Colaboraciones
Los años 60 en Salta
Los años 60 en Salta
La fragmentación del tiempo en períodos históricos exige simular que olvidamos que cada época es tributaria de la anterior y prepara las condiciones de la siguiente. Los cortes abruptos no están en la realidad histórica sino en la necesidad simplificar su descripción y explicación amputando el tiempo en décadas o siglos, con números redondos y pulidos.

Por las características tan singulares y marcadas que le son adjudicados, la cronología de años sesenta encajan tanto en uno de esos recortes de fechas casi perfectos, como en esos otros cortes que definen las unidades del tiempo social, dados por los rasgos, el clima, el espíritu de época. En suma, por la cronosofía, esa periodización cualificada o "filosófica", al decir de Paul Ricoeur.

Designando a los '60 como década "prodigiosa", "dorada", "feliz", "maravillosa", "rebelde" o de "la era espacial", la cronosofía se superpone, hasta coincidir, con esa línea de puntos que dibuja la cronología dentro de la cual quedan encerrados los tres mil seiscientos cincuenta y tres días del decenio. Al conferirle tales atributos, se incurre en una valoración positiva y en bloque de esos años.

Estamos frente a una década de rasgos fuertes, dotada de gran poder de irradiación mundial, con múltiples caras y matices: conquista espacial; píldora anticonceptiva, transistores, vacunas, fotocopiadoras; Cuba comunista; descolonización; Concilio Vaticano II; asesinato de los Kennedy; Vietnam; Muro de Berlín; el Mayo francés; invasión soviética a Checoslovaquia; muerte del Che Guevara en Bolivia; matanzas bajo el nombre de "revolución cultural" en China.

Aún con los avances de los años '50, el mundo heredado parecía rudimentario y hasta ingenuo, comparado con lo que los '60 mostraban y el futuro prometía. Las fantasías espaciales de la década se abren con el primer vuelo orbital (Gagarin, 1961) y se cierran con la primera pisada de un hombre en la luna (Armstrong, 1969). Aunque los conflictos terrestres no desaparecían, se esperaba que la conquista del espacio ayudara a empequeñecerlos.

La fragmentación del tiempo se prolonga en la fragmentación del espacio geográfico. Dentro de él se sitúan los escenarios locales de ese prodigio, cuyos sus frutos se derraman de modo desigual. En lugar relevante se ubican los países llamados centrales. En sitios más modestos, esos otros periféricos que, aunque denuncian y se rebelan contra su marginalidad y dependencia, orbitan en torno a aquellos centros, mirándose en sus espejos.

Pero esa parcelación avanza más allá de las hojas del calendario; va más lejos de las fronteras territoriales: se proyecta a los cortes generacionales, a espacios sociales y, dentro de ellos, a los ámbitos cotidianos, laborales y personales. El aura de los sesenta no acaricia a todos y, menos aún, lo hace con todos por igual.

"Hasta aquí llegan pocas noticias del mundo.
Recibo cartas de mis amigos;
me dicen que todo marcha bien,
que en algunos países se vive una vida verdadera
y que en otros la esperanza crece.
Yo no sé nada.
Me alegro por momentos
y me encierro otra vez en mi pueblo".

("Maimará". Jorge Calvetti).

Los sesenta a los que se suele aludir en la Argentina, son un tiempo y un espacio encerrados en ese decenio y en segmentos sociales con acotados límites generacionales, intelectuales y profesionales, los que se ubicaban dentro del radio urbano porteño y, específicamente, en un sector de reducido a unas pocas manzanas que configuraban un puñado de lugares de encuentros y desencuentros sociales, culturales y políticos.

Textos como los de Silvia Sigal y Oscar Terán son más las memorias monogámicas de esas tribus y de sus búsquedas y querellas dentro del micro mundo de la izquierda local, que un examen sobre los '60 argentinos. Aunque con enfoque más abarcador y de divulgación, el más reciente de Sergio Pujol incurre en la misma visión.

La literatura sobre los '60 argentinos propone, en realidad, un recorrido casi intimista por itinerarios compartidos por quienes estudiaban entonces en la Universidad de Buenos Aires, tenían afinidades no sólo ideológicas y políticas sino también afectivas y estéticas. Un enfoque erróneo ve en los '60 como una década de novedades y de jóvenes que transcurre en la capital argentina. Un tiempo más de rupturas que de continuidades, más de hijos que de padres, más de porteños que de provincianos.


Un cierto clima de época

Tiempo en el cual los jóvenes no sólo no contaban con los padres, sino que parecía necesario ir contra ellos y contra sus ideas. La recusación de las pautas, la inversión de los valores y el rechazo de la sensibilidad por ellos heredadas, constituía el primer paso para una pelea más de fondo que se libraría en la afirmación de contravalores y en el rechazo, primero crítico y después violento, a la autoridad y a las instituciones.

Sería un error extender al conjunto social estas nuevas tendencias, sensibilidades y preocupaciones. Inclusive lo sería si se adjudicara tales rasgos a todos los jóvenes de esa época. Su alcance se redujo a las vanguardias, pese a que las fantasías de aquellos jóvenes eran masivas o sociales. En estos aspectos, y también en el de las preferencias y en el activismo político, tales rasgos están presentes de modo intenso sólo en una minoría joven y activa que los abrazó.

"Lo que importa no son las actitudes ante la vida de las mujeres y los hombres de treinta años, sino las de los hombres y mujeres de veinte", explica Pierre Chaunu. Al promediar la década de los '60, los que nacimos durante el ascenso del primer peronismo alcanzamos esa edad que nos colocaba en aquel segmento. No estamos ante una referencia obvia y anecdótica sino frente a un elemento clave para comprender aquel decenio.

Esos rasgos aparecen difuminados en su periferia y apenas son visibles más allá de sus límites. Que ese clima haya prevalecido en esa época, al envolverla e impregnarla, no autoriza a asegurar que lo haya hecho con todas las individualidades, del mismo modo y con parecido énfasis. Las visiones rotundas de la década se fabricaron eliminando la complejidad y borrando los matices.

A diferencia de lo que ocurrió en países centrales, entre nosotros esa ruptura no se expresó como rechazo al pasado o amnesia, sino como desesperada búsqueda de respuestas en la historia o, para decirlo con más precisión, en la negación de la historia oficial. Los revolucionarios tienen "sensibilidad retrospectiva", dice Regis Debray. A diferencia de la rebeldía de los jóvenes europeos o norteamericanos, tampoco lo hizo mediante una afirmación del yo. Fanon colocó al individualismo "en la primera fila de los valores enemigos", señala Alain Finkielkraut.

No se expresó de modo individualista, hedonista y meramente estético: se manifestó como acelerada politización, como abjuración de la subjetividad y como compromiso "militante". Lo que en los países centrales era rebeldía frente al hartazgo, en el nuestro era temor a la movilidad social descendente, al deterioro educativo, a la pauperización de los profesionales y a las carencias. Aquel impulso se canalizó aquí hacia lo ideológico, lo social, la introspección, la búsqueda del "ser nacional" y la construcción del "hombre nuevo".


Afirmación por los rechazos

En países periféricos como el nuestro, el rechazo al pasado no era incompatible con una impaciente búsqueda de una identidad colectiva centrada en "lo nacional y popular". Por el contrario, la resistencia a aquella herencia y la afirmación de identidad se debía manifestar como negación de los componentes de una tradición tenida por "liberal, cosmopolita, antinacional y antipopular" que, más que superarse, debía sepultarse.

El empeño por afirmar el sesgo "nacional" y local de ese clima de época, alejó la posibilidad de admitir las afinidades con fenómenos y movimientos que traspasaban las fronteras continentales y nacionales. "En su furia con la época, la nueva sensibilidad era turbulenta, imprecatoria, propensa a la obscenidad y dada a plantear todo problema político o de otra especie, en disyunciones tajantes", anota Daniel Bell.

Los textos políticos a los que me asomé a partir de 1961, estaban urdidos con una mezcla de maniqueísmo, indignación, adjetivaciones y esas disyunciones tajantes que señala Bell. No podrá decirse que aquellos polemistas no eran concientes de los materiales inflamables que manipulaban, y tampoco que desconocían los efectos estimulantes que tenían. "En el plano del razonamiento, el maniqueísmo del colono produce un maniqueísmo del colonizado", justificó Franz Fanon.

"El dilema es de hierro. O nación o factoría", concluía Hernández Arregui, quien admitió que su libro "era una interpretación beligerante de lo argentino". Lo ideológico se convertía en creencia y la creencia en pasión y en fe. El análisis riguroso fue sustituido por el estereotipo. "Pueblo y oligarquía", era el título de uno de las obras de Rodolfo Puiggrós. "El análisis me llevó a ver en algunos héroes, bandidos, y en muchos bandidos, héroes", admitía sin rodeos Jorge Abelardo Ramos.

Aunque ella jamás lo reconocería, esa crítica crispada y radical se nutrió no sólo de ese clima mundial sino también de las limitaciones e imperfecciones de las libertades públicas que existieron en el país durante los gobiernos de Arturo Frondizi y Arturo Illia. Visto dentro de una perspectiva de más largo plazo, el descontento de los '60 fue posible por la existencia previa de cierta satisfacción social.

Para esos críticos, la democracia era algo ilusorio y que carecía de sentido en un país semicolonial, donde la libertades políticas, culturales y económicas eran instrumentos de los imperialismos y de los grupos locales a ellos aliados. Tenemos que admitir que la nuestra fue una generación modelada en el resentimiento, y hasta en el desprecio, a la libertad, "que se enmascara como ideología de la emancipación".

La democracia era "un mito" de la clase media "engañada". Si la "democracia liberal" ofrece en los países centrales un mínimo de libertad, en los semicoloniales ella es "lisa y llanamente opresión colonial", afirmó Hernández Arregui. A partir de equiparar la interdependencia argentina a una clásica dependencia colonial y recurriendo a ese sofisma, para este autor la democracia no era una meta a alcanzar sino que era una variante de la "opresión colonial" que había que abatir.

Esa afirmación se enlazaba a aquella otra que aseguraba que "la descolonización es siempre un fenómeno violento" y también pugna entre "dos fuerzas congénitamente antagónicas" como, en esos mismos años, enunció Franz Fanon. A partir de allí, y con los elementos aportados por la teoría del foco guerrillero y la simplificada recepción de la "opción por los pobres" del catolicismo post conciliar, parecido al deseo de "ir al pueblo" de los populistas rusos del siglo XIX, quedaban abiertas las puertas para la justificación del uso de la violencia.


Energía de vida. Pulsión de muerte

Lo que está aún por explicar es por qué en aquellos años, demasiado cerca del impulso a la vida y con parecida intensidad, comenzó a latir una pulsión de muerte. "¡Tiren a matar!", novela escrita en Salta a fines de los '60 por Carlos Vázquez Iruzubieta está cargada de esa ambivalente energía. La muerte allí es un personaje central, omnipresente.

Aunque, dice el autor, "nadie quería, al parecer, la muerte", una y otra vez, se alude al "deseo de morir", al "jugar con la muerte". "El destino de la revolución es la victoria por el camino de la muerte", dice un personaje en tono milenarista. "Asegurada con naturalidad en la muerte [la clase de mundo que Matilde prefería], valía la pena sufrirla".

"Necesitamos mártires con urgencia", dice uno de los personajes. "Nunca te preguntés si es hora apropiada para morir", aconseja otro. "Viejo bueno, que tiren a matar, o no habrá paz para nuestros espíritus". "Todos parecían querer lo mismo, aunque unos mostraban deseos de vivir, y otros, el único anhelo de morir gritando". Antes que la violencia y la muerte se desplegaran efectivamente, textos y arengas vanguardistas concluían con consignas como "Patria o muerte", "Perón o muerte" o "Liberación o muerte".

Entender algo era comprender que "el enemigo era el rico; los amigos, los pobres, y la tarea concreta el atentado", escribe sin intención crítica Vázquez Iruzubieta. Alvin W. Gouldner explicó que el populismo cree -y, habría que añadir, explota la creencia- "en el valor de las personas comunes y en el valor de su sencillez y de su sabiduría". Lo cual, añade, "puede disponer a los intelectuales a elogiar a la gente popular como más veraz y sabia...".


Contra el liberalismo ¿o contra la libertad?

Detrás de esa retórica que cuestionó al conservadurismoo autoritario argentino mal llamado "liberal", apenas se encubría un rechazo a la libertad, a la democracia y a ese republicanismo que es alérgico al populismo. Para Hernández Arregui, esa lucha contra los "enemigos internos y externos, sólo puede resolverse mediante el establecimiento de regímenes autoritarios, con el control de las exportaciones y medios de propaganda, con el apoyo estatal al movimiento popular y la participación del Ejército en esta política nacional defensista".

Esto nos coloca frente a esa tremenda paradoja, señalada por Bell: el radicalismo cultural, los impulsos a la liberación y el vanguardismo revolucionario de los '60 acontecieron dentro de sociedades burguesas o en alguno de los llamados países en vías de desarrollo, pero no en China, Argelia, Egipto, los socialismos realmente existentes, con Cuba a la cabeza.

Todos esos regímenes dictatoriales, represivos, dogmáticos y puritanos, fueron adoptados como modelos por los contestatarios argentinos pertrechados con una improvisada y confusa mezcla ideológica hecha con la Vulgata marxista, autoritarismo, militarismo, populismo, nacionalismo tercermundista y catolicismo post conciliar bajo cuyo peso quedaron aplastadas las pretensiones de una izquierda más sofisticada pero no menos equivocada.

Si ponemos énfasis en la crítica a esta mixtura no es porque no hayan galopado a su costado otras expresiones ideológicas como las del más antiguo nacionalismo católico o las del conservadurismoo autoritario, ambos empeñados en introducirse como consejeros del príncipe en todas las camarillas y golpes militares. Ese énfasis se explica por el hecho de que esa mixtura fue la que predominó y tuvo una influencia decisiva en los años '60.


Expresión del subdesarrollo

A esta confusa mezcla se le pueden aplicar las críticas que hizo Manuel García Pelayo a la Vulgata marxista latinoamericana de esos años al decir que fue "simultáneamente la expresión de la miseria cultural del subdesarrollo y la protesta contra ese subdesarrollo". No fue el opio del pueblo, pero si "el opio de unas minorías que podrían conducir parte del pueblo".

El origen foráneo – europeizante y la falta de adecuación de las ideas liberales a la realidad nacional fue uno de los argumentos más usados contra ellas por las distintas vertientes críticas y revolucionarias de los '60. "¡Fuera la cultura extranjera!", escribe sobre un pizarrón un protagonista de "¡Tiren a matar!". Sin embargo, el espíritu crítico que esos sectores utilizaron hasta el exceso, se ejerció puertas afuera de esas cofradías las que, hacia su interior, consagraban rígidos dogmas construidos con conceptos acuñados por la denostada cultura Occidental.

El gran drama de los '70 se alimentó del gran equívoco gestado en los '60 y que consistió en imaginar que se alcanzaría el reino de la libertad implantando la "liberación nacional" mediante el uso la violencia y el terror para demoler los restos de aquellas "libertades formales y decrépitas". Que se lograría archivando la engañosa "democracia burguesa" bajo el peso de un régimen autoritario y suplantando el tibio reformismo por una revolución que debían conducir profetas armados tan ambiciosos como implacables e impiadosos.

En la Argentina, uno de los rasgos peculiares más acentuados dentro ese abigarrado sector fue esa mixtura de diversos elementos mal combinados y armonizados, cuya síntesis se alcanzó en la aleación entre un marxismo escolar y un populismo simplista. La impaciencia y dificultades para comprender los cambios que se estaban produciendo en el mundo y en la Argentina, y para desentrañar esa compleja realidad, llevó a improvisar panaceas cuyos resultados fueron trágicos.

Si la revolución debía ser obra del pueblo y ese pueblo, en su mayoría, era peronista pero carecía de una elite y una organización revolucionarias, la tarea debía consistir en encauzar esa corriente nadando dentro y no fuera de ella. Esta visión vio en el peronismo no sólo una edad de oro pasada, interrumpida en 1955 por la violencia, sino también como un paraíso que esa revolución debía reinstalar. Tal esquema elemental se gestó en los '60 y se utilizó en los '70.


Los '60 provincianos

Ciento cincuenta años después del comienzo emancipador de 1810, festejados en 1960 como Sesquicentenario, el interior argentino seguía siendo un territorio tan vasto como desconocido, un mero espacio con poca historia y más tradicionalismo, culturalmente más pasivo y receptivo que activo y productivo. Salta en particular, se explicaba por el simple cruce de dos o tres coordenadas: cerrazón mental y cultural, economía primaria estancada y sociedad estamental.

Las provincias aparecían en el mapa como bordados añadidos a ese, todavía, imponente centro de mesa que era Buenos Aires. A pesar de su orgullosa autovaloración, la ciudad porteña era una periferia respecto a los países centrales, de los cuales acentuó entonces su distanciamiento. En ese cuadro, y con matices dentro de él, las provincias del interior argentino estaban condenadas a ser periferias de la periferia.

Cabe preguntarnos si esos otros sesentas en provincias se redujeron a una ínfima recepción rezagada, admirativa o perpleja, morosa y consumista de las expresiones más superficiales de las modas generadas en el centro, reelaboradas en Buenos Aires y retransmitidas desde allí o, si por el contrario, ellas generaron sus propias manifestaciones en distintos campos.

Tendremos que plantearnos no sólo los problemas que traen aparejadas las distancias geográficas de ese centro argentino de producción, respecto de los países centrales, sino también de los que derivan de las distancias que separan a los provincianos del Noroeste de Buenos Aires. Claro que no se trata sólo de distancias geográficas y del tiempo que se emplea en cubrirlas sino, además, de esas también decisivas distancias materiales, sociales y culturales.

Ese conjunto de distancias hace que nos enfrentemos no sólo a los problemas referidos a la llegada tardía de esas ondas o a la recepción de esas modas. Ellas se propagan en círculos concéntricos. La primera locomotora llegó a la ciudad de Salta treinta y siete años después de su primer viaje de corto trayecto en Buenos Aires. Entre otras, la influencia del ferrocarril redujo el tiempo de llegada de otras expresiones de modernidad.

Al pasar de un medio a otro, se presenta el problema de la distorsión que produce un espejo deformante. Modas, creencias, noticias e ideas llegadas de otros mundos no son pasivas, rectas y fielmente retransmitidas, recibidas o adoptadas por las sociedades locales. Ese ambiente y esa sociedad las tuercen, modifican, tamizan y adaptan. Se admita o no, la historia local es una parcela del escenario mundial atravesada por la historia mundial.

Tales recepciones no parecen darse bajo la apariencia de un ensamblaje mecánico sino de una más compleja y menos visible combinación química. Realimentan un flujo de mestizajes subterráneos, permanentes. Las cruzas ideológicas latinoamericanas prueban que ni siquiera las ideologías que recelan de esas mixturas pueden sustraerse de su poderoso impulso.


Lo antiguo, más lo nuevo

Manifestación epidérmica de este proceso profundo es la coexistencia, dentro de las fronteras de esta década, de una cierta toma de distancia de la cultura excesivamente apegada al terruño con una mayor presencia y aceptación del folclore del Norte argentino en Buenos Aires, y de este fenómeno con el auge del rock americano, las manifestaciones del pop argentino, incluyendo un resurgimiento del tango y su penetración en los ambientes jóvenes en las provincias.

En esos años comienzan a publicar sus libros los escritores nacidos entre 1930 y 1935, agrupados en la Generación del 60. Otros orígenes, otros nombres, otras preocupaciones y otra sensibilidad. "Pese a lo disímil de sus voces, todas confluyen en lo esencial humano; en el rescate del hombre interior, despojado de prejuicios religiosos, de consignas políticas y de aluviones de paisaje", señala Walter Adet.

Salta no fue ajena a la expansión de las ondas provocadas por la difusión del libro y la lectura en Buenos Aires. A su medida, tampoco lo fue respecto a algunas manifestaciones artísticas. La aparición de "Phersu" señala el tránsito hacia una actividad teatral moderna, más exigente y profesional, más abierta y universal.

Aunque no hay datos estadísticos, se puede decir que en esos años comenzó a incrementarse la venta de libros. Consultar la lista de best seller de Primera Plana era consultar al oráculo. De modo deliberado las páginas del semanario dirigido por Jacobo Timermann, combinaba con astucia una línea editorial pro militar, que despejó el camino al golpe de Onganía en 1966 atacando sin piedad al gobierno de Illia, con un progresismo cultural rayano con el izquierdismo.

El catálogo de la editorial Jorge álvarez tenía la autoridad de un figurín de modas. Muchos conocimos Buenos Aires primero en las letras de tango y en el libro en el que Juan José Sebreli diseccionó la ciudad porteña. Años después caminamos sus calles. Aunque sin la continuidad e importancia que alcanzaron en Tucumán, surgieron algunos cine clubes. La casi solitaria iniciativa privada, la más de las veces tan sólo individual, multiplicó las exposiciones de pintura, los conciertos, presentaciones teatrales y recitales de poesía.

Si bien es plausible la opinión de García Pelayo respecto al aporte de la Vulgata marxista al subdesarrollo, hay que admitir que en los primeros años de la década de los '60, las ideas socialistas y marxistas ofrecían la posibilidad de incorporar una visión moderna y herramientas críticas en una realidad local poco secularizada, dominada por palabras del conservadurismoo y por silencios o retóricas populistas.

Afirma Sylvester que el modernismo literario tardó un siglo en llegar a Salta. Si esto fue así, algunas ideas modernas tardaron bastante más de un siglo en trasponer las alturas y la cerrazón salteñas. No es que durante ese largo tiempo no hubiera crítica social: la hubo pero se expresaba oralmente, de forma asistemática y fragmentaria. En mi juventud conocí agudos críticos sociales que lucieron su talento en tertulias pero que no supieron recogerlo en los viejos odres provincianos.

En muchos casos, en provincias de cuño tradicionalista y de limitada vida cultural, tener veleidades intelectuales suponía una cierta aproximación a ideas de izquierda. Del mismo modo que, para propios y extraños, acercarse a ellas traía aparejado ser tenido por "intelectual", algunas veces para calificar pero, con más frecuencia, para descalificar.

No sería justo negar que esa angosta y poco transitada senda de la izquierda no violenta en Salta encendió algunas luces, proporcionó un medio de socialización y culturización y –a la larga- vacunó a algunos de nosotros contra la peste del la violencia y el terrorismo. Senda luego ensanchada por el aporte de la Iglesia post conciliar. La torpe ignorancia inquisitorial, los actuales políticos ramplones y la furia de los conversos, se empeñan en abjurar de ese aporte del que somos tributarios, pero también críticos y autocríticos.

Estos fenómenos se parecen más a una avenida de doble mano con desigual flujo de tráfico, que a la imagen de una congestionada avenida de una sola mano. No esperemos asistir, en nuestras provincias y en esos años, a cambios repentinos, visibles y, menos todavía, aparatosos. Los avances y los retrocesos circulan en profundidades y tiempos largos. Las luces más potentes no son propias: los resplandores llegan de lejos. A veces, son estimulantes. Pero otras, provocan el temor y la resistencia local a lo novedoso y lo foráneo.

Santiago Sylvester piensa que, si en las décadas anteriores los acontecimientos mundiales "llegaban al norte como noticias, pero no modificaban la visión del mundo ni, en consecuencia, la cultura local", los aires y vientos de los años '60 produjeron "la implicación local en acontecimientos mundiales, y estos imprimieron, a su vez, mutaciones formales y de concepto en la cultura local. Los hechos locales concernían ya de otro modo".


Cruce histórico y biográfico

Para hablar de los '60 en Salta no apelaré a inventarios ni a cronologías. Tampoco intentaré aquí una de esas síntesis audaces, tan propias de los '60, ni propondré una mera explicación histórica. Aún conociendo los riesgos de emplear tonos y reminiscencias biográficas y personales, trataré de ubicar algunos recuerdos dentro de la trama de los acontecimientos aludidos en este libro.

Pero hay que entrar en ese modesto intento acompañado de las advertencias de Ricoeur: no todo lo vivido puede ser recordado y no todo lo recordado coincide necesariamente con lo efectivamente vivido. Por eso mismo, la "rememoración instantánea" no puede ser equiparada a la memoria, ni ella sola adquirir categoría de conocimiento histórico.

Si la referencia a la influencia que ejerce la distancia entre Salta y Buenos Aires no insinúa proclividad hacia el determinismo geográfico, la mención del número de habitantes tampoco supone añadir determinismo demográfico. No se entenderán los '60 ni sus rasgos post tradicionales en nuestra sociedad si ignoramos su rápido crecimiento demográfico.

La ciudad de Salta en que nací, a fines de 1946, tenía poco menos de 76.000 habitantes. En el resto del territorio provincial vivían poco más de 210.000 personas. Trece años después, en 1960 cuando ingresé al Colegio Nacional, la capital salteña tenía 123.000 habitantes y el resto de los departamentos casi 290.000. La ciudad tenía 71 habitantes por kilómetro cuadrado; la provincia sólo 2,7.

El Censo de 1970 reveló que en la ciudad residían 182.000 personas y en el resto de la provincia lo hacían 327.000. Pese a este incremento, entre los censos de 1960 y 1970 la población creció un 3,7% menos de lo esperado.

En 1960, exceptuando la Escuela Normal, los alumnos varones aún predominaban sobre las mujeres. De 2.312 egresados bachilleres en 1960, 1.886 eran varones y 426 mujeres. En la Escuela Normal, de un total de 5.592 egresados, 5.045 eran mujeres y sólo 547 varones.

La enseñanza primaria, casi en su totalidad, estaba en manos de mujeres. También había mayoría femenina en el profesorado secundario: 129 contra 57 varones. Aunque a enorme distancia de los hombres, el papel de la mujer no era en modo alguno irrelevante ni carente de influencia.

A comienzos de los '60, los varones con título universitario eran 1.547 y las mujeres 206. Los profesionales representaban el 0,43% de la población. No todos los profesionales pueden ser considerados parte del reducido segmento de población que demanda o crea productos culturales. Los que la forman, tampoco agotan ese segmento que crece notablemente en la Salta de los '60.

En las únicas profesiones donde había más de dos mujeres eran: obstetricia (36 sobre 36); asistentes sociales (9 de 9); visitadores sociales (10 de 10); pedagogas (3 de 3); profesoras de letras (11 de 15); de filosofía (8 de 12); de historia (4 de 7); odontólogas (23 de 102); médicas (8), contadoras (7); escribanas (7); abogadas (7); geólogas, biólogas, farmacéuticas, cuatro en cada una. En muchas profesiones no había mujeres.

Al comenzar la década Salta no tenía ninguna universidad, aunque funcionaban algunos departamentos que dependían de la Universidad Nacional de Tucumán. La Universidad Católica de Salta fue fundada en 1964 y abrió sus cursos regulares el 1° abril de 1967. La UNSa se creó en mayo de 1972 por decreto del presidente Lanusse.


Estímulos e influencias

En mi caso reconozco la influencia y el estímulo de varias docentes. Una, Clotilde Pites, nacida en Bahía Blanca, que en 1959 fue mi maestra de sexto grado en la Escuela Urquiza, cuando ya estaba vinculada activamente al Teatro Phersu y, dentro de él, al teatro para niños. En 1963 creó allí el teatro infantil "Golondrina".

Por Clotilde Pites conocí los primeros pasos de "Phersu", miré los pequeños libros con obras en las que ella participó, (creo recordar que una de ellas era "Trífili Tráfala"), asistí a algunos ensayos de sus puestas para niños y presencié varios unipersonales que mi maestra hacía para algunos de sus alumnos, en uno de los patios enlajados del Hogar Santa Eufrasia Peletier de la calle Sarmiento donde vivía modesta, casi conventualmente, en una habitación de la planta alta.

Otra, la profesora Elodia Cortés que en 1961 guió mis dos primeras monografías: sobre "María" de Jorge Isacs y otra sobre Juan Carlos Dávalos, que había muerto en 1959. Nuestra profesora creía que la lectura y la redacción debían marchar de la mano. También advirtió que un obstáculo para ello era la pobreza y el abandono de nuestras bibliotecas, "pobremente dotadas y prácticamente estancadas".

Ella suplía estas carencias abriendo a los alumnos su biblioteca privada. Una de sus preocupaciones fue estimular la lectura creadora a través de grupos de trabajo de alumnos reunidos libremente. Su condición de librepensadora le costó, entre otras cosas, que los inquisidores locales le pegaran la etiqueta de "izquierdista".

La tercera es Eva Mesas que fue mi profesora de Castellano en el Colegio Nacional, en 1962. Ajustándose al programa de su materia, pero sin rigidez, nos permitía seguir el dictado de nuestras preferencias. Ella no sólo formó a miles de salteños y también porteños, sino que dejó inédita una extensa obra escrita, incluidas sus cartas con Juana de Ibarborou y las evaluaciones de sus alumnos. Ella me permitió que yo hiciera, como tarea de clase, un primer extenso borrador de una historia de Salta que leyó y corrigió palabra por palabra.

Sus firmes convicciones religiosas no le impidieron recomendar a sus alumnos una larga lista de autores agnósticos. En sus últimos y solitarios años, su edad tampoco le impidió leer y reflexionar sobre las ideas de Mc Luhan y estudiar el fenómeno de Internet. A mediados de 1969, el mismo día que el primer astronauta pisó suelo lunar, escribió un artículo sobre las computadoras, la historia de su desarrollo y las teorías de la información. La computadora nos está ayudando a conocernos menor a nosotros mismos y, en el futuro cercano, ella modelará el mundo, señaló allí.


Las irradiaciones de "Phersu"

Tres años después tuve otro acercamiento a "Phersu". Además de lo que sabía del grupo por lo que me contaba Clotilde, el hecho de que María Delia Vargas fuera mi vecina y que Norma Buccianti fuera mi profesora de dibujo en el Nacional, me permitía una proximidad de profano con ese grupo que fue un revulsivo en Salta, más allá del círculo y el interés teatral.

A mediados de 1962 conocí a David Slodky, compañero de colegio de mi hermano Raúl. Recuerdo que pocos días después de nuestra primera conversación me invitó a la casa de Hugo Alarcón, que vivía en Villa Cristina. Flaco, nervioso, rostro huesudo, de larga melena, enfático, Alarcón nos habló con entusiasmo de su "Chaguanco", obra teatral que acababa de terminar y cuyo texto mecanografiado nos mostró en una carpeta que me pareció enorme.

Regresamos a lo de Hugo varios sábados por la tarde. La idea era incorporarnos a un grupo que, bajo la dirección de su autor, pusiera en escena "Chaguanco". Aunque joven, Slodky venía de su experiencia en el radioteatro "El galleguito de la cara sucia", donde hacía el papel de Dominguín. Formaban parte del elenco Elizabeth Alcántara, en el papel de madre soltera de éste y Paco de la Guerra, el "Galleguito" que la cortejaba.

Por mi parte, mi única experiencia era haber recitado en una fiesta escolar en el Teatro Victoria una suerte de teatralización de "El Misachico" de Emma Solá de Solá. También, entre 1959 y 1961, haber participado con mis hermanos con un ambulante teatro de títeres que instalábamos en las esquinas de la ciudad. Los muñecos, el vestuario, el teatrillo y los decorados eran obra de mi hermano Raúl Eduardo.

Aunque yo no tenía experiencia, vocación y tampoco ganas para estudiar teatro, sí me interesó el ambiente que rodeaba a "Phersu"; me parecía una versión más prolija del clima y el estilo desaliñados que se vivía en la casi derruida casona que ocupaba CEBAS en la calle Balcarce entre avenida Belgrano y General Güemes. Cuando tenía 13 años posé para Roberto Maeashi al que, me dijo él mismo, le venía bien mi rostro a lo Modigliani. Poco después, una tormenta desintegró el óleo de Tokichi. Allí conocí, entre otros, a Antonio Yutronich.

Empantanado el experimento teatral de Hugo Alarcón, uno de esos sábados grises y aburridos del invierno salteño, Slodky decidió enfilar su bicicleta a la Iglesia La Viña, montado yo en el portaequipajes. No fuimos a ese templo porque hubiésemos desertado de nuestro juvenil y jactancioso agnosticismo, sino porque nos proponíamos (él más que yo) incorporarnos a las clases que allí daba, entre otras, la directora de "Phersu", Perla Chacón. éramos los alumnos más jóvenes. Yo el más inconstante pues, aunque me impresionó la personalidad de su directora, al cabo de cuatro sábados, deserté.


Aires de cambio cultural

Durante los años '50, más que políticas culturales, el Estado provincial, a través de la Comisión de Cultura (1952), había impulsado actividades culturales con propósitos políticos. En 1958 esa Comisión se transformó luego en Dirección de Turismo y Cultura. Su Salón Scotti (1958-65) fue uno de los centros más activos y abiertos de promoción cultural.

En 1967 Gaspar Risco Fernández convocó en Tucumán la primera reunión del NOA Cultural. La recuperación de la idea regional, sin la retórica vacua que la desvirtuó después, con los sólidos aportes de Risco y algunos ensayos de experiencias regionalistas, intentaron superar nuestro encierro provinciano.

En 1961 La Dirección de Turismo y Cultura convocó, por primera vez, el Premio a la Producción Literaria Científica y Artística. Se presentaron 27 autores y 36 obras en los géneros de poesía, cuentos, relatos y obras de teatro. "Otras 10 se presentaron en el género ensayo, crítica literaria, filosofía, historia y folklore. En tanto que en el rubro ciencias se presentaron 6. En música fueron 62 de las cuales 40 correspondían a temas folclóricos. En plástica concursaron 40 obras. Los jurados no eran de Salta", anotó Fernando Figueroa.

A ello hay que añadir el dinámico papel que tuvo el Centro de Estudiantes de Bellas Artes (CEBAS). Además del trabajo de instituciones como el Coro Polifónico, "El Círculo", de donde salieron varios de los que formaron parte del gobierno de Biella; el Club Universitario; el Centro Argentino; la Peña Folclórica; la Peña Española con sus salones de plástica.

Además de la Biblioteca Victorino de la Plaza; el Rotary Club; el Instituto de San Felipe y Santiago; el aporte que dejó en los '50 "Amigos del Arte", se suma la contribución de la Alianza Francesa, las Sociedades Española, Italiana y Sirio Libanesa y el esfuerzo de Benito Crivelli en la promoción del libro pero también de recitales de música, plástica y poesía y de representaciones teatrales.

Después del esfuerzo en solitario del librero, socialista y editor Ramón Cardozo en los '50, la cultura en papel tiene una importante expansión durante los '60. No sólo crece en cantidad sino que, luego de la censura y las exclusiones de los años cincuenta, se abren espacios de pluralismo y de libre expresión. Al comienzos de los '60 se publica el primer número de la revista "Pirca" dirigida por Roberto Albeza, Esdras Gianella y Jorge Hugo Román. La vida de la revista es efímera.

El 4 de febrero de 1962 se publicó el primer número del suplemento literario de "El Tribuno" dirigido por José Juan Botelli con el subtítulo de "Ciencias, artes, letras". Botelli la llamó "hoja literaria semanal". "No caben aquí celos políticos o artísticos o de otras índoles que suelen incubarse en los medios provincianos", anotó. Inauguraron la hoja textos de Gustavo Leguizamón, Julio Espinosa, Mercedes Clelia Sandoval, María Eugenia Dávalos e Isidro Morón.

En enero de 1967 aparece el "Suplemento Literario" del diario "El Intransigente" dirigido por Raúl Aráoz Anzoátegui e ilustrado por Jorge Hugo Román. Meses después lo hace el diario "Norte" que también concedió espacio a temas culturales. Esos espacios que los periódicos locales abrían a la cultura, y los criterios pluralistas de quienes dirigían esos suplementos, explican en parte el eclipse de las revistas literarias en Salta.


Salta y la letra impresa

A ello deberán añadirse otros factores, tales como las crónicas dificultades para emprender en grupo iniciativas editoriales por parte de nuestros escritores; los costos de impresión; la estrechez de un mercado lector poco habituado a comprar el producto cultural, además de la ausencia de democracia, el sectarismo y la sobrecarga ideológica. Entre 1966 y 1985 las revistas literarias salteñas languidecen o se extinguen, junto a la pérdida de las libertades.

Aunque las ediciones locales no habían cumplido aún su primer siglo, la proximidad de esa edad le confiere méritos y títulos para acreditar una cierta tradición. El terreno está abonado y el ánimo preparado para ensayar las primeras antologías. A mediados de 1963 la Dirección General de Turismo edita "Panorama poético salteño", exigente selección de Raúl Aráoz Anzoátegui con ilustraciones de Jorge Hugo Román. La misma incluye a poetas salteños desde Dávalos (1887) hasta los nacidos a comienzos de la década de 1940.

Al año siguiente se publica "Panorama de las letras salteñas" de José Fernández Molina, que alcanzó tres ediciones. A fines de los `60 Walter Adet publica un anticipo de su prolija investigación sobre "Poetas y prosistas de Salta", cuya primera edición aparece en 1973.

¿Qué se publicó en Salta durante los años '60? Aunque no nos corresponde evaluar la calidad ni aportar un inventario completo de la cantidad de libros editados, parece útil intentar un balance cuantitativo provisorio que no incluye plaquetas ni folletos.

Veintisiete autores editan un total de 44 libros: poco más de cuatro libros por año. La casi totalidad son ediciones locales y de autor. Unas pocas contaron con algún apoyo gubernamental. De ese total, 34 son de poesía; 6 en prosa, 2 ensayos y 2 antologías. Los ensayos son los de Roberto García Pinto: "Autores y personajes" (UNT 1961) y el de Walter Adet "César Vallejo" (1966).

Las dos únicas radios locales amplían su audiencia y se popularizan. Una de ellas, la filial de Radio Nacional, promueve la música folclórica a través de "Tardecitas salteñas", el teatro a través del elenco nacional "Las dos carátulas", y conferencias de Jorge Luis Borges o Luis Franco. Esa Radio y la comercial LV9 emiten recitales de poesía a cargo del Grupo Presencia. La programación de LV9 incluía radioteatro con elencos locales y un ciclo de charlas organizadas por su director Miguel Paulino Tato, luego publicadas por esa misma radio en sus Ediciones Poncho Rojo que alcanzaron casi una treintena de cuadernos.

Tales emisiones no eran el único canal de la promoción masiva de la música folclórica. Los aires que soplaban traían con más rapidez influencias de otros lados. Tomando el ejemplo de otros festivales en países de América Latina, en el año 1964 se realizó en Tucumán el Primer Festival Latinoamericano de Folklore Estudiantil. Ese mismo año comenzó el Primer Festival de Música de las Américas y España. Un año después se reúne en Salta el Primer Festival Latinoamericano del Folklore.

La televisión aún no había llegado. Recién en 1964 comienza a emitir el primer canal de cable local, "Sonovisión", que cubría unas pocas manzanas del centro de la ciudad. Esa TV en blanco y negro fue más vista en los escaparates comerciales que en las casas. Al comenzar la década se editaban dos matutinos y algunos vespertinos de corta vida. Durante su transcurso se lanzaron otros dos matutinos.


Tradicionalismo atemperado

Quizás con excesivo optimismo tendíamos a ver rasgos de modernidad en algunas señales que marcaban la desaparición, cuando no la simple atenuación, de las características más fuertes de la sobreviviente sociedad tradicional. En un trabajo mío sobre el último medio siglo en Salta publicado en diciembre de 1999, del que malévolamente se omitió mi firma, señalé que en los '60 "algunos imaginaron que era posible fundir la arcilla de lo arcaico con lo nuevo".

"Puede decirse, añadí, que durante casi todos los años '60 nuestra sociedad permaneció sometida a un doble y contradictorio estímulo: la tentación de cambiar y el temor a intentarlo". Los intentos se expresan mediante signos exteriores: las mujeres comienzan a usar pantalones, fuman en público, conducen camionetas, hablan en voz baja sobre sexualidad y sobre la píldora anticonceptiva, sueltan el cuerpo con el rock o bailan mejilla a mejilla y a media luz en whiskerías.

En lo familiar y personal, sentí que ese cambio de clima comenzó antes que lo hiciera la década: en 1958 con la elección como presidente constitucional de Arturo Frondizi y de Bernardino Biella como gobernador de Salta, pues con ellos comenzaron a desmontarse los más duros mecanismos de represión y exclusión de los vencidos, montados a partir de 1955. Biella inauguró mandato enfatizando en la necesidad de "pacificar los espíritus" respetando la libertad de todos los ciudadanos.

El respeto que ofrecía Biella le fue negado a él mismo por un grupo de enconados adversarios que influyeron para que la provincia fuera intervenida el 20 de noviembre de 1961. Horas antes de dejar el gobierno, Biella advirtió que "la provincia de Salta es una de las más difíciles de gobernar por ser reducto de la más poderosa oligarquía que se manifiesta en una oposición enconada y tenaz".

Institucionalmente los '60 estuvieron dominados por la inestabilidad y por los gobiernos provisorios y de facto. El telón de fondo de una intensa lucha ideológica, teñida por el temario de la guerra fría, por la disputa entre peronismo y anti peronismo y por la creciente ola revolucionaria y de guerrillas, no puede disimular el carácter políticamente regresivo de esos años.

Durante la década de los '60 en Salta, los gobiernos surgidos de elecciones restrictivas, sólo pudieron controlar parcialmente la administración del Estado: en total durante cinco años y dos meses. Biella entre mayo de 1958 y noviembre de 1961, y Ricardo Durand entre octubre de 1963 y junio de 1966.

En lo único que se adelantó la Provincia de Salta respecto a la Nación fue en la quiebra institucional que marcó el derrocamiento de Frondizi. Fue el propio Frondizi quien, cediendo a presiones golpistas, interviene la provincia de Salta en 1961, poniendo fin al democrático gobierno de Biella. Por su parte, Frondizi es derrocado el 19 de marzo de 1962.

A la corta duración de esos dos gobiernos constitucionales se añade una inestabilidad institucional a la que los propios gobiernos de facto no pusieron fin y, antes bien, agravaron. Durante esta década la provincia de Salta tuvo un promedio de un titular del Poder Ejecutivo por año, sin contar con varios que ocuparon el gobierno por pocos días como interinos.

Pero en el ánimo de un chico preocupado como yo por las constantes detenciones a su padre, pesó más la promesa de poner fin a la persecución de dirigentes políticos que el proyecto de desarrollo y modernización enunciado por Frondizi. Desde el punto de vista institucional, esa promesa pacificadora y de cambio anticipó el formal comienzo de la década de los '60. Pero también su pronta frustración la cerró prematuramente.


De la apertura al sectarismo

El impulso reformista que marcó el comienzo de la década, rápidamente se transformó en impulso revolucionario y violento. La prédica antiliberal abrió el camino. A la democracia se la descalificó como expresión del "demo - liberalismo burgués decadente". El encono contra la libertad fue terreno propicio no sólo para someter a juicio sumarísimo a la historiografía argentina de ese signo, sino para profundizar el desprecio a la ley y la sustitución de la misma por el ejercicio de la violencia.

Aquel fuerte y abierto rechazo a la libertad, al enceguecer a sus portadores les impidió advertir el riesgo cierto de ser ellos mismos víctimas de la pérdida de todas las libertades "formales" y todos los derechos "burgueses". Durante los años '60 no sólo se incubó y alumbró la violencia de un signo: también se gestó aquel aparato para estatal que la reprimió ilegalmente en los años '70.

La revisión del peronismo por parte de los hijos de padres antiperonistas, llevó a su revalorización y luego a su idealización. Esos jóvenes pusieron patas para arriba la opinión que sus padres tenían de Perón y de su movimiento. El rechazo del peronismo al liberalismo y al "sistema" y su nutriente popular, comenzaron a seducir a los jóvenes que ya habían sido hechizados antes por la revolución cubana y sus promesas de "liberación nacional", antes que por la libertad individual, el reformismo o la democracia política.

Ese vanguardismo aspiraba, no a abolir el Estado, sino a apoderarse de él; no a suprimir las clases ni a imponer la dictadura del proletariado, sino a constituir una "Nueva Clase" de burócratas políticos que ambicionaba controlar el Estado y, a través de él, acceder a la riqueza y los privilegios. Tampoco tenía la intención de alentar una primavera cultural, sino que buscaba clausurar la cautelosa apertura de ese decenio. Para quienes perseguían lo absoluto, la cultura, las ideas, la ética y la estética, debían ser revolucionarias, y revolucionariamente impuestas.

La vía pacífica y gradual del desarrollismo fue suplantada por la ruptura mediante la vía armada y radical. Acompañando esa mutación, plasticidad fue sofocada por la rigidez; la crítica devino dogmatismo; el interés por la cultura en anti intelectualismo; el compromiso se convirtió en militancia; la política en militarismo. La política, además, en un campo de batalla donde sólo acampaban -decididos a matar o a morir- "amigos" y "enemigos".

La aparición de bisoños guerrilleros porteños y cordobeses del llamado EGP en Orán y su rápida desarticulación en marzo de 1964, anticipó y condensó todos los errores políticos que esas "vanguardias" revolucionarias repitieron durante los quince años siguientes. El fondo y la forma del texto del llamamiento a un levantamiento campesino contra los latifundistas, los barones del azúcar y contra el gobierno constitucional de Arturo Illia, quedó como una matriz de la literatura de los grupos armados que actuaron en los años '70.

La publicación de un extenso texto de José Aricó, titulado "Examen de conciencia", incluido en el número 4 de la revista "Pasado y Presente" coincidió con el final del EGP en Salta, grupo guerrillero que contó con el apoyo intelectual de esos disidentes del Partido Comunista. Extrayendo conclusiones de los casos de Cuba y Argelia, Aricó pensaba que era posible "estimular y acelerar la maduración de la situación revolucionaria directa". Ambas experiencias, añadía, "revalorizan la posibilidad de la violencia como levadura necesaria del nuevo sistema".

Para "Pasado y Presente", Salta formaba parte del "interior colonial capitalista", atrasado, tradicional y dependiente donde prevalecía el latifundio, las oligarquías "feudales", la explotación del campesinado y donde el problema de la tierra no había sido aún resuelto. De ello concluía que "las masas rurales" del Noroeste argentino eran "el elemento social más revolucionario de la sociedad argentina". La derrota del EGP no derivó de fallas organizativas ni de los recursos, sino de una equivocada visión de la realidad y de su ideología.

A mediados de 1999 Regis Debray, el principal teórico del foco guerrillero, luego de confesar que los comunistas chinos criticaron entonces el foquismo al que compararon con el "bandidismo" del siglo XIX, formuló su despiadada autocrítica: "Si es verdad que un proyecto político tiene la edad de sus herramientas y no de sus objetivos, el nuestro databa, en el fondo, de los años 1848". Los teóricos foquistas, añade, ignoraban todo sobre el mundo rural "como puros retoños de la cultura urbana" que eran.

Mientras la derecha militarista, con la pluma de Mariano Grondona y desde las columnas de Primera Plana, postuló al ejército, y dentro de él al general Onganía, como los brazos ejecutores de una "modernización" sin libertades y sin modernidad aliados con el sindicalismo peronista, el propio Perón y la izquierda foquista alentaron la empresa de acoso y derribo que culminó en junio de 1966 con el derrocamiento del gobierno de Illia.

Dentro de ese contexto, el interés por y la apertura hacia las corrientes de ideas universales comenzó a ser desplazado por esa "profunda introspección" advertida por Arnold Toynbee durante su viaje por América del Sur y reivindicada como positiva señal de recuperación de la "conciencia nacional" por los polemistas antiliberales que conquistaron amplios auditorios durante esos años. La prédica tercermundista y latinoamericanista amplificó los ecos de ese buceo.

Esa búsqueda de "lo nacional" se daba dentro de una serie de acontecimientos que agitaban las guerrillas en las selvas tropicales, los estudiantes de Berkeley, los masacrados en la Plaza de las Tres Culturas en México (1968) o los rebeldes del Mayo del 68' francés y los estallidos universitarios, no en el núcleo porteño, sino en las provincias argentinas.


Del fanatismo a la violencia

Pronto aquella apertura fue abandonada como un lastre. El sentido común, el término medio, la mesura, el reformismo y hasta los mismos escrúpulos pasaron a ser sinónimos de mediocridad, conformismo y pusilanimidad. Ser un "pequeño burgués" era tanto o más repugnante que ser un acomodado "burgués". El diálogo y la búsqueda de acuerdos, eran síntomas de vacilación y de debilidad.

La violencia extirpó el diálogo instalando el monólogo cruzado de los dogmas contrapuestos y las armas como único y último "argumento". El terror "no es un clima favorable para la reflexión", dice Albert Camus. Al igual que la Francia en la que Camus escribía en 1948, el primer problema político de la Argentina de finales de la década de los '60 fue esa violencia larvada que en los '70 explotó como terror. El homicidio fue legitimado. El crimen, politizado. La vida humana, tenida "por mera futilidad".

Decir que alguien era "europeísta" era disparar contra él una descalificación de grueso calibre. El lenguaje político y cotidiano se contagió de palabras tomadas del vocabulario militar. También era un cargo grave acusar a alguien de académico o de "cientificista". Este desprecio se inscribía dentro de un cada vez más agudo cuadro de anomia, que incluyó la politización, cuando no el desprecio a la educación y a la cultura.

Aunque el choque de minorías, la pugna ideológica, la pasión politizada, la efervescencia cultural, el entusiasmo y el miedo, la esperanza y la violencia, son los visibles y contundentes datos de la realidad de esos años, el excesivo y excluyente interés por los mismos tiende a producir espejismos que se suelen confundir con los rasgos de la época.


Una memoria crítica

¿Pueden reducirse los '60 a la arena donde dirimen sus conflictos esas elites que, de derecha a izquierda, hablan en nombre de la Patria, de la Nación y del Pueblo? ¿Tenemos hoy la perspectiva necesaria para mirar serenamente ese tiempo turbulento y para examinar sin pasión ese tiempo apasionado?

¿No corremos el riesgo de incurrir en una visión de los '60 contagiada aún de virus sesentistas? ¿Podemos hacerlo despojados del tono imprecatorio y de las ataduras de las "disyunciones tajantes", contagiosos rasgos del estilo de esos años? Una memoria sesgada y autocomplaciente, una crítica sin autocrítica, una reflexión sin rigor, no son una ayuda para someter a examen aquellos años.

Los años '60 en la Argentina son más contradictorios, ambiguos y engañosos que claros y coherentes. La inicial apertura cultural, más que el esperado cambio de estructuras o los del campo político y del económico, son los que otorgan ese carácter prodigioso que se atribuye a la década.

Al marchar a contrapelo de la involución política y la declinación de la economía y al frustrarse sus expectativas, esa efervescencia cultural de los '60 tendió a expresarse como insatisfacción y descontento. Luego se congeló y transformó en crispación politizada, y ésta en violencia organizada que desembocó en el terror y en la muerte.

La represión ilegal de la dictadura más sangrienta de la Argentina del siglo XX clausuró esa etapa. No sólo provocó el más grave daño a la vida humana, el mayor desprecio a las libertades y a las instituciones, sino que produjo la más profunda involución cultural.

Parte de la violencia cruzada que padeció la Argentina entonces fue una de las consecuencias de la fisura que se abrió, en una Argentina en declinación, entre las expectativas que alimentó aquel cambio cultural y las posibilidades de satisfacerlas.

Concluiré citando a un entonces famoso, y después controvertido personaje, figura emblemática de aquellos '60 latinoamericanos: Regis Debray. "Sin duda la historia no es la memoria sino su crítica, sin lo cual los memorialistas podrían pasar por historiadores. El profesional está ahí para desbaratar la trampa del testimonio y desmontar las mentiras del recuerdo". Sin memoria crítica y dejando intactas las mentiras del recuerdo, las recaídas en el error están al acecho aquí, a la vuelta de la esquina.
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