Colaboraciones

Afirmación por los rechazos

En países periféricos como el nuestro, el rechazo al pasado no era incompatible con una impaciente búsqueda de una identidad colectiva centrada en "lo nacional y popular". Por el contrario, la resistencia a aquella herencia y la afirmación de identidad se debía manifestar como negación de los componentes de una tradición tenida por "liberal, cosmopolita, antinacional y antipopular" que, más que superarse, debía sepultarse.

El empeño por afirmar el sesgo "nacional" y local de ese clima de época, alejó la posibilidad de admitir las afinidades con fenómenos y movimientos que traspasaban las fronteras continentales y nacionales. "En su furia con la época, la nueva sensibilidad era turbulenta, imprecatoria, propensa a la obscenidad y dada a plantear todo problema político o de otra especie, en disyunciones tajantes", anota Daniel Bell.

Los textos políticos a los que me asomé a partir de 1961, estaban urdidos con una mezcla de maniqueísmo, indignación, adjetivaciones y esas disyunciones tajantes que señala Bell. No podrá decirse que aquellos polemistas no eran concientes de los materiales inflamables que manipulaban, y tampoco que desconocían los efectos estimulantes que tenían. "En el plano del razonamiento, el maniqueísmo del colono produce un maniqueísmo del colonizado", justificó Franz Fanon.

"El dilema es de hierro. O nación o factoría", concluía Hernández Arregui, quien admitió que su libro "era una interpretación beligerante de lo argentino". Lo ideológico se convertía en creencia y la creencia en pasión y en fe. El análisis riguroso fue sustituido por el estereotipo. "Pueblo y oligarquía", era el título de uno de las obras de Rodolfo Puiggrós. "El análisis me llevó a ver en algunos héroes, bandidos, y en muchos bandidos, héroes", admitía sin rodeos Jorge Abelardo Ramos.

Aunque ella jamás lo reconocería, esa crítica crispada y radical se nutrió no sólo de ese clima mundial sino también de las limitaciones e imperfecciones de las libertades públicas que existieron en el país durante los gobiernos de Arturo Frondizi y Arturo Illia. Visto dentro de una perspectiva de más largo plazo, el descontento de los '60 fue posible por la existencia previa de cierta satisfacción social.

Para esos críticos, la democracia era algo ilusorio y que carecía de sentido en un país semicolonial, donde la libertades políticas, culturales y económicas eran instrumentos de los imperialismos y de los grupos locales a ellos aliados. Tenemos que admitir que la nuestra fue una generación modelada en el resentimiento, y hasta en el desprecio, a la libertad, "que se enmascara como ideología de la emancipación".

La democracia era "un mito" de la clase media "engañada". Si la "democracia liberal" ofrece en los países centrales un mínimo de libertad, en los semicoloniales ella es "lisa y llanamente opresión colonial", afirmó Hernández Arregui. A partir de equiparar la interdependencia argentina a una clásica dependencia colonial y recurriendo a ese sofisma, para este autor la democracia no era una meta a alcanzar sino que era una variante de la "opresión colonial" que había que abatir.

Esa afirmación se enlazaba a aquella otra que aseguraba que "la descolonización es siempre un fenómeno violento" y también pugna entre "dos fuerzas congénitamente antagónicas" como, en esos mismos años, enunció Franz Fanon. A partir de allí, y con los elementos aportados por la teoría del foco guerrillero y la simplificada recepción de la "opción por los pobres" del catolicismo post conciliar, parecido al deseo de "ir al pueblo" de los populistas rusos del siglo XIX, quedaban abiertas las puertas para la justificación del uso de la violencia.

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