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La militancia
La militancia
Un joven funcionario de Salta ha venido matizando mis mañanas con unos tweets en los que anuncia -para él y para los suyos- un día 'pletórico de militancia'. Aún no he tenido tiempo de felicitar al joven funcionario por dedicar su tiempo y sus energías a esa tarea tan ilusionante que -yo supongo- debe ser la dichosa militancia.

Entre otros motivos, no lo he felicitado porque no termino de entender si la "militancia" significa en su lenguaje un compromiso por solucionar con decisión y empeño los problemas que padecen los agentes de la Administración del Estado salteño, o si, por el contrario, lo que quiere decir el joven funcionario es que dejará transitoriamente aquellos problemas de lado y que empleará su tiempo para "meter mano" en la caldeada y casi mefítica interna del partido de su padre, al que él también dice pertenecer.

El funcionario tal vez intuya que lo que los ciudadanos esperan de él es que entregue lo mejor de sí en la tarea gubernamental que le ha sido confiada; de algún modo sospecha que nadie ve con muy buenos ojos que el gusanillo de la militancia que lo ha picado lo desvíe de aquel objetivo primordial. En el fondo, sabe que los ciudadanos esperan que se dedique a la actividad partidaria sólo cuando haya abandonado su empleo en el gobierno, pero no durante su ejercicio.

Pero más que esta ambivalencia -que sólo al Gobernador debería inquietar- lo que me preocupa es esta idea tan opresiva de la "militancia" que parece haberse apoderado de las mentes y los corazones de muchos de nuestros políticos más jóvenes.

Me preocupa no sólo a mí, sino a cualquier otra persona, que entiende la política como una actividad propia de los ciudadanos libres, que muy mal se lleva con la esclavitud que proponen las ideologías y las adscripciones partidarias, sean éstas más intensas o lo sean menos.

Pero así como hay esclavos de la comida (por ejemplo aquellos que no pueden vivir sin su media docena diaria de empanadas o sin sus milanesas día por medio), comprendo perfectamente que pueda haber esclavos de las ideologías y de los partidos, aun cuando unas y otros se hallan en la fase terminal de su decadencia. Allá ellos, por supuesto. A unos se los llevará el colesterol y a otros la ignorancia. Sólo es cuestión de tiempo.

Lo que no comprendo es que se identifique la simple idea de "militar" con el activismo partidario, con la acción decidida, con la participación activa o con la lucha interna, porque el verbo "militar", referido a una organización o a un partido político, no significa ni remotamente eso.

Al contrario, "milita" quien simplemente "figura" en un partido o en una colectividad cualquiera. Así nos lo dice el Diccionario y a él debemos darle todo el crédito. Por tanto, bien entendido, el verbo militar no denota movimiento sino más bien quietud, pasvidad o, si se quiere, calma. El militante es aquel que "figura", no el que echa a andar la maquinaria partidaria, ni el que se dedica a soplar el fuelle de sus calderas.

Normalmente se alude a los "militantes" de un determinado partido para diferenciarlos de los "simpatizantes", esto es, de aquellos que potencialmente forman parte de su audiencia electoral, sin "figurar" formalmente en sus listados; y para diferenciarlos también de los "afiliados" que son aquellos militantes que mantienen un vínculo jurídico estructurado con dicho partido, aquel que normalmente se documenta a través de la "ficha de afiliación".

Por tanto, que el desayuno "militante" de nuestro joven funcionario le provoque tanta ilusión, me parece una exageración, un sin sentido.

Pero como nuestra lengua es tan compleja, me he dado cuenta de que esta idea de la militancia que atenaza las mentes más lúcidas de nuestra juventud, que les hace retroceder unos cuarenta años y que los envejece prematuramente, no proviene de la pureza del significado del verbo "militar", como hemos podido ver, sino que más bien está relacionada con el "ardor" con que algunas personas abrazan una determinada causa.

En un momento pensé que lo de la "militancia" estaba relacionada con lo castrense, por aquello de la disciplina, el orden o la "verticalidad" (otro concepto repugnante), y que tal vez la política ha copiado la idea del lenguaje militar, a juzgar por esa pasión que demuestran algunos en definirse como "cuadros" (otro concepto repugnante más) de alguna organización.

Menos mal -pienso- que lo de la militancia ha dejado de lado otras peligrosas analogías como las de "comandos", "células" o "brigadas", que tanto desasosiego provocaron a la juventud argentina durante los años 60 y 70.

Pero grande fue mi sorpresa al descubrir que lo de "militancia" viene de la expresión "Iglesia militante" que se encuentra recogida en el Diccionario de la Lengua como la "congregación de los fieles que viven en la fe católica".

Así pues, la "militancia" política no es otra cosa que la comunión en la fe de una ideología determinada, es decir, la consustanciación con un pensamiento que ha sido diseñado por otros, no por nosotros mismos.

En otros términos, que allí donde creíamos que lo de "militancia" era un concepto progresista inventado por Trotski, la verdad es que la palabrita viene de Pío XII, o quizá de alguno de sus ilustres, infalibles y mitrados antecesores.

Descubro también que la iglesia también copió en su momento algunos conceptos del lenguaje militar, y buen ejemplo de ello son las famosas "brigadas eucarísticas" organizadas en Salta en 1975, formadas por jóvenes a los que se les había prometido que iban a manejar armas pero que al final terminaron sujetando la soga en el Monumento a Güemes.

Con el debido respeto hacia los sacristanes, lo de "militancia" en política me huele sospechosamente a incienso y a sacristía, aromas que son más que respetables en su contexto original, pero que fuera de él -especialmente en la política- se asemejan al olor de los efluvios del precario templete de la Juan Figueroa junto al tagarete de la avenida Hipólito Yrigoyen.

El término sabe a fanatismo, a entrega total, a la venta del alma al diablo o a cualquier otra cosa que se identifique con la enajenación de la libertad de pensar y de actuar de acuerdo a los dictados de la propia conciencia.

Me imagino que el papá del joven funcionario le habrá enseñado a "militar" y estará muy feliz y orgulloso de que su pequeño "milite" durante las horas que se le supone férreamente asido a su sillón de gobernante. Ni pensar en lo feliz debe ser el papá de los hermanos Milito.

En cambio, si mi padre, desde su atalaya celestial, descubriera por azar que yo me paso el día "militando", estoy seguro que no tardaría en mandarme por Skype, o por la banda de 20 metros, una sonora reprimenda, por no decir una puteada de "aquí te espero".

A pesar de mis defectos, creo que ejerciendo de ciudadano libre "no militante", le estoy dando a mi padre la mayor de las satisfacciones posibles. ¡Ya era hora que le diera una!
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