Colaboraciones
El icono de la Natividad
El icono de la Natividad
La Natividad y la Pascua de Resurrección son las celebraciones más destacadas del cristianismo. La más bulliciosa y de contagiada alegría es la Natividad de Jesús que, celebrada con comilonas y borracheras, difiere del recogimiento propio de la Semana Santa. Esta circunstancia tal vez se deba a que la Iglesia, al trasladar la época del nacimiento de Jesús, del verano septentrional al invierno, justamente al día siguiente en el que concluían las fiestas saturnales de la Roma clásica, los pueblos mantuvieron el espíritu de las saturnales (del 17 al 23 de diciembre), esperadas siempre con ansiedad', ' por la incontinencia moral en que consistían.

El icono del nacimiento contiene los siguientes componentes:

la gruta,
la estrella,
el recién nacido,
su madre,
su padre,
los pastores y sus corderos,
el asno y el buey.

La escena del nacimiento de Jesús contiene figuras cuyos componentes son comprensibles por su propia significación exotérica mas, encierran además, significados que sin ser ni únicos ni unívocos, es preciso captarlos en su sentido más apropiado al significado evangélico.

Los cátaros leían y predicaban los Evangelios, y de modo especial el Apocalipsis de Juan. Lo que cuesta trabajo determinar sin lugar a dudas a causa de la falta de documentación indubitable, es si cada episodio de la Buena Nueva era desentrañado por ellos mediante el uso de la simbología tradicional, lo que indicaría el grado de conocimiento que habrían tenido o, caso contrario, del que adolecieron. Si sostenían que Jesús, su madre virgen y los episodios de su vida no son más que símbolos, es de suponer que pudieron haber descifrado el significado de tales símbolos, pues negaban la realidad histórica de Jesús como Hijo de Dios, porque no admitían que un Dios, cualquiera fuera, enviara a su Hijo a este mundo para ser envilecido, humillado, vejado, condenado, torturado y crucificado.

Si esta tradición de sapiencia precisa de un alto grado de iniciación, pudiera ser cierto que los cátaros estuvieron en posesión de esa sabiduría para custodiarla y en su momento, transferirla a otros (se dice que fue a los Templarios), aunque algunos autores mantienen que no entendían tales “signos y palabras enrevesadas”, expresión que se les atribuye, en cuyo caso cabría afirmar que comprendida o incomprendida por los cátaros, pasó por ellos esta sabiduría tradicional siquiera para ser custodiada y transferida.

Si admitían los episodios evangélicos como símbolos de una moral religiosa que instruían a los humanos para desarrollar su vida de modo ejemplar y lograr de ese modo la salvación, ha de entenderse que esa salvación se lograba por los repetidos procesos de reencarnación y no por la resurrección de los cuerpos que predica la Iglesia Católica. Porque los cátaros se empeñaban en salvar el alma que viajaba por distintos cuerpos reencarnada, y no al cuerpo, al que la resurrección “rehabilita” para que se reúna con el alma inmortal (no eterna, que tiene otro significado). El rechazo de la existencia histórica de Jesús como Mesías e Hijo de Dios, no niega su existencia histórica como hombre. La Iglesia Católica se empeña en que se admita que la salvación está destinada al alma y, sin embargo, lo que la resurrección salva de verdad es al cuerpo corrompido, al que “resucita” para que se reúna con su alma inmortal y ambos elementos humanos compartan la eternidad, bien entendido que es el comportamiento personal y social de cada ser lo que le auxilia en el tránsito hacia el Paraíso.

Volviendo al icono del nacimiento, el Papa Benedicto XVI, cuando cardenal Joseph Ratzinger, lo interpretó con estas palabras:

“En la cueva de Greccio se encontraban aquella
Nochebuena, conforme a la indicación de san
Francisco, el buey y el asno. Al noble Juan le había
dicho:"Quisiera evocar con todo realismo el recuerdo
del niño, tal y como nació en Belén, y todas las
penalidades que tuvo que soportar en su niñez.
Quisiera ver con mis ojos corporales cómo yació
en un pesebre y durmió sobre el heno, entre el buey
y el asno".

“Desde entonces, el buey y el asno forman parte de
toda representación del pesebre. Pero, ¿de donde
proceden en realidad? Como es sabido, los relatos
navideños del Nuevo Testamento no cuentan nada
de ellos. Si tratamos de aclarar esta pregunta,
tropezamos con unos hechos importantes para los
usos y tradiciones navideños, y también, incluso,
para la piedad navideña y pascual de la Iglesia en
la liturgia y las costumbres populares”.

“El buey y el asno no son precisamente productos de
la fantasía piadosa; gracias a la fe de la Iglesia en la
unidad del Antiguo y el Nuevo Testamento, se han
convertido en acompañantes del acontecimiento
navideño. De hecho, en Isaías 1, 3 se dice." Conoce
el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo.
Israel no conoce, mi pueblo no discierne".
“Los Padres de la Iglesia vieron en esta palabra una
profecía referida al Nuevo Pueblo de Dios,
la Iglesia constituida a partir de los judíos y gentiles.
Ante Dios, todos los hombres, judíos y gentiles,
eran como bueyes y asnos, sin razón ni entendimiento.
Pero el Niño del pesebre les ha abierto los ojos,
para que ahora reconozcan la voz de su Dueño,
la voz de su Amo” (1).

De este fragmento del artículo de Joseph Ratzinger se pueden extraer aspectos importantes, viniendo de quien vienen. En primer lugar, que el icono del nacimiento de Jesús admite interpretaciones más allá de lo que sus figuras representan en la vida real. El asno es algo más que el asno de siempre, y otro tanto, el buey. Está claro que en el icono contienen un simbolismo que debe ser interpretado para llegar a su verdadero significado religioso. En segundo lugar, que el asno y el buey, así como los pastores no están mencionados en ninguno de los dos Evangelios que relatan este acontecimiento, los de Mateo y Lucas. Por su parte, Marcos y Juan, nada dicen acerca del nacimiento de Jesús.

Admitido que el icono creado por San Francisco de Asís obliga a descifrar un simbolismo oculto, el segundo aspecto a señalar es que en los relatos evangélicos, nada se dice de estos dos animales, con lo cual se llega a la nada difícil conclusión de que fue San Francisco quien “ideó” estas figuras para implicarlas en el icono del nacimiento. La pregunta es: ¿lo de San Francisco fue una casualidad, una ocurrencia sin propósito definido, o por el contrario, sólo se puede explicar atribuyéndole la cualidad de iniciado?

A San Francisco se lo suele identificar como el hombre santo que lo era en tal grado, que hablaba con los pájaros. Esto, así dicho, está más cerca de una fábula que de un hecho real. Sin embargo, ni una cosa ni la otra. Ni fábula, ni realidad, sólo simbolismo.

Según el hinduismo, que es la doctrina que desarrolla con más amplitud la cosmogonía sagrada, explica que en los primeros tiempos, que coincidiría con la existencia de la región hiperbórea, los humanos tenían fácil acceso al llamado lenguaje sagrado o lenguaje divino, sin necesidad de intérpretes o intermediarios, lo que ha cambiado a lo largo de los siglos por la desafección humana a lo sagrado, de suerte que la debilitada hierofanía confundió a los hombres y desde entonces, la sabiduría divina aunque permanece oculta, puede ser descubierta por el devoto, siempre que se sirva de seres elegidos que hablaran con los dioses en “el lenguaje de los pájaros”, porque ni siquiera tales elegidos pueden ya entender el lenguaje divino. Y esto tiene que ver con el origen del saber, lo que podemos vislumbrar en el Eclesiastés 1, 1, donde se lee: Toda la sabiduría viene de Dios y con Él estuvo siempre desde antes de los siglos. Esta afirmación echa luz sobre el problema porque afirma el convencimiento de que la sabiduría no es un hecho cultural producto de la inteligencia humana, sino que proviene de Dios, precedente de toda historia humana.

Los iluminados ponen su inteligencia al servicio de la comprensión del lenguaje de los pájaros para alentar en los humanos el conocimiento primigenio que proviene de Dios. Los pájaros, por analogía, son los entes de la Creación que surcan el espacio elevándose a las dimensiones sagradas. El Espíritu Santo de los cristianos suele ser representado por un ave que desciende sobre los hombres para trasmitirles mensajes divinos. Así fue cómo se inspiraron dos evangelistas que sin haber sido uno de ellos discípulo de Jesús, a ambos les fue posible escribir la biografía de su Maestro en su paso por la tierra. Todo conocimiento de lo sagrado procede del Espíritu Santo, proclaman los cristianos, y ese Espíritu Santo, aunque quiera ser incluido en la deidad de la Santísima Trinidad, más que una de las personas de ese Dios tripartito, es un mensajero, como lo es la abubilla del Corán, según se verá más abajo. Ese Espíritu de cualidades celestiales es un mensajero o intermediario entre Dios y los hombres, pues recibe los mensajes del Creador en “el lenguaje de los pájaros” y luego lo trasmite a los elegidos que a su vez lo traducirán a los mortales en el lenguaje profano. Dada su dependencia de Dios o si se quiere su emanación de lo sagrado, es que se le identifica como una de las tres personas sagradas en las que se refleja Dios para ser comprendido por la inteligencia a la luz natural de la razón.

En el Corán se lee en XXVII:

“15. Dimos ciencia a David y a Salomón. Y dijeron: «¡Alabado sea Allah, que nos ha preferido a muchos de Sus siervos creyentes!»

16. Salomón heredó a David y dijo: “¡Hombres! Se nos ha enseñado el lenguaje de los pájaros y se nos ha dado de todo. ¡Es un favor manifiesto!”

17. Las tropas de Salomón, compuestas de genios, de hombres y pájaros, fueron agrupadas ante él y formadas.

18. Hasta que, llegados al Valle de las Hormigas, una hormiga dijo: “¡Hormigas! ¡Entrad en vuestras viviendas, no sea que Salomón y sus tropas os aplasten sin darse cuenta!”

19. Sonrió al oír lo que ella decía y dijo: “¡Señor! ¡Permíteme que Te agradezca la gracia que nos has dispensado, a mí y a mis padres! ¡Haz que haga obras buenas que Te plazcan! ¡Haz que entre a formar parte, por Tu misericordia, de Tus siervos justos!”

Los pájaros a que se refiere el versículo 17, nada tienen que ver con el simbolismo del “lenguaje de los pájaros” porque, basta seguir con la lectura del Corán para advertir que están relacionados con un simbolismo diferente, referido a “diablos, animales y espíritus”, según la interpretación de Michel Gall (2). En efecto, el genio (Yinn), significa en el Islam, el demonio o Satanás. Siguiendo con el Corán:

20. Pasó revista a los pájaros y dijo: “¿Cómo es que no veo a la abubilla? ¿O es que está ausente?

21. He de castigarla severamente o degollarla, a menos que me presente, sin falta, una excusa satisfactoria”.

22. No tardó en regresar y dijo: “Sé algo que tú no sabes, y te traigo de Saba una noticia segura.

23. He encontrado que reina sobre ellos una mujer, a quien se ha dado de todo y que posee un trono augusto.

24. He encontrado que ella y su pueblo se postran ante el sol, no ante Allah. El Demonio les ha engalanado sus obras y, habiéndoles apartado del camino, no siguen la buena dirección,

25. De modo que no se prosternan ante Allah, que pone de manifiesto lo que está escondido en los cielos y en la tierra, y sabe lo

que ocultáis y lo que manifestáis.

26. Allah, fuera del Cual no hay otro dios, es el Señor del Trono augusto”.

Salomón se enfadó al comprobar la ausencia de la abubilla, con quien había enviado un mensaje a la reina de Saba y, naturalmente, estaba ansioso por conocer la respuesta. La abubilla era el pájaro que utilizaba Salomón para comunicarse con la reina de Saba, a quien los musulmanes consideran la encarnación de lo diabólico y por añadidura, era una mujer cubierta de bello, algo repulsivo para los musulmanes árabes. No es preciso ahondar en esta cuestión para no distraer del propósito de estas líneas. Baste advertir que es menester estar siempre alertas a fin de no dejarse confundir con ciertas palabras puestas cercanamente a otras, pues no siempre estarán ligadas con el símbolo que se quiere interpretar. Los pájaros, que junto a los genios y los hombres forman el ejército de Salomón, nada tienen que ver con la expresión “lenguaje de los pájaros”, de la primera parte de la cita coránica. Eran, simplemente, las huestes del rey Salomón. Además, la expresión que contenía la carta dirigida por Salomón a la reina de Saba llevaba el propósito de atemorizarla para que se decidiera viajar a Jerusalén. He aquí otra prueba de que los símbolos admiten varias interpretaciones, debiéndose en cada caso elegir la más apropiada. El Cardenal Ratzinger eligió la versión de la cita profética de la Biblia; nosotros transitaremos por otros derroteros, y se advertirá que no son interpretaciones contradictorias.

Lo que en el Corán está relacionado con el “lenguaje de los pájaros” es la abubilla, mensajera celestial del rey Salomón, un pájaro vistoso que tiene un penacho dorado en su cabeza y cuyas plumas están siempre inhiestas. En este caso, los versículos coránicos relativos a la abubilla contienen un símbolo que no debe ser descifrado del ave, sino que es el ave misma el símbolo: era el mensajero de Salomón, que le advierte de la verdadera personalidad de la reina de Saba, desafiante del poder de Allah, lo que se evidenciaba no sólo por su soberbia, sino que mostraba un bello exuberante que era en realidad, la prueba vívida del macho cabrío, que por siempre simbolizó a Satanael. Trasladando el símil desde el Islán al cristianismo se podría decir que la abubilla es el Arcángel San Gabriel, cuyo nombre significa “héroe de Dios”, y a quien los cristianos lo consideran el “mensajero angélico”. Lo cierto es que el llamado “lenguaje de los pájaros” o “lenguaje celestial”, sea con un significado o con otro, es un símbolo presente en casi todas las culturas sagradas.

Salomón fue un elegido por haber sido enseñado a comprender “el lenguaje de los pájaros”, como lo fue Moisés, Isaías y demás profetas hebreos, Lao-Tse, Zoroastro, Buda, Confucio, Jesús, Mani, Mahoma y muchos otros, pues los elegidos no han de ser siempre los profetas y creadores de religiones; sin embargo, esta cualidad de comunicar con los dioses a través del “lenguaje de los pájaros” los hace meditar durante un buen tiempo y decidirse finalmente a crear y defender sus ideas sagradas, todas orientales, todas antiguas y todas esotéricas en su más cabal comprensión de sus arcanos.

El conocimiento de lo sagrado según lo predica Mircea Eliade se produce en el ser humano en forma directa porque lo sagrado se manifiesta, se muestra como algo diferente a lo profano, y a ese fenómeno de manifestación lo denomina hierofanía (del griego hieros = sagrado, y phainomai = manifestarse) (3). De todos modos, este autor desarrollando la idea básica de esta manifestación sostiene que se produce como algo distinto a lo profano y que se sirve de objetos ónticos para actualizarse como una hierofanía. Así, una piedra puede convertirse en algo sagrado sin dejar de ser piedra. Seguirá siendo una piedra para una concepción profana del conocimiento, pero será una hierofanía para una concepción sagrada. Esta explicación demuestra, en última instancia, que toda hierofanía convierte a las cosas de la creación en soporte de símbolos sagrados. Estamos, pues, en la admisión implícita de la simbología sagrada que es, en todo caso, la simbología más creíble y menos contaminada.

Del mismo modo, San Francisco fue un elegido que “hablaba con los pájaros”, lo que en lenguaje simbólico significa ni más ni menos, que conocía el lenguaje de los pájaros en el sentido que se acaba de explicar (4). Sólo así se entiende sin dificultad la abigarrada reunión de símbolos con los que idea el icono del nacimiento de Jesús, que desde entonces habrá de repetirse sin modificación en todo el mundo cristiano; esto es, desde hace mil años, aproximadamente.

Para asegurarse de que su “creación” perdurara, con buen tino visitó en Roma en el año 1.223 al Papa Honorio III, a quien confió su propósito y recibió una total aprobación. Con esa autoridad no discutible, llegó a Greccio y se puso manos a la obra. Renunció a representar el nacimiento en un establo pese a que el Evangelio de Lucas hace mención a un “pesebre”, donde el recién nacido yació envuelto en pañales. Renunció al establo donde hay heno para reposar cómodamente sobre el suelo, y prefirió la gruta, la caverna, la cueva, que son para la simbología tradicional, la misma cosa. Se podría decir que apartó su idea de la mención que en el Evangelio de Lucas se hace de un más que presumible establo, optando por el símbolo de la gruta. El establo está también referido de modo expreso en la cita que líneas antes hemos hecho del actual Papa Benedicto XVI.

La gruta

Es curioso, como se acaba de decir, que san Francisco de Asís, el primer “pesebrista” o “belenista”, para representar el nacimiento ideara una gruta o caverna y no un establo. Porque al margen de razones simbólicas, no se puede negar que meter en una gruta a un buey y a un asno, es algo bastante difícil, pensando en lo que cuesta introducirlos en un corral. Pero, hay que insistir en que nada es casual ni real, sino que responde a otras razones. Era preciso renunciar a una realidad purista para acometer la cuestión a través de los símbolos. Lo que importaba era dar cabida al simbolismo y no a las reacciones biológicas de un asno real y de un buey igualmente real.

La gruta tiene varios significados esotéricos y todos concurren, como acontece de ordinario, hacia un mismo resultado gnóstico final. Con respecto a la montaña o montículo que en su interior encierra a la gruta, significa el centro interno del estado primigenio, y a la vez tiene un significado axial o polar, en tanto que está en consonancia con el eje del globo y el ártico, desde donde desciende el eje del globo hacia lo antártico (el sur).

De un punto de vista muy general, la montaña que contiene la gruta es la manifestación principal del centro y del eje, y era la más directa de las manifestaciones posibles en los primeros tiempos cuando todo el conocimiento proveniente de los dioses era accesible para los humanos en razón del altísimo grado de espiritualidad existente. Pasados los primeros ciclos cósmicos, al reducirse esa espiritualidad, la gruta viene a constituir el retraimiento del significado de la montaña hacia su interior, con la finalidad de esconder la sabiduría primigenia, de aquellos a quienes no les es posible acceder a ella, ni lo merecen. La gruta pasa a contener el corazón del conocimiento primigenio y la montaña, aunque sigue manifestada, los hombres y mujeres que van introduciendo cada vez mayor materialismo en sus vidas, sólo ven en ella o en el montículo, su aspecto exterior, exotérico, y buscan grietas por donde penetrar al interior de la gruta, para descubrir misterios que no sabrán descifrar, seguramente. Esa curiosidad es la seña evidente del pasado altamente espiritual del ser humano, ya decaído, cuyo rescoldo no acaba de apagarse en sus corazones. Donde hubo, algo queda. Tal vez sea oportuno recordar aquí, que Otto Rahn se pasó largas temporadas buscando el Santo Grial en las cuevas del Ornolac francés, buscando una realidad que no halló como realidad aunque la tuviera delante de sus ojos con la fisonomía de un símbolo.

Además de esta relación directa entre la montaña y la gruta, otro simbolismo de la gruta es su significado más intrínseco o, si se quiere, más específico, aunque siempre ligado a la montaña. Este simbolismo es doble: por una parte, es el lugar oculto donde se lleva a cabo la iniciación de los adeptos que reciben las enseñanzas adecuadas para acceder sin dificultad a los diversos grados del conocimiento, el sitio donde los maestros guían a los iniciados para que puedan desarrollar óptimamente sus facultades gnósticas para acceder a grados más altos del saber, y por otra parte y ligado a ello, es el lugar sagrado donde el ser humano muere y vuelve a nacer a causa de esa iniciación. Es un morir a un pasado de ignorancia, y nacer de nuevo a un futuro pleno de sabiduría. Lo que es propiamente una iniciación. De ahí que ambos significados estén entrelazados. Otra iniciación simbólica es la muerte de una vida anterior representada por la profundidad de las aguas y un renacer cuando a la persona el oficiante la emerge en el bautismo que practican de tal laya no pocas religiones cristianas no católicas.

Algo más: así como la montaña tiene una forma triangular cuyo vértice apunta a la bóveda, contiene a la gruta que es un triángulo cuyo vértice apunta hacia el centro de la tierra, y por ese su centro pasa el eje del globo. Esta forma triangular de vértice invertido es lo que le da a la gruta de modo definitivo su significado simbólico: la forma de una copa, la que a su vez representa el corazón, que es por su posición en el cuerpo, un triángulo con el vértice hacia abajo. Por esto se puede decir que la gruta es el corazón de la montaña y a la vez, su centro y su eje. El lugar elegido no pudo haber sido más apropiado para representar el nacimiento de Jesús. Haciendo uso de la analogía para la mejor comprensión de algunos símbolos, se advierte cómo la copa invertida gana su posición adecuada por el principio de oposición de los contrarios que toda analogía contiene como el sello de Salomón con sus dos triángulos invertidos o en anciano del Zohar reflejado en el agua.

La gruta es el corazón de la montaña por su forma y por su situación interna, y es a la vez centro y eje; es decir, que con absoluta coherencia, la gruta por sus atributos está manifestando el más alto grado de espiritualidad que caracterizó el primero de los cuatro ciclos cósmicos y que correspondió al Gran Año de la región hiperbórea, polar y primigenia, cuando el ser humano tenía comunicación directa con los dioses, que posibilitaban a los hombres el acceso a toda la Sabiduría Primigenia.

Reflexionando acerca del primer componente del icono de la Natividad, no se puede negar que Francisco de Asís acertó de pleno, pues sabía lo que estaba haciendo. A nuestro entender, la gruta es el componente más importante en el icono de la Natividad, a tal punto que podría decirse que interpretando el significado simbólico de la gruta o caverna, queda explicado no sólo el sentido cabal de la Natividad de Jesús, sino toda su vida futura y su proyección luego de haber resucitado.

La gruta está iluminada desde dentro, de lo que resulta que de un punto de vista del estado primigenio de lo creado, la oscuridad y las tinieblas están fuera. Puesto que la luz no puede llegar desde fuera, está claro que proviene de una fuente primigenia que desciende desde el firmamento en el sentido de techo del mundo. Es la luz del Arcángel, o para decirlo más propiamente, es el Arcángel mismo quien penetra desde el firmamento al interior de la gruta para iluminarla. Y siendo así, es una luz que pasa inadvertida a los ojos del ser humano a quien el mensaje del Arcángel no va dirigido. El mensaje sólo lo capta el receptor; en este caso, los Magos de Oriente.

A la gruta se penetra desde el exterior por un eje vertical que coincide con el eje del mundo, y que está representado por el suelo de la gruta (el polo sur). Allí se produce el misterio de la iniciación de Jesús y de su “segundo nacimiento” a la sabiduría primigenia, que consumará con su viaje a Egipto, donde aprenderá el arte de la Gran Obra de los alquimistas, el conocimiento de los misterios y adquirirá la sabiduría tradicional que su naturaleza de hombre no le permite acceder a ella de otro modo que aprendiendo. Por eso, el iniciado ha de salir de la cueva por el norte del eje que está situado en la bóveda de la gruta (el polo norte). Se trata de un ascenso desde el sur del eje (el suelo) hacia el norte (un agujero situado en el centro de la bóveda de la gruta y que en el ser humano tienen su símil situado en la coronilla). En Jesús, ese ascenso que le permitirá salir de la cueva o gruta como un iniciado, se manifiesta con su resurrección y “ascenso” a la bóveda celestial donde habita el Padre y moran los elegidos. Este tema da para mucho más pero con lo dicho se puede comprender con suficiencia el símbolo de la gruta que en el nacimiento es, a nuestro juicio y junto al recién nacido, la más importante de cuantas figuras componen el icono de la Natividad.

La estrella

La estrella es un astro y por lo tanto, irradia luz. En el firmamento agita su luminosidad de modo constante, sin moverse, a los ojos del ser humano. La estrella del nacimiento, sin embargo, tenía movimiento, y era un movimiento inteligente. Los Magos querían llegar al sitio donde había nacido este niño tan especial, pero no sabían cómo hacerlo, y la estrella los guió. En la actualidad se diría que fue la guía que dirigió los pasos de los visitantes magos desde el lejano hacia el cercano Oriente. Era visible sólo de noche, como toda estrella y así bastaba porque seguramente los magos viajaban sólo de noche para evitar el peligro de los malhechores que asolaban los caminos.

Es un símbolo que contiene varios significados. En todos ellos, sea de modo principal o complementario, está siempre presente la luz, que es lo que ahora nos interesa. Y la luz es uno de los elementos de la dicotomía más recurrente en las doctrinas sagradas de la antigüedad. La luz y las tinieblas aparecen como representaciones más ostensibles del bien y del mal en la religión maniquea: el Dios de las Tinieblas (YHVH), y el Dios de la Luz (el Paráclito). El Génesis relata que fue del caos tenebroso de donde hizo Dios surgir la luz (5). Esa luz llamada día en el Génesis, no es la luz de la estrella de Belén porque, muy al contrario, se deja ver sólo de noche y tiene un movimiento propio cuyo propósito es guiar. La estrella solamente se menciona en el Evangelio de Mateo en estos términos:

“Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos,
averiguó cuidadosamente de ellos, el tiempo en que
la estrella se les apareció, y encaminándolos a Belén,
les dijo: id e informaos puntualmente de lo que hay de
ese niño, y en habiéndolo hallado, dadme aviso, para
ir yo también a adorarle. Luego que oyeron esto del
rey, partieron, y he aquí que la estrella que habían
visto en Oriente, iba delante de ellos, hasta que
llegando al sitio donde estaba el niño, se paró. A la
vista de la estrella, se regocijaron por extremo. Y
entrando en la casa hallaron al niño con María, su
madre, y postrándose le adoraron, y abiertos sus
cofres le ofrecieron presentes de oro, incienso y
mirra. Y habiendo recibido en sueños un aviso
para que no volviesen a Herodes, regresaron a su
país por otro camino (6).

La estrella desempeña aparentemente en el relato de Mateo, un doble papel. Es la luz comunicadora y la luz protectora. La expresión “habiendo recibido en sueños un aviso...” es el modo en que generalmente se manifiesta la comunicación del Arcángel San Gabriel. Así lo hizo con José para ponerlo al corriente del embarazo de María (Mateo 1, 18-25); lo reiteró anunciando a los pastores la Buena Nueva (Lucas 2, 8-13); y de modo constante lo llevó a cabo con Daniel. En el Islam, el Arcángel Gabriel que recibe el nombre de Yibril o Jibril, es el gran comunicador, como que fue quien reveló el Libro Sagrado al Profeta.

Además de esta función comunicadora, la luz de la estrella parece cumplir también la de protección cuando se lee en la descripción del nacimiento de Jesús: “Al punto mismo se dejó ver con el Ángel, un ejército numeroso de la milicia celestial, alabando a Dios, y diciendo Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” (7). No es difícil el advertir que ese Ángel protector que se presenta en el nacimiento no es San Gabriel sino San Miguel Arcángel, a quien se le reconoce como general de los ejércitos celestiales, custodio de las sinagogas y de las iglesias y en el Islam, conocedor y administrador de las fuerzas de la naturaleza, con lo cual se reitera en el Islam su fuerza y poderío. Así, pues, en el nacimiento de Jesús se hacen presentes a través de la luz de la estrella de Belén, dos de los siete Arcángeles cristianos, San Miguel y San Gabriel, como que a continuación se lee: “Luego que los Ángeles se apartaron de ellos y volaron al cielo, los pastores se decían unos a otros: “Vamos hasta Belén a ver este suceso prodigioso que acaba de suceder y que el Señor nos ha comunicado”(8). La expresión “luego que los Ángeles se apartaron de ellos y volaron al cielo...” demuestra sin lugar a dudas que eran dos, y se trataba de los ya mencionados Arcángeles Gabriel y Miguel: el comunicador y el protector.

Hay todavía dos aspectos que merecen ser expuestos. Uno, referido a la forma externa de la estrella y otro, a la luz en la gruta.

La estrella en su forma visible puede tener desde tres, hasta un número indefinido de vértices o rayos. Si la estrella de cinco puntas representa al hombre tal y como lo ilustró Da Vinci en el “Hombre de Vitruvio”, la de seis puntas representa la Creación, con un punto en el centro, porque la creación se realizó en seis días y la Biblia habla de uno más, dedicado al “descanso” de Dios-Creador, que ocupa el lugar del punto inmóvil que hace girar lo que a su alrededor se manifiesta como lo creado y que coincide con el “punto inmóvil” de Aristóteles. Esta estrella, también conocida como la “Estrella de David”, es actualmente un símbolo para todos los judíos y en especial para los habitantes de Israel. Está formada por dos triángulos superpuestos e invertidos, que es también la imagen de los dos ancianos del Zohar: una que se refleja y otra, la reflejada, y por ello mismo, invertida, tal como se explicó en líneas anteriores. De igual modo, estos dos triángulos opuestos son la representación del sello de Salomón. Del punto de vista de nuestro interés, no parece ser ésta la significación más adecuada de la estrella de Belén. Son todos ellos, símbolos herméticos, pero apuntan hacia otros significados (9).

El aspecto referido a la luz, en cambio, es el que más se adecua al significado del nacimiento, que se produce en una gruta o cueva, obviamente oscura. Si aceptamos que la oscuridad o las tinieblas significan todo lo malo en la tradición judeo-cristiana(10), estaremos cerca de la interpretación más asequible del icono en estudio, con las salvedades o aclaraciones que vienen más abajo. Cabe adelantar que la luz de esta estrella no se manifiesta con vértices. Carece de vértices por lo que ni representa al hombre porque tuviera cinco puntas, ni a la estrella de los judíos que tiene seis. Lo de estrella es otro simbolismo pues no era una más de las que brillan en el firmamento ni respondía a sus leyes; se movía con inteligencia señalando el camino a los magos y tan sólo resplandecía.

La gruta es el sitio donde se ha retraído la cualidad axial y central de la montaña, y lo ha hecho para conservar su identidad a causa del decreciente estado de espiritualidad del ser humano para lo cual, como es de rigor, el ocultamiento se logró mediante la sustitución de la verdad evidente por un símbolo que desde entonces es necesario descifrar para obtener el conocimiento de lo simbolizado. Si pasamos de la realidad de la gruta a su simbolismo navideño, resulta que lo que guió a los magos hasta Belén fue una luz que se movía fijando el rumbo del viaje hasta llegar a su destino. Esa luz que se detuvo justo arriba de la gruta, finalmente terminó iluminándola en su interior porque, si la gruta es símbolo de iniciación y donde a la vez tiene lugar el segundo nacimiento hacia la sabiduría, el icono cristiano es apropiado al significado de su simbolismo y a la vez, al iluminar la gruta no hace otra cosa que romper las tinieblas de la ignorancia con la luz refulgente de la correcta iniciación.

Sólo resta descubrir la fuente de esa luz que viajó desde el lejano hasta el cercano Oriente para terminar iluminando la gruta. Parece claro que se trata del Arcángel San Gabriel, el gran comunicador en el cristianismo y el islamismo (Yibril). La comunicación de los mensajeros de Dios no actúan siempre de la misma manera, pues adoptan formas apropiadas a cada ocasión. En este caso, fue una luz móvil, que es una modalidad muy simple de indicar el camino, pues hizo las veces de señales de tráfico o de un buen samaritano que con el índice “indica” el camino a seguir. Esa luz fue el propio San Gabriel que en sueños les previno a los magos que no debían regresar a ver a Herodes, y volver a su país por otro camino y de ese modo salvar la vida del recién nacido. Esta vez obró San Gabriel conforme a sus hábitos de comunicación directa con el elegido: aprovechar el sueño del receptor de la comunicación. La luz simbolizada en una estrella porque se movía en el firmamento fue, sin duda alguna, el Arcángel San Gabriel, protegido en todo momento por San Miguel Arcángel y su “milicia celestial”, según cuenta Lucas en su Evangelio.

El recién nacido

En el icono de la Natividad se coloca al niño en el centro de la escena, lo que no deja de tener un simbolismo típico por lo que el centro tiene de reunión de todos los opuestos y consolidación de todos los estados complementarios atraídos hacia un único estado superior. Las demás figuras se distribuyen a su izquierda y derecha, adelante (que significa abajo) y arriba, donde brilla la estrella de Belén; es decir, que abarca los cuatro puntos cardinales. Uniendo sus extremos se da forma a una cruz que, puesta en movimiento a partir del punto central donde se cruzan los ejes solsticiales y equinocciales, esa cruz a la que se añaden cuatro líneas rectas tangenciales dan forma a la svástica, que representa el movimiento del mundo girando hacia la derecha (movimiento centrífugo) o hacia la izquierda (movimiento centrípeto) que es el movimiento que conserva al globo en el sistema, pero siempre sobre un punto inmóvil que representa en cuanto al movimiento, el Principio o Unidad de la Creación.

Alejados de una interpretación astronómica, el movimiento centrífugo (que huye del centro) simboliza la expansión del movimiento que es la seña distintiva de todo lo creado que como tal, ostenta un movimiento continuo. Todo lo creado se mueve y no deja de moverse y tanto, que Edwin Hube en 1929 descubre que las estrellas se están separando de la Tierra y que además, se están separando entre sí, prueba inequívoca de la expansión permanente del Universo.

Volviendo a la distribución de las figuras del nacimiento, está claro que coincide con los dos ejes de la tierra: el norte-sur que une los dos polos donde se producen los solsticios, y el oeste-este que une los equinoccios. La ubicación es correcta en relación a lo que se quiere significar. Todo lo que rodea al recién nacido es secundario o, si se quiere, depende del centro. Un centro que hace rotar a su alrededor a todo lo que está en el mundo y sin embargo, él mismo permanece inmóvil. Jesús será el centro y a su alrededor rotará, girará el mundo, los astros y el Universo todo, teniendo en cuenta lo que el cristianismo afirma que es. Pero, esa no es una cuestión que debamos abordar en este momento. Lo que tratamos es de desentrañar la simbología del nacimiento y no la consistencia y verdad del dogma cristiano, asunto ligado a las creencias de cada cual y que supera con amplitud cualquier intento de significación simbólica.

Este niño, a diferencia de lo que sería lo normal, lo lógico y lo que es costumbre, no aparece en brazos de su madre; piénsese que se trata de un recién nacido, con pocas horas de vida. Permanece solo, tumbado sobre un manojo de paja iluminado por la estrella. Esta solo porque así será cómo afrontará su destino, sin compañeros de lucha por salvar al pueblo de Palestina de los romanos, no obstante haber salvado vidas, curado enfermos, iluminado los ojos de los ciegos y recordando permanentemente a los judíos los principales mandamientos de la ley mosaica. Hizo del amor al prójimo, su estandarte, tal y como lo preceptúa la ley tradicional judía (11). Dado que en otros intentos de interpretación del simbolismo de los Evangelios hay material más que suficiente como para insistir en este destino aciago que Dios reservó para Jesús, dejaremos aquí este tema, y más aun teniendo en cuenta el significado de los animales que lo acompañan en el icono de su nacimiento, de lo que se trata más adelante.

Sólo concluiremos indicando una circunstancia igualmente singular: el niño no sólo no está en brazos de su madre, sino que tampoco duerme. Nada de esto se dice en ninguno de los dos Evangelios que describen este episodio. La vigilia del niño, tal como aparece representado en los iconos del nacimiento en todas las latitudes, es algo recurrente. Jamás se lo sitúa en el “pesebre” con los ojos cerrados, durmiendo, porque al poco tiempo de nacer los niños o duermen, o lloran, o se alimentan de su madre. Este niño recién nacido está despierto y vigilante, como dominando la escena en la que es Él quien hace girar todo lo que lo rodea. Y es así, incluso, en el momento supremo de ser conducido al Gólgota. Siempre enfrentará solo su destino; su hermano Simón-Pedro lo negará tres veces; sus amigos y compañeros de lucha habrán desaparecido y a los pies de la cruz sólo estarán velando su agonía, su madre, María Magdalena, María que era madre de Santiago y de José y la madre de los hijos de Zebedeo (12). También algunas mujeres que contemplaban el episodio desde lejos; es decir, que no participaban pues eran simples espectadoras. Como casi siempre, los hombres conspiran en las sombras y son las mujeres quienes tienen que dar la cara a la tragedia.

Su madre

La virginidad de las madres de los inspiradores de las religiones ha sido una constante. Jesús nació de una virgen llamada María; Buda nació de una virgen llamada Maia (o María); Krishna nació de una virgen llamada Devaki. Siguiendo con las similitudes, Krishna y Jesús nacieron en una cueva. Las similitudes son numerosas, lo que da una idea de que no solamente la simbología tradicional demuestra la existencia de una fuerte cadena de singularidades compartidas por los fundadores o profetas de distintas doctrinas sagradas, sino que además de ello demuestra algo más importante: que existe una común corriente subterránea de elementos sapienciales que todas estas doctrinas llevan en sí, dando pábulo a la certeza de que en definitiva todas las religiones tienden hacia un mismo Dios, un mismo Principio Creador y un mismo estado superior y primigenio que cuajó en los primeros ciclos cósmicos de la historia humana, pero que con el avance de los tiempos se fue debilitando hasta llegar al estado actual de absoluta depresión de las cualidades espirituales a causa del triunfo del materialismo ciego y torpe.

La madre virgen es el símbolo inequívoco de la pureza que debe revestir el hecho del nacimiento de un profeta importante o de un Dios, cualquiera sea. La virginidad no es un mérito de la madre que procrea y alumbra a su hijo, sino una cualidad atribuible al nacido, que será quien reciba todas las virtudes y cualidades de su genética divina. La virginidad no alivia la concepción de la virgen purificando su condición de “madre de Dios”, sino que limpia de impurezas la fecundación, la concepción y el parto, ya que sólo se ha tomado de la naturaleza humana lo mínimo necesario para que se produzca el embarazo y el parto. Así, pues, la virginidad no engrandece a la humana naturaleza de la madre, sino que glorifica al hombre que porta la deidad en su naturaleza.

A la pregunta de si la intervención de la virgen en el nacimiento de un Hombre-Dios no enturbia la limpieza necesaria de toda naturaleza divina, se debe responder que no. Se supone que Dios hubiera elegido otro método para enviar a su Hijo “abajo”, lo que se conoce cono “avatar” en las religiones hindúes, en el sentido de descendimiento. La Creación es la manifestación de Dios porque es Dios mismo. Ha nacido o ha sido de Él y por Él. Nadie negaría, en este caso, que la Creación es Dios mismo y que toda ella está imbuida de su naturaleza y que por esa razón los seres humanos la consideran sagrada. Cada ente creado está asistido en su forma por esa naturaleza o mejor, por esa sustancia divina. Es la “chispa” divina de que hablan los maniqueos afirmando que reside en el interior de todo ser humano y que es el motor o la energía siempre alerta para luchar contra el Mal aposentado en este mundo de seres malvados por iniciativa del cruel YHVH, Dios de los judíos.

El ser humano guarda también en su interior esa “chispa divina” que todo ente creado posee. María virgen también la poseía como todo mortal, de manera que si en su embarazo llevó además de la chispa de divinidad de todo ser humano, la cuota mayor de divinidad que Jesús portaba como Hijo de Dios Padre, está claro que su participación en la concepción y parto de Jesús no pudo ensuciar, enturbiar o disminuir la divinidad que exigía como Dios para su Hijo que “descendió” a redimir, a los pecadores y salvar a su pueblo oprimido.

Siendo la Virgen María una niña casi, revestida de virtudes en todos los aspectos humanos, más bien enriqueció con su participación la sustancia terrenal de su hijo, porque no la conturbó con la chispa de su naturaleza divina de la que participan todos los entes de la Creación. De no ser así, habría que admitir que Jesús careció de las virtudes adecuadas a su condición de hijo ejemplar de María y de Hijo digno del Padre celestial.

Así, pues, la participación de María en el nacimiento es el sustento de la doctrina sagrada, que no desmerece en nada por la participación de una naturaleza humana en el nacimiento del Hijo de Dios. María contiene en su ser las cualidades del estado primigenio de la humanidad, porque de otro modo Dios no hubiera tomado contacto con ella para el acontecimiento de la procreación. Y aunque ella no hubiera sido consciente de esta circunstancia sagrada por estar en el tiempo tan alejada de ese estado primigenio de altísima espiritualidad, no significa que su participación tal y como fue concebida por Dios, decrezca el tono glorioso del nacimiento, por haber ignorado lo que representa y el cómo lo sustentó con su vida corporal y cómo lo alentó con su espíritu terrenal. No hubo comunicación directa entre Dios y María, porque no puede haberla en este ciclo final de la Manvántara en la que estamos históricamente inmersos los humanos. Se sirvió Dios del Gran Comunicador: el Arcángel San Gabriel.

La comunicación directa de Dios con la especie humana sólo fue posible en razón del altísimo grado de espiritualidad en la que se desenvolvía la especie en el Primer Gran Año (unos 13.000 años históricos, aproximadamente). Después, como ya vimos anteriormente, sucedió el ciclo de los atlantes y luego la de los arios, para desembocar en nuestro ciclo o Gran Año, que tiene una duración mucho menor y que los cultivadores de la doctrina de la duración de los Manvántaras, denominan como Kali Yuga; es decir, la Yuga o era final de nuestra Manvántara.

El Arcángel San Gabriel se encarga de preparar el terreno tanto con María como con José, a quien convence de la necesidad de mantener la virginidad de la niña María. Y así se hace. Ya que no se puede engendrar a un Dios-Hombre sin contar con alguna forma de corporeidad humana, se necesitó la intervención de una mujer que con su virginidad intacta excluía toda intervención humana extraña a los designios de Dios. El alcance de esa comunicación de Dios con la mujer María no fue, con toda seguridad, comprendida del todo o quien sabe ni siquiera un poco por María y su esposo José. Ellos “estaban allí” para cumplir un deseo divino, y en eso se limitaba, de seguro, todo su conocimiento. No se puede negar la evidencia de que María carece prácticamente de todo protagonismo, ni siquiera tangencial en la vida pública de Jesús. Ni es una iniciada, ni es una elegida que conozca “el lenguaje de los pájaros”.

Aparece en los Evangelios junto a otras personas a quienes se conocen como familiares de Jesús, cuando estaba predicando ante numerosos seguidores. Alguien le anoticia que su madre y familiares están fuera de la casa donde predicaba y donde no cabía un alma más, y enterado, Jesús posterga a su madre y familiares, ensalzando en cambio, a quienes lo escuchaban dentro (13). No se puede negar que la reacción de Jesús fue esta vez, como en otras (el episodio de la higuera), al menos reprobable de un punto de vista humano, porque posterga a su madre y demás familiares a fin de congraciarse con quienes lo escuchan. No obstante, de un punto de vista simbólico esta anécdota tiene mucho que ver con la escena del nacimiento. La madre de Jesús, en ambos casos, está pospuesta. Ante los pastores, magos de Oriente y José, el recién nacido se desliga de su naturaleza humana para asumir la divina, demostrando que su madre virgen fue el instrumento y que Él tiene un camino que recorrer y un destino que cumplir, al que arribará solitariamente, como se señaló anteriormente. Su madre ni lo sostiene en su regazo, ni lo alimenta. El Hijo de Dios está solo, como estará en el momento crucial de su presencia en la tierra.

Simbólicamente, los Evangelios quieren significar que existe una separación necesaria entre su madre terrenal, sus familiares y amigos y la misión celestial que le corresponde desarrollar como Dios-Hijo. No se puede otorgar la misma significación y analizar la escena con la misma sensibilidad de un punto de vista humano que de un punto de vista simbólico, si de lo que se trata es de desentrañar el sentido verdadero de la vida de Jesús relatada en los Evangelios. Hay un relato que se muestra sin opacidad con palabras y figuras; y otro relato que puede ser enriquecido con la interpretación de lo simbólico, cuya opacidad puede ser iluminada por el descubrimiento del significado encubierto.

También aparece María al pie de la cruz, acompañando la agonía de su hijo. Aquí, María cumple con el ritual inequívoco de la madre que sufre la desdicha y muerte de su hijo. Aunque Mateo 27, 55-56 afirma que sólo estaban allí “muchas mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para cuidar de su asistencia, entre las que estaban María Magdalena y María madre de Santiago y de José y la madre de los hijos de Zebedeo”. Por su parte, Marcos 15, 40-41 cuenta que: “Había también allí varias mujeres que estaban mirando de lejos, entre las cuales estaban María Magdalena y María, madre de Santiago el menor y de José, y Salomé, que cuando estaba en Galilea, le seguían y le asistían con sus bienes, y también otras muchas, que juntamente con Él, habían subido a Jerusalén”. Aquí se demuestra una vez más que en realidad al pie de la cruz, no había nadie porque todos quienes habían seguido a Jesús temían las persecuciones. Por su parte Lucas 23, 49, nos dice lo siguiente “Estaban al mismo tiempo todos los conocidos de Jesús, y las mujeres que le habían seguido desde Galilea, observando de lejos estas cosas”. Aquí, Lucas encubre una verdad y deja al descubierto otra: encubre que la secta de Jesús estaba siendo perseguida a muerte en esos días, razón que le lleva a Simón-Pedro a negarlo por tres veces, y también que al pie de la cruz no había nadie y Jesús estaba solo; y a la vez descubre la verdad de ese temor a las persecuciones que sentían los seguidores de Jesús, como que observaban de lejos estos hechos, por si acaso.

En dos Evangelios se cuenta que quienes estaban por ahí, se situaban lejos de la cruz. Es en Juan 19, 25-27 donde aparece por única vez en los cuatro Evangelios María, madre de Jesús, al pie de la cruz. Dice Juan: “Estaban al mismo tiempo al pie de la cruz de Jesús, su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás y María Magdalena y también por única vez un hombre junto a las mujeres Juan “el discípulo que Él amaba”. No se puede negar que hay ciertas contradicciones entre las versiones de los evangelistas o al menos, incoherencia narrativa.

Pese a esta aparente contradicción porque tres evangelistas ignoran o callan lo que comenta el cuarto, lo cierto es que hubiera bastado la explicación de Juan para admitir que María estaba a los pies de la cruz de su hijo, pues otra cosa no cabría esperar de una madre; de cualquiera madre, exista o no exista peligro para ella. Lo contrario invitaría a otra clase de interpretación, buscando el sentido en otras simbologías más complicadas, casi heterodoxas. Aquí se trata del Hijo de Dios-Padre que muere con su naturaleza humana junto a su madre, para cerrar el círculo de su vida terrena. En su nacimiento y muerte ha de estar presente la madre virgen que hizo posible la existencia terrenal de Jesús. En su agonía no pide consuelo a su madre, tampoco perdón por haberle causado tanto dolor, que hubiera sido lo propio de un hijo crucificado por haberse enfrentado al poder romano y ganar con ello la muerte, sino que se limita a decirle: “Mujer, aquí tienes a tu hijo”. Es preciso desentrañar la situación y la frase, porque Juan en esta ocasión suele contarnos mucho más que los otros tres evangelistas.

Lo curioso, dijimos, no es que se dirija a su madre antes de morir, sino las palabras que utiliza, nada convencionales. En lugar de algo así como “Me muero madre, nos veremos a la diestra de Dios Padre”, le dice algo tan obvio como incomprensible: “Mujer, aquí tienes a tu hijo”. Pues bien, en el nacimiento Jesús, situado en el centro, hace girar todo lo que vive a su alrededor; en el punto central que se mantiene inmóvil. Su madre se mantiene distanciada como el resto de los presentes, y Jesús recién nacido se manifiesta como el Hijo de Dios, solitario en el centro axial de la caverna. Su madre carece de protagonismo. En el momento de su muerte ya no se manifiesta como Hijo de Dios, sino como Hijo del Hombre y por lo tanto, acude a su madre, reconociéndose humano. Y puesto que como se relata su vida en los Evangelios la participación de su madre es carente de todo color por la falta de intervención, a la hora de su muerte, la acerca a su agonía de modo sensible y con sus palabras pareciera disculparse por haberla distanciado de sí.

De que muere como hombre no cabe duda alguna, puesto que entra a la muerte (Dios es eterno y la muerte le es inaccesible), y desciende a los infiernos a residir entre los muertos y de allí ascenderá a su destino conforme la tradición hebrea o se hundirá en los infiernos, o resucitará según reza el dogma cristiano y el Credo que rezaban los católicos hasta hace bien poco. Ha sido excluida esa referencia al descenso a los infierno y la resurrección a los tres días desde el habitat de los muertos. En cualquier caso, de esta manera se cierra el ciclo del periplo humano del Hijo de Dios en este mundo. En cuanto a María, gana un poco de protagonismo en la muerte de su hijo; la que no tuvo en su nacimiento, lo que se explica ya que nace como Dios y muere como hombre.

Su padre

Si escaso es el protagonismo de la madre de Dios en los Evangelios, menor aun es el de su padre. La figura de José en el nacimiento, como jefe de familia, viene a representar la autoridad, apoyado en el cayado que lo supera en altura, según lo ideó San Francisco y desde entonces se guarda fielmente esta figuración del padre de Jesús.

La vara perpendicular al suelo ostenta su carácter axial y central, con significado similar al de la lanza y la flecha, aunque tal descripción es en este caso errónea, porque José no sostiene su cayado en el centro de la gruta, lugar reservado para el recién nacido. Su autoridad es puramente figurada porque no engarza con el centro ni es el eje de la escena. No es el eje que hace girar a todo lo demás sin moverse, porque él también gira alrededor de Jesús. Su vara es un símbolo con un significado que en José no pasa de ser analógico. Sin esa interpretación la presencia de José hubiera quedado borrada por carecer de sentido. Ello explica la curiosa figura de quien estando a la vera de su hijo recién nacido, está de pie sosteniendo un cayado como si estuviera dispuesto a marcharse. De pie y con su vara, no significa que está a punto de abandonar el lugar, sino que analógicamente representa la autoridad familiar marcando con su vara perpendicular, el simbolismo axial que atraviesa la esfera por el centro. Se trata de un centro descentrado y de un eje complementario o paralelo al eje central de la esfera, sobre el cual gira y que pertenece a Jesús en la escena del nacimiento, tal y como lo hemos venido repitiendo.

Eje y centro son dos símbolos que van apareados. Si imaginamos la rotación alrededor del eje inmóvil y seccionamos la esfera por su ecuador, el punto del eje que hace rotar aparecerá justamente en el punto del centro del círculo que es la base de la mitad superior (la bóveda), y en el centro de la mitad inferior (la copa). Este efecto que equipara el centro con el eje o, de otro modo, los correlaciona como recíprocamente necesarios, se explica asimismo diciendo que “cuando la esfera, terrestre o celeste, termina su rotación en torno a su eje, tiene dos puntos fijos permanentes: los polos, los extremos del eje o sus puntos de contacto con la superficie de la esfera; por ello la idea de polo es también un equivalente de la idea de centro. El simbolismo referido al polo, que reviste a veces formas complejas, se encuentra también en todas las tradiciones, ocupando incluso, un lugar prioritario” (14). Sea que pensemos a la esfera como terrestre o celestial, la sola idea de polo nos lleva a la de eje, porque es por los polos por donde está incrustado el eje inmóvil sobre el que rota dicha esfera.

Estos significados que se pueden atribuir a la vara de José, tal como se ha dicho, han de ser entendidos como una simple alusión a su condición de cabeza de esa familia en el icono del nacimiento, porque es el niño recién nacido a quien corresponde la autoridad del símbolo en razón del sitio que ocupa en la escena ideada por San Francisco.

Los pastores y sus corderos

La presencia de los pastores no es producto de la invención de San Francisco, pues como ya se ha visto con anterioridad, es un dato evangélico. Los pastores acuden a ver al niño recién nacido por indicación del Arcángel Gabriel, y lo hacen gozosos. En los pastores queda reflejada la presencia del ser humano como elemento primordial en la misión de Jesús. Su vida estará entregada a la salvación de los judíos subyugados por el poder imperial romano. Pero, los pastores no van solos. Aunque en los Evangelios nada se dice de los corderos, en la idea del “belenista” San Francisco aparecen, y son corderos y no ovejas o carneros, porque en la más estricta figuración de la Natividad, los pastores acuden portando corderos en sus hombros, a los que sujetan por sus extremidades con ambas manos alrededor del cuello. Existe una ósmosis recíproca en este símbolo, porque hombre y cordero parecen fundidos en un solo ser. La redención tiene por objeto al hombre en cuyas espaldas carga con la realidad de un sacrificio sufrido para su redención.

Dice Fulcanelli: “No olvidemos que, alrededor de la cruz luminosa vista en sueños por Constantino, aparecieron estas palabras proféticas que hizo pintar en su labarum: In hoc signo vinces; vencerás por este signo. Recordad también, hermanos alquimistas, que la cruz tiene la huella de los tres clavos que se emplearon para inmolar al Cristo-materia, imagen de las tres purificaciones por el hierro y por el fuego. Meditad igualmente sobre este claro pasaje de san Agustín en su Diálogo con Trifón (Dialogus cum Tryphon: “El misterio del cordero que Dios había ordenado inmolar en Pascua -dice- era la figura del Cristo, con la que los creyentes pintan sus moradas; es decir, a ellos mismos, por la fe que tienen en Él. Ahora bien, este cordero que la ley ordenaba que fuera asado entero era el símbolo de la cruz que el Cristo debía padecer. Pues el cordero, para ser asado, es colocado de manera que parece una cruz: una de las ramas lo atraviesa de parte a parte, desde la extremidad inferior hasta la cabeza; la otra le atraviesa las espaldillas, y se atan a ella las patas anteriores del cordero (el griego dice, las manos (?e??e?)” (15).

La cita, extensa pero necesaria, y el párrafo que nos interesa está completo para evitar que cualquier fragmentación pudiera tornar incomprensible su texto o más bien, mal comprendido. Es de advertir que en el leguaje alquimista, tan esotérico como el que más, el cordero, por lo que se acaba de leer, significa sacrificio. Abel cuidaba su rebaño mientras su hermano Caín se esforzaba cultivando la tierra e inventando instrumentos que hicieran menos dura la tarea humana. A la hora de rendir culto a Adonai-YHVH, Abel ofreció los primogénitos de su ganado; es decir, los corderos. En la primera ofrenda que en la Biblia se hace a Dios, el animal que se utiliza es el cordero (16). Y el cordero pascual se sacrifica en cumplimiento de un rito religioso y en toda ocasión que se presenta la necesidad o voluntad de hacer una ofrenda, la sangre vertida es siempre la del cordero.

Este significado en el icono del nacimiento no puede ser más expresivo si se tiene en cuenta el destino trazado para la culminación de la misión de Jesús. El cordero recuerda ese sacrificio humano, pues existe una identificación en esta escena, entre el cordero y el recién nacido: la muerte como sacrificio absoluto. El cordero, como objeto de rito que cumple el hombre para halagar a Dios; Jesús como objeto del rito del Hijo de Dios para halagar a su Padre. De este significado simbólico, la doctrina cristiana extrae como consecuencia que el sacrificio de Jesús es la expresión cabal de la redención. Para el caso, lo que importa es destacar que en la escena de la Natividad, está presente el símbolo inequívoco del sacrificio.

El asno y el buey

La elección que hizo San Francisco de los animales con los cuales ornamentar su Natividad, no deja de ser singularmente no convencional. En las doctrinas sagradas de Oriente, sólo uno de ellos carece de una tradición destacable, y es el asno, que más bien está relacionado con las tradiciones de los pueblos occidentales. El buey es otra cosa.

Es lo cierto que el buey, toro o taurus, no es un animal desconocido.

En el nacimiento el asno está situado a la derecha de Jesús y el buey a su izquierda, de manera que por el efecto del reflejo, a los ojos del observador las posiciones se invierten como el reflejo de un espejo. El asno simboliza lo maléfico, dañino y perverso que en el mundo se pueda hallar, mientras que el buey simboliza todo lo contrario: bondad, nobleza, fortaleza y solidaridad con el ser humano. El asno está siempre querellándose contra las órdenes que recibe de los hombres. El buey es uncido al arado y lo arrastra abriendo el surco bienhechor que recibirá las semillas de la futura cosecha. Como quiera que sea vista esta cuestión, no deja de generar asombro la elección de estos animales para acompañar al recién nacido.

Los Arcángeles reconocidos por la Iglesia Católica y que se corresponden con la lámina 21 de los Arcanos mayores del tarot son: el Dragón para Rafael; el León para Miguel; el Toro o Buey para Uriel y el Águila para Gabriel. Los cuatro se corresponden además, con el símbolo de los cuatro evangelistas, a excepción del dragón que es sustituido por un Ángel o mensajero de Dios en su más directa expresión visible.

Para los alquimistas, el buey y la vaca son dos símbolos esotéricos, cuyo sentido es el de dos naturalezas primitivas contrarias antes de la conjunción. Y suelen ofrecer su propia versión acerca de los cuatro ciclos de la Manvántara: “En la mitología hindú, los cuatro sectores iguales del círculo dividido por la cruz servían de base a un concepto místico bastante singular. El ciclo entero de la evolución humana se encarna en él en forma de una vaca, símbolo de la Virtud, que apoya las pezuñas en cada uno de los cuatro sectores, que representan las cuatro edades del mundo. En la primera edad, que corresponde a la edad de oro de los griegos y es llamada Credagugán o edad de la inocencia, la Virtud se mantiene firme sobre la tierra; la vaca descansa sólidamente sobre sus cuatro patas. En el Tredagugán, o segunda edad, que corresponde a la edad de plata, la vaca está más débil y se sostiene sólo sobre tres patas. Durante el Tuvabaragugán, tercera edad o edad de bronce, sólo tiene dos patas. Por último, en la edad de hierro, que es la nuestra, la vaca cíclica, o Virtud humana, alcanza el grado supremo de debilidad y de senilidad: se sostiene difícilmente, en equilibrio, sobre una sola pata. Es la cuarta y última edad, el Calgugán, edad de miseria, de infortunio y de decrepitud. La edad de hierro no tiene más sello que el de la Muerte. Su jeroglífico es el esqueleto provisto de los atributos de Saturno: el reloj de arena vacío, imagen del tiempo cumplido y la guadaña reproducida en la cifra siete, que es el número de la transformación, de la destrucción, del aniquilamiento”(17).

Siguiendo con otras simbologías, en la carta 21 del Tarot, la serpiente que se muerde la cola, está coronada por cuatro figuras en sus esquinas y una de ellas es el buey. De modo que si nos atenemos al origen presumiblemente egipcio de los arcanos mayores del Tarot, la imagen del buey carece de antecedentes en la simbología occidental. Claro que, bien vista la cuestión, no hay ni Biblia occidental, ni tradición occidental de los animales sagrados ya que todos provienen de doctrinas sagradas orientales, y el cristianismo lo es: nació en la Palestina romana, y es a los romanos a quienes se debe el nombre dado a la totalidad de ese territorio.

Para los hebreos en su concepción esotérica, reconocen la apertura de doce caminos de sabiduría, trazados por el Gran Desconocido, para lo cual las doce letras simples de su alfabeto son encendidas en el firmamento mediante los signos del zodíaco al que aplican las correspondientes letras simples, letras que en su simplicidad sólo requieren para ser conocidas, un solo trazo, un solo signo sagrado. Al buey, toro o taurus, le corresponde la letra Vav (å), cuyo valor numérico es el seis. Esta letra inclinada hacia adelante, teniendo en cuenta que la escritura hebrea se proyecta de derecha a izquierda, significa que algo está terminado, y por ello es también la letra de la Creación, dado que el Gran Arquitecto precisó seis tramos de eternidad para terminar la Obra. Esta Vav con una Yod en su cabeza y otra en su pie, forman la letra Aleph (à), cuyo valor numérico es 26, y representa la idea de Dios. El valor de la Yod es diez y significa, siendo la más pequeña e indivisible, la Unicidad e Indivisibilidad del Todopoderoso. Así: 10 + 6 + 10 = 26, número sagrado en la religión judía.

En esta tradición secular, orientada hacia el simbolismo de los animales sagrados, nada tiene de extraño que aparezcan también en el cristianismo esotérico, del que San Francisco era un iniciado que hablaba “el lenguaje de los pájaros”. Si esto es así, que bien parece serlo, todo lo que se diga del buey en las doctrinas sagradas será aplicable a la doctrina cristiana, que aunque no fue creadora de nada en el orden sagrado, al menos no se le debe privar del derecho a aprovecharse de sus predecesoras de Oriente. Así, con todos los atributos del buey en las doctrinas sagradas del Oriente medio, debe ser reconocido el buey del nacimiento. Un animal noble, fuerte, de sanos instintos y colaborador del hombre en sus faenas terrenales. Es la síntesis de lo benéfico, en oposición al asno que representa todo lo maléfico para el hombre. Y es lo benéfico porque el buey simboliza la Creación y el símbolo zodiacal de Tauro (el buey) que se corresponde con la letra número seis del alfabeto hebreo y que junto a dos Yod suman el número 26, que representa a Dios, tal como ya dijimos.

El buey de la Natividad está a la izquierda del recién nacido, a quien favorece y equilibra su futuro frente al maléfico asno, cuyo significado conviene desentrañar. Según lo visto hasta aquí, el buey es un animal que está firmemente arraigado en las doctrinas tradicionales. En cuanto a su ubicación, está a la izquierda de quienes observan las figuras del nacimiento mas, para Jesús, está a su derecha, ya que la situación de las cosas están a la izquierda o a la derecha según sea que se está mirando o se es mirado.

Entrando a considerar el significado del asno en el nacimiento, es preciso acudir a las tradiciones populares que, en su inmensa mayoría, tienen una raíz enterrada en la tradición primigenia. De entre las conocidas fiestas populares que se celebraban en la Edad Media se pueden mencionar la fiesta del asno y la fiesta del loco; en la Roma clásica, la fiesta de las saturnales y en todos los pueblos, el carnaval. En todas ellas se manifiesta inequívocamente una suerte de desarraigo de la conducta respecto del comportamiento social que es habitual en cada grupo social. Se ha dicho que “la impresión que de ellas se desprende es siempre, y ante todo, la de desorden en el sentido más exacto del término. ¿Cómo se justifica, pues, la existencia de esas fiestas tanto en una época como la nuestra -donde, si fuesen peculiares de ella, cabría considerarlas una de las numerosas manifestaciones del desequilibrio general- tanto como en las civilizaciones tradicionales, si a primera vista parecen incompatibles?” (18). Tal vez se explique señalando que en todas las civilizaciones, épocas y grupos sociales, por muy alto que sea el grado de moralidad social, el ser humano pareciera necesitar y especialmente en aquellas de muy estricto cumplimiento de las normas morales, una vía de escape, la apertura de un grifo que deje escapar el vapor para aliviar la presión del recipiente.

En las “fiestas del asno” se solía introducir este animal hasta el coro de las iglesias y ubicarlo en el sitio de honor para recibir halagos y reverencias. Pensamos que era la respuesta al mencionado interrogante formulado en líneas precedentes. Una sociedad tan rigurosa como la del medioevo, en la que hombres y mujeres vivían atemorizados por las reprimendas de sacerdotes y obispos con sus amenazantes promesas de fuego eterno para los pecadores, a la hora de aliviar la presión de los recipientes humanos era menester posibilitarles el mayor regocijo imaginable: dibujar por unas horas la vejación de aquello que los martirizaba todo el año.

En todas estas fiestas se muestra la misma intención exotérica de proclamar el triunfo de lo prohibido, lo absurdo y lo zafio. La máscara y el disfraz con que los seres humanos celebran el carnaval, lleva a esta conclusión porque el pobre se disfraza de rico, el hombre de mujer, el sobrio de payaso lo que, en definitiva, no tiene otro significado que vivir por un par de días lo que se ansía y disimula todo el año. Hemos dicho que todas estas fiestas tienen en común elevar a los altares lo prohibido, absurdo y zafio, pero cada cual, sin embargo, guarda su propio significado simbólico.

El del asno es la representación de lo maléfico y por ello es llevado al coro de las iglesias, allí donde se sientan los obispos y demás jerarquías eclesiásticas para presidir y participar en las celebraciones rituales del culto cristiano. El coro, por lo demás, está muy cerca del altar mayor de las iglesias y catedrales, sitio muy cercano al cofre que guarda el cáliz para la consagración de la hostia y transmutación del vino en sangre de Jesucristo.

Los alquimistas dan una interpretación similar. Respecto de las fiestas populares, se lee: “Otra era la Fiesta del asno, casi tan fastuosa como la anterior (se refiere a la del loco) la entrada triunfal, bajo los arcos sagrados, de maitre Alibororn, cuya pezuña hollaba antaño el suelo judío de Jerusalén. Nuestro glorioso Cristóforo era honrado en un oficio especial en que se exaltaba, después de la epístola, ese poder asnal que ha valido a la Iglesia el oro de Arabia, el incienso y la mirra del país de Saba. Parodia grotesca que el sacerdote, incapaz de comprender, aceptaba en silencio, inclinada la frente bajo el peso del ridículo que vertían a manos llenas aquellos burladores del país de Saba, o Caba, ¡los cabalistas en persona! Y es el propio cincel de los maestros imagineros de la época, quien nos confirma estos curiosos regocijos. En efecto, en la nave de Nótre-Dame de Estrasburgo, escribe Witkowski, «el bajorrelieve de uno de los capiteles de las grandes columnas reproduce una procesión satírica en la que vemos un cerdito, portador de un acetre, seguido de asnos revestidos con hábitos sacerdotales y de monos provistos de diversos atributos de la religión, así como una zorra encerrada en una urna. Es la Procesión de la zorra o de la Fiesta del asno». Añadamos que una escena idéntica, iluminada, figura en el folio 40 del manuscrito núm. 5.055 de la Biblioteca Nacional (19).

La reunión de ambos animales introducidos por San Francisco en el icono de la Natividad significan, así, puestos a izquierda y derecha del niño recién nacido, la realidad del mundo que le tocará vivir, asumiendo por veraz, la idea de que estará acuciado por ese pertinaz dualismo. El símbolo en sí mismo, es la manifestación perfecta de la permanente lucha de los opuestos de la dicotomía presente en todas las religiones: Bien-Mal. Tal dualidad que muestra el icono de la Natividad el día de su nacimiento, habrá de repetirse el día de su muerte en la Cruz con la imagen de los dos ladrones: el buen y el mal ladrón. El bien y el mal en su lucha nunca acabable.

Con estos dos símbolos, San Francisco ha querido demostrar que Jesús, aunque Hijo de Dios, por su naturaleza humana estará implicado en esa doble realidad mundana, y asumiéndola como todo humano, con ella tendrá que llevar a cabo la misión de su vida. Como corolario se puede decir que el icono de la Natividad contiene símbolos adecuados a esa doble naturaleza de Jesús y que reunidas todas las figuraciones, manifiestan la realidad de su destino. Finalmente, decir que el catolicismo necesita con urgencia una vuelta a la interpretación de sus iconos esotéricos para recobrar esa cualidad de religión katoliké que ostenta, abandonando esa interpretación santurrona y vacía, con la que se inicia a los niños, pero que los adultos, hartos ya, rechazan con indiferencia. Esta iglesia necesita de otros alicientes para recuperar la fe atrayente que perdieron sus fieles en el largo recorrido de la Historia del cristianismo.

NOTAS

1) www.feyrazon.org/Ratzingernavidad

2) El secreto de las mil y una noches, p. 134.

3) Mircea Eliade, Lo sagrado y lo profano, pp. 14/15 ed. Paidós.

4) Los alquimistas llaman “lenguaje de los pájaros” algo que es inverso al sentido que nosotros le estamos dando a esta expresión, puesto que, al referirse a los alquimistas clásicos, sostienen que “de esta manera, pudieron ocultar al vulgo los principios de su ciencia, envolviéndolos con un ropaje cabalístico” (Ver Fulcanelli, Las moradas filosofales, p. 53, ed. Plaza y Janés). Según esta interpretación, el lenguaje de los pájaros no sirve para trasmitir mensajes o advertencias de los estados superiores a los estados inferiores, sino que, por el contrario, sirve para esconder y mantener a buen recaudo los conocimientos. Esto viene a demostrar una vez más, que los símbolos encierran más de un significado y que, al final, concurren en una unidad de sentido que en este caso se manifiesta como un lenguaje distinto al profano.

5) Génesis 1, 1-5: “En el Principio creó Dios el Cielo y la tierra. La tierra, empero, estaba informe y vacía, y las tinieblas cubrían la superficie del abismo. Y el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas. Dijo Dios: Sea hecha la luz. Y la luz quedó hecha. Y vio Dios que la luz era buena, y dividió la luz de las tinieblas. A la luz llamó día, y a las tinieblas noche; y así, de la tarde aquella y de la mañana siguiente, resultó el primer día.”

6) Mateo 2, 7-12.

7) Lucas 2, 13-14.

8) Lucas 2, 15.

9) Hay sentencias populares que son muy reveladoras, como cuando se oye decir que “unos nacen con estrella y otros nacen estrellados”, en clara alusión a la buena y a la mala suerte, a la buena y a la mala estrella. Lo de “nacer con estrella” alude claramente a la presencia de una luz benéfica (San Gabriel) y protectora (San Miguel) que se hace presente durante el alumbramiento. Y nacer “estrellado” es mal nacer, darse de bruces contra las desgracias hambrientas; es nacer sin la luz de una estrella y con un destino asido a las dificultades. Jesús, como en el dicho popular, ha nacido con estrella. En este reencuentro con la sabiduría popular se pone de manifiesto el simbolismo de la estrella, astro en el firmamento y luz benéfica en la recepción humana de las estribaciones del movimiento expansivo de la Creación.

10) Ver nota n° 5.

11) Levítico/Vayikrá 19, 18: “No procures la venganza, ni conserves la memoria de la injuria de tus conciudadanos. Amarás a tu amigo o prójimo como a ti mismo. Yo el Señor.”

12) Mateo 27, 55-56.

13) Marcos 3, 31-35: “Entre tanto llegan su madre y hermanos o parientes, y quedándose fuera enviaron a llamarle. Estaba mucha gente sentada alrededor de Él, cuando dicen: Mira que tu madre y tus hermanos ahí fuera te buscan. A lo que respondió, diciendo: ¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y echando una mirada a los que estaban alrededor de Él, dijo: Veis aquí a mi madre y a mis hermanos. Porque cualquiera que hiciere la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana y mi madre.”

14) René Guénon, Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada, p. 57, ed. Paidós.

15) Fulcanelli, El misterio de las catedrales, p. 56, ed. Plaza y Janés.

16) Génesis 4, 3-5.

17) Fulcanelli, El misterio de las catedrales, p. 199, ed. Plaza y Janés. Los gnósticos también admiten la representación del toro (no de la vaca) en la descripción gráfica de los cuatro Yugas. Así, René Guénon en Algunas observaciones sobre la doctrina de los ciclos cósmicos, edición virtual en la web de Symbolos, dice: Si la duración total del Manvántara se representa por 10, la del Krita-Yuga o Satya-Yuga lo será por 4; la del Trêtâ-Yuga por 3; la del Dwâpara-Yuga por 2, y la del Kali-Yuga por 1; estos números son también los de los pies del toro simbólico del Dharma que se figuran como reposando sobre la tierra durante los mismos periodos”.

Esta diferencia, los alquimistas optando por la representación de una vaca, mientras los gnósticos prefieren el toro, no parece ser más que una falta de coincidencia en cuanto al género de la especie animal de que se trata. A efectos de la simbología que estamos descifrando, tal discrepancia carece de importancia. Hay que tener en cuenta que la simbología de los alquimistas, aunque esotérica y tradicional, tiene por objeto esconder el contenido de su sabiduría, mientras que la de los gnóstico lleva el propósito de desentrañar la verdad oculta.

18) René Guénon, Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada, p. 117.

19) Fulcanelli, El misterio de las catedrales, p. 48, ed. Plaza y Janés.
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