Colaboraciones
El Cristoforo Colombo en el puerto de Buenos Aires - Octubre de 1976
El Cristoforo Colombo en el puerto de Buenos Aires - Octubre de 1976
Después de varios meses de paciente análisis de sus discursos, he llegado a la conclusión provisional de que la Presidente de la Nación Argentina desea íntimamente que España se hunda y que los españoles -no importa de qué clase o condición- experimenten en sus propias carnes la miseria y la pérdida de sus libertades, a ser posible de forma simultánea.

Desde luego, la señora Presidente no es la única argentina que desea para los españoles (y para los que aquí vivimos) lo peor, pues un número bastante consistente de seguidores suyos (y de no seguidores) se regodea cada mañana con la lectura de los titulares de catástrofe de los diarios nacionales y extranjeros que anuncian que España y los españoles se encuentran, un día sí y otro también, más cerca del abismo.

Paralelamente he notado que la indiferencia -a menudo combinada con la ignorancia y el desdén- con que los españoles de ahora han venido mirando a la Argentina, a los argentinos y a sus problemas, se ha tornado en beligerancia de baja intensidad. Al menos así sucede en algunos sectores minúsculos, que se toman los desprecios de la señora Kirchner hacia España, y hacia Europa en general, como una cuestión casi personal.

Aquellos fueron otros tiempos

Lejos, muy lejos, han quedado aquellos tiempos en que la reconquista de las libertades en España fue faro y modelo del tortuoso tránsito de la Argentina desde el autoritarismo hacia la democracia. Tan lejos, por lo menos, como hoy están los tiempos en que España y los españoles miraban con preocupación y buena dosis de empatía las dificultades económicas y políticas de la Argentina y de los argentinos.

No me propongo rebuscar aquí en las razones que pudieran haber desembocado en esta situación tan desagradable, sino tan solo recordar cómo un grupo -quizá reducido- de argentinos muy jóvenes, contemplábamos con una mezcla de preocupación y asombro los primeros balbuceos del gobierno de Adolfo Suárez en 1977.

En aquel entonces no había, por lo menos en Salta, señores de apellido Rodríguez, González o Pérez que propusieran echar abajo el monumento al Virrey Toledo, escupir la efigie del general Roca o acusar de genocidio a Cristóbal Colón, Américo Vespucio, Gonzalo de Abreu o Hernando de Lerma.

Había, en todo caso, un cónsul hispano bonachón, descendiente de asturianos de Infiesto, que bailaba jotas, escanciaba sidra y llenaba nuestras plazas de monumentos con un inconfundible sabor hispano.

Por entonces, las condiciones ambientales y políticas a uno y otro lado del Atlántico favorecían el hecho de que quienes nos encontrábamos en los valles subandinos nos preocupásemos minuto tras minuto por la suerte de los españoles y la de los nuestros que la compartían con ellos.

Cualquier noticia menos buena que llegara de la Península nos hacía preguntarnos, muchas veces con pavor, si los nuestros estarían pasando allí hambre, sed, calor, frío, discriminación, desempleo, enfermedad, inseguridad o persecución. De lo único que no nos preocupábamos en absoluto era de que sufrieran de olvido y de desamor, porque nosotros, los oprimidos por la dictadura de Videla, los perseguidos por coroneles y comisarios de crueldad infinita, no los olvidamos ni podríamos olvidarlos jamás.

Y no solo no los olvidamos sino que no los dejamos librados a su suerte, ni a la suerte del España, ni a la buena estrella del presidente Suárez. Al contrario, bajo la guía y el impulso moral de dos enormes talentos humanos, contábamos las monedas para poder enviárselas y nos privábamos de todo para que ellos pudieran tener algo: abrigo, calzado, alimentos y muchas otras cosas que a nosotros nos faltaban y nos faltarían ya sin remedio.

Y qué decir de aquellos valientes exiliados que durante seis años o más estuvieron pendientes de nuestras penurias y desventuras. Podíamos sentir su aliento a través de cartas que llegaban prolijamente abiertas y escaneadas por los servicios de inteligencia de la dictadura. Sentíamos su afecto en cada palabra, en cada gesto, en cada postal, y ellos recibían el nuestro en cada nacimiento, en cada comunión, en cada acontecimiento importante de su vida profesional o familiar.

Nunca, mientras duró todo aquello, dejamos de preocuparnos por el bienestar de unos y de otros y por el estado de las libertades en ambos países. Unos porque querían que los argentinos las recuperásemos; otros porque deseábamos que los españoles (y los nuestros en España) pudieran consolidar las suyas y dejar definitivamente atrás un pasado gris, signado por el autoritarismo y el atraso.

Hoy todo es distinto

Hoy, el desdén de la presidente Kirchner y de buena parte de los argentinos hacia España y los españoles ha destruido todo aquello que nos llenó de orgullo hace 35 años.

Los de aquí, en su mayoría, ya no miramos a la Argentina del mismo modo, aunque el país nos siga doliendo y provocando las heridas más absurdas e insospechadas. Los de allá -que alguna vez estuvieron aquí y se comportaron gallardamente entonces- se han convertido hoy en un hatajo de miserables, permanentemente inclinados a mirarse el ombligo, y sobre todo a olvidar; a olvidar como hacen los más ingratos, los más insensatos, los más indecentes.

A olvidar especialmente que gente como ellos (muy parecida a ellos en todo sentido) pasan aquí hambre, sed, calor o frío; sufren discriminación, enfermedad, desempleo, persecución y otras tantas otras cosas que ellos no hubieran deseado para sí mismos hace 35 años, ni nosotros -desde los valles subandinos- hubiéramos permitido que ellos padecieran.

Estos ingratos miserables hoy leen los diarios en ligerísimos iPads y saben perfectamente cómo se sufre en este país la crisis. Especialmente, cómo la padecen aquellos que viven de las ayudas públicas, que ocupan viviendas públicas, que dependen de las becas y ayudas públicas para que sus hijos puedan estudiar, comprar libros o comer en los comedores escolares, y que solo cuentan con la sanidad pública española para recuperar la salud y, en todo caso, para seguir vivos.

Pero estos ingratos miserables no se preocupan ni se interesan ya sino por ellos mismos, y, si acaso, por algunos perroflautas importados. Es notable cómo las víctimas de la persecución y de la intolerancia de hace tres décadas han hecho hoy causa común con sus victimarios y se han confundido con ellos en vergonzosa alianza. Pero no sorprende tanto esta pasión por el enemigo -que monopoliza su solidaridad- como el enterarse de que aquéllos ya no son capaces de quitarse de la boca lo suyo, como lo hicimos nosotros hace 35 años; y que, al contrario, hasta se dan el lujo de quitarnos hoy del bolsillo lo que, por legítimo derecho, nos pertenece.

La señora Kirchner y sus aliados coyunturales pueden tener la culpa de una parte, pero no del todo. De lo demás, como digo, no se ocupa este escrito.

El tiempo y los que se encargan de escribir la historia (me refiero a los científicos, no los escritores de poca monta que esperan como muertos vivientes a que les llegue la jubilación en un sillón de "protección oficial", remunerado por sus antiguos verdugos), en algún momento, tal vez lejano en el tiempo, pondrán a cada quien en su justo lugar.

Del resto, de lo que no es historia, se ocuparán a buen seguro el Señor del Milagro y su infinita misericordia.

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