Colaboraciones
Imagen ilustrativa
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Con frecuencia el cine nos proporciona con sus guiones o escenas un material de apoyatura para reflexiones, conceptos o significados simbólicos. La película Way We Were (en castellano se tradujo con acierto: Tal como éramos) es un ejemplo de lo dicho. En ella, los protagonistas eran dos jóvenes que compartían ideales y afanes altruistas, concluyendo su relación a causa de la intransigencia obstinada de la joven en la defensa de tales ideales, a raíz de lo cual se destruye su relación. Ya adultos, se reencuentran, y ella manteniéndose fiel a sus ideales juveniles, continuaba manifestándose en plena calle contra la proliferación de las armas nucleares, y comprobando desencantada que aquel joven que amó había claudicado como novelista volcando su talento como escritor de guiones irrelevantes para la televisión.

Lo que se puede colegir del argumento de esta película es que con el tiempo los seres humanos cambian, en su apariencia externa y en los movimientos de su psique. Que se puede admitir el cambio y a la vez la permanencia en la identidad que se tenía, se tiene y se seguirá teniendo. Es una dicotomía superable mediante una sinergia que resuelva los contrarios: el cambio y la permanencia. Aquel joven idealista se había convertido aparentemente en otra persona, aunque como tal persona seguía siendo el mismo de sus años jóvenes.

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Mucho tiempo hace desde que se introdujo la afirmación científica de que todas las células de la materia humana, cada siete años y de modo natural se destruyen y son reemplazadas por otras nuevas que se este modo mantienen vigente la materialidad del ser viviente. Las del cerebro, por el contrario, mueren y carecen de la posibilidad de sustitución. Por ello, la vejez acusa notoriamente la pérdida de la memoria en mayor o menor grado y de manera diferente en cada persona, entre otras insuficiencias. En realidad, lo que se pierde son neuronas, afectando total o parcialmente a la memoria, pero en una proporción tan ínfima respecto del todo, que es un fenómeno conocido y aceptado como una ley de vida. El olvido es para la sociedad, una característica propia de los ancianos.

Si esto es así, se puede llegar a la conclusión de que nunca somos los mismos, los de siempre, sino que vamos modificando la forma (en cuanto al aspecto externo de la persona), y ciertas aptitudes (en cuanto a la manera de ser y hacer). Yo mismo he tenido la experiencia de regresar a mi tierra treinta años después de mi partida, y de los que me conocían y se acercaban a saludarme, a más de uno no pude reconocer hasta que se daban a conocer por sus nombres. A tal punto cambiamos durante la vida.

Se dice que con el correr del tiempo vamos madurando, cuando en realidad sólo nos transformamos, sin que ese cambio sea necesariamente una maduración en el sentido de adquisición de respuestas veraces a los requerimientos cotidianos que constantemente nos acosan. ¿Acaso es madurar el enviar al desván de la memoria las ilusiones juveniles, o sólo es experimentar un cambio que constituye una adaptación a una realidad impuesta por los seres humanos adultos que se ha dado en suponer que son seres maduros porque así lo enseña la tradición? Una cosa es la madurez mental rendida al uso social, y otra bien distinta la acumulación de factores culturales. Se puede ser un hombre culto y a la vez inmaduro en algunos aspectos, y viceversa.

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Dejando de lado esta cuestión moral que impone la sociedad a sus componentes en relación al concepto social de madurez, se debiera decir que lo que nos envejece y mata no es el tiempo en su devenir, sino la vida, o más bien, el vivir. Todos los seres de la creación mutan y terminan destruidos: animales, vegetales, minerales y metales que también envejecen y se corroen hasta desmenuzar sus propiedades. Lo que destruye a los seres humanos es su continuidad lograda con esfuerzo y el desgaste que ese esfuerzo produce. Se puede probar teóricamente que este es un aserto no discutible. Si mediante congelación o cualquier otro procedimiento que mantuviera al cuerpo humano vivo pero fuera del quehacer diario; es decir, sin necesitar esfuerzo alguno para mantener la vida, lo que incluye el menor de cuantos sean posible imaginar como el masticar los alimentos o beber agua, nada, absolutamente ningún esfuerzo; el tiempo transcurriría sin solución de continuidad y mucho después, cuando a ese ser humano se lo incorporase a la realidad total de la que fue extraído, se conservaría exactamente igual que cuando fue congelado retrayéndolo de la realidad, y ello sería así, aunque el tiempo hubiera seguido sucediéndose minuto a minuto durante su vida paralizada como tal. En este ejemplo el cuerpo y la mente estaban vivos, pero “no vivían”.

Con este ejemplo teórico queda demostrado que lo que mata al ser humano no es el transcurso del tiempo sino el vivir, con lo que ello conlleva; o sea, desgastar el cuerpo y algunos aspectos de la espiritualidad como la memoria, las aptitudes, los deseos, la capacidad de inteligir, de razonar, de crear... En cuanto al cuerpo, se va modificando a medida que vivimos y lo sometemos a esfuerzos a veces grandes, a veces pequeños e incuso imperceptibles a cada instante como es el respirar, que también envejece y con los años, mata.

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Si lo somático (el cuerpo) y lo espiritual (las aptitudes mentales) se degradan y desaparecen con la muerte, ¿qué es lo que mantuvo la identidad del ser si después de muchos años de vida ya no tenía el mismo aspecto, ni tampoco los mismos pensamientos, ni los mismos conocimientos, ni la misma manera de entender la vida?

Con la muerte, el cuerpo se desintegra por el agua, la tierra o el fuego. El espíritu es absorbido por el ámbito de donde procede, pese a lo cual los espiritistas insisten en la teoría absurda asegurando que es posible traer de vuelta a la mesa-camilla donde se desarrolla el espectáculo, al espíritu del muerto invocando su nombre. Hay que decirlo sin reservas: traer de vuelta a la vida lo que está muerto (el espíritu lo está como lo está el cuerpo) es alimentar la esperanza de que un absurdo termine convertido en teoría racional, dejando en el archivo la verdad de que toda teoría escatológica sea científica, filosófica o religiosa puede ser admisible como dogma y nada más, porque jamás será probada fácticamente. Con la muerte el cuerpo carente de vida, se corrompe, y el espíritu también, que no puede seguir ejerciendo su actividad por esa ausencia de vida.

Llegado el momento de preguntarnos que si la materialidad y la espiritualidad humanas se transforman constantemente a lo largo de nuestras vidas, ¿qué es lo que posibilita la identidad continuada del ser?, aquello que permite que cada cual sepa siempre lo que es y de donde proviene mediante el recuerdo de hechos pasados de su experiencia vital que reviven en la activación de la memoria. ¿Es acaso la actividad de la memoria, almacén de nuestros recuerdos, lo que genera la seguridad de que pese a los cambios siempre somos lo que somos? Quien ha perdido su memoria pierde la posibilidad de saber quien es. Entonces, ¿es la memoria el lazo imperceptible pero firme que ata el saber en todo instante quien se es y la continuidad de ese conocimiento indubitable? De ser así, la memoria, que es un elemento de los tantos que componen la espiritualidad del ser humano, sería la demostración inequívoca (sólo en apariencia) de que es el componente del ser que afirma constantemente nuestra identidad, de modo que perdida la memoria ese ser sigue viviendo sin identidad para sí mismo aunque sin perderla para los demás, que siguen reconociéndolo.

Entonces, ¿es la memoria la clara manifestación del alma? De ninguna manera, porque la pérdida total de la memoria destruye la posibilidad de saber quién se es, aunque no sólo eso; se pierde todo el contenido del almacén de los recuerdos. La memoria no es el alma sino uno de los componentes de la espiritualidad, porque si fuera el alma, perdida la memoria se perdería el conocimiento de sí mismo y la de los demás, así como el conocimiento que los demás ostentan respecto de quien ha perdido la memoria; algo que no ocurre, evidentemente. Un accidente perturbador de la luz de la razón de una persona enferma no altera la realidad de la unicidad del ser gracias a su ātmā (alma). El ātmā individual es único como lo es el Ātmā con mayúscula que es el Absoluto. La identidad de naturaleza de ambos (ātmā y Ātmā) es lo que permite al hinduismo afirmar que “quien conoce el Absoluto, es el Absoluto”, y de esa manera reunir los diversos en unicidad. San Pablo lo dijo de otro modo: “Quien está unido con el Señor, es con Él un mismo espíritu” (Corintios I, 6-17).

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La solución del enigma hay que buscarlo en el tercer elemento del ser humano, que no sólo se compone de cuerpo y espíritu, sino que es menester añadir el alma sin reservas ni condiciones. Nos centraremos en el tema del alma diciendo que esta cuestión no es un descubrimiento gnoseológico debido a la creatividad ontológica de Occidente, sino que proviene del Medio Oriente donde el hinduismo proporcionó mucho material teológico y filosófico a Occidente, no sin antes pasar por el Cercano Oriente, donde las religiones tamizaron a favor de sus intereses algunos aciertos orientales.

El concepto de “alma” es la traducción a nuestro idioma de lo que el hinduismo llama ātmā. El ātmā no es otra cosa que la perdurabilidad del ser en sí mismo conservando su identidad al margen de los avatares de la vida, asunto este último que es un accidente irrelevante para el ātmā. El maniqueísmo afirma que durante la creación del hombre, por una grieta de su integridad como ser, penetró una chispa de eternidad que es lo que llamamos “alma”. Esa chispa, según Mani (o Manu), que es su mentor, es la constante presencia de la eternidad en el ser humano, lo que lo engrandece y singulariza como el ser más perfecto de la Creación.

Gandhi fue apodado Mahá-ātmā, que significa “alma grande” o “alma luminosa”. Obviamente, el alma occidental así como el ātmā hindú, carecen de atributos. No hay almas buenas y malas, hermosas y feas, santas o diabólicas, dignas o indignas... y eso es así y no puede ser de otro modo porque el alma se encuentra fuera de las contingencias de la vida, que es la que admite tales cualidades o defectos del ser. Todas las características que se puedan referir a un ser humano deben ser atribuidas a los componentes de su espiritualidad, independientemente de su alma. Un apunte de interés: el alma permanece unida al ser sin estar localizada en parte alguna.

Lo cierto es que el alma vista desde la perspectiva humana, tiene una virtud que consiste en mantener de modo continuado la identidad del ser humano, sujeto a tanto cambio somático y espiritual. Porque no se puede negar que por mucho que cambiemos y suframos modificaciones de todo tipo incluyendo las que afectan a la decadencia de nuestra salud, siempre sabemos quienes somos y los demás pueden engarzar muchas décadas de ausencia de un lugar para admitir sin menguas que quien está frente a ellos, nada tiene que ver con el aspecto con el que se lo conocía, no piensa como pensaba, ni siente como sentía, y pese a todo no ha perdido su identidad que es útil para ser siempre reconocido como un ser único, distinto a todos los demás y solamente idéntico a sí mismo. El ser preserva su identidad intransferible gracias a la perdurabilidad del alma.

Cada alma es propia de cada ser o dicho de otro modo, cada ser tiene su propia identidad y como es intransferible, resulta que no es posible la repetición del ser con otros atributos vitales en un alma que ya fue soporte de esa identidad psico-somática destruida por la muerte. De ahí que resulta un absurdo de un punto de vista racional la teoría de la reencarnación. El ser no puede “volver a ser” con la misma identidad porque quien la tenía ya no es, a causa de la muerte. Ese “cambiar de ropa” con cada reencarnación es una teoría racionalmente descabellada. El “viaje del ser” de aquí para allá, volviendo a la vida como otra persona, con otros atributos, no es admisible. La identidad es intransferible y es por ello mismo que forma un todo con lo somático y lo espiritual. Ese ser que como todo ser fue carne, espíritu y alma, es irrepetible. Esta teoría de la reencarnación que los mal informados afirman que tiene como fuente directa el hinduismo, es falsa. Nunca lo fue y para acreditarlo basta con leer sus libros sagrados (más de 200 Upanishades).

La reencarnación nació en el norte de la India (el actual Nepal), y su difusor fue el budismo; el budismo y no el hinduismo. Y resulta patético el sólo pensar que el alma que fue el sustento de un ser humano pudiera reencarnarse en otro ser humano o en un animal.

El alma sólo tiene un receptáculo posible: un ser humano del todo punto de vista individual y único respecto de todo otro ser de la Creación. Como se dijo antes y si se permite la expresión, la virtud del alma es la de mantener la permanencia de la identidad de cada ser.

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La teoría de la existencia del alma carece de comprobación fáctica en el ámbito de la experiencia, y sólo es admisible la comprobación intelectual a través de conceptos logrados mediante el proceso gnoseológico de la razón natural. De ello se infiere que la aplicación de esta teoría se convierte fatalmente en un dogma de fe religiosa o racional. En cualquier caso, la teoría del ātmā individual, se crea en ella porque viene dada, o no se crea en ella porque ha nacido dentro de la interioridad del ser humano sin intervención divina, ¿acaso no es, de todos modos, bella?
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