Colaboraciones
Imagen ilustrativa
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La visión íntima de la muerte suele ser psicológica; ostenta como un miedo insuperable causado por la ignorancia acerca del más allá. Las religiones suelen apaciguar la angustia generalizada mediante garantías de premio y castigo del alma conforme haya sido la conducta personal y social de requerido por su Creador para que abandone este mundo. Todo es pura psicología, y de provecho no discutible. Aliviar la pesada carga de una partida sin rumbo conocido no deja de ser una acción misericordiosa. Los descreídos, sin embargo, lo tienen más desgarrador. Mantienen en todo momento su indestructible creencia en que tras la muerte nada queda como no fuere la aniquilación física del componente corporal del ser humano, sin ninguna consideración especial para su alma que, según se puede colegir, para los a-gnósticos perece juntamente con el cuerpo. La inmortalidad del alma significa para el ateo o para el a-gnóstico de cualquier grado, nada, absolutamente nada.

La ansiedad que produce lo que proclaman las religiones como verdad y la grieta de duda que por pequeña que fuera se abre en la amplitud generosa de esa creencia se debe, especialmente, a la cualidad del aserto: que es relativa. Todo lo que tenga características de definición e individualización, ostenta grados distintos de diferenciación en razón de su extensión y en cualquier clase y extensión siempre será intelectualmente captable su individualidad. Y es sabido que las individualidades están en el orden de lo diferenciado y por lo tanto, lejos de lo universal cuya característica es la indiferenciación; y esto es así tanto en la metafísica dualista como en la no-dualista, como que Aristóteles dejó sentado para siempre que no hay ciencia de lo individual. Parece un contrasentido lo que acabamos de decir; no obstante, lo individual o si se quiere la individualidad puede ser entendida como oposición a lo universal y también dentro de la investigación particular como objeto de un conocimiento específico, como oposición a lo general. Es en este último caso en el que se aplica la enseñanza aristotélica, aunque ambos extremos, ahondando en el concepto, llegan a tocarse. En un sentido estricto, lo universal no es lo mismo que lo general, porque lo universal está en el orden de los Principios, mientras que lo general lo está en el de la diversidad de grado de las definiciones.

La psicología se basa en un conocimiento relativo a los fenómenos y reacciones de la mente, sin aportar en sus resultados nada fuera de afirmaciones basadas en estadísticas ya que cualquier otro de más altivas pretensiones no es admisible por laudable que fuere, dado que carece de toda posibilidad de alcanzar esa meta. La ciencias particulares están fuera de la metafísica, concediendo que la psicología sea una ciencia en el grado de la física o la biología, por ejemplo, que ciertamente no lo es. Aferrada a los dictados de lo sensible, aunque en un orden del carácter sutil que es propio de los contenidos mentales, aun así, sigue la psicología como cualquiera otra ciencia particular, fuera de la metafísica incluso, ateniéndonos a la clasificación tan conocida de las obras de Aristóteles, que fue lo que le dio identidad intelectual a la ciencia primera del ser en cuanto ser, como la denominaba Aristóteles; esta ciencia primera pasó a llamarse metafísica y es un nombre respetable en tanto se lo entienda como conocimiento que trasciende lo físico, y a un mismo tiempo, trascendiendo lo humano; es pues, la metafísica, un conocimiento tras-humano. La psicología puede que sea, por el contrario, el más humano de los conocimientos sistemáticos.

Esto quiere decir que, dejando de lado las verdades teológicas que asumen todas las religiones en relación a las consecuencias que experimenta el ser humano en el estado póstumo, y que nosotros respetamos por ser verdades aceptables dentro de su propio orden de conocimiento y aunque no lo fueran, por el solo hecho de pertenecer a lo más sagrado de las creencias de casi todas las personas de todas las religiones, dejando de lado, pues, lo estrictamente religioso que tiene un carácter psicológico, hay otra manera de comprender estas cuestiones tan radicalmente esenciales para el humano, sino mediante esa otra manera que es la visión intuitiva, que en su expresión más honda adquiere la cualidad de vivencia y está directamente vinculada a la Conciencia pura que más que conocer, lo que hace es identificarse con lo que es conocido o como decía Aristóteles refiriéndose a los objetos inmateriales: el pensamiento y lo pensado es una sola y misma cosa. Este axioma deriva de otro: el ser humano solamente conoce con auxilio de las imágenes. Y puesto que tratándose de objetos inmateriales no es posible inteligir imágenes, el conocer objetos inmateriales es un acto de penetración de lo conocido mediante la identificación de los dos componentes de todo conocimiento ontológico: el sujeto que conoce y el objeto conocido.

Primeramente, decir que lo moral y como consecuencia de ello el premio o castigo por las acciones llevadas a cabo en la vida individual no forman parte de una metafísica, cualquiera sea su sistema de conocimiento salvo, claro está, una metafísica puramente ontológica como la clásica griega donde la ética al lado de la estética integran el cuadro de la filosofía que, en el entendimiento de la inmensa mayoría de los pensadores, es el marco donde caben todas estas disciplinas: lógica, física, metafísica y ética, y en la metafísica: la gnoseología, la epistemología, la ontología y la teología. En esta clasificación debida a los expertos en filosofía realista, se excluyen el resto de las ciencias particulares que en un concepto cabalmente amplio de la filosofía debieran estar contenidas. Por nuestra parte, insistiremos en la concepción limitativa de las ciencias adoptando una primera gran división entre, como se dijo, las ciencias particulares o ciencias humanas y la metafísica y otros conocimiento tras-humanos como ella, aunque no participen exactamente de todos sus atributos, como es el caso de la teología y la teodicea, que constituye un conocimiento tras-humano aunque limitado por la especialización de su objeto, y por consiguiente, de rango menor que la metafísica.

Una cosa es que la metafísica rechace los contenidos morales de las religiones y otra cosa es que las buenas obras no quepan en una concepción metafísica del estado póstumo. Claro que la bondad de tales acciones no tienen la misma cualidad y caracteres que las de las concecpciones morales al uso. La Ciencia Tradicional enseña que hay tres clases de seres individuales que se deben enfrentar a las consecuencias de la extinción de la vida. Los que se dedican a la contemplación por haberse liberado de las sensibilidades terrenales y se unen a lo Absoluto en vida; los que con conocimiento o por ignorancia no se dedican a la contemplación pero realizan buenas obras, caridad y oblaciones; y los que llevan una vida de disipación y maldad. Las dos primeras clases, al morir, el componente sutil de su ser (la psique) sube por la senda del humo hasta la esfera de la luna donde después de un corto período contemplando los frutos de sus buenas obras, regresa a la tierra en forma de lluvia e incorpora los residuos de sus acciones a nuevos seres conformando una perfecta metempsicosis. La tercera clase, por el contrario, también regresa pero luego de haber permanecido en los siete infiernos gobernados por la Muerte, y los residuos de sus acciones vuelven teñidos de negro color y olor a Muerte.

Las acciones, buenas o malas, por lo que se acaba de leer, no reciben recompensa o reprimenda sino que tienen reservado un destino según haya sido su forma de manifestación en el desarrollo de la vida individual, ya que los condicionamientos del estado humano en la manifestación siendo vida y mente, el primero se evidencia como origen, continuidad y extinción, y el segundo como razón e inteligencia. Ese destino no comporta ninguna forma de premio o castigo para el alma, que es lo que transmigra hacia el Absoluto, sino que son resultados inmanentes de la extinción de la vida. El componente corpóreo se digrega en la naturaleza por el agua, la tierra o el fuego, y el sutil se disuelve por la metempsicosis. Ambos componentes son mortales. El componente inmortal o eterno, según se quiera, sin premio ni castigo, retorna a su fuente. Esta cuestión la tenemos tratada con mayor extensión en el estudio Lo que se va y lo que regresa después de la muerte, en la Revista Hermética nº 34.

Antes de proseguir quisiéramos aclarar un par de conceptos que suelen causar alguna confusión según el uso que se les dé. Autores arraigados en el conocimiento de la Ciencia Tradicional suelen utilizar la tríada espíritu, alma y cuerpo, dándole al espíritu la categoría de componente sutil e indiferenciado, y otorgándole al alma la cualidad de mediadora entre el cuerpo y el espíritu en esa tríada. La traducción de ???? (psique) como alma, es tan válida como espíritu. Pese a esta apariencia de sinonimia, no es tal, ni por cerca, siempre que adoptanto una posición u otra, en todo momento sepamos a qué nos estamos refiriendo. Para una gran mayoría de los tradicionalistas, tal como dijimos, el “Sí Mismo” del ser individual, lo que transmigra a su fuente en el estado póstumo es el espíritu, ya que el alma pese a su composición sutil, es mortal y está intermediando entre el cuerpo como la parte más densa (“grosera” para los tradicionalistas) y el espíritu como componente trascendente de ese ser individual que es el hombre considerado en su existencia.

Pese a esta clara posición de los expertos, el propio Guénon, uno de los más relevantes de esta interpretación, en su agonía, sus últimas palabras fueron: “El alma se va”; y no dijo: “El espíritu se va”. Digamos que identificar al espíritu como el almacén de todo lo que compone la mente humana, de donde resulta que es el objeto de la disciplina conocida como “Psicología”, dejando para el alma todo lo relativo a su trascendencia e inmortalidad, es un modo digamos de “teología cristiana” en la interpretación de estos dos vocablos, por aquello de la “inmortalidad del alma”, y lo hacemos sin propósito religioso alguno sino sólo por ser de uso común en Occidente, bien entendido que en griego ???? (psique), es tanto alma como espíritu, si bien el alma es la acepción que gobierna el étimo; asimismo el vocablo “espiritual” es la traducción fonéticamente idéntica al fonema griego: psíquicos (???????), de donde se puede decir que lo espiritual está comprendido en la psique, sin cometer error semántico. Esta licencia idiomática o toma de posición según se quiera, será lícita tal y como dijimos líneas atrás, siempre que en todo momento tengamos claro lo que queremos significar con alma y con espíritu. Hecha la aclaración, retornamos al tema principal de este estudio.

En la Ciencia Tradicional cualquiera de las contingencias del estado humano se entiende referida a lo Absoluto; es decir, en el ámbito de una Realidad igualmente absoluta, captada por intuición intelectual, lo que otorga al conocimiento una amplitud sin límites como sin límites es la posibilidad del conocimiento metafísico. En una concepción de tal estirpe, nada se reduce a lo individual y si se menciona el estado humano como idea, lo es siempre del ser humano como especie y no como individualidad. Los que practican el acceso a esta clase de metafísica no-dual (advaita), no temen a la muerte porque han tenido la evidencia intelectual de lo que les espera como seres vivientes, lo que equivale a decir que se teme lo desconocido y se pierde el miedo cuando se llega a conocer lo que se temía. Este conocimiento del estado póstumo no es exclusivo de la metafísica advaita, ya que otras doctrinas como el mazdaísmo también muestran con plenitud el camino del último trajinar del ser. En el mismo sentido, el taoísmo: “Quien aprecia mucho la vida, nada sabe de ella, por eso la posee; quien no aprecia la vida e intenta no pederla, no la tiene” (Lao Tse, Tao Te King, XXXVIII), y en Chuang Tse: “el sabio perfecto, colocado en el centro de la rueda cósmica, la mueve manteniéndose inmóvil...”e indiferente al sentido en que la misma gira... el signo exterior de ese estado interior es la imperturbabilidad... en desfondamiento del universo no le causaría ninguna emoción” (Chuang Tse, cap. II, V, XI, XIX y XXIV).

Uno de los simbolismos más tradicionales y aplicados a una diversidad de tonos herméticos es el de las “dos llaves”, similar al de las “dos caras de Jano” y tantas otras vertientes semejantes. El poder de las dos llaves es el poder de la vida y la muerte porque ellas representan la autoridad espiritual y la terrenal, y es el sentido que tiene este emblema en la versión papal de los católicos; es el poder de atar y desatar, de abrir y cerrar. En Mateo XVI, 19, se lee:

“A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que atares en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatares en la tierra quedará desatado en los cielos”. En Apocalipsis III, 7, se lee: “Escribe, asimismo, el Ángel de la Iglesia de Filadelfia: Esto dice el Santo y Veraz, el que tiene la llave del nuevo reino de David: si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra. Nadie puede abrir”. En Isaías XXII, 22: “Y pondré sobre sus hombros la llave de la casa de David, y abrirá y nadie habrá que pueda cerrar, y cerrará y nadie habrá que pueda abrir”. Añadamos que el emblema papal es el de dos llaves cruzadas, diseñando la imagen del Crismón de Jesucristo, envuelto en sus propios misterios, puesto que entre los diversos significados de la “X” está el de la incógnita en los teoremas matemáticos.

Es de tener presente que este símbolo de las dos llaves está vinculado al aforismo alquimista expresado en solve et coagula, que se corresponde respectivamente a la disolución y la concentración, que se repite con el mismo significado en el yin y el yang de la doctrina taoísta. Ese poder de atar prevalece en la llave de plata y el de desatar en la de oro. El atar es la concentración que representa lo terrenal, lo coagulado, mientras que el desatar corresponde a lo celestial o espiritual, a lo diluido en la no-manifestación. En todo caso, ambos poderes no se conciben de manera separada, como el yin y el yang, el bien y el mal, el día y la noche, lo blanco y lo negro, y toda otra dualidad existente.

Lo que se acaba de decir demuestra que la dualidad está presente en toda la simbología tradicional, así como también lo está en la metafísica ya que, aunque cabe distinguir las distintas cualidades gnoseológicas de la metafísica dual y de la no-dual, aun en esta última se estudia la dualidad para consolidar el principio de la Realidad absoluta; bien entendido que la dualidad no es más que una concesión al estado humano en la multiplicidad del Ser; es decir, que para comprender mejor lo que es la Realidad verdadera, es menester reflexionar acerca de la realidad ilusoria porque, en definitiva, es la realidad donde el estado humano en vigilia y en estado de ensoñación desarrolla su vida. De ahí que resulte imprescindible liberarse de las contingencias que derivan de los condicionantes del estado humano para lograr la unión con el Absoluto.

Conocimiento es la forma de despegarse de las supersticiones y falsas expectativas diseñadas para afrontar la muerte sin desesperación. Todo tiene apariencia de engaño; por ejemplo: el llanto de los deudos al lado del yaciente, ¿qué significado tiene? ¿Acaso lloran por el futuro del muerto o por la desgracia de los deudos que no podrán seguir disfrutando de su presencia? No es posible creer que lloren por el decedido, salvo que estén pensando que va camino del infierno. Y no es posible pensarlo así, porque todos los funerales muestran el mismo rostro de dolor y llanto de los que se quedan. Quien haya muerto ha devuelto el alma a su fuente, llámese eternidad, inmortalidad, Dios, Uno, Absoluto o como se quiera. Los que quedan son los que sufren y a la vez, viendo de cerca el aspecto de la muerte, se angustian porque ignoran de qué se trata.

Los que conocen no se angustian y repetimos lo ya dicho: se teme a lo desconocido y desaparece el temor con el conocimiento. Quienes tienen conocimiento asumen sin dificultad que la vida y la muerte es otra dualidad y por lo tanto, algo que es propio de la Creación en su más evidente realidad y siendo esto así, se obtiene la certeza simple de que la alternancia vida-muerte no es más que la visión intelectual del movimiento cósmico. De donde resulta que lo que el ser humano da por supuesto, o sea, que su vida le pertenece, es una idea falsa de la realidad ya que su vida, así como su muerte, es la forma de manifestación del movimiento cósmico como la condensación en nubes del vapor de agua que se desplomará tarde o temprano en forma de lluvia. Pretender que la vida nos pertenece es la causa por la cual pensamos que la perderemos con la muerte sin posibilidad de impedirlo. La vida no nos pertenece sino que tenemos el derecho o la misión de vivirla hasta que se agota y agotada se extingue.

Del mismo modo que el solve et coagula se corresponde a la esencia y la sustancia, respectivamente, la vida se corresponde con la coagulación en tanto significa concentración, aparición desde la no-manifestación a la manifestación, mientras que la muerte se corresponde con la disolución de lo manifestado que se diluye en lo no-manifestado; esto es, el camino inverso.Toda esta fenomenología puramente metafísica y por lo tanto sin parangón en la existencia, explica con claridad la implicación mutua que tienen vida y muerte como componentes (uno de tantos) de la realidad cósmica que está en permanente movimiento. El cosmos desde su Creación o su big-bang, no ha dejado de moverse. Y el ser humano es parte de ese movimiento al que contribuye con sus condicionamientos: la mente para conocer y la vida para generar en su grado de seidad, el movimiento continuo del cosmos encadenándola a la muerte, sin la cual tal movimiento no se produciría respecto del estado humano.

Sabiendo sin dudar, que la vida no nos pertenece sino que de ella tenemos el derecho a vivirla y tomar conciencia de esa continuidad finita que es el vivir, no se puede temer a la muerte porque lo mejor del ser humano que es su personalidad (el Sí Mismo de cada cual), vuelve a su residencia original y los componentes mortales a su destino físico y mortal mediante las naturales desintegraciones y acoplamientos a los nuevos seres que desde la no-manifestación del útero, formalizan su nacimiento en la manifestación para entrar a formar parte de la Realidad ilimitada de una cosmogonía clemente y comprensible para quienes estén dispuestos a comprender.
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