externa y que por lo tanto no alcanza a gravitar de modo principal en la esencia de ese nuevo ser; no lo dominan pues solamente inciden aleatoriamente en él. La razón que da Shankara es que la experimentación de las buenas obras se lleva a cabo en el periodo intermedio de residencia en la esfera lunar, pero que esa experiencia no es posible en la vida vegetal o animal (op. cit., p. 451). Las palabras exactas de Shankara, son: “...cuando las escrituras afirman que los seres que descienden de la luna se convierten en plantas, quiere decir indirectamente que se unen a las plantas” (op. cit., p. 452).

Un apunte final a este respecto: las virtudes y defectos, lo bueno o malo de cada acción no pesan sobre los seres para determinar su premio o castigo como suele ser moneda corriente en las religiones, que de ese modo trasladan una verdad metafísica al orden meramente psíquico y sentimental de los fenómenos post mortem. Como dice Shankara “El Ser no puede actuar (respecto a la virtud y al vicio) porque no está relacionado con el esfuerzo de las obras” (op. cit., p. 60). El Ser, lo Absoluto, Dios en términos occidentales, ni premia ni castiga según la doctrina hindú, porque no está relacionado con la conducta de los seres individuales. De ahí lo que tantas veces se repite con acierto: el hinduismo no es una religión sino una metafísica. Si hay un premio o castigo, son consecuencias que experimenta el ser durante el periodo intermedio, y del que no retorna “a la tierrra” para continuar con tales experiencias (celestiales o infernales) porque ni en la metempsicosis ni en la metesomatosis se repiten. Frases como éstas sirven de guía: “Sólo se asciende a la luna para tener experiencias. No se asciende sólo para descender y nada más” O esta otra: “El resultado de las malas obras se sufre en la morada de la muerte bajo su dominio” (Shankara, op. cit., pp. 444/5).

No está demás para ir formando una explicación más completa, tener presente que el descenso con las gotas de lluvia por la senda del humo tiene una carga de simbolismo en la Tradición. Lo primero que habremos de traer a la memoria es el bautismo por el agua de Jesús, cuyo significado es el de renacer, el de un nuevo nacimiento. En Bereshit, se enseña que en un Principio el caos era todo lo que había y Elohim sobre el espíritu de las aguas flotaba o más bien volaba (como una mariposa), que es la traducción que los hebreos dan a la modalidad verbal meragefet, que se lee en la Torah. Por su parte, Mircea Eliade (Lo Sagrado y lo profano, p. 97, ed. Paidós), sostiene que las aguas simbolizan la suma universal de las virtualidades y que “La emersión repite el gesto cosmogónico de la manifestación formal; la inmersión equivale a una disolución de las formas”.

La relación del agua con el ser es de orden primero. La escritura dice: “¿Sabes cómo al agua se la llama hombre después de la quinta oblación” (Chandogya Upanishad, V, 3, 3). Las cinco oblaciones son: la de la fe, la de la luna, la de la lluvia, la del alimento y la de la semilla, las que son ofrecidas a los cinco fuegos: el celestial, el de la buena-lluvia, el de la tierra, el del hombre y el de la mujer, y es por ello, dice Chandogya Upanishad, V, 9, 1, que “el agua es llamada hombre en la quinta oblación”. Sin embargo, que al hombre se le llame agua no significa que se ignore que el agua está compuesta de tres elementos: fuego, agua y tierra, que son el producto del ser llamado hombre que está integrado, además, por tres humores materiales: aire, bilis y flema. Se le llama agua porque el hombre está compuesto predominantemente de agua. Y lo líquido prevale, dice Shankara (op. cit., p. 432) en el óvulo y en el semen que dan origen al cuerpo.

El agua, que es el elemento referido a la “fe”, tiene asaegurada su presencia en las ceremonias religiosas. En Brahma-Sutras, la Sutra 1 del Tercer Adhyaya, Primer Pada, expresa: “Cuando el ser sale de un cuerpo para entrar en otro, va cubierto (con las partes sutiles de los elementos). Esto lo sabemos por la pregunta y respuesta (en las escrituras)”. Los elementos fuego, agua y tierra se convierten en materia orgánica tras el nacimiento mas, cuando tras la muerte un ser sale para entrar en otro, va cubierto de las partes sutiles de tales elementos, apartadas de toda materia orgánica.

De un punto de vista metafísico los elementos tienen un comportamiento distinto al que están sometidos en su manifestación, de suerte que los humores materiales, por ejemplo, que se avienen sin dificultad a los elementos materiales del ser individual, no lo acompañan en su destino post mortem, porque en él sólo se conciben elementos sutiles, que son los que cubren a ese ser en su ascenso por la senda del humo hasta la esfera lunar o hasta los siete infiernos gobernados por la muerte, según haya sido su conducta en vida. Si se pensara que no son sutiles sino materiales los elementos que acompañan al ser en su ascenso hacia la esfera lunar, habría que admitir que las vacas vuelan.

A nuestro entender, lo que expresa el texto sagrado es que terminado el periodo intermedio del ser, regresa por la senda de humo desde la esfera lunar con gotas de lluvia, lo que significa que el agua del segundo nacimiento, la del renacer de ese ser, baja en forma de lluvia para que se produzca el renacimiento, mientras cae dulcemente sobre la tierra. Renace así en lo que resta de lo que fue ese ser individual, es decir, los residuos de sus acciones (buenas o malas). Y adecuado es recordar aquí que “la palabra hombre se aplica solamente a la humanidad como clase” (Shankara, op. cit., p. 447).

Hemos visto brevemente la estancia en el espacio de los seres individuales en su periodo intermedio en la esfera de la luna como consecuencia del estado póstumo del ser humano. Veamos lo que enseñan los maestros acerca de cómo y cuándo se opera el regreso del ser individual. Dice Shankara, utilizando un sentido figurado, pero orientador, que “Después de haberse unido con una persona de poder generador, el ser entra en la matriz con sus residuos de acciones (karma) y adquiere un cuerpo según esos residuos” (Shankara, op. cit., p. 453). La adquisición del cuerpo no significa ni cercanamente que el regreso del ser individual convertido en residuos de sus acciones (buenas o malas), se convierte en ese nuevo cuerpo, sino que es un simple contacto con esas plantas, lo que se narra de los seres que descienden con residuos de acciones (Brahma-Sutras, p. 453).

Lo que es el ser que se identifica como Atman (la personalidad o también la identidad) en oposición al “yo” (el ser individual), tiene la posibilidad de lograr la unión con el Absoluto mediante la contemplación, y es lo que dicen los textos: “Aquel que toma conciencia del Absoluto, se convierte en el Absoluto mismo” (Mundaka Upanishad, III, 2, 9), y si esto es así, resultaría del todo absurdo pensar que luego que Atman haya ascendido a un estado superior uniéndose con lo Absoluto, pueda “desgajarse” de la Eternidad para regresar al tiempo histórico y terrenal para empezar de nuevo una vida en otro cuerpo. En Brahma-Sutras, el Sutra 27 del Tercer Adhyaya, Segundo Pada, lo explica con toda belleza del modo siguiente: “Teniendo en cuenta que ambas (la unidad y la diferenciación) se mencionan (en los textos védicos), la relación (entre el ser individual y el Ser supremo) es como la de la serpiente y sus anillos”.

El regreso ha de ser siempre de residuos psíquicos (metempsicosis) o corporales (metesomatosis) porque ambos son componentes mortales, a diferencia del alma inmortal. Los occidentales cuando se ponen en tareas científicas logran en ocasiones alturas metafísicas: Lavoisier logró una síntesis educativa afirmando que en la naturaleza nada se pierde, todo se transforma, lo que no es lo mismo que decir que todo se reencarna. Todos descendemos de Adán y todos reviviremos en nuestros miles de descendientes, pero ese haber revivido a nuestros ascendientes y revivir en los descendientes con un mayor o menor contacto con el nuevo ser de cada nacimiento, no es ni por cerca una reencarnación. Lo que experimenta el alma es una trasmigración de un estado determinado a otro estado superior del que no desciende luego de haberse “liberado” de las ataduras corporales y “unido” con el Absoluto. Por si no ha quedado suficientemente claro a lo largo de este estudio, el cuerpo (materia) y la psique (espíritu), pertenecen ambos a la Creación manifestada y no-manifestada, respectivamente y por lo tanto, son atributos mortales del ser humano.

Se dice que las últimas palabras de René Guénon antes de expirar, fueron: “El alma se va”, y es en lo que creía luego de asimilar el contenido de la doctrina sagrada hindú. Si nos atenemos a lo que de verdad regresa, podríamos titular este trabajo como “Lo que se va y lo que se queda” (se va el alma y se quedan los residuos de las acciones de la psique y del cuerpo absorbido por la Naturaleza), pero si finalmente hemos optado por titularlo “Lo que se va y lo que regresa” es para respetar las enseñanzas y creencias de los maestros vedantistas que explican el ascenso y el descenso del ser durante el periodo intermedio, o en su caso, el “viaje” a los infiernos de la muerte.

(*) Este artículo ha sido originariamente publicado en la web “Revista Hermética” en el nº 34 de marzo de 2007, bajo el título “Lo que se va y lo que regresa después de la muerte”. El autor ha considerado de interés su inclusión en Iruya.com.
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