Colaboraciones

Los '60 provincianos

Ciento cincuenta años después del comienzo emancipador de 1810, festejados en 1960 como Sesquicentenario, el interior argentino seguía siendo un territorio tan vasto como desconocido, un mero espacio con poca historia y más tradicionalismo, culturalmente más pasivo y receptivo que activo y productivo. Salta en particular, se explicaba por el simple cruce de dos o tres coordenadas: cerrazón mental y cultural, economía primaria estancada y sociedad estamental.

Las provincias aparecían en el mapa como bordados añadidos a ese, todavía, imponente centro de mesa que era Buenos Aires. A pesar de su orgullosa autovaloración, la ciudad porteña era una periferia respecto a los países centrales, de los cuales acentuó entonces su distanciamiento. En ese cuadro, y con matices dentro de él, las provincias del interior argentino estaban condenadas a ser periferias de la periferia.

Cabe preguntarnos si esos otros sesentas en provincias se redujeron a una ínfima recepción rezagada, admirativa o perpleja, morosa y consumista de las expresiones más superficiales de las modas generadas en el centro, reelaboradas en Buenos Aires y retransmitidas desde allí o, si por el contrario, ellas generaron sus propias manifestaciones en distintos campos.

Tendremos que plantearnos no sólo los problemas que traen aparejadas las distancias geográficas de ese centro argentino de producción, respecto de los países centrales, sino también de los que derivan de las distancias que separan a los provincianos del Noroeste de Buenos Aires. Claro que no se trata sólo de distancias geográficas y del tiempo que se emplea en cubrirlas sino, además, de esas también decisivas distancias materiales, sociales y culturales.

Ese conjunto de distancias hace que nos enfrentemos no sólo a los problemas referidos a la llegada tardía de esas ondas o a la recepción de esas modas. Ellas se propagan en círculos concéntricos. La primera locomotora llegó a la ciudad de Salta treinta y siete años después de su primer viaje de corto trayecto en Buenos Aires. Entre otras, la influencia del ferrocarril redujo el tiempo de llegada de otras expresiones de modernidad.

Al pasar de un medio a otro, se presenta el problema de la distorsión que produce un espejo deformante. Modas, creencias, noticias e ideas llegadas de otros mundos no son pasivas, rectas y fielmente retransmitidas, recibidas o adoptadas por las sociedades locales. Ese ambiente y esa sociedad las tuercen, modifican, tamizan y adaptan. Se admita o no, la historia local es una parcela del escenario mundial atravesada por la historia mundial.

Tales recepciones no parecen darse bajo la apariencia de un ensamblaje mecánico sino de una más compleja y menos visible combinación química. Realimentan un flujo de mestizajes subterráneos, permanentes. Las cruzas ideológicas latinoamericanas prueban que ni siquiera las ideologías que recelan de esas mixturas pueden sustraerse de su poderoso impulso.

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