Colaboraciones

Del fanatismo a la violencia

Pronto aquella apertura fue abandonada como un lastre. El sentido común, el término medio, la mesura, el reformismo y hasta los mismos escrúpulos pasaron a ser sinónimos de mediocridad, conformismo y pusilanimidad. Ser un "pequeño burgués" era tanto o más repugnante que ser un acomodado "burgués". El diálogo y la búsqueda de acuerdos, eran síntomas de vacilación y de debilidad.

La violencia extirpó el diálogo instalando el monólogo cruzado de los dogmas contrapuestos y las armas como único y último "argumento". El terror "no es un clima favorable para la reflexión", dice Albert Camus. Al igual que la Francia en la que Camus escribía en 1948, el primer problema político de la Argentina de finales de la década de los '60 fue esa violencia larvada que en los '70 explotó como terror. El homicidio fue legitimado. El crimen, politizado. La vida humana, tenida "por mera futilidad".

Decir que alguien era "europeísta" era disparar contra él una descalificación de grueso calibre. El lenguaje político y cotidiano se contagió de palabras tomadas del vocabulario militar. También era un cargo grave acusar a alguien de académico o de "cientificista". Este desprecio se inscribía dentro de un cada vez más agudo cuadro de anomia, que incluyó la politización, cuando no el desprecio a la educación y a la cultura.

Aunque el choque de minorías, la pugna ideológica, la pasión politizada, la efervescencia cultural, el entusiasmo y el miedo, la esperanza y la violencia, son los visibles y contundentes datos de la realidad de esos años, el excesivo y excluyente interés por los mismos tiende a producir espejismos que se suelen confundir con los rasgos de la época.

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